La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 17
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Capítulo 17

Enfilé la Rue Solférino de camino a la peluquería para visitar a Nicole mientras tarareaba una vieja canción de Julie London, «I’m in the Mood for Love».

Contemplé los bellos edificios de arenisca y la luz del sol reflejada en sus balcones de hierro forjado decorados con macetas.

¿Cómo sería vivir en un apartamento con esos ventanales que iban desde el suelo hasta el techo?

Andaba tan ensimismada soñando despierta con suelos de madera pulida y cortinas blancas ondeantes por efecto de la brisa que a punto estuve de pasar de largo y dejar atrás la peluquería.

Llevaba dulces y también buenas noticias, y cuando por sorpresa vi a Johnny al otro lado del cristal pensé que aquello era cosa del destino.

—¡Llego en el momento perfecto! —dije, saludándolo a él y a Nicole, a quien entregué la bolsa con las masas de hojaldre—. ¿Sabéis quién quiere contratar a un historiador?

Los dos me miraron sin entender nada.

—Geoff Harding, un guía turístico que vive aquí en la ciudad.

—Ajá. ¿Y? —preguntó Johnny, negándose con terquedad a atar cabos.

—Está completamente desbordado porque tiene muchísimas visitas y está buscando a alguien que no solo sepa de historia —dije, e hice una pausa para sumarle dramatismo al asunto—, sino que además sea capaz de hacer que las visitas sean entretenidas para el público.

Mi sonrisa era tan luminosa que con ella se podrían haber encendido todas las farolas de Compiègne. Pero no había rastro de la de Johnny.

— Mais, c’est géniale… ¡Una oportunidad perfecta! —dijo Nicole.

—¿Quién ha dicho que yo necesite un trabajo? —cuestionó Johnny, en un tono que no me dejó la más mínima duda de que acababa de meter la pata.

—Yo… Bueno, nadie en realidad. Es solo que estuve en una de esas visitas y…

Nicole se puso a hablarle a Johnny en francés, tan rápido que no entendí nada de lo que decía. Conversaron en voz baja, pero el énfasis gutural de cada sílaba daba a entender a las claras que aquello era una discusión.

—Es un hombre realmente encantador —añadí, pero ya no me escuchaban—. Bueno, sí, mejor que vuelva al trabajo —dije con timidez, y me marché sin que se dieran cuenta siquiera.

En el camino de regreso ya no canturreaba, claro está.

Había comprendido con retraso que se lo debería haber comentado antes a Nicole, y haber dejado que fuera ella quien se lo dijera a Johnny.

O, mejor aún, debería haberme mantenido al margen.

A fin de cuentas, ayudar a la gente no era una empresa tan sencilla.

Después de una tarde larga y estresante en la que no dejé de preocuparme por si había mandado al traste mi amistad con Johnny y Nicole, me puse con los preparativos para cerrar la tienda y, de pronto, vi a alguien que salía de un Range Rover aparcado al otro lado de la calle.

Tuve que mirar dos veces para asegurarme de que era él. Hugo.

— Bonsoir —dijo.

— Bonsoir .

Mi sonrisa era prueba suficiente de que me alegraba de verlo.

Estaba ridículamente guapo, con una camisa blanca planchada de manera impecable y un pantalón informal de algodón.

Y un bronceado impresionante. Tuve que morderme el labio para recordarme que no me lo estaba imaginando y que, de hecho, aquello estaba pasando de verdad.

—Pasaba por el barrio y… Bueno, mejor borra eso. No pasaba por el barrio, ni mucho menos. Hoy he tenido una reunión en París, y he pensado en acercarme para ver si por casualidad estabas libre para ir a cenar.

Era el tipo de argumento capaz de hacer que una chica se enamorara perdidamente de un chico, y yo lo estaba por completo. Miré el reloj y me quedé pensativa un momento.

—Supongo que estoy libre —dije, y vi que esbozaba una sonrisa cómplice.

—De acuerdo, perfecto, vale. ¿Vamos?

