La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 27
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Capítulo 27

Me desperté con el zumbido que anunciaba que me acababa de entrar un mensaje en el teléfono.

«Volveré a Compiègne la semana que viene. Hugo».

No supe muy bien si el vuelco que me dio el estómago se debía a la emoción, al miedo o a ambas cosas a la vez.

La verdad es que apenas si había pensado en él desde la noche que cené con madame Moreau.

Su trágica historia me había afectado profundamente y me había llevado a plantearme muchas preguntas sobre el fallecimiento de mi madre.

Ahora me sentía muy agradecida por todo el tiempo que ella y yo habíamos pasado juntas, por todas esas horas de intimidad en las que habíamos compartido las cosas que nos gustaban a ambas y otras que solo le gustaban a una, en las que habíamos cantado canciones y comido pasteles.

Comprendía lo privilegiados que éramos como familia por haber compartido una vida tan maravillosa, y ahora, incluso cuando pensaba en ella en su lecho de muerte, ya no experimentaba el dolor de la pérdida sin que se atemperara con el agradecimiento por haber podido compartir aquellos años preciosos con mi madre.

Sabía que la historia de madame Moreau contenía mucho más dolor y terror del que me había revelado.

Porque no solo había perdido a sus padres, sino que además había perdido su cultura.

Se había criado como una niña francesa, como la hija del panadero, y nunca más había podido hablar sobre su ascendencia romaní.

No quería seguir bombardeándola con preguntas sobre el pasado, y por eso decidí iniciar mi propia investigación.

El Holocausto romaní —o Porraimos, como lo llamaban algunos— fue el responsable de la práctica aniquilación de la población romaní europea y acabó con la vida de cientos de miles de personas.

Tal y como madame Moreau me había explicado, confirmé que en Compiègne había habido un campo de internamiento donde fueron retenidos tanto miembros de la Resistencia como romaníes y judíos antes de ser enviados a campos de exterminio como Auschwitz.

Leer aquello fue horroroso, pero ¿conocer a alguien que lo había vivido y que ahora estaba a punto de perder todo aquello por lo que había luchado a manos de unos promotores mobiliarios codiciosos? No podía permitir que eso sucediera.

—Tengo que encontrar una propuesta única de venta, ¿entiendes? —le dije a mi padre aquella noche por teléfono.

—¿Una propuesta de qué? —preguntó, confuso.

—¡Un factor diferencial! Es como lo llaman en marketing .

Vamos, papá, ponte un poco al día. Pensaba que con toda tu experiencia se te ocurriría algo para que el negocio vuelva a funcionar y podamos atraer a nuevos clientes —le expliqué después de haber hablado sobre el cambio de las baguettes al pan de molde del supermercado y la mala situación de la economía europea.

—Las tarjetas de fidelización siempre son un buen incentivo para los clientes habituales —replicó, claramente encantado de que le pidiera su opinión.

—Sí, también lo había pensado —dije, anotando en mi libreta aquel primer punto—, pero no estoy segura de que eso sirva para producir un cambio significativo. Necesitamos algo más imaginativo.

—Dijiste que era un lugar un poco turístico, ¿no?

—Sí. Vienen muchos británicos, y también gente de París, sobre todo en fin de semana —respondí.

—Veamos. —Mi padre inspiró hondo—. Sí, veamos. Se trata de Francia —empezó a decir.

—Sí, eso está claro.

Suspiré con impaciencia y fijé la mirada en el techo descolorido de mi apartamento. Todo aquel lugar necesitaba una renovación, pero no había presupuesto para esas cosas.

—De modo que competir con las pastelerías más refinadas no tiene sentido —continuó.

—No, supongo que no.

—Bueno, entonces creo que lo mejor que puedes hacer a corto plazo es darle un toque divertido al escaparate de la tienda, algo que atraiga a los clientes. Diría que cupcakes . Como únicos protagonistas.

—¿Qué? —dije, un poco desanimada al ver que ese era el gran plan de mi padre para salvar la panadería—. ¿No te parece que los cupcakes están…, no sé…, un poco pasados de moda?

—¡Eso es como decir que la tarta Reina Victoria se ha quedado anticuada! Hay cosas que siempre venderán, y me parece que eso es justo lo que necesitáis ahora: que entre dinero en la caja registradora.

—No creo que la panadería de los Moreau sea un lugar de cupcakes —dije, dubitativa.

—De acuerdo, es un gancho, pero comercialmente tiene sentido. Obtendréis más ganancias con una inversión mínima. Míralo, búscalo en Google mientras vamos hablando.

—Vale. —Suspiré sin poder evitar que mi voz delatara mi escaso entusiasmo por la idea—.

