Capítulo 28
Me puse a trabajar al día siguiente y empecé a preparar mi repostería por las tardes, que eran siempre más tranquilas.
Manu me había garantizado que nadie ni nada me haría compañía en el sótano a aquella hora, lo cual me dio solo una pizca de tranquilidad.
Porque, a pesar de mis esfuerzos por entender la presencia residual de monsieur Moreau en el obrador, permanecer ahí abajo me seguía resultando inquietante.
—¿Crees que tu abuela me ha perdonado por lo del vanillao ? —le pregunté a Manu antes de que se fuera al instituto.
Al parecer, en uno de mis típicos momentos Edith, había abierto la última botella que quedaba del embriagador elixir de Pierre. Nadie sabía dónde se surtía de aquel elemento tan especial, y en consecuencia no habían podido obtener más.
—¿Perdonado? Quizá. ¿Olvidado? Jamais .
Conocía muy bien el significado de aquella palabra. Jamás. Suspiré con exageración.
—Es broma —dijo entonces Manu con una sonrisa juguetona—. Dijo que no está bien tener los recuerdos encerrados en una botella. Y creo que en el fondo se alegra de que la abrieras.
—¿Estás seguro?
— Je te le jure —replicó Manu llevándose la mano al corazón—. Te lo juro.
Me compré un altavoz portátil y adquirí la costumbre de ponerme jazz clásico para tener compañía en el sótano.
Incluso empecé a aprenderme algunas canciones francesas y descubrí a la maravillosa Joséphine Baker.
Con el tiempo me di cuenta de que estaba adquiriendo vocabulario por osmosis, y esa constatación me hizo sonreír.
A veces, si simplemente dejas que las cosas sucedan en lugar de intentar forzarlas, salen con más facilidad.
Disfrutaba con la repostería, y dediqué varias tardes a experimentar con los distintos sabores.
Abajo, en el sótano, era libre para ensuciar y generar todo el caos que me apeteciera, y no pasaba nada si proyectaba nubes de harina hasta el techo en mis intentos por dominar la vieja báscula.
Aquello era casi como la alquimia: combinar harina, huevos, mantequilla y azúcar para obtener la base de los pastelitos más sublimes, cuyo único límite de sabor era mi propia imaginación.
Hice unos de mantequilla de cacahuete, otros tipo tarta red velvet con chocolate negro y otros de vainilla con chocolate blanco.
Me sentía como la Willy Wonka de los cupcakes , y disfrutaba de mi papel como parte del equipo de artesanos de los Moreau.
Y resultó que mi padre tenía razón: los macarons no eran tan complicados de elaborar si se disponía de una buena receta y de un poco de confianza en uno mismo.
Hacer pasteles, por lo que parecía, era muy similar a la vida.
Cuando al día siguiente terminó sus clases, Manu bajó al sótano e hizo un amago de devorar todo mi glaseado.
—Les he hablado de tus pasteles a mis compañeros del instituto, así que a lo mejor se pasan por aquí —dijo relamiéndose los dedos.
—Me parece estupendo, Manu. Espero tener algo que poder ofrecerles cuando vengan —dije arrancándole el cuenco de las manos—. ¿Qué tal vas con lo de la página web?
—Salimos mañana. ¡Y en Instagram ya tenemos ciento cincuenta seguidores!
Madame Moreau nos miró sin entender nada.
—Hablando de eso… Voy a necesitar tu ayuda, Manu —dije.
Saqué el teléfono y le enseñé algunas de las cuentas de TikTok que había estado siguiendo. Vídeos de reposteros caseros de lo más pijo que parecían estar dirigidos por el mismísimo Scorsese y producidos por un estudio de Hollywood acumulaban centenares de miles de visualizaciones.
—Quiero crear algo así, pero con un presupuesto minúsculo —dije.
— Ah, ouais, mais c’est super ! —exclamó con entusiasmo.
Manu reapareció más tarde con un aro de luz montado sobre un trípode y un micrófono inalámbrico para que me lo pusiera.
No es que tuviera muchos elementos disponibles como atrezo, pero pensé que los hornos originales resultarían mucho más auténticos como telón de fondo que cualquier cosa que hubiera visto en las redes sociales.
—Preparada —dije.
Me había colocado de pie detrás de una mesa de caballete que habíamos montado y cubierto luego con un mantel de cuadros.
Manu levantó el pulgar para indicarme que podía comenzar y empezó a grabar con el teléfono.
Miré mis ingredientes: cuencos de cerámica de color azul celeste con harina y azúcar, una jarrita para la leche y unos huevos que se tambaleaban sobre la superficie de la mesa.
—Bien, eh… ¡Espera! ¿Podemos empezar de nuevo? —pregunté mientras me ataba mejor el delantal.
—Toma dos —anunció Manu antes de volver a pulsar el botón.
—Bienvenidos a… Oye, ¿cómo nos llamamos?
Manu detuvo la grabación y me lanzó una mirada de impaciencia. A ese ritmo no acabaríamos nunca.
—¿Compiègne Cupcakes? —sugirió.