—Oh, pero antes debería cambiarme, ¿no te parece? —dije, bajando la vista hacia mi camiseta a rayas marineras y mis vaqueros.

—Personalmente, yo no cambiaría nada de nada.

Levanté la vista al cielo alegremente.

—Vuelvo en cinco minutos —dije.

Las revistas femeninas me habían hecho creer que pasar «del día a la noche» sería una parte importante de mi vida de adulta, y comprendí que la lectura de todos esos artículos por fin daba sus frutos.

Pero tenía que pensar rápido. Me quité las bailarinas y me puse el único calzado de tacón que había metido en la maleta, unas botas negras con puntera abierta.

No tenía tiempo para ponerme una blusa, y con las prisas tampoco encontré ninguna joya o pieza de bisutería que realzara lo que llevaba puesto, así que me anudé al cuello un pañuelo rojo para el cabello que me había regalado Nicole.

Me rocié con una buena cantidad de perfume y me solté el clip que utilizaba para recogerme el pelo en el trabajo.

Me peiné con los dedos mientras entraba en el cuarto de baño y buscaba a trompicones hasta dar con un lápiz de labios rojo.

Una pasada rápida de rímel y lista: ¡transformación de día a noche completada!

Me eché la chaqueta negra sobre los hombros, bajé y cerré con llave la puerta de la panadería.

Hugo me estaba esperando con la puerta del acompañante abierta, y al verme me dirigió un gesto de asentimiento.

—Bueno, ¿adónde me llevas? —pregunté en cuanto entró en el coche y puso el motor en marcha.

—Es una sorpresa.

Veinticinco minutos más tarde llegamos a nuestro destino.

Un largo camino de acceso flanqueado por cipreses conducía hasta lo que a primera vista me pareció un viejo granero, pero a medida que nos acercamos distinguí unas lucecitas entrelazadas en un emparrado exterior y varias mesas dispuestas para cenar.

—¿Qué lugar es este? —pregunté, sorprendida y aliviada al ver que no íbamos a un restaurante refinado.

—Una antigua bodega con sus viñedos. Un amigo mío la adquirió el año pasado —me explicó. Hizo girar el volante y encajó el coche en un espacio con habilidad. Salió rápidamente y llegó a mi lado antes de que me diera tiempo a bajar—. Permíteme —dijo, sujetándome la puerta.

—Me parece que estás sentando un precedente muy peligroso —dije.

—Asumo el riesgo.

Me sentía como si ya estuviera un poco mareada. Pero ¿qué estaba pasando? ¿Qué me estaba pasando a mí, Edith Lane, nefasta lectora de mapas y camarera más que mediocre?

— Jean, comment ça va? —dijo Hugo.

Estrechó la mano de su amigo y entramos en el granero, que, según pude ver ahora, era en efecto una bodega.

— Eh, mon ami, content de te voir —replicó Jean—. Y veo que vienes acompañado.

— Oh, bonsoir —dije, y lo saludé dándole un beso en cada mejilla—. Todo esto es precioso —añadí admirando el interior, donde se veían filas y más filas de barricas de roble y una pequeña barra para las catas.

— Merci, mademoiselle —dijo Jean.

Nos sentamos en una mesa con vistas al viñedo, que se extendía hacia el sur y brillaba bajo la luz de la luna.

Aun estando a principios de la primavera, instalarse en el exterior y disfrutar del crepitar de la leña que ardía en la pequeña chimenea resultaba agradable.

Los asientos estaban cubiertos con tapetes de piel de oveja, y había mantas para protegerse del frío.

Las demás mesas estaban ocupadas por parejas y grupos de amigos, y sus conversaciones distendidas proporcionaban la banda sonora perfecta.

—Creo que nunca había estado en un sitio como este —dije.

—Es muy especial.

Ay, Dios, Hugo me había llevado a un lugar especial. Lo cual significaba algo. Sentí mariposas revoloteando en el estómago. Llegó un camarero para ofrecernos vino, que Hugo, por supuesto, rechazó porque tenía que conducir.

