La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 19
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Capítulo 19

HUGO CHADWICK

Hugo se había puesto sus Ray-Ban negras para protegerse los ojos del sol matinal.

Le dio al botón de la llave y oyó que el Range Rover se cerraba a su espalda.

Echó a andar por la Rue de Paris con la sensación de familiaridad de siempre, un déjà-vu inexplicable.

No necesitaba una gran excusa para visitar la panadería, pero se dijo que era un lugar conveniente para comprar algún dulce, por mucho que no quedara cerca del lugar adonde se dirigía.

Cuando la campanilla sonó por encima de su cabeza, se detuvo en el umbral. Edith estaba agachada al lado de una niña que le estaba presentando oficialmente a su peluche.

— Il s’appelle Mou-Mou —dijo la niña antes de invitar a Edith a darle dos besos a un revoltijo de pelo gris que en tiempos mejores debió de ser un elefante de juguete.

Ella gestionó la situación con elegancia y optó por darle la mano a la trompa. Y justo entonces, cuando levantó la vista y lo miró a los ojos, la sonrisa que iluminó su rostro le aceleró a Hugo el corazón.

—Oh, hola —dijo Edith incorporándose—. ¿Conoces a Mou-Mou?

— Enchanté —respondió educadamente Hugo mientras la madre de la niña la agarraba de la mano para salir a la calle—.

Veo que tienes mucho éxito entre la clientela —le dijo a Edith dándole un beso en la mejilla, a pesar de que deseaba hasta la última célula de su cuerpo tenerla entre sus brazos y sentir su calor.

—Encanto irlandés —dijo ella guiñándole un ojo. Madame Moreau pasó deliberadamente entre ellos y Edith la miró con tensión—. Aunque ya ves que no funciona con todo el mundo —añadió en voz baja—. ¿Qué te pongo? —preguntó alzando de nuevo la voz con una entonación teatral.

—Solo vengo a comprar algún dulce. Voy de camino a visitar a mi madre.

—Oh. ¿Vive por aquí cerca?

—En cierto sentido, sí —respondió Hugo—. Creo que me llevaré ese pequeño fraisier, s’il te plaît .

Edith guardó la tarta de fresas en una cajita blanca de cartón, la ató con un cordel y se negó a aceptar el dinero.

—Es mi regalo —dijo.

Aquel gesto hizo que Hugo tomara conciencia de un rasgo de Edith que hasta el momento no había percibido. Era amable. Intentó negarse, pero ella insistió.

—Es un placer —añadió—. Y espera un segundo. —Desapareció en la pequeña cocina y salió unos minutos después con dos vasos para llevar—. Tienes que probar este chocolate caliente. Es… especial —dijo, y sus ojos brillaron traviesos.

—De acuerdo —dijo Hugo—. Aunque el chocolate caliente no me va mucho.

—Créeme si te digo que este te gustará. Es muy proustiano.

Durante todo el trayecto, Hugo no pudo dejar de sonreír.

Había probado el chocolate caliente y le había sorprendido lo bueno que estaba.

De hecho, creía que quizá era el mejor que hubiera probado en su vida.

Le hizo recordar cuando de niño se sentaba con su hermano delante del televisor para ver dibujos animados.

De pronto tuvo una imagen muy clara de los dos, cada uno con su tazón de chocolate caliente entre las manos, y rememoró la sensación de ser el niño más afortunado del mundo por tener un hermano mayor como Stéphane.

Y, curiosamente, la tensión que siempre sentía en el pecho cuando pensaba en su hermano estaba ahora ausente por completo.

En su lugar notaba una sencilla sensación de calidez y, si se atrevía a decirlo, de felicidad.

Rara vez se sentía así, sobre todo cuando iba a visitar a su madre.

Sin embargo, en cuanto cruzó con el coche las verjas de hierro que cerraban las instalaciones, el sentimiento de culpabilidad y vergüenza reapareció.

Habían pasado tres años desde que su madre se había convertido en residente de Le Retrait.

Un caso de demencia senil precoz, según los médicos de París.

Al principio solo eran visitas ocasionales como paciente externa, pero a medida que la situación se fue deteriorando Séraphine Chadwick insistió en regresar definitivamente a su Compiègne natal.

Cuando Hugo llegó al edificio principal, la vio sentada delante de un caballete en el césped.

Sonrió para sus adentros; casi podía engañarse pensando que su madre estaba pasando una temporada en un retiro de artistas y que nada iba mal.

Que su padre no había instalado a su amante en su casa en París.

Dejó de lado esos pensamientos y caminó decidido por el sendero del jardín.

