La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 21
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Capítulo 21

— Édith! —gritó madame Moreau—. Il y a un coursier qui te cherche .

—¿Qué? —dije.

Al levantar la vista, vi a un mensajero en la puerta y su camioneta blanca aparcada fuera. Salí de detrás del mostrador y apenas si oí a madame Moreau preguntándome si ese día pensaba trabajar o qué. Fingí que no la entendía, una táctica que empleaba a menudo.

— Signez ici —dijo el mensajero sujetando un pequeño dispositivo electrónico.

Firmé en la pantalla, aun sin saber qué estaba aceptando, ya que no traía ningún paquete.

— Dehors —dijo el mensajero, y lo seguí a la calle.

Y allí, apoyada felizmente en su soporte, justo al lado de la panadería, vi una preciosa bicicleta de color crema con su cestita de mimbre.

—¿Qué? —exclamé, mirando a mi alrededor por si encontraba algún tipo de explicación.

Posé las manos en el manillar, y entonces vi que dentro de la cesta había un sobre. Lo abrí a toda prisa.

Espero que disculpes la ausencia de cintas y lazos… En la empresa de mensajería me han dicho que no hacían ese tipo de cosas.

Felices excursiones,

H. X

Leí la nota una y otra vez. Como era propio de él, Hugo le restaba importancia al asunto, como si aquel no fuera uno de los regalos más bien pensados que yo había recibido jamás.

Un regalo inesperado era una cosa, pero otra muy distinta era comprender que Hugo me había escuchado, que había estado realmente atento la noche de nuestra cita y se había acordado de que yo había mencionado lo bien que me iría tener una bicicleta.

Intenté mantener la calma. Aquello era demasiado y, evidentemente, no podía aceptarlo.

Pero tampoco pude evitar que mi corazón empezara a dar saltos por delante de mí, como un cachorrillo que se soltara de su correa.

Me sentía como si estuviera iluminada por dentro.

Hoy en día, encontrar a alguien que realmente te preste atención y que actúe con buenas intenciones es algo excepcional.

Hugo había pasado de ser mi aventura francesa a ser algo más.

Muchísimo más. Era un hombre verdaderamente atento… , además de increíblemente guapo.

— Où est Édith ? —Oí que le preguntaba Manu a madame Moreau. Creo que no sabría traducir exactamente su respuesta, pero me parece que dijo algo así como: «Esa chica está ahí fuera sonriendo como una tonta delante de una bicicleta». Y tenía razón, porque así estaba yo.

Bajé con mi bicicleta nueva hasta el río aprovechando la pausa para la comida.

De entrada, mi intención había sido no tocar la bicicleta y devolverla.

No me la podía quedar. Sin embargo, cuanto más la miraba, más me daba cuenta de que la quería de verdad.

Se la pagaría hasta el último céntimo. Le envié un mensaje a Hugo diciéndole exactamente eso y me respondió que me llamaría por FaceTime a la hora de comer para discutirlo, pero él aún no había descubierto lo terca que podía llegar a ser yo a la hora de pagar mis gastos.

Había metido en la cesta media baguette , un poco de queso emmental y, de postre, una manzana roja y una tarta individual de albaricoque que se asemejaba a un sol anaranjado sobre una masa dorada.

¡Todo estaba buenísimo a orillas del río!

Incluso me había llevado media botella de vino blanco y un vaso de plástico.

Hacía un día radiante y soplaba una brisa ligera que anticipaba el calor estival.

Me pregunté cómo sería mi primer verano en Francia.

Aún no me podía creer que lo hubiera hecho.

La verdad es que nada coincide nunca con las ideas que te formas en la cabeza; siempre hay cosas mejores y otras sin duda peores, pero lo que jamás se puede anticipar es cómo te sentirás por dentro. Y yo me sentía orgullosa de mí misma.

Pasaron los minutos, y al final recibí un mensaje de Hugo en el que me decía que seguía atrapado en una reunión.

Le envié una foto de mi pícnic en el banco con mi preciosa bicicleta apoyada en él.

Parecía una escena de postal. Me pregunté en qué trabajaría exactamente, aunque también pensé que tal vez no me había hablado mucho de ello porque no era su pasión.

Para mí era fotógrafo, y pensando en eso entré en la página web donde me había dicho que había subido algunas de sus fotografías y empecé a comer.

Los edificios antiguos que captaba con su cámara eran una belleza.

Había una elegante chocolatería pintada en un tono verde azulado en cuya fachada destacaban unas ventanas con arco de medio punto y un rótulo con letras doradas.

Mi cabeza empezó a soñar y me imaginé visitando París en compañía de Hugo: él me mostraría los lugares más interesantes y después nos alojaríamos en un hotel superchic.

O en su apartamento. Me pregunté cómo sería.

