La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 12
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Capítulo 12

El lunes por la mañana me desperté a las seis, mi hora habitual.

Levanté las persianas y miré por la ventana en cada oportunidad que se me presentó a partir de aquel momento —bien con el cepillo de dientes en la boca, bien con el cepillo para desenredarme el pelo en la mano—, en busca de indicios que apuntaran a algún tipo de comportamiento clandestino que pudiera delatar a los Moreau.

La calle estaba en silencio, y en ella no había ningún movimiento.

Tendría que levantarme mucho más temprano si quería sorprender al panadero entrando por la puerta del sótano.

Me salté el desayuno y bajé corriendo a las seis y media, pero madame Moreau, que al parecer se había levantado a una hora inimaginable para mí, ya estaba descargando cestas de pan recién hecho para colocarlo en las estanterías.

Manu aún tenía que llegar, pero las cajas a la espera de ser repartidas ya estaban pulcramente apiladas junto a la puerta.

¿Cómo lo hacía esa mujer? ¿Y a su edad, además?

— Bonjour, madame Moreau —dije, asustándola.

— Bonjour, Édith —replicó.

Parecía un poco más cansada de lo habitual esa mañana, y me ofrecí a prepararle un café antes de que abriéramos.

Eso también la tomó por sorpresa y, aunque rechazó el ofrecimiento, noté que algo cambiaba entre nosotras.

Me puse a trabajar en silencio y le abrí la puerta a Manu cuando llegó.

Llovía a cántaros, y lo sentí por él al pensar que tendría que subirse a la moto para ir a repartir el pan.

Pero él cubrió las cajas con una pequeña lona y se fue volando, sin más.

—Es un buen chico, ¿verdad? —le dije a madame Moreau—. Il est bien —repetí.

— Il travaille bien, oui —repuso, mostrándose de acuerdo y sin dejar entrever absolutamente nada.

— Il habite près d’ici? —pregunté, presionándola para intentar averiguar si Manu vivía en la zona, o quién era su familia, o quizá cómo había acabado trabajando en la panadería.

— En haut —respondió, y levantó brevemente la cabeza para señalar hacia arriba.

—¿Vive con usted? —dije, incapaz de disimular mi incredulidad.

Gracias a aquel paso en falso, volví a recibir gruñidos y gestos para indicarme que siguiera con mi trabajo. Y con eso llegaron los primeros clientes de la mañana, y ya no tuve más tiempo para darle vueltas al tema.

Trabajar todo el día con productos recién horneados me traía a la memoria recuerdos maravillosos de mi infancia que había atesorado durante muchísimo tiempo.

Cuando mi padre renunció a su puesto de jefe de repostería, convirtió la cocina de casa en el espacio en el que dar rienda suelta a su expresión artística.

Mi madre y yo solíamos regalarnos con ligeros y esponjosos profiteroles rebosantes de crema y cubiertos de chocolate, o disfrutábamos con tartas de chocolate negro recubiertas de trocitos de avellana tostada.

Mis favoritos eran los pasteles, y al lado de mi padre adquirí cierta habilidad en el oficio y aprendí a preparar uno especiado de zanahoria que estaba buenísimo.

Mi padre siempre decía que la elección de los ingredientes revelaba muchas cosas sobre el panadero.

Ni que decir tiene que me intrigaba mucho conocer al maestro panadero que había despertado de nuevo mi apetito con sus panes deliciosos y su increíble repostería.

Pero seguía envuelto en un halo de misterio, escondido en el sótano de madame Moreau.

En un esfuerzo para al menos familiarizarme mejor con sus productos, decidí pasar la hora de la comida haciendo una pequeña degustación en la cafetería.

Le expliqué a madame Moreau que quería conocer mejor los distintos tipos de pan y ella se limitó a encogerse de hombros con indiferencia.

Como tenía el espacio para mí sola, configuré el teléfono para que sonara algo de música de Django Reinhardt, el intérprete que Johnny me había recomendado.

En cuanto la guitarra empezó a sonar, me enamoré al instante de aquel jazz gitano y me dejé llevar por el ritmo mientras comenzaba a elegir los panes que deseaba catar.

Dejé de lado las conocidas baguettes y los tradicionales pain de campagne y pain complet (blanco e integral, respectivamente), y, sin poder evitar que se me hiciese la boca agua con el aroma de la masa recién hecha y de la corteza crujiente, me decanté por los panes de aspecto más especial.

Me senté en una mesita al lado de la ventana y, armada con una tabla de cortar y un cuchillo, corté una rebanada del primer pan redondo, etiquetado como pain au levain , que, por su sabor ácido, deduje que estaba hecho de masa madre.