— Bonjour, maman —dijo, y le dio un beso en la mejilla.

Seguía sorprendiéndole su cabello canoso.

Su madre había dejado de teñirse con aquel tono rubio platino con el que Hugo siempre la había asociado.

De pequeño la consideraba la mujer más glamurosa del mundo, con sus kaftanes vaporosos, sus brazaletes de colores llamativos y los largos collares de cuentas de madera que siempre llevaba al cuello.

—Mi niño precioso —dijo ella sonriéndole y acariciándole la cara.

—Te he traído tu tarta favorita —dijo Hugo. Abrió la caja de cartón y le mostró el pastel de fresas que contenía.

—¡Qué maravilla! Pero antes tienes que mirar bien este cuadro y decirme qué le falta —dijo su madre, volviéndose de nuevo hacia el lienzo en el que había pintado el lago que se veía a lo lejos.

Era un juego del que solían disfrutar cuando Hugo era pequeño.

Séraphine siempre había querido agudizar su sentido de la observación a fin de que su hijo viera el mundo con los ojos de un artista.

Y ese era el principal motivo por el que se había aficionado a la fotografía.

Porque Hugo nunca había tenido la paciencia necesaria para sentarse delante de un caballete y cubrir de pintura un lienzo.

No, él prefería una forma de narración más inmediata: capturar el mundo tal y como él lo veía —o tal y como deseaba que fuera— a través de su objetivo.

—Un cerezo allí al fondo, ¿no?

Había algo sumamente reconfortante en la familiaridad de los cuadros de su madre. Al menos eso no había cambiado. A diferencia de todo lo demás en sus vidas.

—Voy a buscar unos platos —dijo—. Pero ¿por qué no pruebas este chocolate caliente mientras me esperas?

Hugo retiró la tapa del vaso y regresó por el camino hacia el edificio central.

Mientras el sol de la tarde atravesaba las nubes, Séraphine se llevó el vaso a los labios y bebió un sorbo.

En aquel mismo instante, sus facciones se transformaron y, cuando el líquido intenso y oscuro entró en su flujo sanguíneo, algo extraño empezó a suceder.

Fue como si los recuerdos comenzaran a desfilar ante sus ojos, como si se tratase de una película antigua pero nítida y clara y los hechos se estuvieran desarrollando en aquel mismo momento.

Una vieja historia familiar, que había permanecido escondida y callada durante muchísimos años, le vino de repente a la cabeza.

Su tío, que era el propietario de un negocio de venta de periódicos en la Rue de Paris, había sido un anciano amargado.

Siempre había envidiado lo que tenían los demás y había querido quitárselo.

Tal vez no podía evitar ser así. Quizá fuera porque tenía la sensación de que su vida carecía de lo que la mayoría de la gente poseía: amor y felicidad.

Y lo que era incapaz de entender era que esas cosas no se regalaban, sino que había que ganárselas, cultivarlas y apreciarlas.

—Estoy recordando algo —anunció Séraphine cuando Hugo reapareció con cubiertos y platos.

—¿El qué? —preguntó Hugo, notando que el ambiente se tensaba de pura expectación.

—Esto que estoy bebiendo. Ya lo había probado antes. De niña.

Durante un instante imprudente, Hugo se permitió creer que su madre quizá estuviera recordando algo sobre él. Porque había días en los que ni siquiera sabía quién era Hugo, ni que ella misma había tenido dos hijos. Y lo peor de todo era cuando olvidaba que uno de ellos había muerto.

—¿Te he hablado alguna vez de mi infancia?

—preguntó, y lo miró de una manera que extrañamente hizo que Hugo se sintiera como si no la conociera de nada.

La gente dice que cuando somos pequeños nunca vemos a nuestros padres como personas reales, pero en aquel momento él estaba viendo a Séraphine no solo como su madre, sino como una mujer por derecho propio con su pasado, sus historias y sus secretos—.

¿Te he hablado alguna vez de la Rue de Paris?

Hugo tragó saliva. ¿Estaría Séraphine confundiendo los negocios y el trabajo de su padre con su propia historia?

No estaba seguro, pero los ojos de su madre desprendían una luminosidad que hacía mucho tiempo que él no veía.

Y mientras la observaba dar otro sorbo al chocolate caliente, empezó a preguntarse si… No, era una idea absurda.

—Durante la guerra —dijo Séraphine con una claridad que no hizo más que reforzar las sospechas de Hugo: ¿podría el chocolate de madame Moreau tener el poder de reavivar viejos recuerdos?

—Mi tío, Arnaud, tenía una tienda en esa calle. E hizo algo muy malo.