La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 23
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Capítulo 23

El negocio siempre es lo primero para un profesional autónomo, y madame Moreau no era una excepción.

Interactuó con sus clientes tras el mostrador, como era habitual, mientras yo desempeñaba mi trabajo totalmente aturdida.

Justo antes de comer, Geoff se presentó en la panadería y me pidió un « éclair atrevido».

Creo que jamás me había alegrado tanto de ver a alguien.

—¿Qué tal está hoy mi cliente favorito? —dije mientras le limpiaba la mesa.

Pensé que madame Moreau tal vez se estuviera preguntando si me disponía a compartir su espeluznante secreto con un cliente, pero si estaba preocupada no lo demostró. Su rostro era una máscara inescrutable.

—¿Y qué tal Ruby? —pregunté, deseosa de disfrutar de una conversación normal después de los extraordinarios sucesos que había presenciado a primera hora de la mañana.

—Le están haciendo la manicura en la peluquería.

—Perdón. ¿Qué?

—¡Es una broma!

—Oh, claro —dije frotándome los ojos—. Esto de madrugar tanto empieza a poder conmigo.

—¿Es suya? —preguntó Geoff señalando mi bicicleta, que estaba apoyada en la pared de la esquina.

—Sí —respondí con una sonrisa, y recordé la felicidad que me había embargado cuando la había visto.

—Debería cogerla y darse una vuelta. Va muy bien para despejar la cabeza.

—¿Pues sabe qué? Quizá no sea mala idea —dije desanudándome el delantal—. A lo mejor como algo rápido y luego me voy a pedalear un rato para ponerme de mejor humor.

En lugar de pedirle permiso, me limité a decirle a madame Moreau que me iba.

Emergí a la acuosa luz del sol. Desaté la bici, puse rumbo al Pont Solférino y pasé por delante de la estación, buscando algún objeto desconocido que hiciera que todo volviera a parecer normal.

Llegué a la orilla del Oise y seguí el camino de sirga, que antiguamente se utilizaba para remolcar las embarcaciones, con el sonido de las ruedas sobre la gravilla por toda compañía.

Ver a monsieur Moreau aquella mañana había despertado en mí pensamientos poco gratos sobre la muerte y la vida en el más allá.

Pensar que había viajado a Francia, a fin de huir de todo eso, solo para acabar topándome con un fantasma real, vivo o muerto…

¿Dónde estaría su alma? ¿Atrapada en una especie de limbo?

No estaba segura de creer en la existencia del cielo, pero sí quería creer que mi madre era feliz, estuviera donde estuviese.

Y a pesar de la frustración que me provocaba saber que madame Moreau me había mentido, no pude evitar preguntarme cómo debía de sentirse al ver a su padre de aquella manera, noche tras noche.

No podía imaginar siquiera ver a mi madre así, como un eco de sí misma.

Por un lado sería maravilloso volver a verla, pero ¿no poder tocarla ni hablar con ella?

Debía de ser una tortura. No estaba segura de que pudiera soportarlo.

Todavía estaba en proceso de duelo. Apreté los frenos, salté de la bicicleta y me acerqué a un banco.

Y, sin pensármelo dos veces, saqué el teléfono del bolsillo y llamé a mi padre.

—¿Cómo va todo, Edie? —dijo al oírme, rebosante de alegría.

Noté el escozor de las lágrimas en los ojos y me esforcé con desesperación por contenerlas. Me agarré con fuerza al banco, mirando el río discurrir frente a mí.

—La echo mucho de menos, papá —fue todo lo que pude decir mientras las lágrimas me empezaban a caer a borbotones.

Mi padre permaneció un rato en silencio, pero por los sonidos que se oían deduje que también estaba llorando.

—¿Quieres volver a casa, cariño? —preguntó por fin con voz ronca.

—Sí —dije, sollozando como una niña pequeña que quería que su padre se lo solucionase todo—. Pero eso no cambiaría nada. Además, creo que aquí me necesitan.

