Capítulo 16
El minibus estaba aparcado en la orilla sur del río y fui la primera en llegar.
—Estas son las ventajas de despertarse a las seis de la mañana todos los días —le expliqué a Geoff, que estaba plantado en la acera con un colorido paraguas de gran tamaño, probablemente para que la gente que se había apuntado a la visita pudiera localizarlo.
Como era domingo, la panadería estaba cerrada, pero había llevado conmigo unos cuantos dulces que habían sobrado del día anterior.
—Una manera perfecta de congraciarse —dijo Geoff eligiendo una madalena.
—Mi padre siempre procuraba llevar pastelitos de algún tipo cuando íbamos a pasar el día fuera —dije, atacada de pronto por una punzada de nostalgia que me llenó los ojos de lágrimas—. Oh, lo siento. ¡Y eso que solo llevo fuera quince días!
Geoff me pasó un pañuelo, y me contuve para no preguntarle si estaba usado.
—Todos nos sentimos solos a veces —dijo.
—¿Nunca echa de menos su casa? Gran Bretaña, quiero decir.
—Bueno, la verdad es que voy de vez en cuando. Allí ya solo me queda mi madre. Está en una residencia, en Bristol.
Hice un gesto de asentimiento. Sus palabras tenían un triste carácter definitivo.
Y aun sabiendo que ese era el devenir normal de la vida, la sensación de vacío permaneció.
Por suerte, empezaron a llegar grupitos de tres y cuatro personas y el minibús se llenó casi del todo. Geoff puso el motor en marcha.
Salimos de Compiègne en dirección este por la N31.
Se me hizo extraño salir de la ciudad y ver las afueras por primera vez.
La Rue de Paris se había convertido en todo mi mundo desde mi llegada, hasta el punto de que casi había olvidado que tenía un país entero por explorar.
En cuestión de minutos, nos adentramos en el bosque de Compiègne.
Era un lugar bellísimo, tranquilo y rebosante de verdor.
Cuando pasamos por delante del impresionante monumento a Alsacia-Lorena —una escultura gigantesca que representaba el águila imperial de Alemania atravesada por la espada aliada— comprendí por qué tantos historiadores tenían aquel lugar en tan alta estima.
Estacionamos en un pequeño aparcamiento y recorrimos a pie un sendero boscoso hasta llegar a un extraordinario claro.
Delante de nosotros, unas vías de tren conducían hasta el centro del memorial.
A un lado se erigía una estatua del mariscal Foch, y más adelante, entre un tanque y un cañón, estaba el museo, un anodino edificio blanco de escasa altura con banderas que ondeaban al viento.
A pesar de que la zona en sí era muy verde y frondosa y en ella olía a savia, la sensación de que allí había sucedido algo muy solemne era insoslayable.
Y aunque todavía desconocía lo que había ocurrido en aquel lugar, percibía su importancia.
Entramos en el pequeño edificio y Geoff nos explicó que se trataba del Museo del Armisticio.
Compró las entradas y se puso en modo guía.
Aun sin quererlo, me quedé extasiada con sus explicaciones.
Además, con su pantalón de pana de color mostaza y su jersey de cuello de pico, encontré que encarnaba su papel a la perfección.
—¡Y ahora préstenme todos mucha atención!
Esto es una réplica del vagón de tren utilizado por el mariscal Foch y sus oficiales, entre los que destacaban el primer lord del Almirantazgo británico, sir Rosslyn Wemyss, y el jefe del Estado Mayor francés, el general Weygand.
Aquí fue donde se reunieron con los alemanes para firmar el armisticio que acabaría con el horror de la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra.
El armisticio se firmó a las cinco y diez de la mañana del 11 de noviembre.
—¿Y quién era el mariscal Foch? —pregunté.
—Era, básicamente, el comandante en jefe de los ejércitos aliados.
El jefe supremo. Fue venerado como un gran teórico militar y combatió a los alemanes hasta hacerlos volver a su territorio.
Predijo, sin embargo, que el armisticio no supondría una paz permanente y que, transcurridos veinte años, la guerra podría volver a estallar.
Y acertó: veinte años y sesenta y cinco días después empezó la Segunda Guerra Mundial.
Era escalofriante. Aquello no tenía nada que ver con las clases de historia del colegio ni con esos libros llenos de viejas fotografías de generales muertos que fracasaban a la hora de transmitir las realidades de una guerra.
En la sala había muchos recuerdos de la Primera Guerra Mundial, recortes amarillentos de periódico, fotocopias, cámaras antiguas junto a fotografías de los distintos frentes, banderas, objetos hechos con proyectiles, secuencias de película hipnóticas y parpadeantes que me recordaron de forma inquietante al panadero fantasma…
Para tratarse de un museo tan pequeño, la atmósfera era extraordinaria. La sencillez de la exposición y de los objetos resultaba tan conmovedora que los visitantes se sentían inmersos en los acontecimientos del pasado.
