Capítulo 12 #2
Para mi satisfacción, vi que en el suelo había una rejilla, justo detrás del lavabo, desde donde se veía el sótano.
La rejilla, de hierro, era vieja y me resultó muy fácil levantarla con la sola ayuda de un bolígrafo.
Y entonces, por primera vez, pude disfrutar de una vista parcial de los dominios del panadero.
Era un espacio increíblemente auténtico, y al instante me di cuenta de que las cosas habrían cambiado muy poco desde tiempos de monsieur Moreau.
Las paredes eran de un sencillo ladrillo visto y el suelo parecía de hormigón, y todo estaba cubierto por una fina capa de harina.
Con razón el pan sabía tan bien, reflexioné, ya que debían de utilizar recetas ancestrales y hornearlo en aquel viejo horno de leña.
Desde mi incómoda atalaya solo alcanzaba a atisbar el lateral del horno, pero no era necesario ver más, puesto que el intenso aroma a madera quemada era inconfundible.
Vi los sacos de harina —etiquetados como Farine — apilados contra la pared, así como un conjunto de estanterías altas de madera donde se almacenaban moldes antiguos y bandejas para hornear, ligeramente deformadas como consecuencia del intenso calor del horno.
Lo único que faltaba allí era el panadero, pero imaginé que ya habría acabado su jornada, pues debía de comenzar hacia las cuatro de la mañana.
Me dolían las rodillas después de haber estado tanto rato agachada sobre las baldosas, y me disponía a incorporarme cuando me sorprendió una voz.
— Eeh… Ça va, Édith ? —preguntó Manu, claramente desconcertado al encontrarme en aquella postura.
—Oh, Manu, no te había visto —respondí aturullada—. Es que… acabo de perder un pendiente —dije, mintiendo—. J’ai perdu mi pendiente —repetí, riendo por mi estupidez y devolviendo la rejilla a su lugar con el pie. Manu hizo un gesto de asentimiento, pero adiviné que no estaba nada convencido.
Justo acababa de limpiarlo todo después de mi pequeña sesión de cata de productos cuando reapareció madame Moreau y, sin el menor miramiento, me apagó la música.
Parecía enfadada, lo cual no era nuevo, pero noté que algo en la música la había afectado.
No tuve oportunidad de preguntarle al respecto, pues ya era hora de abrir y necesitaba ir un momento a refrescarme.
Mientras subía la escalera, no pude dejar de pensar en que aquella fachada de hostilidad de Manu y madame Moreau podía ser simplemente un intento de esconder algo.
Pero ¿qué? ¿Estarían de verdad desarrollando algún tipo de actividad ilegal ahí abajo?
Parecía improbable. No obstante, su extraño comportamiento me daba a entender que allí pasaba algo, de modo que tomé la decisión de llegar al fondo del asunto.
Por la tarde me cité con Nicole en una cafetería con vistas al río.
Mientras caminaba por las calles iluminadas por las farolas y efectuaba los ya conocidos giros para acceder al centro, me di cuenta de que Compiègne se había convertido en un lugar familiar para mí.
Era como si hubiese pasado una eternidad desde que llegué a la ciudad después de aquel inesperado viaje en tren desde París, rebosante de decepción por la mala suerte de haber aceptado un trabajo en un pueblo periférico.
En aquellas pocas semanas había recorrido un largo camino, en todos los sentidos.
Cuando llegué a nuestro punto de encuentro, vi a Nicole sentada en la barra charlando amigablemente con uno de los camareros.
Nunca había conocido a nadie que se sintiera tan a gusto como ella en su propia piel, y la facilidad con la que se relacionaba con la gente despertaba en mi interior un poquito de envidia.
—¿Y bien? —dijo para empezar, después de pedir para mí una copa de vino y un tentempié de pan con paté que tenían un sabor intenso y estaban extremadamente deliciosos.
—Bueno, pues… Él, es decir, Hugo, me acompañó a casa —empecé a explicarle.
Se me hacía extraño pronunciar su nombre en voz alta. Había sido una noche mágica y, a pesar de que me había esforzado al máximo por no fantasear con lo sucedido, a veces me preguntaba si había pasado de verdad.
—Ya. ¿Y…? —dijo Nicole, impaciente.
—Bueno, hablamos mucho y… Ah, ¿sabías que es fotógrafo? —dije.
— Très bien. Et… —insistió, animándome, ansiosa por llegar a la parte interesante.
—Vale, vale… ¡Nos besamos! —confesé, extasiada como una colegiala y sin tener siquiera la dignidad de esconderlo. De pronto me asaltó el recuerdo de la suavidad de sus labios y me sonrojé—. Dios mío, qué bien besa.
— Voilà… Je l’avais dit! Te estás divirtiendo en Francia, ¿non? —dijo—. ¿Has quedado otra vez con él?
