La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 14
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Capítulo 14

PIERRE MOREAU

Pierre empezó su jornada como era habitual, encendiendo el fuego en los hornos y atándose el delantal blanco a la cintura.

Extrajo varias cucharadas grandes de harina de un saco de arpillera y la tamizó en un cuenco.

Ya no necesitaba medir las cantidades, lo hacía todo a ojo.

Luego llegó el momento del azúcar. Apenas quedaba.

La semana anterior el tendero le había prometido que el envío que esperaba llegaría aquel mismo día, pero, teniendo en cuenta que quince días atrás le había prometido lo mismo, Pierre decidió utilizar muy poca.

Después de mezclar la harina con unos huevos batidos, incorporó la mantequilla derretida y siguió mezclando hasta conseguir el característico color dorado de las madeleines .

En cuestión de minutos ya estaban en el horno, y el sótano se inundó del cálido aroma que desprendía el azúcar al caramelizarse.

Pierre era un hombre más bien tímido. Tenía un carácter reservado, aunque para sus clientes no existía nadie más fiable.

Siempre podían confiar en él, y dirigía su panadería con la precisión de un reloj.

Naturalmente, los rumores en torno al hecho de que un soltero tan codiciado aún no se hubiera casado eran inevitables, pero la magnificencia de su repostería era tal que todo el mundo estaba dispuesto a pasar por alto el descuido de no haber encontrado esposa.

«A lo mejor es que no le atraen las mujeres, ¿no os parece?

», decía a menudo Arnaud, el propietario del tabac cercano.

Toda comunidad tenía su Arnaud. El tipo al que le gustaba meter las narices en los asuntos ajenos.

Como si conocer los asuntos de los demás fuera a darle algún tipo de ventaja y sirviera para proteger del escrutinio su propia e intrascendente vida.

Porque Arnaud no solo se dedicaba a vender las noticias que contenían los periódicos, sino que además inventaba las suyas propias acerca de todos los habitantes de la ciudad.

Los chismorreos frívolos carecían de importancia, pero, en tiempos de guerra, un personaje como Arnaud podía acabar resultando muy peligroso.

Solía pasarse el día apostado en la puerta de su tienda, observando las idas y venidas de todos los vecinos de la Rue de Paris.

Sin sonreír, gritó « Bonjour! » y saludó con la mano a Pierre la mañana en que este salía a entregar unas baguettes al jefe de la estación.

Por el porte estoico de Pierre, nadie habría adivinado lo que le estaba costando mantener la panadería a flote con el racionamiento de todos y cada uno de los ingredientes esenciales que necesitaba para hornear.

Había escasez de mantequilla, de leche y de huevos.

Pero el que más echaba de menos era el que hacía que sus pasteles fueran tan especiales: sus preciosas vainas de vainilla, cuyas flores crecían a los pies de los árboles del cacao en las selvas de Madagascar.

El comerciante que había conocido en el mercado había desaparecido al principio de la guerra, y junto con él lo había hecho el ingrediente secreto de Pierre.

Solo le quedaba un frasco, y había decidido conservar su contenido en un licor y reservar su valioso efecto para ocasiones muy especiales.

Por el momento, su deber era alimentar a los habitantes de Compiègne, de modo que empezó a pedalear calle abajo con sus cinco baguettes doradas balanceándose en la cesta de mimbre.

Los camiones lo adelantaban y levantaban grandes nubes de polvo a su paso.

La lona que cubría la parte trasera de uno de ellos se agitó ligeramente y, bajo el sol de mediodía, dejó ver a los soldados alemanes que viajaban en su interior, sentados en fila a ambos lados y armados con rifles mientras bromeaban y reían.

A Pierre se le revolvió el estómago. ¿Cómo se podían reír de aquella manera cuando tenían conciencia del sufrimiento que estaban infligiendo?

Le parecía antinatural e inhumano. Y sin embargo también ellos eran humanos, seres de carne y hueso, como él.

— L’espoir fait vivre —murmuró para sus adentros, convencido de que renunciar a la esperanza equivalía a conceder la victoria al enemigo.

Justo cuando Pierre llegó a su destino, un tren entraba en la estación.

El áspero sonido metálico de la locomotora al detenerse, algo que de pequeño le emocionaba, ya no guardaba secretos para él.

Sacó la cesta con el pan y echó a caminar por el andén en dirección al despacho del jefe de estación.

Por un instante, Pierre vio su figura reflejada en las ventanillas de los vagones.

Había perdido peso, y su porte, alto y delgado, había ido menguando con el paso de los meses de ocupación.

Se quitó la gorra y pasó una mano por su pelo oscuro.

Necesitaba un buen corte. Perdido en sus pensamientos, al principio ni siquiera las vio: a la mujer y a la niña.

La mujer lo miraba desde el otro lado del cristal.

Sus ojos mostraban desesperación. De pronto, la mujer se puso en movimiento y salió corriendo del vagón sin despegar casi la vista de él, como si Pierre fuese la línea de meta en una carrera.

El andén estaba en aquel momento lleno de gente, y también de soldados.

La mujer fue directa hacia él y le dirigió una mirada implorante, aunque no dijo nada.

La guerra le había arrebatado la belleza a todo el mundo, pensaba a menudo Pierre, pero aquella mujer irradiaba luz interior.

Incluso él lo notaba. La niña, con la carita mugrienta y bañada en lágrimas, le sujetaba la mano con fuerza.

Pierre levantó de nuevo la vista hacia la mujer, y fue entonces cuando se fijó en que tenía el labio partido y un moratón justo encima de la ceja.

Debieron de ser apenas unos segundos, pero a él le pareció como si todo se moviera a cámara lenta.

— Chéri ! —exclamó la mujer.

Uno de los soldados se volvió hacia ellos, pero Pierre lo entendió enseguida.

—Bienvenidas a casa, queridas mías —dijo, abrazando a las dos desconocidas como si fueran su familia.

Lo que él no sabía ese día era que aquella mujer estaba a punto de cambiar su vida para siempre.