La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 15
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Capítulo 15

A primera hora de la mañana siguiente llegó otra postal.

Apenas logré contenerme de besar al cartero, y el corazón me dio un vuelco al pensar en Hugo y su mirada intensa, con la que parecía esforzarse por intentar conocerme aquella noche llena de magia.

Había vuelto a reflexionar acerca de esa noche más de una vez, y habría deseado que las cosas hubieran sido de otra manera.

La despedida prematura me había dejado la sensación de haber desaprovechado mi oportunidad, aunque las postales mantenían vivas mis locas esperanzas.

En esta ocasión, la imagen de la postal era un bello edificio: el Musée Carnavalet. Una exquisita mansión construida en piedra en cuyo patio interior había varias mesitas y sillas dispuestas como en un café y protegidas con sombrillas gigantes.

—Ah, París… —dije con un suspiro.

El texto del reverso era muy sencillo:

Pienso en ti, señorita Lane.

Y espero que todo lo sucedido no fuera solo un sueño.

Hugo X

Sabía que sus palabras no deberían afectarme tanto, pero no podía evitarlo.

Estaba loca por él, y en cierto modo me había resignado a aceptar lo que pudiera resultar de ello.

Una simple aventura pasajera, un desamor, una relación para toda la vida…

Fuera lo que fuese, estaba destinada a vivirlo.

Me estremecí al comprobar que unas simples palabras escritas a mano por él despertaban aún más mi curiosidad.

Estaba desesperada por saber más sobre él, por descubrir si sentía lo mismo que yo.

Por otro lado, mis sentimientos me tenían tan abrumada que deseaba correr a esconderme donde fuera.

Guardé la postal en el bolsillo del delantal y, canturreando, salí a limpiar las mesas exteriores.

—Creo que no hace falta que te pregunte qué es lo que te ha puesto esa canción en el corazón —dijo la voz de Nicole.

Había ido a la panadería para comprar unos dulces para el salón de peluquería y charlar un rato conmigo. Le enseñé la postal mientras se tomaba un expreso rápido en la barra.

—Eso de enviarte postales y llamarte «señorita Lane» es de lo más anticuado —comentó.

—Lo sé, y creo que es justo eso lo que lo hace todo tan insoportablemente romántico —dije, casi disfrutando del dramatismo de la situación.

—Sigue sin decir cuándo piensa volver por aquí —añadió Nicole mientras le daba la vuelta a la postal que tenía en la mano.

Dejé su comentario sin responder y le puse unos cuantos pains au chocolat en una bolsa de papel marrón para que se los llevase al salón.

— De toute façon , es mejor eso que las aplicaciones de citas, ¿hein? Mon Dieu , no te imaginas la de cosas raras que se encuentran allí —dijo Nicole antes de apurar el café.

—¿Ya te estás planteando sustituir a Johnny? —dije en broma.

Nicole soltó una carcajada ronca.

—No te creas para nada los estereotipos. No todos los franceses tenemos amantes. Y, sinceramente, entre el trabajo y el pequeño Max, ¿de dónde sacaría yo tiempo para eso? No, lo digo por mi madre. Mis padres se divorciaron hace años y siempre le estoy sugiriendo que se busque una cita.

—El hombre que consiga una cita con tu madre será un tipo afortunado. Es deslumbrante, tanto por dentro como por fuera.

—Es lo que le digo yo, pero… ¿Los hombres que se apuntan a esas páginas? ¡Dan miedo! Ni siquiera creo que las fotos de perfil que ponen sean auténticas.

—Bueno, si algún día conozco a un solterón millonario, te lo remitiré —le aseguré cuando Nicole iba ya de camino hacia la puerta.

—No olvides que Johnny toca en el Nostalgie el jueves por la noche. Tienes que venir, ¿vale?

—Lo siento, pero a esas horas ya suelo estar en la cama. Y últimamente duermo fatal.

—Será porque estás ocupada soñando despierta con quien tú ya sabes —dijo Nicole. Luego me guiñó un ojo y salió contoneándose de la panadería.

Por la tarde, madame Moreau fue a visitar al especialista que trataba su artritis y por primera vez me quedé al cargo de la panadería.

Fue una sensación maravillosa. Era justo lo que había imaginado cuando emprendí mi viaje a París semanas atrás.

Decidí darle otra oportunidad a Django Reinhardt, por mucho que hubiera estado a punto de provocarme un infarto la otra noche.

Me había enamorado del swing de su guitarra, y empecé a atender a los clientes a un ritmo que me hizo sentir como si estuviera bailando entre las mesas.

Controlaba por completo la situación y disfrutaba de la idea de ser mi propia jefa, liberada de la presencia constante de madame Moreau mientras proyectaba su sombra alargada cerca de mí.

Consciente de que parecía imposible impresionar a esa mujer u obtener de ella algún tipo de aprobación, había perdido las ganas de intentarlo, y me constaba que ella había percibido mi cambio de actitud.

Nuestras interacciones eran puramente superficiales, y así parecía funcionar mejor para ambas.

Manu, por otro lado, se comportaba de un modo muy distinto conmigo, y yo con él.