Oh, espera un momento —dije animándome de pronto.

Porque en cuanto empecé a desplazarme por la pantalla encontré filas y más filas de imágenes de los cupcakes más apetitosos que había visto en mi vida.

Minúsculos macarons de todos los colores del arcoíris se asentaban como pequeños sombreros dulces sobre cupcakes pulverizados en dorado y cubiertos con copos de nieve de coco.

Incluso había algunos totalmente cubiertos de macarons —.

¡Guau, estos tienen una pinta increíble!

—De nada —dijo mi padre, y casi pude ver su sonrisa de suficiencia.

—Podría funcionar… Pero no sé, papá. Tendría que hacerlos yo, y solo me he dedicado a estas cosas en casa —admití, hecha un mar de dudas.

—No te preocupes, cariño. Te daré la receta perfecta. Te bastará con practicar unas cuantas veces, y enseguida le pillarás el tranquillo.

—¿En serio crees que podría hacerlo? —pregunté.

—Por supuesto que sí. ¿Acaso no aprendiste del mejor en el oficio?

Reí, aun sin quererlo, y entonces pensé en monsieur Moreau. De pronto, el legado familiar me pareció mucho más importante que nunca.

—Mira —dijo mi padre, ya más serio—. Si me preguntas si pienso que puedes salvar un negocio endeudado y ayudar a que tu jefa pueda seguir manteniendo el techo que ahora cubre su cabeza, te diré que no lo sé, Edie.

Pero si me preguntas si creo que puedes atraer más clientela con un montón de cupcakes de colorines, ¡te diré que desde luego que sí!

—Remató con esa voz profunda de barítono que le había servido para mantener a sus ayudantes de cocina siempre en guardia—.

Esa mujer puede considerarse afortunada por tenerte a su lado.

Ese era todo el apoyo moral que necesitaba.

Y mi padre tenía razón: era un comienzo. Y, entretanto, intentaría idear algún plan de negocio a largo plazo que madame Moreau pudiera presentar al banco. Decidí ponerme manos a la obra de inmediato y utilizar la cocina mientras la panadería estaba cerrada por la tarde.

Al día siguiente pedí a madame Moreau y a Manu que comieran conmigo después de cerrar para la pausa del mediodía.

Fue muy agradable sentarnos los tres juntos a almorzar.

Ella había preparado un exquisito paté de hígado de pollo y lo sirvió acompañado de una ensalada y, por supuesto, pan de masa madre.

Nunca había visto a Manu tan relajado. Empezó a hablar animadamente sobre el futuro, sobre el día en que por fin terminara el instituto y pudiera trabajar a tiempo completo en la panadería.

—¡Eso no lo harás hasta que no termines tu baccalauréat ! —Replicó madame Moreau como si aquella fuera una discusión que tenían con regularidad.

Ahora que yo sabía que ella no había podido tener una formación escolar formal entendía perfectamente su vehemencia, pero, por otro lado, era obvio que Manu estaba ansioso por convertirse en el siguiente monsieur Moreau.

—¡Vale, orden! ¡Orden en la sala! —grité para reclamar su atención—.

He estado pensando en maneras de fomentar el negocio.

Estuve hablando con mi padre y pensamos que tal vez estaría bien ponernos como objetivo atraer a los turistas con un producto diferencial, como podrían ser unos cupcakes combinados con un pequeño macaron .

Su falta de entusiasmo fue tal que casi pensé que la tienda se venía abajo.

—Yo no hago cupcakes —dijo Manu por fin.

—Eso no es problema. ¡Los haré yo!

Siguió un nuevo silencio que se hizo eterno.

—Mejor será que traiga una muestra.

Entré en la cocina y abrí el armario donde había guardado los cupcakes que había preparado.

Había encontrado la inspiración en el recetario de Pierre.

Macarons . Un bocado dulce y delicado, hecho a partir de ingredientes sencillos pero cuya elaboración requería un poco de paciencia.

Después de haber buscado ideas en Instagram, había decidido fusionar el concepto de cupcake de mi padre con algo un poquitín más chic.

Alcé la tapa de cristal que cubría la bandeja como levantaría un camarero la campana protectora de un plato.

—Les presento los cupcakes de vainilla con relleno de crema de mantequilla de chocolate blanco, cubiertos con macarons de pan de oro y una ganache de Baileys.

El hecho de que ambos abrieran los ojos como platos lo dijo todo.

—¿De dónde los has sacado? —preguntó madame Moreau.

—¡Los he hecho yo, naturalmente!

Mientras comían, les ofrecí una visión detallada del proceso.