Decirlo fue como una revelación. Recordé que Manu le había dicho a su abuela que yo les ayudaría, y comprendí que, a pesar de su aire de despreocupación en la panadería esa mañana, lo estaban pasando mal.

—Tienen suerte de tenerte, Edie. Ya lo sabes —dijo mi padre con orgullo paternal.

—¿Sabes qué? ¡Tienes razón! —dije.

Fue como si de pronto hubiera entendido mi lugar en el mundo.

Quizá mi destino no fuera convertirme en una cantante que coronara las listas de éxitos ni en una diosa doméstica con 2,4 hijos y un perro.

Pero tenía la capacidad de influir sobre la vida de las personas, aunque fuera de una forma mínima, simplemente siendo yo misma… Y eso era más que suficiente.

Empecé a pedalear y puse rumbo al centro de la ciudad.

Mientras estaba parada en un semáforo, vi una joyería en la esquina.

Algo, tal vez la intuición, me dijo que debía entrar.

Desmonté de la bici, levanté el manillar y la subí a la acera para atarla con la cadena a una barandilla.

En el escaparate de la tienda brillaban varias joyas de plata preciosas.

Me llamó la atención una pulsera con dos pequeños colgantes: uno era la Torre Eiffel, y el otro, una bicicleta.

Quizá todos los turistas sucumbían a piezas de bisutería con tantos clichés como esa, pero me daba igual.

Enseguida se me dibujó una sonrisa en la cara, y supe que aquello solo podía indicar algo bueno. Entré y me la compré.

Por la noche, madame Moreau me invitó a cenar. Había empezado a llover y la temperatura había caído en picado, de modo que su confortable apartamento ofrecía un refugio acogedor. Había preparado un delicioso estofado de conejo con un montón de reconfortantes tubérculos.

— Manu ne mange pas avec nous ? —pregunté cuando vi que no estaba en la mesa.

— Il sort avec ses amis —respondió madame Moreau—. Veo que tu francés está mejorando.

— Merci . Siempre he querido hablar francés con fluidez… De hecho, esa fue la razón por la que elegí venir aquí —dije, disfrutando de la oportunidad de abrirme a una mujer que se había mantenido distante conmigo desde mi llegada.

Madame Moreau sirvió la comida, que había dispuesto en una tarrina de porcelana, en unos platos preciosos decorados con flores azules.

Yo me ocupé de servir el vino. Comimos en un silencio agradable durante un rato, con el único sonido del tictac del reloj y el resplandor de la chimenea a modo de telón de fondo.

Mientras yo rebañaba la salsa con el pan, charlamos sobre cosas intrascendentes, como el tiempo, y acerca de los personajes más interesantes que pasaban por la panadería.

Madame Moreau había preparado una exquisita tarte tatin , con manzanas caramelizadas en canela, y a pesar de que yo tenía el estómago lleno dejé el plato vacío.

Después de recoger los platos, nos trasladamos de nuevo a los silloncitos colocados delante de la chimenea.

Comprendí que había llegado el momento de agarrar el toro por los cuernos.

—En realidad no necesitaba una encargada que hablara inglés, ¿verdad? —dije, entendiendo de pronto el motivo por el que habían publicado el anuncio en el extranjero—. No quería que nadie de por aquí descubriera lo de su padre y se lo pudiera contar a alguien.

—Nunca he querido molestar ni asustar a nadie.

Pero sí, pensé que sería más fácil guardar el secreto de esa manera.

Siempre ha sido muy complicado mantenerlo oculto.

Por eso utilizamos el túnel para las entregas: así evito que la gente entre en el sótano —me explicó madame Moreau, resolviendo el otro misterio que me tenía perpleja—.

Cuando mi hija vivía, no necesitaba ayuda externa.

Pero ahora mi artritis va a peor, y Manu tiene que ir al instituto —dijo encogiéndose de hombros.

—Lo siento mucho —dije con sinceridad—. No tenía ni idea de que su hija había fallecido.

Los ojos de madame Moreau brillaron de un modo especial cuando siguió hablando.

—Ningún padre debería ver morir a sus hijos antes que ellos.