Recordé que mi padre preparaba a veces masa madre en casa y la dejaba fermentar toda la noche.

Y que me encantaba ver cómo se transformaba y cobraba vida.

«¿Ves las burbujas, Edie? —me decía—. Eso significa que la levadura presente en el aire y la propia harina han empezado a asentarse en la masa madre. Se comerán los azúcares de la harina e incrementarán la acidez de la mezcla, impidiendo de este modo el crecimiento de otros microbios “malos”».

Era como un experimento de ciencia culinaria.

Cuando la masa madre se volvía espumosa y fermentaba, quería decir que ya estaba lista para su uso.

También recuerdo que mi madre insistía en que mi padre hiciera sus «experimentos» en el lavadero, por los fuertes olores que solían desprender.

Luego mi padre horneaba una hogaza de un pan delicioso (que compensaba con creces el mal olor), pero guardaba siempre una porción de masa madre que «alimentaba» con harina y agua para que el proceso no se interrumpiera.

Mi padre afirmaba que había panaderos que trabajaban con una masa madre de más de cien años.

En aquel tiempo me parecía extraño eso de cultivar bacterias para hacer pan, pero saborear aquella hogaza ligera y esponjosa en la panadería me hizo apreciar de verdad esa tradición ancestral.

Me pregunté también cuántos años tendría la masa madre de madame Moreau, y quién la habría elaborado en primer lugar.

A continuación probé un pan de pasas redondo que se conocía como pain aux raisins .

Por instinto golpeé la base de la hogaza y escuché ese eco maravillosamente profundo que era garantía de una corteza gruesa y oscura.

Aquel pan crujiente estaba tentadoramente delicioso, y las pasas hinchadas le daban una dimensión adicional.

Después de beber un vaso grande de leche, pasé con glotonería a un pain aux noix , un pan de nueces hecho con harina integral.

En Francia la nuez es la reina de los frutos secos, y por eso muchas veces se refieren a esa variedad como «pan de frutos secos», como si la nuez fuera el único que valiera la pena comer.

Con el equilibrio perfecto de acidez y nueces crujientes casi enteras (lo que significaba que habían sido incorporadas después del amasado), resultó ser mi favorito.

Era húmedo, de un color ligeramente más oscuro que los demás, y podría haberme comido felizmente el pan entero.

Por supuesto, los comí todos untados con mantequilla, como una auténtica irlandesa.

Cuando llegué al pain bis , un pan de centeno, estaba completamente llena y rendida de respeto hacia nuestro panadero solitario.

No me consideraba ni mucho menos una experta, pero, por los sabores y las texturas de los panes, mis sospechas de que se horneaban en un horno de leña quedaron confirmadas.

Empujé la silla hacia atrás y miré al fondo de la tienda.

Una puerta batiente daba acceso a un espacio reducido donde había un fregadero, una mínima superficie de trabajo para preparar tartines o bocadillos y una pequeña chauffe grille eléctrica para tostar pan.

Sin pensármelo dos veces, me levanté y fui directa hacia allí, colocando bien las cosas y limpiando los mostradores a mi paso.

Volví la cabeza para mirar a la calle, que estaba tranquila a aquella hora del día, y presté atención a cualquier sonido que madame Moreau pudiera estar haciendo arriba.

Lo único que oí fue su televisor, donde debían de estar emitiendo el típico concurso de sobremesa.

Satisfecha al comprobar que nadie me iba a molestar, entré en el pequeño espacio de la cocina.

Anteriormente había visto una puertecita, justo al lado de una nevera en miniatura, aunque, al ser tan pequeña, siempre había dado por sentado que era la puerta de un armario.

Estaba pintada en un tono gris azulado muy claro y tenía dos paneles de cristal esmerilado que ocultaban lo que en aquel momento comprendí que debía de ser el sótano.

Madame Moreau, que era bajita, podría pasar sin problemas por allí, pero yo tendría que agacharme.

Con cuidado, giré el pomo de cristal y me llevé una decepción al comprobar que la puerta estaba cerrada con llave.

Me quedé allí mirándola, casi suplicándole que se abriera.

Y entonces, de repente, tuve una inspiración y corrí a abrir de nuevo la puerta de la pequeña cocina.

El aseo del establecimiento, que era mixto, estaba justo al otro lado y, aunque no estaba segura de que también se pudiera acceder desde allí, decidí que merecía la pena intentarlo.

El baño, que era bastante elegante, como suele ser habitual, tenía las paredes cubiertas con un papel pintado estilo vintage donde se representaban escenas de gente adinerada realizando distintas actividades al aire libre.

Los grifos eran dorados, igual que el espejo, lo que le daba un aspecto tanto hogareño como chic.