Capítulo 20
—Los fantasmas no existen —me dije para tranquilizarme.
Aquellos ruidos extraños en el edificio me habían vuelto a despertar.
Los achaqué al viento, que emitía un gemido lastimero cuando entraba en remolino por la chimenea, pero mi instinto me decía que era algo más que eso.
El viento era solo el mensajero. Encendí la luz y me senté en la cama.
Vacilé entre los sentimientos de miedo y curiosidad antes de acabar decidiendo que debía enfrentarme a lo que fuera aquello.
Tal y como decía madame Moreau, se trataba de un edificio viejo y, aunque resonara con los ecos de sus antiguos residentes, no había motivos para tener miedo.
En su día fueron personas. Tuvieron una vida.
Como mi madre. Un pensamiento tan punzante como un clavo.
Pensar en su muerte me seguía costando. Cogí una libreta y empecé a anotar las cosas que me venían a la cabeza.
De adolescente escribía un diario, y este me proporcionaba un espacio seguro donde volcar mis pensamientos cuando no quería agobiar a mis padres ni preocuparlos.
Me pregunté por qué me estaba obsesionando aquel «fantasma», y al hacerlo las palabras empezaron a fluir sobre el papel.
Quizá mi miedo fuera dolor desubicado. Tal vez me atormentaba no haber podido llorar debidamente la muerte de mi madre.
Me sentía atrapada en una telaraña de emociones distintas —culpabilidad, resentimiento, tristeza, autocompasión…
—, y gestionar cualquiera de ellas sin tocar las demás resultaba muy complicado.
Estaba agotada, tanto en términos mentales como emocionales.
Y era comprensible que el estrés me hubiera llevado a ver cosas que en realidad no existían.
Había llegado el momento de enfrentarme a lo invisible y demostrarme a mí misma que no había nada que temer.
De modo que me levanté, me puse la bata y bajé las escaleras.
Qué equivocada estaba. El miedo se apoderó de mí.
Mi fugaz arrebato de valentía no había tardado en esfumarse.
Porque ¿a quién se le ocurría complicarse la vida para vencer a un fantasma?
A la gente estúpida que salía en las películas de terror, a esa, y todos sabíamos perfectamente cómo terminaba.
Pero ya era demasiado tarde para dar media vuelta, así que no me quedaba otra que seguir adelante con ello y confiar en que la teoría que acababa de idear fuera cierta.
Me agaché en el lugar ya conocido debajo del lavabo (a años luz de mi sueño parisino), levanté la rejilla y observé el espacio del sótano en busca de algún signo de vida…
o de muerte, porque también podía ser ese el caso.
Vi a madame Moreau y a Manu trabajando con la misma diligencia que el otro día, aunque apenas podía oír sus voces por encima del latido estruendoso de mi corazón.
Empecé a albergar dudas sobre la «presencia» que había creído ver la otra noche, pues daba la impresión de que estaban solos.
Pero entonces, igual que sucedió aquella madrugada, apareció junto a Manu una imagen parpadeante, y al vislumbrarla una sensación abrumadora de terror atenazó mi pecho.
Pensé que me iba a desmayar otra vez. Tuve que concentrarme en mi respiración para intentar apaciguarla, y mientras lo hacía recé a mi madre para que me diera valor y comprensión.
Me esforcé por recordar lo que había pensado arriba, en mi habitación: quienquiera que fuera ese ser, había estado vivo en su día.
Había sido una persona normal, con sus esperanzas y sus miedos.
Me llevé una mano al pecho y noté que el latido empezaba a calmarse.
Un poco más tranquila, me tumbé por completo en el suelo (lo cual, al tratarse de un baño público, era un sacrificio enorme de higiene personal) para poder ver mejor.
El hombre, porque iba vestido como un hombre, parecía real.
Sin embargo, cuanto más lo observaba, más opaco me parecía.
Su piel desprendía un resplandor tenue. Pero, por lo demás, se movía como cualquier persona normal y corriente.
Fue entonces cuando me di cuenta, para mi asombro, de que aquel hombre parecía estar amasando pan.
Bajo sus manos no había masa, y tampoco daba la impresión de que estuviera tocando algo, pero sus movimientos eran los de un panadero trabajando la masa.