Intuía que ocultaba algún tipo de secreto y que era solo cuestión de tiempo que viniera a buscarme para contármelo.

Cuando cerré la tienda a última hora de la tarde, decidí salir a cenar algo fuera.

Madame Moreau aún no había vuelto del médico, y no me sentía cómoda del todo sabiéndome sola en el edificio.

Fui a la brasserie donde había quedado con Nicole la semana anterior y me senté en un banco al fondo del restaurante.

El personal estaba concentrado atendiendo a la clientela que había salido a cenar un lunes por la noche.

Pedí una salade roquefort , una ensalada de queso azul y nueces con un toque picante, y la acompañé de una copa de un vino tinto igual de atrevido.

Esa era una de las cosas que me empezaban a gustar de Francia: los sabores audaces y las presentaciones sencillas.

Pan, vino y queso bastaban para proporcionar a la población desayuno, comida y cena.

Estaba tan cansada después de mi larga jornada de trabajo que no me importó en absoluto tener que cenar sola, algo que jamás se me habría ocurrido hacer en Dublín.

Siempre había pensado que la gente que comía sola lo hacía porque eran personas solitarias o que se sentían excesivamente seguras de sí mismas.

Pero yo, en aquel momento, distraída como estaba, no me sentía ni una cosa ni la otra.

En mi subconsciente había empezado a tomar forma una idea, pero no fue hasta que comencé a rebañar la salsa con el pan cuando esta emergió a la superficie.

—¡Lo buscaré en Google! —dije en voz alta sin poder evitarlo. Por suerte, nadie pareció oírme.

Abrí el navegador en mi teléfono y tecleé rápidamente «Hugo Chadwick fotógrafo» en la barra de búsqueda.

El primer resultado me llevó a una página web de genealogía en la que una mujer había estado buscando a un tal Hugo Chadwick que había muerto a finales del siglo XIX .

El segundo me remitió a un pub de la Inglaterra rural llamado Chadwick Arms, y después encontré varios estudios fotográficos repartidos por Australia y Norteamérica que llevaban el nombre de Chadwick, pero no había nada sobre el Hugo que yo buscaba.

Eliminé la palabra «fotógrafo» y volví a probar.

Esta vez, el primer resultado que apareció fue una página de Facebook con el nombre de Hugo Chadwick.

Se me aceleró el corazón, pero mi conciencia empezó a argumentar que quizá parecería demasiado ansiosa si le enviaba un mensaje por esa vía y echaba a perder así la correspondencia anticuada que él había querido mantener hasta el momento.

Aun así, no fue necesario seguir malgastando energía dudando si escribirle o no un mensaje, ya que cuando entré en la página apareció la fotografía en blanco y negro de un culturista colombiano.

No es que fuera desagradable a la vista, pero no era mi Hugo.

Me quedé un poco desinflada y apenas si me fijé en el resultado siguiente, un enlace a la página web de Chadwick Holdings Incorporated.

Recorrí con la vista las dos primeras líneas, en las que aparecían términos como «inversor principal», «propiedades comerciales» y «gestión de activos», ninguno de los cuales significaba mucho para mí.

Seguí mirando, por pura curiosidad, y vi que la sede social estaba en Londres y que tenían una sucursal en París.

Al final decidí abandonar la búsqueda. No quería sentirme como una acosadora, y me conformé pensando que si a Hugo le apetecía contarme más cosas sobre sí mismo ya lo haría él.

Además, me gustaba esa aura de misterio.

Si a él se le hubiera ocurrido buscarme en internet, tampoco habría averiguado gran cosa.

Pensándolo bien, la raison d’être de las redes sociales era tener algo que enseñar al mundo, y hasta la fecha yo no había considerado que en mi vida hubiera algo digno de lo que presumir.

De hecho, siempre me había esforzado por esconderme y ocultar los espacios en blanco que deberían haber ido ocupando mis logros.

Y fue entonces cuando las dudas se apoderaron de mí.

¿Por qué alguien como Hugo podría estar interesado en alguien como yo?

No quería entregarme a esos pensamientos negativos, así que pagué la cuenta y me fui para no seguir dándole vueltas al asunto. En el camino de regreso a casa me tropecé en la placita con Geoff, que estaba dándole el último paseo del día a su perrita.

—¿Qué tal va esa adaptación? —me preguntó.

Me incliné para acariciar a Ruby.

—Muy bien, gracias.

—¿Mejor esto que París? —dijo, recordando nuestra conversación.

—¿Sabe qué? Empiezo a pensar que estaba destinada a venir a Compiègne.

—Mmm… Mire, le propongo algo: ¿por qué no se apunta a una de las visitas turísticas que organizo? Si piensa quedarse por aquí, quizá le sería de utilidad conocer un poco la historia de este lugar.

No era yo precisamente de esas personas a las que les gustaban las visitas guiadas y los viajes en grupo, pero sí sabía reconocer la mano de la amistad cuando me la tendían, de modo que decidí aceptar la invitación.

Quedé en que aprovecharía el siguiente día libre que tuviera.

Al menos me serviría para distraerme y para no pensar en Hugo Chadwick durante un rato.