Capítulo 18
—Pero ¿qué es esto? —pregunté cuando Johnny me hizo entrega de una caja de bombones.
Era media mañana, y yo disfrutaba de mi pausa del café sentada en una mesita bajo el toldo en el exterior de la panadería.
—Una disculpa y un gracias. —Tomó asiento en la silla vacía que había a mi lado y encendió un cigarrillo.
—¿Por lo del trabajo de guía?
Johnny asintió.
—He hablado con Geoff y de verdad parece un buen tipo. Mañana hago una prueba.
Abrí la caja de bombones y me comí uno.
—Yo también me quiero disculpar —dije—. No debería haber metido la nariz en vuestros asuntos. Estaba cargada de buenas intenciones, pero a veces me entusiasmo en exceso. Supongo que soy una…
—¿Un alma caritativa? —Esbocé un mohín—. No, en serio. Nos has hecho un favor. Andamos un poco apretados últimamente, y puse mi orgullo por delante.
—¿A qué te refieres? —pregunté ofreciéndole un bombón.
—Supongo que tenía la idea de que el hecho de aceptar un trabajo más o menos fijo significaría que me estaba vendiendo, o que no creía de verdad que pudiera triunfar como músico. Las personas creativas somos bastante sensibles —dijo medio en broma antes de aplastar el cigarrillo en el cenicero.
—Te entiendo perfectamente —dije—. Lo cierto es que creo que eres muy valiente. Estás persiguiendo tus sueños, pase lo que pase.
—No sé si valiente o estúpido —replicó Johnny. Descansó los codos sobre las rodillas y fijó la vista en los adoquines de la calle.
—Siempre he pensado que me hubiera gustado ser cantante —dije en voz baja, como si estuviera en un confesionario—.
Pero nunca he creído que fuera lo suficientemente buena como para ganarme la vida con ello, de modo que hace tiempo que abandoné por completo mi sueño.
Lo consideraba una estupidez. Es lo que suele pasar, ¿no?
Te haces mayor y te enfrentas a la realidad, pero lo que no sabes es que renunciar a tus sueños es parecido a renunciar a una parte de ti misma.
¿Y por qué? ¿Porque nunca llegarás a ser rico?
¿Y qué más da? Porque tus sueños pueden hacerte feliz, y eso sí que no tiene precio.
—¡Guau! —exclamó Johnny desconcertado.
—Ay, perdona. Estoy divagando…
—No, no, en absoluto. ¡Es como estar escuchando un manifiesto vital! Deberías cantar, Edith, si eso es lo que te hace feliz.
—Oh, no, no hablaba en concreto de mí —dije, sintiéndome de repente expuesta e incómoda.
—Bueno, ya sabes. Cualquier día que quieras improvisar un rato con nosotros…
—No, no podría, Johnny. No soy una artista como vosotros.
—¿Crees que yo empecé así? Aprendí el oficio tocando en las calles. ¿Y quieres saber cuál es el secreto? —Arqueé las cejas. Por supuesto que quería saberlo—. La gente cree que actuar consiste en fingir, pero no es así. Actuar consiste en dejar que la gente vea tu verdadero yo.
Sus palabras reverberaron en el fondo de mi alma.
— Édith ? —dijo madame Moreau desde el otro lado de la puerta abierta.
—Y, hablando del tema… —dije levantándome mientras me alisaba el delantal—, será mejor que vuelva al trabajo.
—Vale, pero piensa en lo que te he dicho —dijo Johnny antes de echar a andar con un nuevo brío en su paso.
—¡Gracias por los bombones! —grité—. ¡Y que tengas mucha suerte mañana!
¿Qué tendría aquel lugar que me hacía expresar mis pensamientos más escondidos en voz alta?, me pregunté.
La clientela de la tarde hacía cola para recoger sus baguettes , y mientras yo estaba ocupada atendiendo advertí que Manu entraba en la cocina que había detrás del mostrador a través de la pequeña puerta que daba acceso al sótano.
Era la primera vez que veía a alguien utilizar esa puerta, pero antes de que me diera tiempo a atisbar qué había detrás Manu la cerró a toda prisa y giró la llave.
Cuando se dio cuenta de que yo lo había visto salir por ahí, intercambiamos una mirada incómoda.
«¿Qué gran misterio hay detrás de esa puerta?
», me habría gustado poder preguntarle, pero tenía la sensación de que era algo que debería averiguar por mí misma.
Eso y el hecho de que apenas hubiera clientes angloparlantes.
¿Por qué habían escrito entonces «se requiere inglés» en el anuncio de mi puesto de trabajo?
Ahí había algo que no cuadraba, pero me costó volver a concentrarme cuando mi teléfono vibró con un mensaje de texto de Hugo.
Lo leí a hurtadillas, sin sacar el móvil del bolsillo del delantal.
Si madame Moreau me veía, la bronca sería impresionante.
Los móviles estaban terminantemente prohibidos en el trabajo.
«Fue maravilloso verte anoche», leí.
Por fin me había pedido mi número cuando me había dejado en casa la noche anterior.
—¡Me estás costando una fortuna en sellos! —dijo. Y mientras empezaba a teclearlo, yo me había inclinado hacia él para besarlo con suavidad justo debajo de la oreja—. Vaya, se me acaba de ir de la cabeza —añadió con voz ronca.
—Dos, cero, tres… —dije, dándole besitos desde la mandíbula hasta la clavícula.
—A la mierda —dijo entonces. Y soltó el teléfono y extendió una mano para abarcarme la nuca mientras hundía los dedos en mi cabello.
Solo con recordarlo me temblaron las piernas.