La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Disfrutamos de una copiosa comida consistente en pollo asado con limón y romero, acompañado de un montón de patatas asadas con ajo.

Yo había llevado el postre, una tarta de frambuesas con crème anglaise .

Renuncié al vino, argumentando que al día siguiente necesitaba tener la cabeza despejada para estar en pie a las seis de la mañana.

Sabía que Nicole se moría de ganas de preguntarme por Hugo, pero, como debió de intuir que no me apetecía comentarlo en público, empezamos a hablar sobre la panadería.

Al parecer, madame Moreau y Jacqueline se conocían desde hacía muchísimo tiempo.

— Geneviève Moreau? Je la connais depuis des années —dijo Jacqueline mientras Nicole, sentada a su lado, se encargaba de traducir las partes que yo no entendía.

— Monsieur Moreau, el padre de Geneviève, murió a finales de los sesenta, y desde entonces ella dirige el establecimiento —explicó Nicole, que balanceaba a Max sobre su rodilla mientras el pequeño recreaba en la mesa una escena de guerra con unos soldadnos y las frambuesas sobrantes—. Debe de tener al menos ochenta años.

—¡No me digas! ¿Ochenta? ¡Pero si anda todo el día pavoneándose por la tienda como una jovencita! —exclamé, y esperé a que Nicole tradujera mis palabras.

Conocer su nombre de pila fue también una sorpresa para mí. Geneviève me sonaba demasiado dulce para la mujer dura que cada mañana me recibía con el ceño fruncido.

—Según maman , ha tenido una vida dura. Mi abuela también se acuerda de que el régimen tuvo varios encontronazos con monsieur Moreau durante la guerra.

Aquello fue como una revelación. Lo único que yo había querido ver hasta el momento era una vieja gruñona con escaso o ningún tiempo para cortesías y cumplidos.

Pero lo que estaba escuchando empezaba a crear una imagen completamente nueva de una chica que había vivido la guerra al lado de su padre, había resistido la tiranía de la ocupación alemana y había conseguido mantener con vida el legado paterno.

—¿Y quién se ha encargado de la elaboración del pan desde el fallecimiento de monsieur Moreau? —pregunté—. Tengo absolutamente prohibido bajar al sótano —añadí, aún dolida por la falta de confianza de madame Moreau hacia mí.

— Je ne sais pas —reconoció Jacqueline.

—Resulta extraño, porque llevo ya dos semanas allí y nunca he visto entrar o salir a nadie. Y a menos que estén moliendo su propia harina allá abajo, no sé cómo la obtienen, porque tampoco llega ninguna mercancía.

Johnny dejó en la mesa una cafetera grande y un tarro de cristal con biscotti . Y aunque me sentía a punto de reventar, no pude resistir la tentación de probar una de aquellas galletas doradas aromatizadas con amaretto .

—Por lo que parece, tienes un pequeño misterio entre manos —dijo Johnny—. La panadería embrujada, donde nunca se ve entrar ni salir a nadie. ¡Caray!

Johnny se echó a reír y Max imitó su recreación de un fantasma que no daba nada de miedo.

—Lo digo en serio —insistí—. Madame Moreau tiene todo el pan almacenado arriba, y Manu tiene todas sus entregas preparadas antes incluso de que yo me levante.

Jamás he visto ni rastro del panadero. Siempre he pensado que lo suben entre los dos desde el sótano, pero ¿por qué no me permiten bajar?

Se supone que me han contratado para que sea la encargada de la tienda, por el amor de Dios.

—¿Encargada? —repitió Jacqueline en mi idioma con su encantador acento francés. Sonreí.

—Encargada, sí, o al menos eso era lo que ponía en el anuncio. Creo que piensa jubilarse pronto. Y aun en el caso de que le cueste soltar las riendas del negocio, su artritis no le permitirá seguir al mando sola y sin ayuda durante mucho tiempo más.

—Dice maman que debes de gustarle… La última chica, Mana, solo duró dos días.

Sabía que aquello pretendía ser un consuelo, pero, por alguna razón, tuvo el efecto contrario. Una vez más me pregunté qué habría pasado con Maria.

—Mira, ya sé: empecemos a vigilar de cerca entre todos lo que sucede en la panadería, a ver si así los pillamos —propuso en tono jocoso Johnny—. ¡A lo mejor están blanqueando dinero o preparando algún tipo de droga química!

—Creo que tendrás que comerte tus palabras cuando descubra…, no sé…, una sociedad de masas secretas o cualquier cosa por el estilo —repliqué, siguiéndole el juego.

Cuando el cielo nocturno se instaló con firmeza al otro lado de las ventanas, tomé a regañadientes la decisión de volver a casa.

— Merci pour tout —le dije a Jacqueline, y le di dos besos cariñosos al llegar a la puerta.

— Je t’en prie, chérie —replicó, que, según entendí, era como decir «de nada».

Max se había quedado dormido en un sofá al lado de la chimenea, y Nicole no quiso despertarlo aún para volver a casa. Ellos vivían en un apartamento cerca de la universidad, lo que le permitía estar a un paseo tanto de casa de su madre como de la peluquería.

—Johnny, acompañaré a Edith hasta el final de la calle mientras tú te ocupas de lavar los platos, ¿d’accord? —sugirió a su marido, sonriéndole con dulzura.

—¿Ves las cosas que tengo que aguantar, Edith? —dijo Johnny dándome los dos besos de despedida—. Me tratan como su esclavo inglés. Cocino, limpio, ¡y no voy a decir más para no ponerte colorada!

Nicole le lanzó un paño de cocina para que se callara, pero no funcionó.

—Nos vemos en el Nostalgie la semana que viene, ¿vale? —gritó Johnny.

—Sí, por supuesto, me encantaría. Tu banda es magnífica. Me gustó mucho, de verdad —dije de corazón—. ¿Y quién es ese tal Django del que no parabais de hablar? ¿Era música suya lo que tocasteis?

—Oh, Dios mío. Lo dices en broma, ¿no? —repuso Johnny totalmente en serio—. Django Reinhardt. ¿No sabes quién es?

Al ver mi recién adquirido encogimiento de hombros galo, me pidió que esperara cinco minutos mientras iba a buscar un vinilo de su colección.

—Django Reinhardt es nada más y nada menos que el rey del jazz gitano —me informó, excusando apenas mi ignorancia filistea—. Llévatelo a casa, escúchalo, familiarízate con él, y haremos como si esta conversación nunca hubiese tenido lugar, ¿te parece?

—No todo el mundo tiene tocadiscos, Johnny —le recordó Nicole.

—Sí, claro, tienes razón. Pues escúchalo en internet. Evidentemente, no tendrá el sonido real y auténtico de…

—Lo escucharé, te lo prometo —dije.

Había empezado a lloviznar y le dije a Nicole que no era necesario que se tomara la molestia de salir de casa.

—¡Es que quiero que me lo cuentes todo sobre Hugo! —dijo.

—La verdad es que no pasó nada. Bueno, todo y nada —reconocí con desesperación.

—De acuerdo. Mañana nos vemos al salir del trabajo para tomar una copa y me lo cuentas todo, ¿vale?

—De acuerdo, todo. Te lo prometo.