La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 9
24%

Capítulo 9

Cuando me encontré entre los brazos de Hugo, creo que ambos supimos adonde nos llevaría la noche.

Podría haberle echado la culpa a los Mai Tais o al hecho de que la banda de Johnny empezó a tocar «Let’s Do It (Let’s Fall in Love)», pero la verdad es que en mi interior algo estaba pasando.

No estaba segura de qué era, pero algo empezaba a despegar.

Cuando Hugo me pidió bailar y la banda se puso a cantar sobre pajaritos y abejas, mi destino quedó sellado.

De haber permanecido sentados charlando, lo más probable es que nuestros caminos se hubieran separado aquella misma noche.

Hugo no me había dado la impresión de que pudiera ser un buen bailarín: su apariencia profesional y su carácter inglés y reservado le conferían un aspecto bastante estirado.

Sin embargo, en cuanto empezamos a movernos por la pista sus genes franceses debieron de asumir el control, porque noté que me dirigía con soltura y seguridad.

No hablamos mucho —las palabras parecían superfluas—, pero me sentí tan conectada a él en el plano físico que mis inhibiciones se esfumaron.

Cuando la banda terminó su actuación con una versión del frenético «Sing, Sing, Sing» de Benny Goodman, admitimos la derrota y volvimos a la mesa, donde Hugo pidió otra ronda de bebidas.

—¿Dónde aprendiste a bailar así? —me preguntó.

—Me he limitado a seguirte —respondí casi sin aliento y deseando haberme puesto unos zapatos más cómodos.

Me froté con disimulo el lateral del dedo pequeño, donde seguramente ya se me habría formado una ampolla.

Bebí un poquito, y al levantar la vista me encontré convertida en el blanco de una mirada intensa—. ¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada —respondió Hugo. Apartó la vista y se rascó la nuca con timidez—. O todo, de hecho.

—¿Qué?

—¿Te apetece salir de aquí?

Justo en aquel momento llegaron a la mesa Nicole, su marido, Johnny, y su hermana.

Nicole se encargó de las presentaciones, aunque, a pesar de que me alegré de conocer por fin a Johnny, el momento elegido no podía ser peor.

Era evidente que estaban locos el uno por el otro, ya que él acariciaba a Nicole en el cuello y le daba besitos en la mejilla en cada pausa de la conversación.

Por los altavoces empezó a sonar jazz , sustituyendo a la música en vivo, y el tempo se ralentizó hasta transformarse en un suave balanceo.

Chet Baker cantó «I Fall in Love Too Easily».

El ambiente era embriagador, y yo me sentía como la protagonista de una película romántica de Hollywood.

Le guiñé un ojo teatralmente a Nicole y le dije que necesitaba ir al baño.

—¿Qué opinas? —le pregunté después de que me siguiera.

De pronto caí en la cuenta de que le estaba pidiendo consejo a una chica que acababa de conocer sobre un chico del que apenas sabíamos nada.

—Es muy guapo. ¿Te gusta?

—Bueno, es encantador, eso es innegable —dije con una sonrisa tan exagerada que incluso me dolieron las mejillas—.

Y cuando hemos bailado ha sido como… El contacto ha sido mágico.

—No me había percatado de que había cerrado los ojos hasta que los abrí y vi que Nicole me sonreía—.

Me ha propuesto ir a otra parte, pero, la verdad, estoy destrozada —le expliqué.

Miré con mala cara el reloj—. Debe de ser por los madrugones que me pego.

—¿Por qué no le pides que te acompañe a casa dando un paseo? —sugirió Nicole con entusiasmo mientras se retocaba el lápiz de labios de color frambuesa.

—No sé… ¿Quizá porque apenas lo conozco? ¿Y si luego resulta que es un asesino en serie?

—¿De verdad crees eso?

—No, ya sé que lo más probable es que no lo sea, pero…

—Mira, ma belle , has venido a Francia para cambiar un poco de ideas, ¿non? Así que, por una vez, sigue los dictados de tu corazón. ¡No pasa nada por divertirse un poco de vez en cuando!

—Tienes razón. Toda la razón —dije palmeándome la frente.

Estaba harta de ser siempre tan sensata.

De estar siempre asumiendo lo peor y de vivir constantemente con la mosca detrás de la oreja.

Nunca me había imaginado lo difícil que iba a ser liberarme de mi antiguo yo, pero en aquel momento sentí una necesidad imperiosa de tomarme unas vacaciones de mí misma y de todas mis reglas.

—Tienes mi número de móvil por si me necesitas, ¿ d’accord ? —dijo Nicole sacándome de mis pensamientos—. ¡Así que ahora deja de darle tantas vueltas a todo y lárgate de aquí!

—Y bien, Edith, no me has contado qué es lo que te ha traído a Compiègne —dijo Hugo mientras paseábamos a orillas del río.

La intensa sensación de placer que me produjo oírle pronunciar mi nombre me hizo sentir como una tonta rematada, pero tenía un acento tan delicioso que no pude evitarlo.

—Mmm… Algo así como un error administrativo —dije en plan de broma, con un acento mucho menos glamuroso que el del culto inglés de Hugo.