Siguiendo las instrucciones de Pierre, había reunido todos los ingredientes y había empezado batiendo las claras de huevo a punto de nieve.

Después, y para obtener un efecto glaseado, la receta sugería preparar un merengue italiano calentando una mezcla de agua y azúcar de repostería.

A continuación, había vertido la mezcla sobre las claras de huevo y había incorporado con movimientos envolventes y delicados la harina de almendras y el azúcar.

¡Y entonces llegaba la parte complicada!

Había cortado un rectángulo de papel vegetal y, con la ayuda de un vasito, había trazado pequeños círculos.

Después de llenar la manga pastelera con la mezcla, había intentado hacer veinte macarons idénticos.

La receta decía que había que dejarlos reposar para que se asentaran y continuar con la preparación del relleno.

Había decidido darle un toque irlandés y había preparado una ganache de Baileys calentando un poco de nata y Baileys en un cazo e incorporándole luego trocitos de chocolate blanco, dejando que se fundiera.

Había comprobado la temperatura del horno y me había secado el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Sin darme cuenta, en un momento del proceso había empezado a disfrutarlo.

Era estupendo estar creando algo y poder añadirle mi toque personal.

Después de incorporar el ingrediente final, tres gotas de aquel licor de vanillao , había extendido la mezcla sobre los macarons ya enfriados.

Por su expresión vi que había superado sus expectativas.

—No están mal, ¿eh? —dije sacando el papel de uno de ellos y dándole un mordisquito—. Creo que si los exponemos en el escaparate podríamos atraer a nuevos clientes.

—No tenía ni idea de que eras capaz de preparar algo así, Édith —dijo madame Moreau maravillada.

—Todo ha sido gracias a este recetario —dije sacando la libre— tita roja del bolsillo.

Las facciones de madame Moreau se quedaron paralizadas.

—¿De dónde has sacado eso? —preguntó.

—Lo… lo he encontrado —respondí con la sensación de que acababa de meter la pata otra vez—. Estaba escondida debajo de una tabla del suelo de mi apartamento.

Miré a Manu, que se estaba encogiendo de hombros. Era evidente que sabía tan poco como yo sobre lo que estaba pasando.

Bajé la vista hacia mis manos, que sujetaban la libreta con fuerza.

¿Por qué no le habría dicho antes a madame Moreau que la había encontrado?

¿Tan absorta me tenían su historia y mis esfuerzos por cambiar el destino de la panadería?

Tendría que haberme dado cuenta de lo importante que podía llegar a ser para ella aquella reliquia familiar.

Extendió las manos para que se la diera. Madame Moreau acarició la pequeña libreta como si fuese un objeto de valor incalculable. La giró hacia un lado, y luego hacia el otro. Y en cuanto la abrió y vio lo que estaba escrito se llevó una mano a la boca.

—Recuerdo muy bien cuando escribió todo esto —dijo acariciando con ternura el recetario—. Aquí anotó todas mis recetas favoritas. Fue después de que mi madre…

—Lo siento mucho, debería habérselo contado antes —dije, pero madame Moreau le restó importancia a mi disculpa.

—Yo misma escondí esta libreta —dijo—. La dejé allí y me olvidé por completo de ella.

—Cuando la encontré, ni siquiera sabía quién era Pierre —dije, pero la mujer no me estaba escuchando.

—Resulta de lo más extraño —dijo entonces—. Pero cuando estaba comiendo tu cupcake me he acordado de algo en lo que no pensaba desde hacía mucho tiempo.

Me mordí el labio. Entonces no solo me pasaba mí, me dije.

—Un día le pregunté a Pierre qué podía hacer con todo el amor que guardaba en mi corazón para maman y que ahora ya no tenía adonde ir.

—Me estremecí ante aquella pregunta tan propia de una niña, y por un momento casi me costó respirar—.

Y él me respondió que el amor que guardas en tu corazón por una persona con la que ya no podrás estar nunca más no es un peso con el que cargar, sino un regalo.

Un regalo que puedes compartir de otras maneras.

—¿Cómo? —preguntó Manu, que llevaba un buen rato sin hablar.

—En su caso, depositando todo su amor en sus recetas y preparándolas para la gente de Compiègne. Aseguraba que lo hacía para que todo el mundo conociera el amor.

—Eso es precioso —dije secándome una lágrima con el delantal.

—Me gustan —dijo Manu—. Me recuerdan a mi maman .

¿Otro recuerdo?, me pregunté. Eso era. Entendí que tenía que decir algo. Me levanté para ir a buscar el ingrediente especial guardado en el armario.

—¿Quizá hay algo que debería saber sobre esto?