—Bueno, el caso es ese, que me dijo que tenía que regresar a París por algo del trabajo. De hecho, no sé cuándo va a volver. No me lo dijo.
—¿Te pidió el número de teléfono? Seguro que te llamará —dijo con naturalidad, echándose el pelo oscuro por encima del hombro y dejando al descubierto unos enormes pendientes de aro de color blanco.
—Oh, pues no —admití, con el corazón de repente encogido—. No me lo pidió. Ni siquiera se me ocurrió decírselo.
—Mmm… Pero vive aquí, ¿no?
—Creo que no. Me dijo que tiene un apartamento en París. —Y entonces, al contárselo todo a Nicole, empecé a tener la sensación de que la historia sonaba un tanto sospechosa—. Ay, Dios, no estará casado, ¿verdad?
— Pourquoi? ¿Qué te lleva a pensar eso? —preguntó Nicole, mucho menos preocupada que yo por esa posibilidad. Al fin y al cabo, era francesa.
—Bueno, el caso es que cuando llegamos a la panadería lo invité a subir, y entonces me dijo algo acerca de que tenía que levantarse temprano.
En aquel momento pensé que se estaba comportando como un caballero, ¿sabes?
Y creo que no estaba del todo equivocada, porque estoy segura de que estaba interesado.
Pero fue como si de pronto se cortara. Y ahora estoy empezando a preguntarme si quizá fue el sentimiento de culpa lo que le hizo dudar.
— Non, je ne pense pas . No tenía ese tipo de rollo de hombre casado.
—¿Qué tipo de rollo?
—Describirlo es complicado, pero se le veía demasiado inquieto como para estar casado. Los hombres casados se muestran más relajados, quizá porque saben que tienen a alguien en casa. No, estaba demasiado tenso para estar casado.
—Eso es ridículo. La gente tensa se casa. ¡La gente relajada se casa y se pone tensa! ¿Qué tipo de razonamiento es ese? Me parece que solo intentas no herir mis sentimientos.
—Puede ser —reconoció Nicole—. Pero mira la de hombres que hay por aquí. —Abarcó con un gesto la sala y ladeé la cabeza para mirarla con ironía—. Vale, no exactamente «aquí», pero ¿por qué pones todas tus manzanas en esa cesta?
—No son manzanas. Son huevos —dije corrigiéndola.
— Ce n’est pas important —replicó Nicole con un suspiro, claramente exasperada—. Te gusta de verdad, ¿no? —Asentí, sin poder evitarlo—. A lo mejor es que estaba… ¿Cómo has dicho? Sí, comportándose como un caballero. Al fin y al cabo, es medio inglés.
Apuré de un trago lo que me quedaba de vino.
—Qué bien besaba… —repetí, mirando por la ventana.
Justo en aquel momento, el teléfono de Nicole sonó con la entrada de un mensaje. Sus facciones, hasta entonces relajadas, se tensaron de repente.
—¿Va todo bien? —pregunté.
— Zut alors . Ya estamos otra vez con el alquiler pendiente de pago —dijo derrumbándose un poco.
—Oh.
Puse mala cara. No se me ocurría nada que decir. Y, por otro lado, no quería meterme en los asuntos privados de Nicole.
—¡No se te ocurra casarte con un músico, Edith!
—Lo siento. Si puedo ayudarte de alguna manera… —dije sin convicción, consciente de que poco podía hacer yo.
—Bueno, ya sabes, si te enteras de algún trabajo donde necesiten un historiador cualificado, dímelo —replicó Nicole con un resoplido.
Yo ahí pensando que Nicole y Johnny vivían una vida perfecta, cuando todo el mundo tenía sus propios problemas…
—En fin, sigue contándome cosas de Hugo. ¿Así que dices que besa bien? —preguntó, animándome a continuar.
Y le hablé sobre eso, y sobre nuestra velada romántica, hasta que la sonrisa regresó a nuestras caras. Confiárselo todo a Nicole me ayudó a recuperar mi fe en que pronto volvería a tener noticias de él.
Cuando llegué a casa y abrí la puerta de mi pequeño apartamento, me di cuenta enseguida de que había algo sobre la cama.
Lo cogí y vi que era una postal con una imagen en blanco y negro de la Torre Eiffel.
Miré el reverso y lo primero que vi fue el nombre de «Hugo» en la firma.
El corazón me dio un vuelco. Tiré el abrigo al suelo y me senté en la cama para poder leer bien lo que decía.
Señorita Lane:
Todavía sigo soñando contigo, como en la canción.
Huyo X
Breve, dulce y de un romanticismo incandescente.
No me había pedido el número de teléfono, pero recordaba mi dirección.
Enviarme una postal en lugar de un mensaje al teléfono era algo maravillosamente anticuado.
Dios mío, qué delicado es, pensé. Porque ahora sí que me tenía totalmente atrapada en su red.