Capítulo 13 #2
Por la noche me acosté temprano, con mi Proust y la bolsa de agua caliente que había comprado en la farmacia.
Me reconfortó un poco del frío, y me confirmó mi estatus de perdedora anticuada.
Aunque ahora era una perdedora anticuada que leía a Proust. Una vez más, me quedé hipnotizada con ese estilo verboso que te desafiaba a ralentizar la lectura, a no leer a toda velocidad para averiguar qué pasaba a continuación.
Leer a Proust era la antítesis de navegar por las redes sociales, una práctica que a veces me acababa poniendo nerviosa.
De hecho, me sentí casi transportada al tiempo del escritor, en el que todo se movía a un ritmo mucho más lento.
Y entonces algo muy interesante me llamó la atención.
Encuentro muy razonable la creencia celta de que las almas de aquellos a los que hemos perdido están cautivas en alguna criatura inferior —en un animal, en una planta, en alguna cosa inanimada—, perdidas, en efecto, para nosotros hasta el día (que para muchos nunca llega) en que pasamos por casualidad cerca del árbol o nos adueñamos del objeto que es su prisión.
Entonces se estremecen, nos llaman, y en cuanto las hemos reconocido, el hechizo se rompe.
Una vez que las hemos liberado, han vencido a la muerte y vuelven a vivir con nosotros.
Empecé a cuestionarme lo que había visto en el sótano.
¿Sería verdad? ¿Podría un alma perdida quedar cautiva en un lugar?
De un modo u otro, entre todas esas elucubraciones, acabé quedándome dormida con el libro en la almohada.
Sin embargo, antes de las cuatro de la mañana me desperté y me senté de golpe en la cama.
Había tenido un sueño extraño en el que había una hoguera y viejas caravanas de madera, como las que tenían en algunos circos clásicos europeos.
También había caballos y gente que hablaba en un idioma que no entendía.
Yo intentaba encontrar el camino de regreso desde algún lado, pero no era capaz.
Me desperté con las mejillas surcadas de lágrimas.
Encendí la luz y me levanté para llenar un vaso de agua.
Sentía una tristeza tan grande que me resultaba inexplicable, y no sabía si su origen estaba en mí o en aquel lugar.
Reinaba el silencio, y justo cuando volví a meterme en la cama y apagué la luz mi teléfono cobró vida y empezó a sonar «Minor Swing», de Django Reinhardt.
De haber sido yo un gato, me habría colgado del techo con las garras.
No me atrevía ni a respirar, pero, tan de repente como la música había empezado a sonar, el teléfono se quedó en silencio.
Agucé el oído, en un intento por captar cualquier sonido que me resultara desconocido.
Y por fin, después de unos momentos de tensa negociación conmigo misma, me atreví a sacar la mano de debajo de la sábana para encender la luz.
Todo permanecía tranquilo y en orden, como debía ser.
Muy despacio, me permití respirar de nuevo y dar el valiente paso de salir de la cama y mirar debajo, respaldada por la creencia infantil de que si ahí abajo no había nada todo iría bien.
Y nada había, por supuesto, pero el hecho de que se me hubiera puesto la carne de gallina en todo el cuerpo me decía que algo no iba del todo bien en aquella panadería.
Mi primer instinto fue hacer la maleta. No me llevaría ni cinco minutos recoger todas mis cosas y largarme de allí.
Tomar el tren de primera hora a París, ir al aeropuerto y ponerme en la lista de espera para embarcar en el primer vuelo con destino a casa.
Pero no me moví. Mi segunda idea fue bajar al apartamento de madame Moreau, aporrear su puerta y exigir respuestas.
Tampoco hice eso. Me resultaba imposible encontrar una explicación racional, pero tenía la sensación de que aquello que estuviera pasando en la panadería era la llave que me ayudaría a desvelar algo que vivía en lo más profundo de mi interior.
Un pensamiento acarició entonces la superficie de mi conciencia.
No era exactamente un recuerdo, sino más bien una pista.
Cogí los zapatos, me puse el abrigo y bajé de puntillas la escalera de caracol, intentando no hacer ruido.
Una vez en la panadería, encontré las llaves de la puerta en el cajón que había debajo de la caja registradora.
Introduje la llave en la cerradura y oí que el mecanismo giraba.
Retiré los cerrojos de la parte superior e inferior de la puerta, quizá con demasiada energía, y me preocupé por la posibilidad de haber hecho ruido.
Permanecí inmóvil unos instantes y escuché.
Todo seguía en silencio. Teléfono en mano, salí a la oscura calle adoquinada.
Sin el sonido del tráfico diario y con la única luz de las farolas, fue casi como retroceder en el tiempo.
Los edificios de aquel barrio apenas habían cambiado en más de un siglo.
Rodeé la casa y bajé por la callejuela en la que la puerta azul del sótano quedaba medio escondida por la sombra del hastial.
Encendí la linterna del teléfono y alumbré la puerta.
Vi que había una placa de latón. Apenas me había fijado en ella la primera vez, pero ahí estaba, tal y como la había visualizado.
Grabado en letras doradas había un nombre: «P.
Moreau». Pierre. El mismo nombre que había encontrado en el recetario.