La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 26
65%

Capítulo 26

Madame Moreau echó un poco más de leña al fuego y sacó dos copas y una botella de cognac . Su historia me tenía cautivada, y me sentía impactada por su cruda realidad.

—¿Entonces la salvó de que la llevaran a un campo de concentración? —dije sin poder imaginar siquiera los dramáticos traumas de infancia que aquella mujer debía de haber vivido.

—Por un tiempo, sí. Maman me explicó que mientras mi padre estuviera ausente monsieur Moreau, Pierre, sería como mon onde , pero que en público debía llamarlo papa .

Me dijo que con eso no estaríamos traicionando a mi auténtico papá, porque mi auténtico papá quería que yo estuviera a salvo y bien cuidada hasta que él regresara.

No sé muy bien si mi madre creía que mi padre volvería algún día o si lo decía solo para que yo estuviera tranquila.

Mis ojos infantiles jamás vieron artificio alguno.

Así que vivimos tranquilamente en este mismo apartamento durante muchos meses.

Pierre era un hombre amable y tenía muy buen carácter.

Siempre recordaré su gracioso bigote, que se erizaba en los extremos, y su abundante pelo negro.

Era feliz trabajando en su panadería. Preparar la masa, extenderla y sacar el pan caliente y crujiente del horno era su pasión.

»“El pan es un ser vivo”, me decía a menudo.

“¡Si pones tu corazón en la masa, repartirás felicidad a todos aquellos que coman tu pan!”.

Su enthousiasme era contagioso, y pasé muchas horas felices trabajando con él en el obrador.

También fomentó mi amor por el inglés y me pidió muchos libros prestados en la bibliothèque.

Monsieur Moreau era un hombre muy respetado en la comunidad, y cuando nos acogió mucha gente admiró su générosité .

La mayoría, de hecho. Porque, como siempre sucede, nuestra presencia en la ciudad provocó cierta división de opiniones…

Y un día, cuando yo estaba en el sótano jugando a hacer figuritas de animales con la masa, oí gritos arriba, en la tienda.

Cuando subí y asomé la cabeza, reconocí al instante los uniformes y, horrorizada, vi cómo dos soldados inmovilizaban a mi madre.

Ella me miró, aterrada, pero enseguida se serenó y me guiñó un ojo.

Entendí en el acto lo que aquello significaba: tenía que desaparecer.

En el sótano hay una puerta que da a un viejo túnel subterráneo que termina en una abertura junto al río.

Por allí descargaban antiguamente la harina cuando esta llegaba en barcazas desde el molino, pero hacía años que no se utilizaba.

Monsieur Moreau nos había explicado que, si algún día pasaba algo, podíamos escapar del edificio a través de aquel túnel.

Como una presa asustada, eché a correr en la oscuridad y no volví la vista atrás.

En cuanto llegué a la salida, me escondí en el bosquecillo que hay a orillas del río hasta que se hizo de noche.

Estaba segura de que no me habían seguido, y me pasé todo el rato vigilando la salida del túnel con la esperanza de que mi madre apareciera por allí y me llevara con ella. Pero no salió nadie.

»Después de horas tiritando de frío, me adentré de nuevo con sigilo en la oscuridad del túnel y llegué al edificio.

Allí encontré a monsieur Moreau, llorando en el sótano comme un enfant .

Cuando oyó pasos a sus espaldas, se giró enseguida y me abrazó con emoción.

Me llenó de besos la cabeza y la cara y lloró por la alegría de mi regreso.

Pero yo permanecía inerte entre sus brazos.

»“¿Dónde está maman ?”, le pregunté, a pesar de que ya sabía la respuesta.

»“He intentado impedirlo”, me dijo. “Y haré todo lo que esté en mis manos para conseguir que vuelva”, me prometió. “Pero a partir de ahora debes permanecer escondida, Geneviève”.

»Y esa fue mi vida hasta que acabó la guerra. Durante el día me quedaba escondida en la parte alta de la casa, en lo que ahora es tu pequeño apartamento, y por la noche trabajaba con monsieur Moreau en el obrador.

—Dios mío, no sé qué decir —dije al cabo de un buen rato.

—No hay nada que decir. La guerra, el genocidio, son cosas que dejan al descubierto la fealdad que algunos tienen en el corazón.

Pero también descubrí que sacan a relucir la humanidad más bella que existe.

Monsieur Moreau me protegió con su vida.

Yo no era más que una niña, alguien a quien ni siquiera conocía, pero se acabó convirtiendo en mi padre.

—Geoff, ese señor inglés que viene por aquí, me llevó al Memorial del Armisticio, en el bosque —dije, pensando en su compromiso por recordar todas las vidas perdidas durante aquella época espantosa de la historia.

—Allí hubo un campo: Royallieu-Compiègne.

Era a donde nos llevaban. Mi madre se sirvió de su ingenio aquel día en la estación y tuvimos la suerte de poder escapar.

Pero posteriormente averigüé que la llevaron allí.

Era un campo de internamiento y deportación.

Entre 1942 y 1944 deportaron a cuarenta mil personas desde allí hasta Auschwitz.

—¿Cómo hizo usted para sobrevivir? Quiero decir, ¿cómo pudo seguir adelante después de todo eso? —pregunté, consciente de todo lo que tuve que luchar yo después de la muerte de mi madre, que, en comparación con la de Mirela, fue pacífica y digna.

—Gracias a monsieur Moreau —respondió simplemente—.

Me salvó en todos los sentidos. Me devolvió las ganas de vivir.

Cuando la guerra terminó, empecé a trabajar en la boulangerie y aprendí los secretos del oficio a su lado.

Pasábamos todo el día juntos, amasando, dando forma, horneando las cosas de la vida.