—Vale, eso funcionará —dije, indicándole con un gesto que empezase a grabar.
—¡Hola a todos, y bienvenidos a Compiègne Cupcakes!
Manu reaccionó con una sonrisa de ánimo y continué.
—Hoy vamos a hacer… Bueno, mejor dicho, voy a hacer… a preparar… ¡Oh, mierda!
—No pasa nada, Édith , tú continúa. Ya lo editaremos después —me aseguró Manu.
Pero fue un desastre. Continuamente olvidaba mencionar los ingredientes que iba incorporando, y mi voz sonaba tan monótona que casi hacía dormir. Cuando puse la bandeja de cupcakes en el horno, Manu dejó de grabar y yo escondí la cara en un paño de cocina.
—Vaya porquería —gimoteé—. Soy malísima para estas cosas. ¡Con lo fácil que hacen que parezca todo!
Manu se sentó a mi lado.
—Bueno, quizá no queda muy parfait…
—Oh, gracias… Pero no te sientas en la obligación de mentir para proteger mis sentimientos y esas cosas —dije.
—Lo único que necesitas es relajarte un poco. Estás demasiado… No sé, pareces un robot. —Y se puso a bailar como un autómata, por si acaso yo no lo había entendido. Lo fulminé con la mirada—. Podemos dejarlo por esta noche si quieres. Acabar mañana.
—No. Quiero hacer el glaseado, es la mejor parte.
Cuando elaboraba pasteles en casa con mi padre solía ser muy divertido. Tenía unos recuerdos preciosos de estar en la cocina con mi madre, siempre riendo y cantando. Y fue así como se me ocurrió.
—¡Necesitamos música!
Cogí el teléfono y busqué la lista de reproducción con temas de Django Reinhardt que Johnny me había enviado.
De repente fue como si estuviera en mi pequeño mundo, y casi ni me di cuenta de que Manu pulsaba el botón para empezar a grabar.
Sonreí, bromeé y elaboré algunos de los cupcakes más bonitos que había hecho jamás.
Y mientras mezclaba la mantequilla con el azúcar glas, mientras me movía al ritmo de la música, empecé a tener la sensación de que allí estaba sucediendo algo mágico.
Estaba encontrando mi ritmo. Me sentía estupendamente.
Todo convergía de un modo que nunca me habría imaginado.
Dejé de estar nerviosa, y al final tuve la sensación de que mi verdadera personalidad salía por fin a la luz.
—Tienes un don natural para esto —dijo Manu.
—¿Verdad que sí? —repliqué riendo.
Lo estaba disfrutando de verdad. Por primera vez en mi vida sentía que estaba empezando a brillar.
—Sabía que nos ayudarías —dijo Manu después, cuando nos pusimos a recogerlo todo.
Fue un momento excepcional de franqueza, y sin que madame Moreau pudiera oírnos, además.
—¿Cómo lo supiste? —pregunté mientras mojaba un paño para empezar a limpiar las superficies.
—Porque tú también estás sola —respondió Manu con sencillez.
—Vaya, eso no es que sea un cumplido, Manu —dije, casi tartamudeando—. Pensaba que ibas a decir algo como: «Porque tienes unos ojos bondadosos».
—Bueno, no… Quiero decir, claro que los tienes —se explicó, corrigiéndose—. Pero el caso es que pienso que tuvimos suerte de que nadie te encontrara antes que nosotros.
Manu se quedó satisfecho con su estrambótica explicación, aunque me hizo sentir como un perro callejero perdido. Fue en aquel momento cuando me entraron ganas de aplicarle una mascarilla de crema de mantequilla.
— Mon Dieu , ya sabes que mi inglés no es muy bueno —dijo limpiándose la cara—. La familia es importante para ti, eso se ve. Y por eso me alegro de que formes parte de la nuestra.
La pequeña iniciativa de relaciones públicas de Manu funcionó, y aquella misma tarde la boulangerie se llenó de estudiantes del lycée de la ciudad que sentían curiosidad por probar les gâteaux irlandaises .
Fue un éxito rotundo, y madame Moreau se sintió visiblemente satisfecha al ver una clientela tan joven animando el local.
Sin embargo, yo tenía claro que había que mantener esa inercia de alguna manera si queríamos que la iniciativa tuviera un impacto en el plan de negocios que debíamos presentar al banco.
A la mañana siguiente fui a la imprenta a recoger nuestras nuevas tarjetas de fidelización, con las que ofreceríamos un croissant o una baguette gratis por la compra de cinco unidades.
Quizá era una estrategia algo efectista, pero pretendía demostrar a los clientes de la boulangerie que nos movíamos al ritmo de los tiempos y teníamos toda la intención de seguir allí.
—Imagino que esto es cosa suya —me comentó Geoff cuando se pasó por la panadería con Ruby para regalarse su capricho semanal.
—Bueno, ya sabe que en el mundo de los negocios uno no se puede quedar quieto —repliqué, por mucho que me pareciera una frase muy manida.
—Parece que hoy tenemos cupcakes , Ruby —dijo, y la pequeña terrier levantó una pata como si lo hubiera entendido.