La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 29
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Capítulo 29

HUGO CHADWICK

—Creo que deberíamos retirarnos del proyecto de la Rue de Paris. No resulta viable en términos financieros.

Hugo estaba conduciendo y hablaba por el manos libres con su padre.

—Escúchame bien, Hugo. Si no puedes o no estás dispuesto a garantizar que este proyecto salga adelante, puedo buscar muy fácilmente a quien sea para que ocupe tu lugar.

Hay infinidad de empleados de menor nivel que matarían por estar desempeñando tu trabajo.

No todo el mundo recibe un puesto como el tuyo en bandeja de plata.

Hugo inspiró hondo y tomó la siguiente salida de la autopista.

—Mira, papa , voy camino de Compiègne. Antes pasaré a visitar a maman . Te llamaré desde allí.

—¿Por qué me quieres llamar desde Le Retrait?

—No lo sé… ¿Quizá porque pienso que te gustaría hablar con tu esposa?

Siguió un tenso silencio.

—Tú limítate a hacer tu trabajo —dijo, y colgó.

Hugo se desabrochó el cuello de la camisa y bajó la ventanilla para sentir el aire en la cara.

Se sentía atrapado. Todo el mundo quería que fuera alguien distinto de quien era.

¿Cómo era posible que, por mucho que intentara evitarlo, siempre acabara decepcionando a alguien?

Todo cambió con la muerte de Stéphane. Era casi como si Hugo se hubiera visto obligado a compensar su pérdida, a ocupar su lugar.

Y eso había hecho, pensando que así sus padres estarían felices o su dolor se vería de algún modo apaciguado.

Pero no había servido de nada. La salud de su madre no había dejado de empeorar.

Su padre se había vuelto incluso más retraído y estaba concentrado única y exclusivamente en sus negocios.

Y ahora estaba Edith. Hugo le había hecho creer que era un buen tipo.

Cuando estaba con ella, esa posibilidad le parecía más factible.

Pero en el mundo real no era más que un hombre sin alma vestido de traje.

—¿Qué tal sigue? —le preguntó a la enfermera de guardia de Le Retrait mientras lo acompañaba a la habitación de su madre.

—La verdad es que ha estado un poco agitada desde su última visita. No deja de hablar de un anciano tío suyo. Algo relacionado con arreglar las cosas…

Hugo se rascó la frente. Su madre había empezado a contarle una historia la última vez que había ido a visitarla, pero al cabo de un rato se había mostrado confusa. En aquel momento no le había dado importancia.

—Hablaré con ella —dijo Hugo sonriendo a la enfermera.

La habitación estaba iluminada por el sol templado del atardecer que entraba por la ventana ligeramente entreabierta. La brisa agitaba las cortinas.

—Ah, peonías —dijo su madre al ver entrar a Hugo con un ramo de flores de color rosa—. No es necesario que me traigas algo cada vez que vienes a visitarme —añadió levantándose del sillón para ir a saludarlo.

—Un hijo puede llevarle flores a su madre siempre que quiera —dijo Hugo.

Pero le resultaba imposible quitarse de encima la sensación de que, por mucho que hiciera, siempre se quedaba corto. Su madre debería tener dos hijos mimándola, no solo uno. Y, para empezar, no debería estar en aquel lugar.

—Mira, Hugo, me alegro mucho de que hayas venido. Tengo algo importante que contarte —dijo su madre.

Él le ofreció una silla junto a la mesita que había al lado de la ventana y sirvió un vaso de agua para cada uno.

—¿De qué se trata, maman ?

—Debo… debo contártelo. Es importante que lo recuerde —insistió, frunciendo levemente el ceño.

—Tranquila —dijo Hugo acariciándole el brazo—. No debes cansarte.

—¡Es importante! —gritó su madre.

Ella casi nunca levantaba la voz, pero la frustración que reflejaban sus ojos era evidente.

La búsqueda constante de fragmentos de recuerdos, las historias que hacen de una persona quien es.

Su madre debía de tener la sensación de que su propia persona se le estaba escapando.

Y él también la estaba perdiendo, por mucho que se negara a reconocerlo.

Odiaba pensar en lo que le estaba pasando a su madre.

—En ese caso, nos quedaremos aquí hasta que lo averigüemos. ¿Te parece bien?

Su madre esbozó una sonrisa de agradecimiento.

—¿Has traído chocolate caliente?

—No, esta vez no me ha dado tiempo a pasar por la panadería —mintió Hugo, pensando que ir al día siguiente ya le parecía demasiado pronto. Le daba terror imaginar la cara que pondría Edith.

—La panadería de la Rue de Paris.

—Eso es. ¡Te acuerdas!

—Claro que me acuerdo. Allí era donde él tenía el tabac .

—¿Tu tío?

—Arnaud. Era tío de mi padre. Eso es lo que te quería contar. Hizo una cosa muy mala… Una traición horrorosa. Debemos arreglar lo que hizo. ¿Entiendes, Stéphane?

—Sí, maman —dijo Hugo con un gesto de asentimiento.

Su madre siempre había confiado en Stéphane, igual que su padre. Siempre había sido el más práctico de los dos hermanos. Una vez más, Hugo tendría que llenar el vacío que había dejado el hijo desaparecido.

—Conozco los planes de tu padre, tienes que impedírselo. Debemos arreglar lo sucedido, hacerlo por los Moreau.

—Espera un momento. ¿De qué estás hablando?

—Arnaud les dijo a los alemanes que ella estaba escondida allí. La mujer con su hija. Las traicionó, y a él le partió el corazón. Por favor, hijo mío, tienes que arreglar de alguna manera lo que sucedió.

Las palabras de su madre resonaron en los oídos de Hugo, aunque nada tenía sentido. ¿Qué le estaba contando? ¿Y qué tenían que ver los alemanes con madame Moreau? De pronto las cosas se habían vuelto mucho más complicadas.