—¿Cree que es por eso por lo que él ha permanecido aquí? —pregunté, recordando la investigación que había llevado a cabo en internet y la incapacidad de algunos espíritus de dejarse ir.

—El porqué no me importa. Monsieur Moreau dijo que siempre estaría a mi lado, e incluso muerto sigue fiel a su promesa. Pero no durará mucho más —declaró madame Moreau.

—¿Qué quiere decir?

—Antes estaba aquí siempre, podíamos verlo día y noche, pero ahora se queda apenas un par de horas nada más. Pronto terminará.

Madame Moreau bebió un poco de cognac y posó la vista en las llamas danzantes de la chimenea.

Imaginé que esas apariciones residuales no podían durar eternamente, pero me parecía casi cruel pensar que madame Moreau y Manu tuvieran que continuar sin aquella presencia reconfortante.

—¿Y Manu? Tomará las riendas algún día, ¿no? Quiero decir que está aprendiendo del maestro. Lo vi.

Los ojos de la mujer brillaron con orgullo, pero la inquietud volvió a nublarlos enseguida.

—Nos obligan a vender el edificio, Édith —dijo con un suspiro—. Tengo que vender la boulangerie .

—No me lo puedo creer. ¿Después de todo lo que me ha contado? ¡Eso es imposible! —No esperaba oír aquello, y no pude disimular mi conmoción.

—¿Y crees que yo quiero hacerlo? —dijo alzando la voz, tomada por la emoción.

Se levantó y cogió una carta que había en la repisa de la chimenea. Era un documento oficial, y cuando me mostró el membrete vi que era de un banco. Podía imaginar cuál sería el contenido. Los Moreau tendrían deudas, y el banco quería que vendieran el edificio.

En el exterior se había levantado viento y la nieve giraba en círculos al otro lado de los cristales. Con dificultad, madame Moreau cerró las contraventanas. Estaba claro que la artritis le provocaba mucho dolor.

—He trabajado duro todos los días de mi vida para conservar nuestro hogar —dijo sentándose de nuevo y bajando los ojos hacia sus manos—. Pero ahora, con este par de cosas inútiles…

Tenía los dedos encogidos y rígidos. Por eso no podía continuar, y también por eso era incapaz de transmitir a Manu el legado de los Moreau. Le resultaba físicamente imposible.

—Me casé con un hombre con grandes sueños y un corazón falso.

Cuando murió, me dejó cargada de deudas.

Jugaba, ¿sabes? Y cuando mi Gabrielle murió me quedé yo sola al cargo de Manu.

Las facturas no paraban de llegar: los libros de la escuela, la ropa, la comida, todos los gastos que conlleva la boulangerie …

Tuve que pedir un préstamo, una hypothèque , como se dice, sobre nuestra casa, y en este momento me resulta imposible pagar las mensualidades.

—¿Una hipoteca? —dije bajando la vista—. Oh, claro. Entiendo.

—Vinieron a verme el mes pasado. Esos hombres con sus trajes, sus caras pálidas y la avaricia reflejada en sus ojos. Al parecer hay un comprador que está ansioso por convertir el edificio en un hotel boutique .

—¿Qué? ¡Pero eso es ridículo! La panadería lleva aquí un montón de años, ¿no?

—Los Moreau llevan elaborando pan aquí desde 1920 —dijo madame Moreau, desconsolada ante la idea de perder todo el legado que en su día se le confió.

—Estoy segura de que el Ayuntamiento no lo permitirá —repliqué—. Este debe de ser un edificio protegido.

— Mais, c’est ça le problème . Es un edificio caro de mantener, y los promotores se han comprometido con el Ayuntamiento para respetar el exterior y restaurar el interior a fin de conservar el edificio en los años venideros.

Estas sociedades históricas son muy estrictas con este tipo de cosas y muestran una gran sensibilité con respecto a los orígenes del edificio, pero les da igual quién lo acabe pagando.

El banco cree que un hotel resultará más rentable, y por eso apoyan el acuerdo.

Los promotores han garantizado al Ayuntamiento que el turismo crecerá con un hotel ubicado en un edificio histórico. No sé qué hacer.

Me quedé con la mirada fija en el fuego, intentando asimilar todo aquello. Cuando llegué no tenía ni idea de que la situación fuera tan grave. De hecho, empezaba a preguntarme por qué me habrían contratado.

—¿Por qué publicó aquel anuncio en internet si sabía que la situación era tan apurada? —pregunté, y noté que el calor del resentimiento ascendía por mi garganta.

—Por Manu —respondió madame Moreau encogiéndose de hombros—. Cree saber qué es lo mejor para nosotros —añadió con una mezcla de orgullo y fastidio en su voz.

De pronto me sentí avergonzada por haber preguntado aquello. Teniendo en cuenta la dimensión del problema, no era el momento de echar las culpas a nadie.

—Cualquiera puede ver que esto es su pasión —dije.

—Sí, y aprende muy bien de papa . Pero no es más que un chico. Siempre he querido darle el hogar que monsieur Moreau me dio a mí cuando mis padres murieron. Pero ahora lo perderemos todo… Incluso él.

Y ahí fue cuando madame Moreau terminó por derrumbarse.

La presión de mantenerlo todo bajo control debía de ser enorme.

Me arrodillé a su lado y le pasé un brazo por los hombros mientras ella lloraba hundiendo el rostro en un pañuelo.

De pronto volvieron a mi cabeza las palabras que Manu había pronunciado aquella mañana en el sótano: «A lo mejor nos puede ayudar».

¿Qué demonios pensaba que podía hacer yo?

Bueno, empeorar las cosas no, eso seguro. Tendría que pensar algo.