La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 11
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Capítulo 11

HUGO CHADWICK

Hugo oyó el clic de las puertas de hierro forjado y cristal del edificio al cerrarse tras él.

Le gustaba la sensación de salir a la calle y dejar tras de sí su apartamento en el tercer piso, a pocos pasos del Jardin du Luxembourg, en el distrito sexto de París.

Su padre le había regalado un apartamento a él y otro a su hermano al cumplir los veintiún años.

La última tasación lo había valorado en un millón y medio de euros.

Sin embargo, Hugo nunca lo había sentido realmente como algo suyo.

No lo había adquirido con su trabajo, ni se lo había ganado de ninguna manera.

Y ahora se estaba percatando de que aquel apartamento era, en cierto sentido, similar a la entrada que uno daba para comprar algo, un compromiso tácito con Chadwick Holdings y con su padre.

Su futuro ya estaba comprado y vendido. Hubo un tiempo en el que quizá se habría rebelado, pero después de la muerte de Stéphane el peso de la responsabilidad superaba con creces cualquier tipo de sentimiento personal.

Tenía que compensar lo que había sucedido.

Hugo inspiró hondo, guardó de nuevo la cámara en la mochila y reemprendió el paseo hacia la oficina.

—Como bien saben, mi esposa heredó el edificio hace muchos años y ahora hemos adquirido el inmueble contiguo…

Raymond Chadwick se interrumpió cuando su hijo entró en la sala de juntas.

La mirada que le lanzó resultó imperceptible para los socios reunidos alrededor de la mesa, pero Hugo conocía muy bien lo que traslucía.

Resentimiento. Nunca lo había expresado con palabras, pero el significado estaba muy claro: había muerto el hijo equivocado.

—Hemos propuesto una oferta por el edificio de la esquina —continuó su padre—, y estoy seguro de que para finales de mes habremos adquirido toda la calle.

Mi hijo, aquí presente, estará al cargo de las negociaciones con el grupo hotelero —dijo para terminar, disimulando cualquier duda que pudiera albergar sobre la capacidad de Hugo.

—Así es. De hecho, ya me he puesto en contacto con el equipo de diseño y se muestran bastante firmes en cuanto a su deseo de conservar la fachada original —dijo Hugo sacando unos folletos para hacerlos circular por la mesa.

Su padre volvió a lanzarle otra de sus miradas disimuladas, pero, como siempre, tuvo cuidado de no delatar sus emociones en público.

Hugo contaba con ello cuando añadió—: Y debo decir que estoy de acuerdo, porque hay que mantener al Ayuntamiento de nuestro lado.

Habrá muchas alteraciones en la zona, y…

—Además de regeneración, empleo, incremento de negocio… —intervino su padre contraatacando.

—Por supuesto —admitió Hugo. Tragó saliva. Tenía que salir vencedor de aquella discusión—. No obstante, conservar la fachada histórica contribuiría en gran medida a congraciarse con los negocios locales…

—Caballeros —lo interrumpió Raymond, rebosando un encanto de lo más falso—, estoy seguro de que apreciarán de buen grado el entusiasmo de mi hijo por la estética refinada, pero será mejor que pasemos a asuntos más importantes y nos pongamos en contacto con el equipo negociador una vez que se haya cerrado el contrato para hacernos con la propiedad.

Con esas palabras, Hugo quedó disculpado como un niño que hubiese estado incordiando a los adultos.

Resultó extremadamente humillante, pero merecía la pena arriesgarse a ser el blanco de la ira de su padre si eso se traducía en conservar parte de las características originales de la propiedad en cuestión.

Si su padre imponía su parecer, todos y cada uno de los detalles de aquella hermosa arquitectura quedarían sustituidos por formas angulares de hormigón y vidrio.

A Raymond solo le importaba el beneficio, y cuanto más dinero ganaba más miserable se volvía.

Hugo ya no entendía qué era lo que impulsaba a su padre.

Ganar a toda costa se había convertido en su lema. Pero ¿ganar qué, exactamente?

De vuelta a casa a última hora de la tarde, Hugo pasó de nuevo por delante de la antigua floristería.

La luz había cambiado por completo, y aunque la fachada seguía siendo bonita desde un punto de vista ornamental, carecía de la energía que Hugo había captado por la mañana.

Eso era lo que más amaba de la fotografía, que las condiciones eran siempre algo tan casual que uno jamás podía capturar la misma imagen dos veces.

Siguiendo una costumbre que apenas recordaba haber adquirido, Hugo se llevó la mano al bolsillo interior izquierdo de su chaqueta, donde debería estar su libro.

Y entonces se acordó: Edith. Sacudió la cabeza, y el recuerdo le hizo sonreír.

Debía de haber pensado que todo estaba planeado.

Pero era cierto: llevaba ese libro consigo a todas partes, como un talismán.

En cierto sentido, era un símbolo de protección, algo que le impedía convertirse en su padre.

Y, sin embargo, notaba que su intención flaqueaba.

Cuando vivía, Stéphane era el centro de atención.

Rebosaba encanto por los cuatro costados y, en su calidad de primogénito, todo el mundo alababa sus logros y consentía sus indiscreciones.

Hugo siempre lo había admirado como a una especie de semidiós.

Y no fue hasta después de su muerte cuando Hugo se dio cuenta de que su hermano había actuado a modo de parachoques entre él y su padre.

Mientras Stéphane había sido el gran triunfador y el heredero aparente de la fortuna de los Chadwick su padre se había sentido feliz, y eso le había permitido a Hugo llevar la vida que deseaba.

Al ser el hermano menor, no había sentido la presión de cargar con la responsabilidad de las expectativas de su progenitor.

De hecho, tampoco estaba seguro de que se esperara gran cosa de él.

Stéphane había sido el niño de oro. Sin embargo, al final toda aquella presión había empezado a pesarle. Y ahora aplastaba también a Hugo.

Fotografiar edificios antiguos había empezado como un pasatiempo, pero había acabado convirtiéndose en mucho más que eso.

Tenía la sensación de que mantener algún tipo de conexión con los valores del pasado servía para mantenerlo conectado también con su alma.

Bajo la luz mortecina del atardecer, veía el objetivo de su cámara como una puerta, una especie de umbral entre la vida que vivía y la versión idealizada de ella que había vivido antes.

Sin embargo, el abismo que se abría entre ambas realidades lo empezaba a engullir.