La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 10
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Capítulo 10

Mi madre estuvo mucho tiempo enferma. Desde muy joven, cuando fue diagnosticada de fibrosis quística —o de las «sesenta y cinco rosas», como llamaba yo a la enfermedad cuando era pequeña—, supo que su tiempo en este mundo sería limitado.

Sin embargo, nunca lo vivió como una sentencia a cadena perpetua que la condenara de por vida; más bien al contrario, de hecho.

Siempre se propuso vivir la vida a tope y aprovechar al máximo cada experiencia.

Se vio obligada a pasar mucho tiempo en hospitales, superando infecciones y complicaciones de todo tipo, así que hicimos todo lo posible para que esos contratiempos fuesen al menos divertidos.

Mi padre y ella eran novios desde el colegio.

Mi madre siempre decía que supo que era «él» cuando, después de contarle lo de su enfermedad, mi padre le dijo que tendrían que darse prisa y vivir toda una vida para llenarla de recuerdos en la mitad del tiempo habitual.

«Contarle a alguien que padeces una enfermedad incurable es una forma infalible de diferenciar al que es un hombre de quien es un niño», me decía a menudo mi madre.

Por eso decidieron tenerme cuando ella contaba apenas veinte años.

Mi padre tenía veintiuno en aquel momento y consiguió trabajo como jefe de repostería en una cafetería muy importante de Dublín.

Pero más tarde, cuando la enfermedad de mi madre se agravó, lo dejó todo y se puso a trabajar como taxista, lo que por un lado implicaba muchas horas pero por otro significaba que al menos podía trabajar en los turnos que más le convenían.

La esperanza de vida media de los enfermos de fibrosis quística es de cuarenta años, así que, después de cumplida esa edad, la vida de mi madre fue un regalo para nosotros.

Mis padres siempre me dejaron muy claro que no era necesario que siguiera en casa.

«Podemos conseguir algún tipo de ayuda domiciliaria», insistía mi padre.

Pero yo era su única hija. Siempre habíamos sido los tres contra el mundo, y no me parecía correcto abandonarlos justo cuando más me necesitaban.

Con la ayuda de mi padre, transformé el garaje de casa en mi pequeño apartamento, con su entrada particular.

Nos llevábamos bastante bien y, a pesar de sus protestas, yo sabía que mis padres se alegraban de tenerme cerca.

Con la perspectiva que solo el tiempo puede dar, comprendí demasiado tarde por qué mis padres querían que me labrara mi propia vida.

Hay cosas que es mejor hacer cuando eres joven y temeraria, cuando no te da miedo fracasar.

Es el momento de construirse un futuro profesional, conocer al que será tu marido, abrirte tu propio espacio en el mundo.

Pero yo no pude hacerlo, y jamás me he arrepentido del tiempo que pasé riendo, llorando, viendo películas antiguas y compartiendo cajas de bombones con mi madre.

Ella salía muy poco de casa para prevenir el riesgo de contraer infecciones, y por esa razón convertimos nuestro hogar en nuestro pequeño universo.

Durante mucho tiempo había evitado el mundo grande y malvado, pero ahora había llegado el momento de volver radicalmente al orden natural de las cosas. A mis treinta, y con un desarrollo para nada precoz, estaba decidida a vivir por fin mis años de estudiante.

Me despertaron las campanas de la iglesia y, por primera vez desde mi llegada, supe que había dormido la noche entera de un tirón.

Cogí el teléfono y vi que eran las nueve y media de la mañana.

A pesar de la considerable resaca, me sentía descansada.

Mis pensamientos regresaron al instante a Hugo, y no pude evitar que mi rostro se iluminara con una sonrisa al recordar la velada que habíamos compartido.

Cuando por fin conseguí levantarme para darme una ducha, empecé a canturrear distraídamente y, turbada, recordé de repente que había cantado para él.

—¡Dios mío! —exclamé, llevándome las manos a la boca mientras el agua caía en cascada por mi espalda.

Metí la cabeza bajo el temperamental chorro de agua, cuya presión cambiaba por capricho. Y no pude evitar reírme pensando en lo surrealista que había sido toda la noche. Incluso el hecho de haberle hablado a Hugo sobre mi madre parecía haber servido para forjar un vínculo más fuerte.

—Hugo —musité, por el simple deseo de pronunciar su nombre.

Mi último novio, Barry, era cartero. Mi madre siempre bromeaba diciendo que la única forma que yo tenía de conocer a un hombre era que este viniera a casa y llamara a la puerta, y, por curioso que resulte, eso fue exactamente lo que sucedió.

Parecía un chico alegre y despreocupado, y siempre se esforzaba por hacerme reír.

Cuando me pidió salir yo no sentí mariposas en el estómago, la verdad, sino más bien una resignación práctica ante las circunstancias.

