La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

De pronto me sentí como si estuviera viviendo todas mis fantasías hollywoodienses.

Eché un vistazo a mi alrededor: los clientes charlaban animadamente y lucían con desenvoltura el estilo de los años cuarenta y cincuenta.

Fue entonces cuando me fijé en una figura solitaria que emergió de entre las cortinillas de cuentas después de haber forcejeado con ellas y ocupó el primer taburete que encontró disponible en la barra.

Llevaba un traje gris oscuro y una corbata negra con un nudo flojo al cuello, y tenía el aspecto de ser alguien demasiado serio como para poder disfrutar del jazz .

Claro que, razoné, quizá ese era también mi aspecto cuando entraba sola a un local y me sentía incómoda.

Desde mi posición privilegiada podía observarlo a la perfección, aun permaneciendo escondida detrás de una planta tipo palmera convenientemente ubicada.

Me sonaba de algo, pero no lo reconocí hasta que le habló al camarero.

Era el chico con el que me había cruzado delante de la peluquería aquel día.

El corazón me dio un vuelco. Era rubio, el pelo ni largo ni corto, con una leve ondulación que le daba un aire juvenil.

Tenía las cejas fruncidas sobre una mirada seria, y sus pómulos altos no hacían otra cosa que subrayar su figura delgada.

Sin embargo, cuando el camarero le sirvió la bebida y el chico le sonrió para darle las gracias, sus asombrosos ojos azules casi me atravesaron el corazón desde el otro extremo de la sala.

Y por si eso no bastara, sus labios se transformaron en la más encantadora de las sonrisas cuando las comisuras se curvaron ligeramente hacia abajo, movimiento que creó unos minúsculos hoyuelos en sus mejillas.

En ese punto, Nicole me dio un codazo y me preguntó qué estaba mirando.

—¿Quién, yo? Oh, nada en concreto, de verdad. Simplemente disfruto de este lugar.

— N’importe quoi … Aunque creo adivinar, ma belle , que le has echado el ojo a alguien. Como una leona a su presa. Allez , cuéntame quién es —insistió.

Cuando señalé al chico que me gustaba me sentí como una colegiala.

—Ah, sí, ya veo. Il est mignon, non? Es mono. ¿Por qué no vas y le dices algo? —sugirió Nicole tan tranquila.

—¿Qué? ¡No sabría qué decirle!

Me sentía como si Nicole acabara de pedirme que me desnudara allí mismo. Lo que me sugería era impensable.

Nicole resopló y levantó la vista, un gesto de impaciencia que seguramente solía dedicar a los que perdían el tiempo con tonterías.

—No es necesario que le digas nada de entrada. Tú pasa simplemente a su lado de camino al baño y lánzale esa mirada —dijo.

—¿«Esa mirada»?

—Sí, esa mirada, ya sabes; esa mirada que dice: «Ven a por mí». —Se echó a reír y esbozó un mohín seductor.

Me lo pensé un segundo: ahí estaba yo, comenzando una vida nueva, y tenía la sensación de que todo empezaba a encajar.

Me sentía bien conmigo misma, llevaba un peinado estupendo, me había pintado los labios de rojo…

¿Qué tenía que perder? Además, quedarme allí sentada a la espera de que el chico se me acercara era algo ridículamente anticuado, incluso para mí.

—¡De acuerdo, voy a hacerlo! —anuncié.

Apuré de un trago lo que me quedaba de cóctel, con tan mala suerte que me bajó por el conducto equivocado y me provocó un ataque de tos.

— Allez… Vamos, no pasa nada —dijo Nicole tranquilizándome mientras me pasaba una servilleta—. Tú ve hacia allí en plan tía buena.

—¡Voy!

Me abrí paso entre el laberinto de mesas, intentando fingir que caminar contoneándome era mi estado natural.

Y justo cuando estaba a punto de pasar junto a la barra, las facciones de mi objetivo se volvieron a transformar en las de un oso pardo melancólico, de modo que decidí abortar por completo la operación y di un giro brusco hacia la derecha, en dirección a los baños de caballeros.

Después retrocedí siguiendo las cortinas de terciopelo azul del fondo del local, conseguí llegar hasta los baños de señoras y me encerré en un cubículo.

El corazón me latía a tanta velocidad que era como si acabase de burlar la muerte.

—Y eso que iba de tía buena —me dije, confiando en que nadie se hubiese percatado de otro de mis momentos más embarazosos.

Esperé un par de minutos, abrí la puerta del cubículo y me acerqué al lavamanos.

—Bueno, quizá la próxima vez —murmuré con escaso entusiasmo antes de volver a pintarme los labios.

No me quedaba otra que resignarme al hecho de que jamás sería una sirena de esas de las películas, sino simplemente la Edith normal y corriente de siempre.

Salí de nuevo a la sala, que a aquellas alturas de la noche bullía plena de jazz y alcohol.

Miré de reojo hacia la barra y, para mi gran decepción, descubrí que el chico de los ojos azules ya no estaba en su taburete.