Buscó un pañuelo en el bolsillo de su bata y se secó los ojos.

—Lo siento mucho —repetí. Mis palabras sonaron nimias e insignificantes a mis oídos. En aquel momento entendí la sensación de impotencia que debían de haber experimentado mis amigos y familiares.

—Fue en un accidente de coche. Hace doce años. Ella y son mari , su marido, viajaban hacia el sur, a España, para ir a visitar a la familia de él. El pequeño Manu iba dormido en el asiento de atrás.

Hablar de aquello le resultaba visiblemente angustioso, de modo que la interrumpí apoyando una mano en su brazo y le dije que estuviese tranquila, que no era necesario que me diera detalles.

—Perdí a mi madre, y sé lo duro que resulta hablar de ello a veces —dije con solidaridad.

El rostro de madame Moreau se transformó en la imagen de la empatía. Sus grandes ojos castaños me miraron con dulzura cuando puso su mano sobre la mía.

— C’est dure la vie, hein?

Tenía razón, la vida era dura. Durante el silencio que siguió, entendí que las primeras impresiones que había tenido de ella habían sido completamente erróneas.

Había interpretado su comportamiento gélido como una muestra de hostilidad y antipatía cuando en realidad solo se estaba esforzando por proteger tanto a su familia como su paz mental.

Madame Moreau se levantó para acercarse a una cómoda alta de caoba y sacó un álbum de fotos de uno de los armaritos.

Volvió a tomar asiento y me enseñó fotografías de su hija, desde su infancia hasta poco antes de su muerte.

—Ahora solo tendría un par de años más que tú —me dijo en voz baja.

—¿Los recuerda Manu? —pregunté, pero madame Moreau negó con la cabeza mientras me decía que por aquel entonces él no era más que un bebé—. Es un chico brillante, todo un orgullo para usted.

— Comment? —preguntó, sin entender lo que acababa de decirle.

—Lo ha criado usted estupendamente bien —dije para explicarme. Y entonces me vino un pensamiento a la cabeza—. Su hija…

— Gabrielle. Oui?

—¿Veía también a su padre? —pregunté.

—Por supuesto. Era ella la que estaba aprendiendo de él los viejos métodos. Estaba destinada a llevar la boulangerie . Pero eso ahora ya no importa —añadió.

—¿Por qué dice eso? Manu está haciendo muy buen trabajo, ¿no? Mi padre fue jefe de repostería en Irlanda y la verdad es que sé un par de cosas sobre los procesos de horneado y las artes de la pastelería. Y puedo decirle que Manu tiene un don para ello.

—Ah, sí, recuerdo que leí eso en tu currículum. Y que Manu dijo que nos podría resultar útil —dijo madame Moreau, sonriendo con orgullo al pensar en la visión de futuro de su nieto.

—Oh, entiendo. Entonces, ¿es a Manu a quien debería estarle agradecida por haber obtenido el puesto? —dije sonriendo también.

—Sí. Pero, como seguro que ya sabes, las pequeñas panaderías han dejado de ser rentables.

La gente compra esos moche… ¿Cómo se dice?

Esos horrorosos panes de molde en el supermercado porque son más baratos, por mucho que estén llenos de conservantes que evitan que se pongan duros durante días y días. ¡Qué asco!

—Supongo que el coste de la vida afecta a todo, y que la gente lo único que pretende es ahorrarse un poco de dinero.

— Exactement . Por eso ya no compran pan fresco y croissants cada día. Las cosas se nos están poniendo cada vez más difíciles. No sé qué nos deparará el futuro.

Madame Moreau se quedó mirando el fuego de la chimenea, y por primera vez desde que la conocía me pareció que estaba cansada. No era en absoluto mi deseo presionarla sobre el pequeño asunto de tener un fantasma en el sótano, aunque tampoco podía disimular mi curiosidad.

—Y entonces… ¿Lo de su padre? —pregunté, con toda la delicadeza que me fue posible.

—Ah, sí. Te mereces conocer la verdad, Édith . Y te la contaré. Mais tendré que empezar desde el principio…