Daba la impresión de que tenía dinero, así que seguramente sería muy bonito y tendría portero y todo.

Nada que ver con mi atelier , con sus tuberías cochambrosas y sus ruidos espeluznantes.

Me serví un poco de vino mientras una pequeña lancha motora pasaba por el río.

Disipar mis miedos en un día tan soleado era sencillo, pero existía una posibilidad real de que la panadería estuviera…

. No. Ni siquiera era capaz de pronunciar esa palabra.

La idea era tan absurda que ni siquiera se podía expresar en voz alta.

Y sin embargo allí pasaba algo raro. Cogí de nuevo el teléfono y abrí el buscador.

Mis dedos teclearon las palabras «fantasmas» y «apariciones».

Recorrí los resultados en busca de algo que ofreciera un aspecto mínimamente fiable.

Después de navegar un rato, llegué a la conclusión de que muchas páginas web hacían referencia a dos tipos principales de apariciones: inteligentes y residuales.

Mi intuición me llevó a hacer clic en la palabra «residuales», y cuando vi en Wikipedia algo denominado «Teoría de la cinta de piedra» abrí el enlace.

La explicación que encontré me pareció inquietantemente precisa:

La teoría de la cinta de piedra es una hipótesis seudocientífica que especula que, durante los momentos intensos de la vida de una persona, los lugares pueden absorber de ella, como ser vivo que es, algún tipo de energía.

Después de la muerte de esa persona, esa energía almacenada puede ser liberada, dando como resultado una exhibición de la actividad registrada.

Según esta hipótesis, los fantasmas no son espíritus, sino simplemente una suerte de grabaciones no interactivas, similares a una película.

Ni siquiera me había dado cuenta de que me había comido la tarta entera mientras leía.

Una pequeña parte de mí ansiaba saber qué estaba pasando, pero por encima de todo confiaba en que aquello dejara de suceder o tuviera al menos una explicación racional.

Me sentía ridícula por el mero hecho de estar investigando sobre ese asunto.

Me disponía a cerrar la página cuando leí unas palabras que llamaron mi atención: «…

como un eco de acontecimientos pasados».

Pensé en la persona que había entrevisto, aquel hombre con ese resplandor fantasmagórico que iluminaba su piel y esas prendas anticuadas que lo ubicaban en otra época.

¿Podría ser posible? Solo me quedaba una cosa por hacer: preguntárselo a madame Moreau.

Justo entonces sonó el teléfono, y a punto estuve de arrojarlo al río del susto que me dio.

Cuando vi el nombre de Hugo en la pantalla intenté serenarme.

—Hola —dije arreglándome el pelo. Me llevó un momento caer en la cuenta de que no era una videollamada.

— Salut, chérie —respondió, derritiéndome el corazón en el acto—. No puedo hablar mucho, pero quería disculparme por no haber podido llamarte a la hora de comer como habíamos acordado. Te lo compensaré.

—Oh, eso suena prometedor —dije, y le di un mordisco a la manzana.

—A lo mejor podría llevarte un detallito de la ciudad —dijo Hugo con ese acento seductor que se ubicaba entre París y Londres.

—Bueno, me acabas de comprar una bicicleta, literalmente —dije inclinándome por encima del manillar para hacer sonar el timbre.

—¿Y le da su aprobación mademoiselle ?

—Por supuesto que sí. Es preciosa, pero no puedo aceptar un regalo como este.

—¿Por qué no?

—¡Porque es demasiado generoso!

—Y eso te parece mal… ¿por qué razón?

—Porque… me gusta pagarme mis cosas.

—Oh, por supuesto. No pretendía… —Se interrumpió.

Me alegré de no estar viéndole la cara en aquel momento. Tal vez había insultado su generosidad, pero era eso lo que sentía de verdad.

—Siempre que he salido con alguien en el pasado, ha sido eso lo que se esperaba de mí —me explicó.

—Oh —dije, porque no sabía qué responder.

—Esto último ha sonado raro. Como si yo hubiera viajado en el tiempo desde la corte del rey Luis o algo por el estilo.

—No pasa nada —dije riendo—. De verdad que te agradezco el gesto. Y mucho.

—Lo que he querido decir con lo de la bicicleta es que, si vas en serio con alguien, tienes que hacérselo saber.

«En serio». Acababa de utilizar la expresión «en serio». Refiriéndose a mí. Intenté, sin éxito una vez más, que mi corazón no se hiciera promesas vanas a partir de las palabras de Hugo.

—¡Ojalá hubiera sabido eso antes, porque te habría dicho que quería un coche deportivo! —dije intentando tomármelo con humor.

—Tomo debida nota, no te preocupes. ¿De algún color en concreto?

—Sorpréndeme.

Me dolían las mejillas de tanto sonreír. De hecho, estaba casi segura de que mi sonrisa debía de ser visible desde el espacio exterior.