Capítulo 9 #2
Noté el roce de sus dedos en la mano y lo miré a la cara.
Dios, cuánto deseaba besarlo. De pronto dudé si era yo quien me ladeaba hacia él o si era la tierra la que se inclinaba sobre su eje, pero, antes de que me diese cuenta, nuestros labios entraron en contacto.
Noté su barba rozando mi labio superior, el movimiento de su mano mientras me sujetaba la nuca con delicadeza, y me sentí como si fuera la protagonista de una película romántica.
No se oía nada, más allá del murmullo de la brisa entre las ramas de los árboles.
Me besó con suavidad, con intensidad, y el calor de su aliento sobre mi piel me embriagó.
Tuve una sensación de abandono total, la más bella que podía existir. No quería que aquello acabase nunca.
Cuando paramos, la cabeza me daba vueltas. No sabía qué decir.
—Ha sido… —murmuró Hugo.
—Sí —dije, dándole la razón.
Me tomó la mano. Por fin dimos con unas pocas palabras y de nuevo empezamos a formar frases. Aunque eso carecía de importancia. Todo era secundario ante lo que fuera que estuviera sucediendo entre nosotros.
—¿Tiene usted por costumbre besar a desconocidas en los bancos de los parques, señor Chadwick?
—En una escala del uno al diez, ¿de qué nivel de desconocimiento estamos hablando?
Le di una palmada en el brazo en broma y Hugo se inclinó para besarme la oreja. ¡Dios mío, me estaba colando por él de verdad!
—De hecho, tengo una regla muy estricta a la hora de besar a mujeres en un banco pasada la medianoche —dijo.
—Oh. ¿Y cuál es esa regla?
—Pues…, verás, el caso es que me tienen que cantar una canción.
Ay, Dios. Yo misma me había metido en aquel berenjenal.
Cuando Hugo me había preguntado qué estaba haciendo en Francia me había sentido forzada a embellecer la verdad y, por alguna razón, me había venido a la cabeza aquel sueño olvidado de convertirme en cantante.
Siempre había cantado para mi madre, pero nunca había hecho nada para materializar ese deseo.
Era como si de repente me hubiera poseído mi yo más joven, obcecado en hacer realidad todos los sueños que nunca había llegado a cumplir.
—La verdad es que no podría… —empecé a decir, nerviosa.
—Lo entiendo. Imagino que cantar delante de un público tan numeroso debe de ser aterrador —replicó Hugo, haciendo un gesto para abarcar la familia de patos que pasaba tranquilamente por delante de nosotros, dejándose llevar por la corriente del río.
—De verdad que no puedo. Me da vergüenza. Para empezar, no hay música —dije en tono quejumbroso.
Pero sabía que era una batalla perdida. Hugo había comenzado a besarme el cuello mientras me susurraba dulces palabras de ánimo.
No sé si fue por la bebida, por la magia de aquella noche estrellada o simplemente por él.
El caso es que me dije: «¿Y qué pasa si lo hago?
». Lo más probable era que no volviera a verlo nunca, así que, ¿por qué no hacer realidad aquella pequeña fantasía hasta que llegara el amanecer y con él se rompiera el hechizo?
Inspiré hondo y, lanzándome al vacío con toda mi fe, cerré los ojos y empecé a entonar mi canción favorita de siempre.
«Dream a Little Dream of Me». Hacía tanto tiempo que no cantaba que era consciente de que estaba un poco oxidada, pero al hacerlo oí algo en mi voz que me sorprendió.
Sonaba más intensa, más profunda y más emotiva que nunca.
Stars shining bright above you
Night breezes seem to whisper «I love you»
Birds singin’ in the sycamore trees
Dream a little dream of me…
—Dios, tienes una voz preciosa —dijo Hugo con la voz ligeramente quebrada.
—La última vez que canté esta canción fue para mi madre —le expliqué—. Ella… murió.
Hugo no dijo nada y me abrazó. No lloré, pero me dejé abrazar.
Sentí alivio. Nunca le había contado a nadie el verdadero motivo de mi repentina decisión de viajar a Francia y ahora, aunque quizá era el momento menos oportuno para abrirme, y también la persona menos adecuada con quien hacerlo, por fin sucedía.
—¿Estás bien? —preguntó Hugo en voz baja.
Me limité a asentir. Estaba todo lo bien que se podía estar dadas las circunstancias.
—Estas cosas nunca son fáciles, ¿verdad? —preguntó retóricamente.
—Es que ahora mismo no sé ni quién soy. Ni cómo seguir siendo —confesé—. Supongo que todo esto te sonará a tontería…
—No —dijo él—. Sé exactamente a qué te refieres. Por desgracia, perdí a mi hermano.
—Oh, lo siento mucho.
Lo miré a la cara, pero llevaba la misma máscara que llevamos todos, todos los que quedamos aquí e intentamos seguir adelante. Los miembros de un club al que nadie quiere pertenecer.