—Adelante, por favor —dijo cuando vio que yo negaba con la cabeza en un gesto de solidaridad.

—Bueno, quizá solo una copa. Tengo que levantarme a las seis.

—Ah, sí, claro, la panadería. ¿Qué tal va?

Sus ojos azules se clavaron en mí, y de pronto sentí la necesidad de hacer que mi vida sonara mucho más interesante de lo que era en realidad.

—Oh, ya sabes, no es más que un trabajo. Lo que de verdad me interesa es la música.

¿Por qué había dicho aquello?

—Eso está muy bien. ¿Tienes alguna actuación a la vista? Porque debo decir que la última me gustó de verdad.

Quelle merde , como se diría en francés.

—Mmm… Sí, quizá haga una sesión con la banda de Johnny en el Nostalgie —respondí, hundiéndome cada vez más en un pozo de mentiras.

Pero ¿qué estaba diciendo? Si acaso, yo debía de ser la última persona con la que Johnny querría hablar en ese momento, y mucho menos actuar. Por suerte empezó a llegar la comida.

— Bon appétit —dijo Jean.

Dejó en la mesa dos platos blancos enormes, y entre ambos depositó una olla pequeña. Cuando levantó la tapa, llegó hasta nosotros un aroma intenso y reconfortante.

—¿Te gusta el coq au vint ? —preguntó Hugo mientras empezaba a servirme una ración de un pollo que tenía un aspecto delicioso.

—Creo que no lo he probado nunca.

Me coloqué la servilleta en el regazo y esperé a que Hugo se sirviera antes de probarlo.

— Bon appétit —dijo, siguiendo el ejemplo de Jean.

Tenía un sabor divino. Pollo estofado en vino tinto con cebollitas, champiñones y panceta.

Los franceses conseguían resultados excepcionales con ingredientes sencillos.

En la mesa había una cestita con pan y Hugo cortó un poco para mojarlo en la salsa, un gesto valiente al ir vestido con una camisa blanca.

—Gracias por traerme aquí —dije después de saborear el primer bocado—. Es un lugar mágico.

—Tenía el presentimiento de que te gustaría —repuso.

Empezaba a preguntarme qué tipo de fotógrafo sería si podía permitirse un coche como el que llevaba y cenar en bodegas situadas en lo alto de una colina.

—¿Qué pasa? —preguntó cuando me sorprendió mirándolo.

—Supongo que simplemente intento averiguar quién eres. Por un lado parece que llevas una vida glamurosa, pero por otro se te ve feliz con las cosas más sencillas.

—¿Acaso no me pueden gustar ambas cosas?

Hice un gesto afirmativo. Quizá acababa de meter la pata. Hugo tenía derecho a vivir como le apeteciera. Acabé la copa de vino y acepté otra que me ofreció el camarero. Estaba de lo más desentrenada en eso de las citas.

—Te pido perdón si mi respuesta ha sonado un poco maleducada —dijo, apartando el plato y dejando la servilleta en la mesa—.

Pero es que mi vida está llena de contradicciones.

Igual que te sucede a ti, siento pasión por el lado más creativo de las cosas, que, en mi caso, es la fotografía.

E, igual que te sucede también a ti, tengo un trabajo para ganarme la vida.

Un trabajo aburrido, de esos que te amargan la existencia.

—Apuró su vaso de agua—. Aunque pagan un poquito más que en tu panadería —añadió, guiñándome un ojo.

—No quería parecer entrometida. La verdad es que no es asunto mío.

—No —dijo Hugo cogiéndome una mano por encima de la mesa—. Me alegro de que estés interesada. Porque a mí me interesas tú.

¡Guau! Un hombre que declaraba de entrada sus intenciones.

Aquello era demasiado. Estaba mucho más acostumbrada a que los chicos escondieran sus emociones, disimularan sus sentimientos y revelaran una pizca de su verdadero yo solo después de unas cuantas cervezas.

De modo que decidí hacer lo que mejor se me daba en ese tipo de situaciones: farfullar cualquier cosa.

