La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 13
36%

Capítulo 13

Aquella noche no pude dormir. En casa, en Dublín, había pasado muchas noches de insomnio después de la muerte de mi madre.

En parte, porque no quería soñar con ella y despertarme luego y ver que no estaba allí.

Los últimos años habían sido como vivir suspendida en el aire, siempre a la espera de que se me cayera el otro zapato.

Pensando en aquella época ahora, en la buhardilla, con toda la distancia que me separaba del pasado, empecé a comprender que por aquel entonces perdí una parte de mí.

Cuando me convertí en la cuidadora de mi madre, me vi obligada a desatender muchas de mis necesidades.

Y a pesar de que no me arrepentía de ello, y de que volvería a hacer lo mismo sin dudarlo ni un instante si supiera que así podría recuperarla, empezaba a preguntarme si aquellas partes de mí que había perdido volverían algún día. Y quién sería yo si lo hicieran.

Miré el teléfono. Las tres y once de la madrugada. Encendí la luz y cogí el libro de Hugo, que había dejado en la mesita de noche. En busca del tiempo perdido .

—Exactamente eso, Proust —murmuré—. Exactamente eso.

Suspiré. Lo abrí por la primera página y leí la primera línea.

«Durante años me acosté temprano».

No me quedó otra que sonreír. Quizá Proust fuera más accesible de lo que pensaba. Seguí su proceso mental, delicado y disperso, sin que se presentara el menor signo de sueño. Cuando volví a mirar la hora en el teléfono, eran casi las cuatro de la mañana.

Debería probar lo de contar ovejas, pensé, pero entonces se me ocurrió una idea mejor.

Abandoné mi colchón chirriante y me levanté con la intención de prepararme un chocolate caliente con aquel licor especial de vainilla.

Envuelta en la bata para protegerme del frío del viejo edificio, bajé a la cocina para calentarme un cazo de leche.

No faltaba mucho para que amaneciera y, con poco o nada de sueño, sabía que el día se me haría largo y difícil, pero por alguna razón no me importaba.

Encontré la botellita en el armario y seguí la receta tal y como la había visto escrita en la libreta.

Vertí el líquido caliente y oscuro en un bol, me senté junto a la encimera y lo sujeté entre las manos.

Tardé un rato en darme cuenta de que los sonidos amortiguados que se oían debajo de mí eran voces.

¿Varias voces? Agucé el oído, levanté la cabeza y la giré hacia un lado como lo haría un perro, y confirmé que sí, que se oía a dos personas hablando.

Y las voces no venían de la calle, sino del sótano.

Claro. Sacudí la cabeza ante mi propia estupidez.

Había dos panaderos. Dejé el cazo en remojo en el fregadero mientras mi cabeza empezaba a procesarlo todo.

Debían de estar colocando la leña en el horno como primer paso antes de comenzar a hornear.

Tenía todo el sentido del mundo. Uno se ocuparía de los panes, y el otro se haría cargo de la pastelería.

Sabía que la producción de la panadería suponía demasiado trabajo para una sola persona.

Pero entonces la oí a ella. Los parlamentos guturales de madame Moreau eran inconfundibles. ¿Qué demonios hacía ahí abajo?

Corrí al cuarto de baño y levanté con habilidad la rejilla que había en el suelo, junto al lavabo, la misma a través de la cual había estado espiando el sótano la tarde anterior.

La luz era tan tenue que al principio me costó poder ver algo.

Sin embargo, enseguida noté el aire caliente que salía de los hornos y ese olor agrio que desprende la levadura cuando fermenta y transforma la harina y el agua en algo mágico.

De pronto apareció Manu arrastrando los pies, con un delantal blanco atado a la cintura y la camisa remangada.

—Así que está aprendiendo el oficio —murmuré, algo sorprendida.

Convertirse en un panadero de primera exigía mucho tiempo y dedicación, y con solo quince años me parecía un objetivo muy ambicioso.

Por extraño que parezca, me sentí orgullosa de él.

A mí, a su edad —o a cualquier edad, de hecho—, nada habría conseguido sacarme de la cama a las cuatro de la mañana.

A madame Moreau no podía verla, pero sí podía oírla mientras daba órdenes.

— Maintenant, tu fais exactement comme lui —dijo, ordenándole a Manu que hiciera exactamente lo mismo que estaba haciendo el panadero.

Con las manos enharinadas, Manu empezó a amasar una gran cantidad de la mezcla.

Forcé la vista para seguir su mirada e intentar ver al maestro panadero.

De entrada no conseguí distinguir nada; me daba la impresión de que Manu estaba mirando directamente a los hornos.

Pero entonces empecé a vislumbrar un destello…

Una vez, dos. Una persona, un hombre, pensé, aunque la silueta era borrosa.

Por instinto me froté los ojos, pensando que quizá así vería un poco mejor.

