La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 22
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Capítulo 22

La noche siguiente, Manu me sorprendió al dejar una llave en la alfombrilla de mi puerta.

Era una llave antigua, pesada, y al instante supe en qué cerradura encajaría.

Me puse la alarma a las tres y cuarto de la mañana, para tener tiempo de colarme en el sótano antes de que llegara madame Moreau.

Estaba bastante nerviosa, en parte por pensar que iba a estar en la misma estancia que un fantasma, en parte por la forma en que madame Moreau pudiera reaccionar.

Comprendía que mi predecesora, Maria, debía de haber descubierto el inquietante secreto del sótano antes de largarse corriendo.

Geoff me había contado que también era inglesa, como él, y que se había marchado sin decir nada a nadie.

Y yo no la culpaba por ello, porque no era eso precisamente lo que uno esperaría encontrar en una pintoresca boulangerie francesa.

Además, ¿quién se habría creído semejante historia?

A menos que, como me estaba sucediendo a mí, la viera con sus propios ojos.

Ahora creía con firmeza que había sido el destino el que me había llevado hasta allí en ese punto intermedio de mi vida, después del fallecimiento de mi madre.

Y no quería huir sin enfrentarme antes al misterio de ese lugar y su pasado.

Bajé las escaleras con todo el sigilo del que fui capaz.

A pesar de estar rodeada de oscuridad, me sentía más despierta de lo que lo había estado en mucho tiempo.

En cuanto llegué a la cocina, encendí la luz e introduje la llave en la cerradura de la puertecita que daba acceso al sótano.

El sonido de mi corazón mientras retumbaba en mis oídos habría despertado a los muertos, pensé, y al instante recé para que no fuera así.

¿Qué estás haciendo, Edie?, me pregunté, resignada con frialdad al hecho de que ya no había vuelta atrás.

Giré la llave y oí el clic. Cuando la puerta se abrió, recibí una ráfaga de aire frío en la cara.

Me empezaron a temblar las rodillas, que amenazaban con ceder bajo mi peso.

Podría haber reconsiderado todo en aquel mismo instante, pero entonces oí ruidos arriba, lo que solo podía significar una cosa: madame Moreau se había levantado y no tardaría en bajar al sótano.

Intenté calmarme y saqué la linterna que había guardado en el bolsillo de la bata.

Cerré la puerta con llave detrás de mí y bajé con cuidado la pequeña escalera que conducía al sótano.

Manu me había dejado una nota junto con la llave en la que me aconsejaba dónde debía colocarme.

Ver el obrador desde la atalaya del cuarto de baño me ofrecía cierta seguridad, pero estar ahí abajo, tan cerca de la escena, distaba mucho de ser algo cómodo.

Enseguida encontré los sacos de harina detrás de los cuales me había dicho Manu que me escondiera.

Me coloqué en mi puesto de observación. Desde allí tenía una visión clara de los grandes hornos que producían el famoso pan crujiente de los Moreau, así como de las artesas que se utilizaban para preparar la masa; una zona que me había resultado invisible desde mi pequeña mirilla del baño.

Las paredes estaban cubiertas con viejas estanterías de madera repletas de ollas y moldes de pan de un color rosa dorado.

En el otro extremo de la estancia había una báscula de gran tamaño en la que la masa se cortaba y enrollaba antes de pasar al horno.

Me senté detrás de los sacos en completo silencio, con el vello de todo mi cuerpo erizado en señal de alerta.

De pronto noté que algo me rozaba el tobillo, y por instinto grité de puro terror.

Me tapé la boca con la mano y recé a Dios para pedirle que no estuviera siendo víctima del ataque de un zombi.

Cuando bajé la vista, descubrí que el culpable había sido el cinturón de la bata, que se había soltado.

La verdad es que no supe si sentirme aliviada o abochornada.

De pronto oí que una llave giraba en la cerradura y entendí que madame Moreau y su nieto se disponían a entrar, lo que significaba que «él» también estaría a punto de aparecer.

Acumulé las pocas migajas de valentía que me quedaban e intenté apaciguar el ritmo de mi respiración.

Pensé de nuevo en la información que había leído sobre las apariciones residuales e intenté recordarme que eran básicamente la repetición de una película, nada más.

Sin decir palabra, madame Moreau y Manu entraron en el sótano, y me di cuenta de que Manu me buscaba con la mirada.

Si no lograba verme, quería decir que me había escondido bien.

Aunque también cabía la posibilidad de que pensara que a última hora me había acobardado y echado atrás.

Pero supongo que no tuvo tiempo de darle más vueltas al tema, porque vi que enseguida empezaba a cargar el horno con la leña que iba cogiendo de una pila que había en el extremo opuesto de la sala.

