La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 8
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Capítulo 8

La vida en la Rue de Paris empezó a adquirir su propio ritmo y las jornadas ya no me resultaban tan agotadoras.

Todos los errores que había cometido durante los primeros días me hicieron sentir como si estuviera siguiendo un curso de formación intensiva para principiantes, pero la segunda semana fue algo menos dolorosa para mi ego.

El fin de semana llegó sin que me diera cuenta siquiera y madame Moreau me informó de que ya tenía el sueldo ingresado en mi cuenta bancada.

—¡Oh, estupendo! La embajada ya debe de haberle enviado mi partida de nacimiento a don Gruñón, el hombre ese de la préfecture —exclamé alborozada.

La verdad es que se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que madame Moreau me dijese que con las baguettes , el alojamiento y la manutención estaba más que remunerada, pero me llevé una sorpresa adicional cuando me entregó mi parte de las propinas.

— Pas mal —fue todo lo que dijo—. No está mal.

Me fastidió darme cuenta de lo mucho que significaba para mí contar con su aprobación. No obstante, madame Moreau no tenía por qué saberlo, de modo que me limité a asentir.

— Je sais —dije, y me pareció ver en ella un atisbo de sonrisa, aunque lo más probable era que fuese simplemente un efecto de la luz y las sombras, puesto que madame Moreau ya había apagado las luces principales y estábamos sumidas en una oscuridad relativa.

— À lundi —dijo para despedirse hasta el lunes.

Me apetecía mucho no dedicar el domingo a otra cosa que no fuera yo y no verme obligada a despertarme con los pajaritos. Aunque eso me hizo recordar los ruidos que me habían despertado cada noche desde mi llegada. En un arranque de valentía, decidí preguntar por ellos.

—Madame, ¿sabe usted qué son esos golpes que se oyen de noche? No paro de oír ruidos en el edificio.

El ya familiar velo de irritación cubrió enseguida su rostro.

— Ce bâtiment est très vieux, mademoiselle . —Respondió casi con un gruñido—. Todos los edificios antiguos hacen ruidos. Tienen que respirar, ¿non?

—Eso es lo que me imaginaba, con todas esas vigas viejas y demás…. ¡A menos que se levante usted cada noche y se ponga a bailar riverdance por las escaleras!

La última frase la pronuncié a toda velocidad y con un marcado acento dublinés, pero madame Moreau fingió que me entendía y asintió con un gesto seco antes de empezar a subir la escalera y encerrarse en su apartamento.

—Tan encantadora como siempre, madame Moreau. Es un placer trabajar con usted —dije en tono burlón en cuanto hubo desaparecido.

Un intercambio como aquel me habría molestado mucho en mi país, donde ser educado era similar a practicar un deporte extremo. Pero en Compiègne me estaba acostumbrando a que la gente hablara de forma directa y por fin empezaba a decir lo que de verdad quería decir.

De nuevo en mi minúscula habitación, a la que le estaba cogiendo mucho cariño, me entregué a los preparativos para la noche que tenía por delante.

Encendí la radio anticuada que había en la estantería encima de la estufa y encontré una emisora donde sonaban principalmente clásicos de jazz .

Me sentí como en los viejos tiempos en casa, con mi madre; Ella Fitzgerald, Louis Armstrong y Ol’ Blue Eyes —Frank Sinatra— me acompañaron mientras me duchaba y me enfundaba mi vestido negro favorito.

Pensé en lo mucho que me gustaría tener las curvas de Nicole, y enseguida pensé también que no tardaría tanto en tenerlas si seguía devorando todos esos productos de la panadería.

Como una auténtica francesa, había empezado a acompañar la cena con una baguette reciente e incluso había adquirido la costumbre de desayunar un croissant por las mañanas.

Trotando por las calles adoquinadas con un par de zapatos de tacón bajo mientras la escarcha nocturna se asentaba en el suelo, estuve a punto de perder el equilibrio un par de veces.

Obedecí a rajatabla las instrucciones que Nicole me había dado y llegué al club siguiendo las sinuosas calles del quartier antiguo.

Desde el exterior parecía un local muy modesto, con unas cortinas de terciopelo azul en las ventanas y, cubriendo la entrada, una de esas guardapuertas con cuentas de plástico de colores que hablaban a gritos de un piso de estudiante.

En el rótulo que coronaba la puerta, escrito en letras de neón azul, se podía leer la palabra NOSTALGIE , que sonaba bastante similar al nombre que Nicole me había dado.

Aunque intenté comportarme como si quedar con amigos en un bar en Francia un sábado por la noche fuera para mí algo rutinario, tenía el estómago hecho un manojo de nervios.

Sin embargo, en cuanto crucé la puerta vi el rostro de Nicole pendiente de mí y su sonrisa sincera me ayudó a relajarme.

—¡Hola, Edie! —gritó, haciéndose oír por encima de la música. Me abrazó y me dio un beso en cada mejilla—. ¡Estás ravissante ! —declaró, radiante.

Ella sí que estaba deslumbrante con ese vestido rojo de escote barco y su collar de perlas negras.

—Este lugar es… —No supe cómo terminar la frase.