Sabía que las posibilidades de conocer a alguien eran escasas, y pensé que lo mejor era aprovechar la oportunidad que se me presentaba.

Traté de ignorar en la medida de lo posible los sentimientos más bien tibios que me inspiraba Barry y sinceramente deseé quererlo, casarme con él y quizá incluso formar una familia.

Habría sido… Bueno, habría sido conveniente.

Y a pesar de que me sentía culpable por no amarlo, no fui capaz de advertir que, en ciertos aspectos, él se estaba aprovechando de mí.

Yo pasaba casi todas las noches en su piso y, sin entender cómo ni por qué, me acabé convirtiendo en su criada.

Cocinaba, limpiaba y, básicamente, cuidaba de él, además de cuidar de mi madre en casa.

Al final la carga resultó excesiva, y acabé estallando el día que me preguntó por qué no le había comprado flores a su madre para el Día de la Madre.

«¡Madura de una vez, Barry!», le grité antes de salir de su piso por última vez. Pensé que quizá me pondría un poco triste, pero lo único que sentí fue alivio.

Cuando llegué a casa, mi madre me sonrió y me dio unos golpecitos cariñosos en la mano. «Cuando te llegue el momento lo sabrás», fue todo lo que me dijo.

Envuelta en una toalla, me desplacé de puntillas sobre el suelo de madera hasta llegar al teléfono que destellaba sobre la cama.

Un mensaje de texto de Nicole me invitaba a una comida de domingo en casa de su madre.

No podría haber elegido un momento mejor para tenderme la mano de la amistad, pues tantos recuerdos de casa me hacían añorar la compañía familiar.

Oí que madame Moreau entraba en casa, seguramente después de haber asistido a la misa dominical. Me pregunté si se sentiría sola y si tendría alguna invitación para comer fuera el domingo. Alejé esos pensamientos de mi cabeza. Ya me hartaría de verla a la mañana siguiente.

Vestida con mis vaqueros favoritos, bailarinas y un jersey ancho, salí a la calle dispuesta a encontrar la casa de la familia de Nicole.

No quedaba lejos del centro y, a pesar de que aquella ciudad era un tanto laberíntica, localicé el lugar con facilidad.

En la Rue Saint-Antoine todas las casas unifamiliares tenían carácter y diseño propios.

La de la madre de Nicole tenía un tejado curvo que dejaba espacio para una ventanita en la parte más alta y luego parecía ir ganando terreno para poder incorporar más ventanas en la primera planta.

La verja metálica se abría a un camino de gravilla flanqueado con arbustos que conducía hasta los escalones que daban acceso a la puerta principal, que estaba pintada en un tono verde primaveral y tenía paneles de cristales de colores a ambos lados.

— Bonjour, bonjour .

Madame Dubois me abrazó y me besó como si yo fuera una amiga a la que hacía mucho tiempo que no veía e insistió en que la llamara Jacqueline.

Luciendo como una gatita glamurosa, con una blusa de estampado de leopardo y falda a juego, me invitó a pasar, cogió mi abrigo y mi bolso y se dispuso a colgarlos en un armario que había bajo la escalera, pero cuando lo abrió descubrió en su interior a un pequeño monstruo que a punto estuvo de tumbarla del susto.

— Maxi! Mais qu’est-ce que tu fous là-dedans? —dijo regañándolo, agitando un dedo y haciendo un montón de gestos que el niño ignoró felizmente.

El hijo de Nicole corrió directo hacia mí y se detuvo igual de rápido.

Sacó del bolsillo una pistola de juguete, me apuntó con cuidado y me disparó en el estómago.

No vi otra opción que seguirle el juego, de modo que me doblé por la mitad y puse cara de dolor.

La risa del niño resonó por toda la casa, y cuando me ofreció su manita para ayudarme a incorporarme supe que había superado el examen.

— Max, essaie de ne pas tirer sus nos amis, s’il te plaît!

Nicole salió al recibidor y le suplicó a su hijo que no disparara contra la invitada de la familia.

Me abrazó con cariño y me condujo hacia la cocina, que ocupaba la totalidad de la parte posterior de la casa y desde cuyas ventanas se veía el jardín trasero.

Una mesa gigantesca con infinidad de sillas ocupaba el centro de la estancia, y en la esquina una cocina antigua calentaba el contenido de sartenes y cacerolas.

Era un ambiente vintage pero chic, anticuado pero atemporal.

Johnny llegó en aquel momento procedente del jardín, con un puñado de romero en la mano.

—¿Todo bien, Edie? Me alegro de volver a verte —dijo, y me dio los dos besos de rigor. Me resultaba extraño hacer la bise con un inglés, pero, como se suele decir: «Allí donde fueres, haz lo que vieres»—. ¿Qué tal la cabeza? —preguntó en broma, pero Nicole le dio un codazo para que se callara.