Entonces vi la puerta que presumiblemente daba al callejón lateral, la que se me había cerrado cuando llegué.

¿Podría escapar por allí si las cosas se complicaban?

Cuando la leña empezó a crepitar, el sótano se iluminó con la tenue luz del fuego y Manu se dedicó a verter grandes cantidades de harina en una de las artesas.

Madame Moreau se movía de un lado a otro con rigidez, preparando el resto de los ingredientes que Manu iba a necesitar.

Después de mezclar concienzudamente la levadura con el agua, y sin tomarse la molestia de medir las cantidades, Manu recogió la masa y la transfirió a la mesa de trabajo.

El olor de la harina y la levadura agridulce me hizo sentir de repente como en casa, y a punto estuve de olvidar el motivo por el que estaba allí.

Estaba absorta observando la manera en que Manu echaba con destreza la harina sobre la superficie cuando de pronto comenzó un parpadeo y el ambiente en el obrador se transformó por completo.

Sentí como si se produjera una descarga eléctrica.

Y entonces, poco a poco, como si miles de motas de polvo brillantes se arremolinaran, se empezó a visualizar la silueta borrosa de una persona.

Me llevé un susto de muerte al verlo tan de cerca, y a punto estuve de volcar uno de los sacos de harina tras los cuales me ocultaba.

Sin embargo, nadie me oyó ni se dio cuenta de nada, porque tanto Manu como madame Moreau dieron un brinco ante su repentina aparición a pesar de que debían de estar esperándolo.

Y lo que dijo madame Moreau a continuación me sorprendió todavía más.

— Bonjour, papa .

Me quedé paralizada. Aquello no era una aparición casual, sino que estaba delante del fantasma de monsieur Moreau.

Me vi obligada a meterme el cinturón de la bata en la boca para asegurarme de no gritar.

Monsieur Moreau —o mejor dicho, su fantasma— parecía completamente ajeno a la presencia de su hija y de su nieto, pues se concentró intensamente en su trabajo.

Se movía de un lado a otro no como una persona normal, sino tal y como se describía en la página de internet que yo había consultado.

Era como ver una antigua película rayada: en un momento dado la luz que lo envolvía era intensa y brillante, y al siguiente se desvanecía por completo.

El fantasma parecía coger objetos, pero en realidad no entraba en contacto con ellos.

Parecía reacio o incapaz de interactuar con Manu, que observaba con atención a su bisabuelo y hacía lo posible para emular su técnica.

La escena era sorprendente y asombrosa. Vi cómo ambos extendían las manos para repartir la harina sobre la mesa e iniciaban el proceso de amasado, incorporando poco a poco diversos elementos.

Y entonces, mientras los panes quedaban reservados a un lado para su fermentación, Manu siguió siendo la sombra de monsieur Moreau, que puso una olla con agua hirviendo en el horno y, con la ayuda de una pala larga de madera, colocó los panes redondos al fondo y cerró la puerta.

La única conversación era la que tenía lugar entre madame Moreau y Manu, que decían cosas sorprendentemente triviales como «asegúrate de que la temperatura del agua es la correcta para la masa» o «las baguettes ya están listas para entrar en el horno».

De un modo u otro, aquel escenario tan extraño y singular se había vuelto normal para ellos.

Madame Moreau observaba con cariño a su padre, pero se cuidaba en todo momento de no acercarse demasiado a él.

Aquello siguió durante más de una hora, y para entonces ya me dolía todo el cuerpo de estar agazapada en el suelo helado, oculta tras los grandes sacos de harina.

Fue entonces cuando oí que madame Moreau sugería empezar a subir los panes a la tienda y prepararlo todo para abrir.

Con eso, monsieur Moreau —o su espíritu— se desvaneció, y tras él solo quedó una carga extraña en el ambiente, como ondas en el agua.

Supe entonces que había llegado el momento de la verdad y que debía salir de mi escondite.

No quería asustarlos apareciendo de repente, pero me planteé que, si habían pasado tanto rato compartiendo el obrador con un fantasma, mi presencia no tendría que sorprenderlos demasiado.

—Buenos días, madame —fue lo único que fui capaz de decir cuando salí patosamente de mi escondrijo.

Al verme, madame Moreau se tambaleó. Por suerte, Manu corrió a sujetarla del brazo para que no se cayera.

— Mais, qu’est-ce que … ¡Tú! —me gritó, con una combinación de rabia y culpabilidad por haber sido descubierta.

Manu acompañó a su abuela para que se sentase en un taburete.

— Elle veut nous aider —le aseguró con delicadeza.

—Tiene razón —dije yo—. Quiero ayudar, si puedo.