La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—De hecho, aquí mismo hubo un campo de internamiento que albergó a muchos judíos y soldados de la Resistencia francesa. Los retuvieron aquí y finalmente los enviaron a los campos de trabajo, donde la mayoría falleció.

La conmoción me dejó paralizada. Era un sitio tan tranquilo que me resultaba imposible imaginar que allí hubieran tenido lugar sucesos tan traumáticos. La cruda realidad me había afectado profundamente, y por eso le pregunté a Geoff cómo hacía para acudir a un emplazamiento como ese una y otra vez.

—La gente necesita recordar, Edith. De lo contrario, sus muertes, y las de los miles de personas que sacrificaron su vida para intentar protegerlas, no habrían servido de nada.

Sus palabras eran poderosas. El recuerdo era la mejor manera de honrar a las personas.

Un poco después, mientras los demás miembros del grupo empezaban a volver al microbús, yo me quedé allí con Geoff un poco más.

—A mi madre siempre le gustó mucho Francia —dije—. A veces me pregunto si estoy viviendo mi sueño o el de ella.

Geoff se detuvo un momento y sacó una cajetilla de tabaco.

Yo no había fumado en mi vida, pero por alguna razón me pareció que aceptar un cigarrillo era lo correcto en aquellas circunstancias.

Tosí y resollé cuando me lo encendió e intenté sin éxito dar una calada.

Geoff se encendió otro para él, y lentamente hizo sus deducciones.

—Ya no está con nosotros, ¿verdad?

—No —respondí, contenta de no tener que dar explicaciones.

—Se me ocurre una cosa. ¿Por qué no le enseño un lugar que tanto a usted como a su madre les encantaría?

—dijo Geoff dándome unos golpecitos cariñosos en el brazo.

Aquel hombre me recordaba un poco a mi padre, y no solo por sus patillas setenteras.

Tenía una actitud práctica y sensata que hacía que su compañía resultase muy confortable—. No queda lejos —me aseguró.

Emprendimos el camino de vuelta a la ciudad cuando el sol iniciaba su descenso para ocultarse entre las suaves nubes de color lavanda.

Tal y como Geoff me había prometido, enseguida llegamos a otro aparcamiento, aunque esta vez estaba situado en la entrada de un grandioso castillo rodeado de jardines majestuosos y bosques tupidos.

Mis compañeros de grupo dejaron escapar un montón de «ooohs» y «aaahs» antes de colgarse las mochilas y abandonar sus asientos.

—¿Qué lugar es este? —pregunté, observando entre las sombras del bosque.

—Este lugar —respondió Geoff quitándose el cinturón de seguridad— es donde suelo traer a las esposas cuando se hartan de seguir a sus maridos por todos esos museos de la guerra. Y parece que funciona —añadió con una sonrisa.

La magnitud del castillo me dejó impresionada. Mientras subíamos la escalera que conducía a una terraza repleta de magníficas esculturas clásicas le mencioné a Geoff que el edificio me recordaba un poco al palacio de Buckingham.

—Hay similitudes, sí. De hecho, el Château de Compiègne es un ejemplo del siglo XVIII del estilo del primer imperio francés, aunque la finca se remonta a tiempos de la dinastía merovingia.

Geoff había entrado de nuevo en modo guía turístico, y volví a sentirme agradecida por tener a mi disposición aquella fuente de conocimiento… siempre y cuando pudiera seguir el intenso ritmo de sus explicaciones.

—¿De qué dinastía? —pregunté, porque aquel nombre me parecía inventado, como sacado de El diario de la princesa .

—A partir del siglo V , la dinastía merovingia gobernó durante trescientos años a los francos, en una región conocida como Francia. Se cree que todos los reyes franceses descienden de ellos.

—No tenía ni idea —admití, dándome cuenta de que la historia era como un punto de fuga que se alejaba cada vez más—. ¿Y quién vivió en este castillo?

—El castillo fue construido como residencia real para Luis XV , y posteriormente fue restaurado por Napoleón.

Pero incluso antes de que este château se construyese, Compiègne ya era el lugar de residencia de verano preferido por los monarcas franceses, sobre todo por sus posibilidades de caza, dada su proximidad al bosque de Compiègne.

—¿En serio? ¡Quién iba a decir que Compiègne era tan… importante! ¡Y pensar en lo mucho que me enfadé cuando supe que no iba a vivir en París! —dije.

