La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 25
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Capítulo 25

PIERRE MOREAU

—¿Cómo se llama? —le preguntó Pierre a la mujer cuando llegaron a la Rue de Paris.

—Mirela. Y esta es mi hija, Geneviève.

Pierre abrió la puerta del sótano que daba a la esquina del edificio, y en cuanto entraron volvió a cerrarla con llave.

Relajó los hombros, y el aire llenó de nuevo sus pulmones.

¿Qué hacer ahora? Ni siquiera podía pensar.

Las consecuencias de dar cobijo a prisioneros eran bien conocidas.

Se acercó al fregadero, cogió unos vasos y los llenó de agua antes de ofrecérselos a Mirela y a su hija.

—Gracias, monsieur , por lo que acaba de hacer por nosotras —dijo la mujer antes de beberse el agua de un trago. Luego le devolvió el vaso y se giró hacia la puerta, como si se dispusiera a marcharse.

—¿Qué piensa hacer? ¿Adónde piensa ir? —preguntó Pierre.

—Hacia el norte —respondió Mirela—. Quizá podamos encontrar un barco y…

Geneviève se frotó los ojos y empezó a lloriquear. Estaba muerta de agotamiento.

—La niña está cansada —dijo Pierre—. Ven… —Apartó un banco de la pared y colocó encima un saco de harina vacío—. Déjela descansar. Les daré algo de comer.

Cogió algunas manzanas que quedaban en una caja al fondo del sótano.

Estaban muy maduras y llenas de golpes, pero era lo único que tenía.

Con un cuchillo retiró las partes marrones y cortó las manzanas, y después las puso en un plato con unas magdalenas.

La niña, que se había aferrado a su madre como un percebe a una roca, miró con cautela a Pierre y luego el plato.

—Por favor —dijo Pierre ofreciéndoselo.

La niña miró a su madre, que le respondió con una sonrisa tranquilizadora, y, con la velocidad de un carterista, cogió una madalena y se la comió con avidez.

Pierre sonrió. No tenía mucha experiencia con niños, pero aquella pequeña, con esos grandes ojos castaños que sugerían una inteligencia vivaz y rápida… Se había quedado prendado de ella.

—Nunca conseguirán llegar a la costa —dijo incorporándose para preparar un café, que en realidad consistía en bellotas tostadas y raíz de achicoria—. Creo que lo sabe —añadió mientras ponía el agua a hervir en el fogón.

—No me queda otra elección —dijo Mirela.

Pierre las miró mientras apuraban el pequeño plato de comida.

Habían sobrevivido a duras penas hasta entonces.

Y tenía la sensación de que ahora su supervivencia dependía de él.

Mandarlas a la calle equivalía a una sentencia de muerte.

La guerra ya le había robado tantas cosas que no estaba dispuesto a permitir que le robara también la humanidad.

Aunque significara morir por ella, era lo único por lo que merecía la pena seguir viviendo.

—Pueden quedarse aquí.

Fue como si aquellas palabras resonaran en las paredes. Era una decisión a vida o muerte. Le daba miedo lo que pudiera pasar, pero al mismo tiempo sabía que aquella decisión le permitiría vivir a la altura de su alma, su principal activo.

Mirela levantó la vista y lo miró confusa, una mirada que unos instantes después se transformó en algún tipo de reconocimiento.

—No puedo ofrecerle nada a cambio —replicó—. Eso no lo haré.

El hervidor empezó a silbar y, cogiendo la empuñadura con un trapo, Pierre lo apartó del fuego y se volvió para mirar a la mujer, olvidándose por un momento del café.

—No sé qué quiere decir —dijo.

—Amo a mi marido, esté vivo o muerto.

Entonces Pierre lo entendió. Aquella mujer había asumido que quedarse en la casa supondría dar algo a cambio. Que al ser él a todas luces soltero, se aprovecharía de su situación vulnerable.

—No, no me ha entendido bien. No supongo ninguna amenaza para usted, Mirela. Yo… —Las palabras murieron antes de salir de sus labios. ¿Cómo pronunciar en voz alta el secreto que había guardado en su interior durante tantos años?—. Yo no la veo a usted de esa manera.

La mujer se quedó mirándolo muy seria e intentó escucharlo con el corazón, no con los oídos.

—¿Entiende lo que le estoy diciendo? No puedo amar a ninguna mujer.

Fue como si se hubiera cortado la corriente, como si una descarga eléctrica hubiera desaparecido. La tensión que mantenía su cuerpo hecho un nudo se aflojó de repente, y con ello las lágrimas comenzaron a fluir.

— Maman ? —dijo la niña, mirando con cautela a su madre.

—Me parece que a maman le gustaría comer más magdalenas —dijo Pierre con cariño—. ¿Quieres que las preparemos juntos?

Y así fue como Pierre Moreau se encontró con una familia que nunca había pedido ni se había atrevido a desear.

Decidieron crear una historia que, aunque resultara inusual, pudiera llegar a convencer a la gente.

Pierre le contó a todo el mundo que Mirela era su esposa.

Sí, había sido una decisión repentina, pero en tiempos de guerra la gente hacía cosas muy extrañas, ¿no era así?

Sí, se convertiría en un padre magnífico para la niña.

Procedían, por supuesto, de un pueblo pequeño perdido en el campo, aunque nadie lo diría.

Y así fue como empezaron a comportarse, como una familia inesperada pero feliz.

Mirela asumió el papel de ama de casa diligente, y Geneviève se pasaba el día pegada a Pierre aprendiendo los secretos del oficio.

En poco tiempo sus vidas comenzaron a rozar algo muy cercano a la normalidad.

Y más que eso: empezaron a vivir con alegría.