— Petit ? —dijo Nicole, rematándola por mí—. Lo sé, no es gran cosa, pero es el único bar de jazz que tenemos en la ciudad, y la banda de Johnny es la banda oficial del local.

En cuanto miré a mi alrededor comprendí por qué la clientela era a buen seguro fiel a aquel lugar.

Era único, sin pretensiones. Las paredes pintadas de color burdeos estaban decoradas con cuadros abstractos y las mesas, apiñadas para crear un ambiente acogedor, estaban iluminadas con velas colocadas en botellas de vino.

El camarero estaba cubierto de tatuajes y lucía un tupé que parecía desafiar la gravedad.

El Nostalgie parecía ser de ese tipo de local en el que destacar equivalía a encajar.

Siempre me había sentido un poco desfasada con respecto a la gente de mi edad, quizá porque pasaba mucho tiempo en casa con mi madre viendo películas antiguas y escuchando música de otra época.

Sabía que vivir recluida en el mundo que mi madre y yo habíamos creado no era sano.

Pero ahora, en aquel lugar, con aquella gente, gozaba por fin de una sensación de pertenencia.

Nicole pidió las bebidas: Mai Tais para todo el mundo. El delicioso ron negro me calentó la garganta después de la fría caminata y aflojó la cautela que pesaba sobre mí como una armadura.

—Edie, me gustaría presentarte a mi hermana, Cathy, y a su novia, Cécile —dijo Nicole echándose un poco hacia atrás para que pudiéramos repetir el proceso de los besos de bienvenida—. Os presento a mi amiga irlandesa, Edith.

Escuché un coro de « Bonsoir! » y noté que los hombros se me relajaban un poco. A diferencia del recibimiento que tuve al llegar a la panadería, tanto el local como la clientela rebosaban calidez.

—Y ahora cuéntame. ¿Cómo es la vida en la boulangerie ?

—Oh, parece que madame Moreau se desvive por mí. Hoy mismo incluso me ha dado una pequeña paga extra por ser la empleada del mes.

Nicole ladeó la cabeza, confusa.

—Lo digo en plan irónico. La verdad es que me ignora la mayor parte del tiempo y, cuando no lo hace, me gruñe. Todo funciona fantásticamente bien.

Nicole se echó a reír, una carcajada grave y gutural.

—¡Eres de lo más graciosa!

—Me alegro de que mi aventura francesa le divierta a alguien —dije, sonriendo con suficiencia.

Hacía mucho tiempo que no conectaba con alguien o mantenía una conversación con una persona que no estuviera al corriente de todo el dolor que había padecido en el último año y medio.

Durante un momento maravilloso, me permití sentir la promesa de que pertenecía a algún lugar simplemente siendo yo misma.

—Manu es un chico encantador, aunque tampoco es que hable mucho —continué.

—Manu es inteligente, y se hará cargo de la panadería cuando madame Moreau… —Nicole se calló con delicadeza.

—¿Son parientes o algo parecido? —pregunté, incapaz de imaginar por qué un adolescente brillante querría pasar el día trabajando para un dinosaurio viejo y cascarrabias.

—No estoy segura, pero lleva desde niño en la panadería. Hace tanto tiempo que ni me acuerdo. Pero sé que quiere… ¿Cómo lo decís? Quiere hacer una formación para convertirse en maestro panadero. Y quizá llegar a ser el próximo monsieur Moreau.

¿ Monsieur Moreau?, me dije. Aquello sí que era una novedad.

—¿Madame Moreau está casada? —pregunté, sorprendida.

—No, no, me refiero a su padre, o su tío, no sé muy bien. Murió hace ya bastante tiempo.

—Oh. —Sentí una punzada de compasión por madame Moreau—. Me pregunto quién será ahora el maestro panadero. No lo he visto nunca, y ella apenas lo menciona excepto para decir que bajar al sótano está terminantemente prohibido y que la infracción será castigada con la pena de muerte.

—Se lo preguntaré a mi madre, si quieres. Ella se crio en ese barrio y seguro que lo recuerda.

Un grupo de músicos subió al escenario justo en aquel momento y empezó a calentar los instrumentos.

—Mira, ahí está Johnny, mi marido. En el escenario.

Nicole saludó con la mano a un hombre alto y musculoso que llevaba el pelo rubio oscuro peinado hacia un lado y dejaba al descubierto la otra mitad de la cabeza, casi rapada.

Vestía un pantalón negro muy holgado y tirantes del mismo color y hacía girar el contrabajo sobre su eje, como si bailara con él.

El líder de la banda presentó a los músicos: Johnny al contrabajo, Frankie a la caja, Laurent al violín y él mismo, Stéphane, a la guitarra.

Era el grupo de músicos más variopinto que había visto en mi vida, todos con patillas, bigotito y prendas que parecían recién salidas de una tienda de ropa vintage .

Sin embargo, en cuanto empezaron a tocar todo cobró sentido.

Nicole se levantó y se puso a vitorearlos cuando arrancaron con un tema acelerado que no reconocí, pero que rezumaba frescura.

Le di un buen trago al cóctel y mis pies se pusieron en marcha sin previo aviso, siguiendo el ritmo.

—¿Te gusta? —dijo Nicole, gritando para hacerse oír.

—¡Me encanta!