El aire gélido de la noche supuso un golpe en contraste con el ambiente caldeado y sudoroso del Nostalgie, pero, por alguna razón, me sentí protegida del frío cuando Hugo me ofreció su brazo en un gesto tan caballeroso que mi corazón se iluminó aún más—.

Siempre había pensado venir a Francia —dije, como si fuera una mujer cosmopolita—, pero lo de Compiègne fue… ¿Cómo explicártelo?

—¿Un capricho del destino? —sugirió Hugo. Moví la cabeza en sentido afirmativo. Sin duda alguna, sonaba mucho mejor expresado así—. ¿Y qué haces aquí?

—Soy cantante.

Lo solté antes de que mi cerebro tuviera tiempo de poder contenerme. No tenía ni idea de por qué lo había dicho. Lo único que sabía era que deseaba parecer alguien más interesante que una mera víctima de la crisis de la mediana edad que trabajaba en una panadería.

—¿De verdad? —dijo, sinceramente impresionado por lo poco convencional de mi respuesta.

De hecho, tan impresionado se había quedado que me resistí a corregirlo. Además, ¿qué daño podía hacer una mentirijilla? Como había dicho Nicole, tampoco es que fuera a casarme con aquel chico.

—Sí, bueno, aquí estoy trabajando en una panadería hasta que se presente mi gran oportunidad, pero sí, soy cantante.

—¿Qué género musical cantas? ¿Escribes tus propias canciones? —preguntó con entusiasmo, inconsciente de la presión que estaba ejerciendo sobre mí para que me inventara las respuestas.

—Básicamente, jazz —dije, intentando que la respuesta fuera vaga y despreocupada.

—Ah, de ahí lo de ir al Nostalgie —fue la conclusión que extrajo.

—Mmm… ¿Y tú? No me has contado a qué te dedicas —dije a fin de desviar el rumbo de la conversación y ganar un poco de tiempo para seguir elaborando mi ridícula historia.

—Bueno, hago algo de fotografía —dijo.

—¿En serio? ¡Oh, qué interesante! ¿De qué tipo?

Por un momento me lo imaginé haciendo fotografías de desnudos. Crucé los dedos.

—Paisajes urbanos, sobre todo… Aunque no es que sea muy bueno.

¡Uf! Humilde y artista. Casi demasiado bueno para ser verdad.

—De hecho, mañana por la mañana me marcho a París para hacer algunas fotos en exteriores —añadió.

Emití una especie de sonido ahogado.

—¿Qué pasa?

—Oh, nada. Solo que… apenas tuve oportunidad de ver París cuando llegué. —Decidí no contarle lo estúpida que había sido al confundir el nombre de la panadería.

—Tengo un apartamento allí. Podrías utilizarlo, si quisieras ir…

¿Quién me había dicho jamás algo así? «Tengo un apartamento en París, por si quieres utilizarlo». Tenía la sensación de que, de forma accidental, me había colado en la vida de otra persona esa noche. Esperaba que no terminara todo en cuanto dieran las doce.

Llegamos a un banco que ofrecía una preciosa vista del Pont Solférino y de la luz de sus farolas reflejada en las aguas del río Oise. A pesar del frío, de lo tarde que era y de lo absurdo de la situación, ambos nos sentamos por instinto, deseosos de prolongar la velada.

—Entonces, ¿vives aquí, o…?

No quería que aquello pareciera un interrogatorio, pero sentía curiosidad y me apetecía tener más información.

—Ya no. Viví aquí de pequeño, pero nos mudamos a París cuando tenía siete años. Resulta gracioso —dijo contemplando el puente y las luces de los edificios—, pero siempre lo recuerdo más grande de lo que es en realidad.

—Es lo que pasa con los recuerdos de la infancia. La mitad son pura invención.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Hugo, volviéndose para mirarme con una sonrisa indescifrable.

—Oh, no lo sé. —Y la verdad es que no lo sabía.

Llevaba tanto tiempo intentando bloquear los recuerdos dolorosos que a veces me resultaba difícil distinguir lo que había sucedido en realidad, lo que era cierto y lo que era una interpretación de mi cerebro infantil—.

Dos personas pueden haber tenido una misma experiencia y, a pesar de ello, guardar recuerdos completamente distintos.

Hugo volvió a fijar la vista en el agua. Era como si estuviese tratando de resolver un rompecabezas.

—¿Has leído a Proust?

Solté una carcajada.

—¿Qué pasa? —dijo.

Rompimos a reír los dos. Me parecía una pregunta ridícula para formularle a una chica medio borracha a la que acababas de conocer en un bar llamado Nostalgie. Hugo hundió una mano en el interior de su chaqueta, sacó de allí un libro de bolsillo algo ajado y me lo pasó.

— Por el camino de Swann , de Marcel Proust —leí en voz alta.

—Es el primer volumen de En busca del tiempo perdido . Creo que te gustaría. Además, ahora vives en Francia, y por lo tanto tienes que leer a Proust. Las reglas no las he escrito yo.

—Y resulta que casualmente llevas un ejemplar contigo, como si formara parte del atrezo —dije, hojeando el libro.

—Lo único que puedo decirte es que me gusta llevar siempre un libro encima.

—La verdad es que no te pareces a nadie que haya conocido en mi vida —dije, bajando por un momento la guardia.

—Espero que eso sea bueno.

Y yo también, pensé.