—Nos gusta —replicó Geoff mirando a su alrededor, como si todo aquello fuese su patio del colegio—.

Hoy no tenemos tiempo porque tengo otro grupo por la tarde, pero quizá, cuando disponga de su propio vehículo, podría volver aquí y visitar el Museo del Segundo Imperio…

Está lleno de vestidos y parafernalia nupcial de la emperatriz Eugenia.

—Me encantaría volver —dije con sinceridad—. Debe de estar bastante ocupado, ¿no es así?

—Tal vez le sorprenda, pero he tenido incluso que rechazar gente.

No doy abasto con tanta demanda, sobre todo cuando empieza la temporada de vacaciones.

Si quiere que le sea sincero, me vendría muy bien poder contratar a alguien, pero no he conseguido dar con la persona adecuada.

La verdad es que no hay mucha gente que tenga los conocimientos históricos adecuados, además de las habilidades comunicativas necesarias para hacer que la visita sea interesante.

En cierto sentido, es como una actuación.

Mis ojos se iluminaron.

—¿Me está diciendo que necesita un ayudante?

—Sí. ¿Estaría usted interesada?

—Yo por el momento estoy hasta arriba de trabajo con la panadería, pero creo que tengo al candidato ideal.

Pensé en Johnny. Si alguien sabía actuar, era él, y además, ¿no había dicho Nicole que había estudiado historia?

—¡Perfecto! Y ahora volvamos al castillo —dijo Geoff emprendiendo la marcha para reunirnos con el resto del grupo.

El edificio en sí se extendía por una gran superficie de cerca de cinco hectáreas y era sin duda majestuoso, aunque no tan recargado como las fotos que había visto de Versalles y otros châteaux franceses.

Las largas avenidas que lo rodeaban se perdían a lo lejos, adentrándose en el bosque, y no pude evitar imaginarme a los miembros de la realeza cazando a caballo y pasándoselo en grande por allí.

—Se trata de una construcción de estilo neoclásico —continuó Geoff—.

¿Y qué es el estilo neoclásico, se preguntarán?

Es cuando la simplicidad y la claridad gobiernan el diseño.

En 1750, el destacado arquitecto Ange-Jacques Gabriel propuso una renovación completa del château .

Después, durante la Revolución francesa, el château quedó bajo la jurisdicción del ministro del Interior.

En 1795 se puso en venta todo su mobiliario y sus obras de arte fueron enviadas al Musée Central.

Sin embargo, en 1804 Napoleón convirtió el château en un dominio imperial y ordenó hacerlo de nuevo habitable.

Se modificó la distribución, se añadió un salón de baile, se replantó todo el jardín y se conectó directamente con el bosque.

Dicen que «Compiègne habla de Napoleón igual que Versalles habla de Luis XIV ».

—¡Bravo! —Aplaudí, impresionada por la capacidad de Geoff de memorizar tantos detalles—. Es su auténtica pasión, ¿verdad?

Me respondió con una sonrisa tímida, y por un instante envidié aquella sensación de plenitud que irradiaba. Así era como uno debía de sentirse cuando hacía algo que adoraba.

Mientras paseábamos por los jardines, la enormidad del château y la increíble extensión de sus terrenos me ayudaron a poner mi vida en perspectiva.

Aquel lugar estaba lleno de historia, había vivido siglos de reyes y reinas, de vida y muerte, y, aun así, lo que había sobrevivido era el edificio y los bosques.

Me vino a la cabeza la figura oscura que había vislumbrado en el sótano de la panadería.

No sabía cómo expresarlo, de modo que decidí soltarlo directamente.

—Geoff, ¿cree usted que lugares como este, con tanta historia…, cree que podrían estar encantados? —dije, intentando que mi pregunta sonara natural, como si formara parte de una conversación intrascendente.

—¿Se refiere a si hay fantasmas?

—Tal vez, sí, o…, no sé, ¿quizá algo parecido a «una presencia» de algún tipo?

—La verdad es que no creo mucho en esas habladurías, pero supongo que en un lugar tan antiguo como este debe de haber algún que otro fantasma rondando. He oído historias —añadió— sobre algunas zonas que en su día fueron campos de batalla… ¡Aunque podrían ser simples majaderías!

Hice un gesto de asentimiento y no dije nada más. Alejarme de la panadería por un día había sido estupendo, pero había algo que me atraía de nuevo hacia allí: un misterio que necesitaba resolver.