Capítulo 24
L’HISTOIRE DE MADAME MOREAU
Mis primeros recuerdos son estar sentada alrededor de una hoguera viendo a mi madre bailar.
Llevaba une robe , un vestido precioso con estampado de flores amarillas y rojas que giraban con su cuerpo.
Mi abuela y todas las demás mujeres daban palmas mientras uno de los hombres tocaba la guitarra y mi madre taconeaba sobre el suelo polvoriento.
Se llamaba Mirela, que en idioma romaní significa «admirar», y era un nombre de lo más acertado, porque todo aquel que la veía la admiraba.
Recuerdo el calor de nuestra caravana, pintada en vivos colores, y los sonidos del campamento al despertar con la primera luz de la mañana: el tintineo de las ollas y las sartenes, las risas de los niños…
Sé que no son más que los pensamientos románticos de una niña.
¿Qué criatura no disfrutaría de la libertad de una vida nómada?
No tienes que ir a la escuela y vives con toda tu familia, siempre hay algo que hacer y alguien con quien jugar.
Es la vida desde la perspectiva de una niña, pero incluso así era consciente de las dificultades de mis padres.
Los romaníes no éramos del agrado de mucha gente, y très souvent sufríamos persecuciones de campamento en campamento.
Mi familia era manouche , integrante de un pequeño grupo de romaníes que llegó a Francia procedente del este de Europa.
Éramos muy pobres, pero también éramos gente orgullosa y hacíamos todo lo posible para ganarnos la vida.
Mi padre comerciaba con caballos, y a veces trabajaba entrenándolos en los establos de los ricos.
Hablaba muchos idiomas, y de hecho fue él quien me enseñó a hablar inglés.
Aprendimos a sobrevivir y a utilizar nuestras habilidades para ganarnos la vida al margen de la sociedad.
Pero vivíamos en la incertidumbre, y nuestras caravanas siempre estaban en movimiento.
Mis recuerdos de aquella época se han convertido en oro puro.
Son muy valiosos para mí. Cuando pienso en mi madre por aquel entonces, lo único que recuerdo son las chispas de la hoguera alzándose hacia el cielo y que su cuerpo tomaba la forma de llamas danzantes que se balanceaban hasta adormecernos a todos y sumirnos en un estado de trance.
Era très belle . Tenía el cabello negro y lo llevaba recogido en una trenza que le caía por la espalda, como los sementales de mi padre.
Decían que tenía duende y que bailaba con toda la pasión y el fuego de su alma, y de todas partes venía gente a verla.
Sin embargo, las cosas empezaron a cambiar en Francia y a menudo oía a los adultos hablar de la guerra.
Yo no entendía muy bien lo que era eso, pero sabía que la gente estaba asustada.
Cuando Francia firmó el armisticio con los nazis en 1940, yo tenía ocho años.
Creía saber lo que eran las adversidades, pero la vida acabaría volviéndose mucho más complicada.
Los alemanes hicieron pagar por la ocupación a los franceses, y los precios de los bienes de consumo se dispararon.
La gente ya era pobre antes, pero a partir de entonces dejó de haber trabajo y todo el mundo se vio obligado a sobrevivir con muy poco.
Con los toques de queda y el régimen de Vichy, que castigaba a todo aquel que no acatara las reglas impuestas, la vida en Francia se volvió intolérable . Pero lo peor aún estaba por llegar.
Llevábamos un tiempo oyendo rumores sobre los campos de trabajo alemanes.
El régimen de Hitler había empezado la persecución de aquellos grupos minoritarios a los que consideraba «racialmente inferiores».
Judíos, polacos, romaníes, homosexuales y personas con discapacidades eran enviados a los campos de trabajo o fusilados con el objetivo de proteger a la raza aria.
Claro está que mi familia no me contó nada de todo eso en aquel momento, pero sí recuerdo oír hablar de un loco en Alemania que quería dominar el mundo.
No me parecía real. Y no me lo pareció hasta que mi padre desapareció.
Estábamos acampados al este de París cuando llegó una pequeña tropa de soldados alemanes con sus jeeps del ejército.
Anunciaron que necesitaban a los hombres para trabajar y que nos trasladarían a todos a Compiègne, un pueblo en el norte del que nunca había oído hablar.
Dijeron que los hombres debían irse con ellos immédiatement , y que las mujeres y los niños subiríamos a un tren.
Recuerdo que me puse muy nerviosa y que tenía miedo, pero mi madre me consoló asegurándome que todo iría bien.
Dijo que papa era un buen trabajador y que por eso le habían pedido que se fuera con ellos con tanta prisa.
Recuerdo que mi padre me abrazó con fuerza y me dijo que fuera muy buena con mi madre. Nunca volví a verlo.
También recuerdo cierta emoción al subir al tren, porque era la primera vez que lo hacía, y que, a pesar de la confusión, estaba ansiosa por ponerme en movimiento.
Recuerdo que el paisaje pasaba con rapidez, a diferencia de nuestra caravana, tirada por un viejo caballo que iba al paso por los caminos cuando nos desplazábamos.
Enseguida llegamos a la estación, y allí vi soldados alemanes por todas partes.
En aquel momento no entendí por qué, pero mi madre me arrancó prácticamente del asiento y tiró de mí hacia una puerta en vitesse .
Debió de verlo cuando paró el tren, y aprovechó la oportunidad cuando los soldados estaban distraídos verificando alguna documentación con el jefe de estación.
Un hombre normal y corriente, cubierto con un abrigo bajo el cual asomaba un delantal blanco.
Estaba en el andén y cargaba con una cesta llena de baguettes .
Yo no tenía ni idea de qué estaba haciendo mi madre y tampoco sabía de qué podía conocer a aquel hombre.
El caso es que, en cuanto bajamos del tren, mi madre echó a correr hacia él y lo abrazó desesperada, y luego le habló con lo que recuerdo que pensé que era un acento muy refinado.
«¡ Chéri , has venido a buscarnos al tren!», exclamó mi madre mientras le daba besos en la cara a aquel hombre.
Il y avait un regard , una mirada que pasó entre ellos y que no podría explicar. Se produjo una pausa que duró quizá un segundo más de lo que debería. Entonces se acercó uno de los soldados, y ya se disponía a decir algo cuando monsieur Moreau dejó la cesta en el suelo y nos abrazó a las dos.
«Bienvenidas a casa, queridas mías. ¡Cuánto os he echado de menos!».