Cuando miré a Manu, vi que estaba imitando todos los movimientos que hacía el hombre, y que la única diferencia era que las manos del chico sí estaban en contacto con algo.
Entonces oí que madame Moreau hablaba desde la zona que quedaba más oscura.
—Eso es. ¡Ahora sí que podrás hornear el pan como un auténtico Moreau! —dijo con una voz quebrada por el orgullo, o por la tristeza, o por ambas cosas a la vez.
Permanecí allí quince minutos más. Había llevado conmigo mi fiel libreta para tomar notas y no tener dudas después sobre lo que había visto.
Entendí que debía planear mi siguiente paso con mucho cuidado.
Era evidente que Manu sabía lo que yo hacía en el cuarto de baño la otra noche, y, por lo que podía deducir, no le había comentado nada a madame Moreau.
En cierto sentido, intuía que Manu quería que yo averiguara el misterio, aunque no sabía por qué.
Y lo que tenía claro era que yo no pensaba decir nada hasta que hubiera investigado un poco más por mi cuenta.
Por mucho que acostumbrarse a vivir encima de una panadería embrujada llevara su tiempo, todavía no estaba dispuesta a huir de allí.
Esperé a Manu hasta el final de la jornada laboral, cuando las farolas de las calles empezaron a encenderse una a una y él regresó a la panadería con su motocicleta.
Siguiendo su rutina habitual, fue colocando todo el pan que había sobrado en cajas para llevarlo después al albergue de las personas sin hogar.
—¿Qué te parece si te acompaño? —le sugerí.
A aquellas alturas, ya estaba más que acostumbrada a la total falta de entusiasmo de Manu y de madame Moreau hacia cualquier cosa que yo pudiera decirles. Si algo había aprendido en ese país, era a hacer las cosas sin permiso previo en lugar de esperar una invitación.
Manu resopló con cierta indiferencia y miró la moto. Tenía razón: no me veía montada sobre el manillar, la verdad.
—¿Por qué no vamos andando? Eeh… ¿marcher? Seguro que no es pas loin —dije—. No creo que quede muy lejos. ¿No es así, madame Moreau? Y puedo ayudar cargando alguna caja.
En lugar de responder con su habitual gesto de encoger los hombros, casi detecté en ella lo que podría considerarse una sonrisa. Quizá estaba empezando a derribar su muro. Alcanzado el acuerdo, echamos a andar por las callejuelas adoquinadas.
—Así que quieres ser panadero… —le dije a Manu para iniciar la conversación con una pequeña charla intrascendente.
— Oui .
—¿Y estás aprendiendo del panadero que vi anoche en el sótano?
La pregunta quedó flotando en el aire hasta que él la asimiló.
—¿Lo… lo viste? —me preguntó, claramente dubitativo.
—Vi algo, y lo que tengo claro es que no estaba soñando —dije, mostrándome tan sincera como él—. Ce n’était pas un rêve .
— S’il vous plaît… , no le menciones lo de anoche a madame Moreau —me espetó entonces Manu en un inglés sorprendentemente bueno.
Hasta aquel momento había dudado de mi cordura.
Cada vez que visualizaba la imagen del fantasma ahí de pie (o flotando) me sentía un poco débil, y luego pasaba todo el día intentando justificarlo como simples imaginaciones mías.
La falta de sueño, un juego de sombras o incluso una crisis nerviosa me parecía más plausible que lo que por instinto sabía que era cierto.
—No estoy segura de lo que vi —repliqué con franqueza—, pero creo que merezco una explicación.
Ninguno de los dos dijo nada más durante un rato.
Manu tomó la delantera y giró a la derecha al llegar a una iglesia bastante grande en la que yo no había reparado hasta entonces.
En la parte de atrás había un edificio bajo con una hilera de ventanas cálidamente iluminadas desde el interior y una fila de gente que se extendía hasta la puerta.
Manu saludó a algunas de las personas que guardaban cola y, caballerosamente, me invitó a entrar por delante de él.
La verdad es que al estar tan concentrada en obtener respuestas ni siquiera había pensado mucho en el lugar al que nos dirigíamos, pero ahora que estábamos allí me sentí tan sorprendida como conmovida por lo que veía.