—¿Y la Segunda Guerra Mundial? —preguntó una mujer con acento español.
Recordé que la madre de Nicole había dicho que el padre de madame Moreau había vivido bajo «el régimen» durante esa guerra, de modo que agucé el oído.
—Justo ahora voy con eso, madame —replicó Geoff.
La verdad es que cuando hablaba del pasado Geoff parecía otro. Su pasión por el tema era evidente, y me sentí realmente afortunada por poder tener a aquel guía tan conocedor solo para mí.
—Veamos. Este espacio abarca los acontecimientos de 1940, que fueron una historia muy distinta para los franceses.
La batalla de Francia se había perdido, el enemigo estaba en París y Francia estaba a punto de acabar dividida en dos.
Se solicitó un armisticio, y el 21 de junio de 1940, aquí, en el bosque, en lo que ha venido a llamarse el Claro del Armisticio, se produjo la reunión entre las delegaciones francesa y alemana.
Las conversaciones se desarrollaron en el mismo vagón de tren que años antes había servido como escenario de la derrota alemana.
Luego se acordó el armisticio: un medio deliberado y tremendamente efectivo de humillar a los franceses.
Geoff hizo una pausa para que la importancia del lugar calara en todos.
—Durante la ocupación alemana de Francia, que se desarrolló entre 1940 y 1944, este lugar se limpió por completo y el vagón fue trasladado a Berlín.
Posteriormente, cuando la guerra empezó a ir mal para Alemania, fue llevado al bosque de Turingia, donde fue quemado en abril de 1945.
Pero este no fue el final de la historia para esta zona del bosque conocida como el Claro del Armisticio —continuó Geoff, y distraídamente me pregunté si aquel hombre podría llegar a tener su propia serie documental en televisión.
Era excelente presentando información de lo más compleja—.
El 1 de septiembre de 1944, Compiègne fue liberada.
En noviembre, el general Marie-Pierre Koenig, el líder de la Francia Libre más conocido después del general De Gaulle, encabezó un desfile militar en el Claro del Armisticio que fue presenciado por una multitud entre los que destacaban oficiales británicos, estadounidenses y polacos.
—Caray, así que este sitio ha jugado un papel realmente crucial en la historia de Francia —intervine.
—Como le he venido diciendo, Edith, eligió usted por casualidad uno de los emplazamientos más importantes de toda Europa.
Y es por eso por lo que estoy tan ocupado con los turistas que se desplazan hasta aquí para verlo con sus propios ojos.
De hecho, el 11 de noviembre de 1950 se inauguró de manera oficial una réplica de aquel vagón de tren con los objetos que pueden ver hoy aquí.
A continuación pasamos un rato paseando y asimilando en silencio el contenido de la exposición.
Capté entre los visitantes rasgos de acento estadounidense, así como británico e italiano.
Me sentía casi avergonzada por lo poco informada que estaba sobre todo aquello; sobre lo que había significado la guerra para los franceses, que habían tenido que compartir frontera con el enemigo.
Le di las gracias a Geoff por ser un guía tan excepcional y le prometí un montón de éclairs por su labor.
Volvimos todos al minibus y emprendimos el camino hacia la siguiente parada de nuestra visita histórica. Me senté justo detrás del asiento del conductor para poder tener una mejor vista.
—Quizá tendría que buscarme un coche —dije inclinándome hacia delante para que Geoff pudiera oírme—. Salir de excursión al campo resulta muy agradable.
—La verdad es que tener coche no es imprescindible. Cuando llegué aquí, iba a todos lados en bicicleta. El clima es mucho más benigno para los ciclistas que en Gran Bretaña, y además está permitido subir la bici al tren.
—Hace años que no monto —dije—. ¡Ni siquiera sé si me acordaría!
—Es fácil… Se trata simplemente de ir en bicicleta —replicó Geoff guiñándome un ojo.
—La verdad es que me encanta cómo trabaja su material, Geoff —dije riendo. Me sentía a gusto en su compañía.
Continuamos por la carretera principal hasta que Geoff detuvo el minibús delante de una pista forestal. Seguimos el camino a pie hasta llegar a lo que parecía una lápida. El grupo se congregó a su alrededor y, cuando las conversaciones se acallaron, miré a Geoff con curiosidad.
—Esta lápida marca el lugar desde donde partió el último tren de Compiègne a Buchenwald, el 17 de agosto de 1944, que transportó a mil doscientos cincuenta hombres hasta aquel campo de exterminio.
El silencio se volvió visceral. Leer sobre todo aquello era una cosa, pero estar en el lugar donde se habían cometido crímenes de lesa humanidad tan impensables resultaba realmente abrumador.
—¿Qué? ¿Está diciendo que desde aquí salieron trenes con destino a los campos de concentración alemanes?
No podía ni creer lo que yo misma estaba diciendo. La ocupación alemana, los nazis, el Holocausto… Todo eso estaba a un millón de kilómetros de mi vida.