—¿Sabías que Compiègne tiene una historia muy rica?

El otro día estuve en una visita turística con Geoff, un cliente de la panadería que es inglés.

¡Como tú! Bueno, el caso es que dijo que me iría muy bien tener una bicicleta para ir de aquí para allá.

No sé por qué no se me había ocurrido a mí.

Antes me encantaba montar en bici, y me resultaría muy útil tener una si acabo quedándome aquí.

Pero no una normal y corriente, sino una de esas tipo vintage , ¿sabes? ¡Quizá incluso con una cestita!

Una vez más, me salvó la llegada del postre.

— Clafoutis de cerezas con una crema chantillí ligera —anunció Jean, y los demás comensales estallaron en un aplauso espontáneo.

Ya casi ni me acordaba de que había otra gente cenando allí. En cuanto probé el suave y esponjoso pastel estuve a punto de olvidar de qué estábamos hablando.

—Entonces… ¿te quedas?

¿Me quedaba? Suponía que sí. ¿A quién pretendía yo engañar? ¡Por supuesto que estaba dispuesta a quedarme si vivir en Compiègne significaba disfrutar de más veladas como aquella!

—Por el momento sí —respondí. ¿Y ahora quién se estaba haciendo la difícil?—. Me gusta su encanto de otra época.

—Pues si te gustan las cosas con encanto de otra época, quizá te guste esto. —Hugo sacó el teléfono y acercó su silla a la mía—. Es de un proyecto en el que estoy trabajando —me explicó, y empezó a enseñarme fotografías de fachadas de tiendas antiguas.

—¡Oh, qué preciosidad! —dije. Entonces apareció en pantalla un escaparate en tonos azul cobalto—. Oh, qué bonito…, es una tienda de discos. A Johnny le encantaría.

La tímida sonrisa que esbozó Hugo delató lo mucho que aquel proyecto significaba para él.

—Y mira esta —dijo.

Desplazó un dedo por la pantalla hasta llegar a un escaparate de color rosa descolorido y dorado con un montón de marionetas en su interior.

—¿Una tienda de marionetas? —pregunté, perpleja al ver que podía existir algo así.

—¡Sí! El propietario lleva fabricando marionetas, juguetes mecánicos y cajas de música desde los años setenta. Está en un edificio del siglo XVII , y es el último negocio de este tipo que queda en París.

—¿Piensas exponer tus fotografías? —pregunté, intentando bajar de las nubes.

—Lo que de verdad me gustaría sería publicarlas en un libro, pero todavía no he abordado a ninguna editorial.

—¿Por qué no?

—No sé. Por miedo, supongo. De todos modos, aún no he terminado mi trabajo.

—¿Qué fue lo que te llevó a empezarlo?

—Creo que fue el deseo de capturar la historia antes de que desaparezca.

Pensé en las películas antiguas que veía con mi madre y en que yo también había intentado aferrarme a algo del pasado. A un sentimiento de valores tradicionales, de pertenencia, de comunidad…

—Esta es mi favorita, creo —dijo Hugo enseñándome una fotografía de un precioso escaparate de madera pintado en un tono verde claro en cuya parte superior había un rótulo descolorido en el que se podía leer: FAbrIQUE DE CHAPEAUX —.

Es una librería —me explicó—. El propietario descubrió el viejo cartel cuando remodeló el local.

—Oh, es precioso… —dije con un aire de nostalgia.

—¿Qué te pasa?

—Es solo que me encantaría verlo en persona.

—Puedo llevarte algún día, si quieres.

Nuestros ojos se encontraron, seguidos rápidamente por nuestros labios. Besarlo era como caminar por un prado cubierto de flores silvestres un caluroso día de verano. Sentía como si mi corazón brillase de dentro hacia fuera, como si parpadease igual que las lucecitas que nos rodeaban.

—Ejem… —dijo Jean empezando a despejar la mesa.

—Llegas en el momento menos oportuno, Jean —dijo Hugo en broma antes de pedir los cafés.