Muy despacio, se apoderó de mí una sensación extraña, una pesadez que no estaba presente momentos antes. Y fue entonces cuando me desmayé.

Me desperté en mi cama sin la menor idea de cómo había llegado allí.

Tenía la cabeza a punto de estallar y notaba el cuerpo magullado y dolorido.

Los recuerdos de la noche anterior se me escapaban por completo.

Quizá todo había sido un sueño, el simple fruto de una imaginación hiperactiva.

Cogí el teléfono, y a punto estuve de dar un salto con pértiga desde la cama cuando vi que eran más de las ocho.

Me vestí con una camiseta y unos vaqueros, me calcé unos zapatos de tacón bajo y bajé en tromba la escalera mientras me recogía en una coleta el pelo cortado a capas.

Irrumpí en la panadería con tanta fuerza que estuve a punto de tropezar con monsieur Raynard, un anciano muy amable que venía a tomar su café y su tartine cada mañana.

— Oh, excusez-moi! —exclamé ruborizada cuando el hombre me dijo caballerosamente que la culpa había sido suya por quedarse plantado en la puerta.

Ya no hacían hombres como él…, aunque en el fondo yo esperaba que los siguieran haciendo. Me disponía a pedirle perdón a madame Moreau por mi retraso cuando, para mi sorpresa, me interrumpió para decirme que Manu ya me había excusado y que confiaba en que mi dolor de cabeza fuera a mejor.

—Eeeh… Sí, gracias —fue todo lo que logré farfullar antes de ponerme el delantal y concentrarme en las tareas habituales.

El día fue pasando, pero yo tenía muy claro que Manu y yo debíamos hablar.

Por la tarde, durante la pausa del café, llamé a mi padre. Después de haber elegido mi croissant aux amandes favorito, el que tenía un relleno de exquisita crema frangipane , me senté en la placita que había en la esquina y dejé que el sol acariciara mi rostro.

—¡Feliz cumpleaños! —dije con alegría, en un intento de compensar el hecho de no estar presente en casa el día de su cumpleaños.

—Oh, Edie. ¿Cómo estás, cariño? He recibido tu tarjeta de felicitación…, aunque no he entendido ni una palabra —dijo mi padre riendo.

—Siento mucho no estar allí contigo —dije, tratando de ignorar la persistente idea de que lo había abandonado.

—Te perdiste una barbacoa fenomenal —dijo—. Vinieron algunos de los chicos a ver el rugby .

—Oh, entonces es que hace buen tiempo, ¿no?

—¿Bromeas? Ha llovido todo el fin de semana, y no me quedó otro remedio que encender la barbacoa en el cobertizo.

—¿En el cobertizo? Eso no es muy seguro, ¿no? —repliqué, esbozando una mueca de alarma solo de pensarlo.

—Bueno… ¿Qué tal te tratan las ranas? —preguntó mi padre.

—No creo que sea muy políticamente correcto decir eso —dije, reprobándolo.

—¿Ya has hecho amistades por ahí?

Le hablé de Nicole y su familia, y creo que mi padre se quedó sinceramente aliviado al saber que había gente que cuidaba de su niña…, aunque ya no fuera tan niña. No le dije nada sobre Hugo, ni sobre lo que había visto aquella noche, aunque me moría de ganas de hacerlo.

Pasé la tarde callada en la panadería, concentrando mi atención en los clientes y tratando de mantener distancias con madame Moreau.

Esperé a que Manu volviera a última hora, pero mi jefa, después de decir que me veía muy pálida, insistió en que acabara mi jornada antes de lo habitual.

Su cambio de actitud me resultaba incomprensible, pero estaba cansada y además tenía una montaña de ropa que lavar antes de irme a dormir.

Había ido postergando la lavage desde mi llegada y, como al parecer no había lavadora en el edificio, sabía que no me quedaba otra que perder varias horas en una lavandería.

Después de cargar a mis espaldas lo que parecía un cadáver, encontré una abierta cerca del campus universitario.

Entré y dejé mi abultada bolsa de deporte sobre el mostrador.

Las máquinas zumbaban sin piedad y los estudiantes permanecían sentados en estado comatoso mientras observaban la circunnavegación de su ropa en el tambor.

Era un establecimiento de autoservicio, de modo que separé la ropa blanca de la de color y eché monedas a dos lavadoras.

Después de cinco minutos viéndolas girar, me puse a mirar el teléfono y vi que Nicole me había enviado una foto de nuestra noche en el Nostalgie: Hugo y yo bailando.

Jamás había visto una foto mía parecida a aquella.

Se me veía feliz y despreocupada. Y él también sonreía y me miraba de una manera que me provocó un cosquilleo en el cuerpo solo de recordarlo.

¿Por qué demonios no le habría pedido su número?

Guardé el teléfono en el bolsillo. Después de un intento fallido de leer un periódico que alguien se había dejado en una silla, me entretuve mirando por la ventana del local hasta que la lavadora emitió un ruido sordo y se paró.