Sabía que debía restarle importancia. Es decir, ni siquiera conocía a aquel tipo, y las probabilidades de que ya hubiera conocido a otra con un mínimo de confianza en sí misma eran frustrantemente elevadas.

No obstante, se me encogió un poco el corazón por no haber sido capaz de hacer algo.

La gente se había puesto a bailar dondequiera que estuviera, y a punto estuve de acabar montándome una especie de ménage à trois en mi intento por pasar junto a una pareja que estaba totalmente absorta en su baile agarrado.

De manera que, cuando regresé a mi asiento, ni siquiera me percaté de que Nicole estaba charlando animadamente con un hombre vestido con un traje gris.

Cuando este me miró a la cara y me dirigió un encantador gesto de asentimiento al reconocerme, el corazón se me detuvo un segundo, igual que lo hizo el tiempo.

—Ah, Edith, quiero que conozcas a Hugo Chadwick. Hugo, te presento a mi amiga Edith, de Irlanda.

Nicole hizo los honores sin el menor atisbo de malicia en sus ojos grandes e inocentes.

Por instinto fui a estrecharle la mano, olvidándome por completo de los dos besos de rigor, mientras él se levantaba para abrazarme con propiedad, lo que llamaban « faire la bise ».

El malentendido acabó conmigo saludando a su entrepierna mientras él me besaba de pasada la sien cuando me inclinaba hacia él.

— Enchanté —dijo, pasando por alto con delicadeza mi paso en falso.

No recordaba que nadie en mi vida se hubiera sentido sinceramente encantado de conocerme. Su voz, grave y sensual, reverberó en mis oídos y me erizó el vello. Cuando todos volvimos a sentarnos alrededor de la mesa se hizo un silencio incómodo.

—Hugo acaba de llegar de Londres —dijo Nicole.

Se dirigió a mí como si le estuviera hablando a una niña incapaz de aprovechar la oportunidad que acababa de caerle del cielo. Sus ojos muy abiertos me impulsaron a entrar en acción, así que me agarré a aquel salvavidas con las dos manos.

—Oh, ¿entonces no eres francés? Imaginaba que con un nombre como Hugo… —Me interrumpí, consciente de que mi voz no sonaba para nada como la mía.

—Mitad y mitad. Mi madre es francesa, y mi padre, inglés —respondió, manteniendo aquella mirada seria que hacía complicado descifrar si eras persona de su agrado o simplemente te toleraba.

— C’est comme Johnny et moi ! —dijo Nicole interrumpiéndolo, y entonces se dio cuenta de que ninguno de los dos la estaba escuchando y se excusó para acercarse un poco más al escenario.

Me sentía ridículamente nerviosa, y noté que el corazón me latía a mil por hora.

Estaba delante de un chico atractivo, inteligente y cosmopolita, y no se me ocurría qué decirle.

«¿Vienes mucho por aquí?» dio varias vueltas en mi cabeza antes de que yo consiguiera articular una pregunta menos manida.

—¿Qué te trae por Compiègne?

Bien hecho, Edie, pensé, porque eso había sonado casi como lo que diría una persona normal.

—Oh, un poco de todo —respondió él encogiendo los hombros de forma evasiva, aunque, para mi sorpresa, se cambió a la silla de Nicole para estar más cerca de mí.

Le di un buen trago a mi segundo Mai Tai.

—¿Te gusta el jazz ? —preguntó. Y antes de que me diera tiempo a responder, empezó a negar con la cabeza como si hubiera dicho algo inconveniente—. Lo siento, estoy un poco desentrenado.

Aquello era increíble. Parecía nervioso, y eso, extrañamente, me tranquilizó.

—De hecho, me encanta el jazz —respondí—. Me crie escuchando los viejos clásicos, así que este local es como un paraíso para mí.

Sus facciones se iluminaron levemente.

—Oh, estupendo, porque mi lado francés estaba pensando en preguntarte si te apetecía bailar.

—¿Y tu lado inglés qué pensaba?

Oh, Dios. ¡Yo, intentando ligar! ¿De dónde había salido eso? Hugo me miró de reojo, y fue como si sus pensamientos se deslizaran por todo mi cuerpo.

—Eso sería revelar demasiado —respondió en tono jocoso antes de beber un trago de su copa.

Reí. Sí, reí como una adolescente tonta, y fingí mirar algo muy interesante en la pista de baile.

—Y bien —dijo Hugo, casi pegado a mi oído—. ¿Quieres bailar?

—¿Qué? ¿Aquí?

—Preferiblemente en la pista. Creo que es lo que tenían en mente al disponer las mesas a su alrededor.

Solté una carcajada. Su humor socarrón me desarmaba por completo.

—¿Lo hacemos? —insistió, levantándose y ofreciéndome la mano.

¿Estaba yo, Edith Lane, a punto de bailar con aquel tipo tan atractivo?

Me daba la impresión de que en todo aquello había algún tipo de trampa.

Pero al verlo ahí de pie, a la espera de que aceptara su mano, me sentí de repente como si todos mis regalos de Navidad me hubieran caído a la vez.

Y quizá, solo quizá, así era como podría ser la vida si simplemente decía que sí.