Capítulo 22 #2
No sabía muy bien a qué me estaba comprometiendo, ni por qué Manu pensaba que yo podía ser de ayuda, pero en aquel momento, viendo a madame Moreau tan pálida y temblorosa y temiendo por su salud, la verdad es que habría dicho cualquier cosa.
Fui a buscarle un vaso de agua, que bebió de un solo trago.
Luego le pidió a Manu que preparara el pan para la tienda y las entregas, y alivió las preocupaciones del chico garantizándole con un gesto persuasivo que todo iría bien.
Yo no estaba segura de poder decir lo mismo.
Seguía temblando, no sabía muy bien si del frío o del susto.
Madame Moreau debió de advertirlo, porque se levantó del taburete y me indicó que la siguiera.
Subimos las escaleras y, después de dirigirle otro gesto de ánimo a Manu mientras pasábamos por la tienda, seguimos subiendo el siguiente tramo hasta su apartamento.
Hasta aquel instante nunca había visto más allá de su puerta, y la importancia de que madame Moreau me hiciera entrar en su casa no me pasó inadvertida.
Era un espacio similar a mi propio apartamento en cuanto a tamaño y practicidad, con la diferencia de que el suyo resultaba extremadamente hogareño y acogedor.
Estaba enmoquetado, y las ventanas que daban a la calle estaban cubiertas con bonitas cortinas.
En la repisa de la chimenea había un montón de fotografías antiguas de la panadería y de quien supuse que era su madre.
Y entonces vi a monsieur Moreau en una foto enmarcada y lo reconocí enseguida.
Su imponente bigote y su pelo impecablemente engominado hacia atrás eran inconfundibles.
— Assieds-toi —dijo señalando uno de los dos sillones orejeros dispuestos delante de la chimenea encendida.
Me alegré de sentir un poco de calor y me froté las manos delante de las brasas. Madame Moreau puso a hervir agua y preparó un café bien fuerte para las dos. Dejó las tazas en una mesita de centro y tomó asiento en el otro sillón.
—Te había subestimado, Édith —dijo con una mirada aprobadora.
Ahí estaba la aprobación. Mi droga predilecta. Siempre la perseguía en los demás. Sin embargo, ahora que por fin me había ganado la de aquella mujer taciturna, ya había dejado de importarme lo que pensara de mí, porque estaba realmente enfadada con ella.
—¿Esto ha sido una especie de examen? ¡Creía que me había contratado para ser la encargada de la panadería, no una cazafantasmas!
—dije, consciente de que lo estaba planteando en tono jocoso, pero me pareció la única manera de contrarrestar la impresión que me había producido lo que acababa de presenciar.
— Mais non … Por supuesto que no —replicó.
—Oh, ¿en serio? ¿Y qué pasó entonces con Maria? Sí, me he enterado de lo de su última empleada —dije, viendo su cara de sorpresa—. ¿Es por eso por lo que contrata a gente extranjera, para que los que viven aquí no descubran su secreto?
—En parte, sí.
Yo había esperado algún tipo de discusión, que madame Moreau me dijera que todo aquello había sido un malentendido.
—Vaya, ¿así que lo reconoce? —Noté que me sonrojaba de rabia.
— Édith, écoute-moi . No he intentado engañarte ni hacerte pasar ningún examen, como acabas de decir. Mais no puedo correr el riesgo de que la gente de aquí se entere. Pensarán que estamos…
Y entonces se dio unos golpecitos en la sien con el dedo índice y silbó como una chiflada.
—Pues no me parece justo esperar que la gente de aquí no conozca la verdad —dije antes de beber un poco de café, que por suerte estaba caliente y buenísimo.
—¿Habrías aceptado este puesto si te hubiera contado la verdad?
Dejé la pregunta en el aire. Estaba claro que la respuesta era no, pero ¿cómo decirle a alguien que tienes un fantasma en el sótano sin parecer que estás loco?
—Ahora no tenemos tiempo para hablar —dijo madame Moreau mirando el reloj—, pero te prometo que esta noche te lo explicaré todo.
La miré con cautela, y me pregunté cómo se suponía que podríamos comportarnos con normalidad durante el resto del día mientras trabajábamos en la tienda. Y entonces comprendí que eso era lo que Manu y ella llevaban años haciendo. Que esa era su realidad.
—Lo sabes desde hace un tiempo, y a pesar de ello sigues aquí —dijo madame Moreau con cordialidad—. ¿Por qué no te has ido?
—No lo sé —respondí con sinceridad—. La verdad es que viajé hasta aquí para olvidarme de mis propios problemas y, a pesar de esto —dije, señalando hacia abajo—, me gusta estar aquí. Le sonará extraño, pero ¿sabe usted una cosa? Este lugar tiene algo que me ha devuelto el placer por la vida.
Arrugué la nariz y esbocé una sonrisa poco entusiasta. Hasta aquel momento no había entendido lo cierto que era lo que acababa de decir.
—Me alegro de que te quedes. Mais maintenant , hay que trabajar —anunció.
Algo hubo en su practicidad que me llevó a dejar de lado mis dudas. Y entonces, cuando me levanté del sillón y me dispuse a seguirla para bajar a la tienda, madame Moreau se volvió y me lanzó una de sus miradas fulminantes.
—¿Y ahora qué pasa? —pregunté con impaciencia.
—Oh, nada. ¿Es este quizá tu nuevo uniforme, hein ? —dijo repasándome de arriba abajo.
Fue entonces cuando me di cuenta de que todavía iba en bata y pijama.
—Espere un momento: ¿acaba de hacer usted un chiste? —dije con una sonrisa triunfal.
Madame Moreau siguió caminando, pero las dos sabíamos que yo había conseguido romper su caparazón.
Edie uno, Francia cero.