—Hace ya casi seis años. Yo tenía veinticinco. Ni siquiera nos llevábamos bien, pero aun así… Eso lo cambia todo.
Tenía razón. Lo cambiaba todo. Hasta tal punto que me había visto obligada a cambiar quién era yo para poder recuperar mínimamente el control de mi vida.
Me habría gustado quedarme allí por un tiempo indefinido, pero el frío empezaba a calarme en la piel y estaba desesperada por tomar algo caliente.
—¿Quieres venir a mi casa a tomar un café?
—¿Se trata de un eufemismo o de un café de verdad? Lo digo porque sería capaz de matar por una taza —replicó Hugo secamente.
Y eso le valió otra palmada en el brazo.
—A este ritmo, tendrás suerte si consigues un café —dije sin lograr disimular una sonrisa.
—¡Me están atracando! ¡Gendarmes, arresten a esta mujer! —gritó cuando pasó por el puente un grupo de estudiantes que respondieron con todo tipo de burlas y gestos que, por suerte, no entendí.
El paseo se alargó mucho más tiempo del necesario, porque cada pocos pasos nos sentíamos mutuamente atraídos hacia nuestros labios.
Cuando nos besamos delante de la crêperie , y después frente al tabac , mis manos se deslizaron por debajo de su abrigo y abrazaron la calidez de su cuerpo.
Y así seguimos hasta que por fin llegamos a la boulangerie .
—Bueno, pues ya hemos llegado —dije, como en las películas—. Madame Moreau, mi jefa, vive en el apartamento de abajo, así que tendrás que estar calladito… —Cuando oyó mis palabras, las facciones de Hugo se alteraron por completo—. ¿Qué pasa?
—¿Trabajas aquí? —preguntó—. ¿Para madame Moreau?
—Sí. ¿Por qué lo dices? ¿La conoces? No es que tenga madera de jefa del año, pero la verdad es que me está empezando a gustar este lugar. Además, no me cobra nada por el alojamiento, así que…
Sonreí, pero la expresión de Hugo permaneció inalterable.
—Mira…, será mejor que me marche a casa —dijo—. Tengo una reunión a primera hora de la mañana en París y no quiero que tengas problemas con tu jefa por mi culpa.
—Oh. —Me resultó imposible disimular la decepción en mi voz, de modo que traté de compensarlo parloteando sin parar sobre madame Moreau—. Supongo que tienes razón. Llevo solo quince días aquí, y si subo un chico a casa es muy posible que empiece a cuestionar mi moral, entre otras cosas.
Hugo sonrió, sin soltarme la mano, y me miró como si le costara decidirse a revelarme algo. Al final fui yo la que tomó la iniciativa por los dos.
—Gracias por el libro, señor Chadwick. Y por acompañarme a casa.
—El placer ha sido mío, señorita Lane —replicó, acercándose mis manos para besármelas con ternura—. Espero volver a verte —añadió, mirándome con sus penetrantes ojos azules.
—Bueno, si algún día necesitas una baguette , ya sabes dónde estoy —dije con una sonrisa.
Me atrajo hacia él, y el beso que me dio en la boca fue tan apasionado que cuando nos separamos me sentí como si estuviera borracha.
—Buenas noches, Edith —dijo antes de dar media vuelta para marcharse.
—Buenas noches, Hugo.
Todavía aturdida, subí por la vieja y quejumbrosa escalera hasta mi apartamento.
Colgué el abrigo en la percha y me descalcé, incapaz de dejar de sonreír como una tonta.
Y en cuanto encendí la luz que había al lado de la ventana que dominaba la calle, oí el sonido de unas piedrecitas contra el cristal.
Corrí a la ventana y vi abajo a Hugo, preparando otro lanzamiento.
—Oye, pero ¿qué haces? ¡Despertarás al dragón! —dije entre dientes.
—Ah, ¿qué luz alumbra esa ventana? —repuso Hugo con humor.
—Deja de hacer bobadas, Romeo, o acabarán despidiéndome —dije, incapaz de ocultar mi felicidad al verlo allí abajo, comportándose como un tonto romántico.
—Solo quería preguntarte si te gustaría ir a cenar conmigo la próxima vez que venga por aquí.
—Me encantaría —dije sin alzar la voz.
—Entonces tenemos una cita —confirmó Hugo.
—Sí, tenemos una cita —repetí, confirmándomelo a mí misma, porque no podía creer que todo aquello estuviera pasando de verdad.
— Bonne nuit , Edith.
Le dije adiós con una mano en silencio y le lancé un beso que Hugo atrapó al vuelo para llevárselo al corazón.
Luego fingió que estaba a punto de desplomarse, como si yo le hubiese disparado, pero enseguida dio media vuelta para irse.
Y juraría que lo oí silbar la melodía de «Dream a Little Dream of Me», aunque tampoco podía estar segura.