Aquello era una especie de cantina, con varias mesas preparadas para cenar, y al fondo de la sala había un mostrador atendido por voluntarios que repartían cuencos de sopa humeante y un plato principal consistente en algún tipo de guiso.
Cuando un sacerdote vio llegar a Manu, salió de detrás del mostrador para recibirnos.
— Bonjour, Emmanuel —dijo, saludándolo por su nombre completo—. T’as amené une petite amie?
— Père Bernard, je vous présente mademoiselle Lane —replicó Manu hablando con gran respeto—. Elle est irlandaise —añadió casi como una excusa ante las posibles meteduras de pata que yo pudiera cometer.
Y justamente por eso yo no sabía cómo debía dirigirme al sacerdote de forma apropiada, ni si debía saludarlo con dos besos.
Por suerte, mientras dejaba las cajas sobre la mesa, él me tomó la mano y me la estrechó.
No ayudó mucho que de repente yo pareciera haber olvidado todo mi francés, que era lo que me solía pasar en los encuentros sociales, fuera el idioma que fuese.
Pero de nuevo el sacerdote tomó la iniciativa.
— Ça vous plaît, la vie ici en France?
¿Que si me gustaba vivir en Francia? Bueno, la verdad era que la respuesta estaba todavía en vías de desarrollo.
— Oh, oui, je suis très contente ici —dije, lo cual no era exactamente falso, ya que mi vida en Francia me estaba empezando a gustar en algunos sentidos.
—Dice el padre que es nuestra responsabilité proteger a los olvidados —dijo Manu al ver que yo no decía nada más.
Y todas aquellas personas lo eran. Muchos de ellos eran inmigrantes, con aspecto de tener poco más que lo que llevaban encima.
Más tarde, de regreso a la panadería, sentía que tenía muchas preguntas que hacerle a Manu.
—Toda esa gente que había allí… —empecé a decir—. No son franceses, ¿verdad?
Manu me miró un momento antes de responder.
—Vienen de muchos lugares distintos. Son refugiados.
—¿Y madame Moreau y tú los ayudáis?
Manu hizo un gesto de asentimiento a modo de respuesta.
—¿Sois parientes? —insistí, presionándolo, consciente de que aquello no era asunto mío, aunque al mismo tiempo tenía la sensación de que aquella gente me estaba metiendo en algún lío y tenía derecho a saber.
— C’est ma grand-mère —dijo.
—¿Tu abuela? —repetí innecesariamente.
Dejé transcurrir unos segundos para asimilarlo. No entendía por qué no me lo habían dicho desde el primer momento. Quizá a los padres de Manu —el hijo o la hija de madame Moreau— les había ocurrido algo, y por eso ella cuidaba del chico.
—Dice mi grand-mère que, como romaníes, nuestro deber es ayudar a los que vienen de fuera.
Yo no sabía absolutamente nada sobre los gitanos y su cultura. Lo único que me sonaba era que se trataba de una comunidad nómada que sufría discriminación a diario, y que los estereotipos negativos menoscababan su rica cultura.
—¿Y qué puedes contarme sobre lo que pasó realmente anoche? ¿Sucede todas las noches?
Era obvio que Manu se sentía incómodo hablando del tema. Pero, más que lo que yo pudiera hacer con esa información, lo que parecía preocuparle era que yo le comentara mis sospechas a madame Moreau. Advertí que se mostraba muy cauteloso.
—No pasa nada, Manu —dije, experimentando una oleada de sentimiento maternal hacia él—. Vous n’êtes pas obligé de tout me dire maintenant . Podemos hablar de ello más adelante.
Era evidente que no estaba preparado para hablar conmigo de ese tema, y tampoco sabía si yo lo estaba del todo para escuchar lo que tuviera que contarme.
Por el momento, me bastaba con saber que no me estaba volviendo loca y que el secreto de madame Moreau estaba a salvo entre nosotros.
Con ese entendimiento por ambas partes nos despedimos, aunque me seguía picando la curiosidad.
No podía evitar preguntarme de dónde —o más bien de cuándo— provenía esa aparición.
¿Habría sucedido algo en la historia de aquella ciudad, o quizá incluso en la de aquel edificio?