Capítulo 7
Para celebrar mi primera semana en el trabajo decidí hacerme un regalo, así que cuando la panadería cerró a la hora de comer cogí el abrigo y fui directa a la peluquería.
Desde la adoquinada Rue de Paris hasta la moderna y elegante Rue Solferino había un corto paseo.
Empezaba a sentirme algo menos intimidada por el entorno desconocido y, sin darme cuenta siquiera, me descubrí admirando los preciosos escaparates de las tiendas y a sus estilosos clientes.
Sin embargo, cuando entré en la peluquería, de nuevo me vi transportada a otra época.
La decoración era un guiño retro a los años cincuenta y el salón estaba pintado en su totalidad con luminosas tonalidades pastel de color rosa, melocotón y crema.
A la derecha había una zona destinada en exclusiva a las manicuras cuyos taburetes podrían haber sido robados del típico restaurante norteamericano.
El resto del salón estaba equipado en un estilo similar, con sillones tapizados en cuero blanco y espejos con marco de color rosa.
Por un momento pensé que acabarían poniéndome rulos y cubriéndome la cabeza con un gorro de nailon de lunares.
Una mujer de aspecto glamuroso, con el pelo rubio oxigenado y un peinado ahuecado que en absoluto habría desentonado en la cabeza de Marilyn Monroe, vino hacia mí extendiendo de tal modo unas manos rematadas en uñas rojas que me hizo retroceder un paso.
— Bonjour, mademoiselle —dijo a modo de bienvenida con voz cantarina y una sonrisa dibujada en sus labios rojos—. Une coupe, les couleurs ou le brushing?
— Bonjour . Yo…, bueno, no estoy segura —respondí, dubitativa y satisfecha por una vez de que alguien se hubiera dado cuenta de que no estaba casada y que no hubiera dado por sentado que a mi edad era como tendría que estar.
— Ah, vous êtes une Anglaise? Pas de problème… Ma fille parle un peu anglais —me explicó, y a continuación gritó con un tono que me hizo pensar en el lamento de una plañidera—: Nicole! Viens ici!
Sonreí con educación y tomé asiento en el lugar que la mujer me indicaba.
— Juste un momento, pog favog —consiguió decir en su mejor inglés, con el acento más adorable que había oído en mi vida.
La aparición de Nicole me dejó boquiabierta.
Nunca había visto a nadie como ella. Sus curvas estaban encerradas en un vestido de lunares blancos y negros y llevaba un pañuelo rojo cuidadosamente anudado al cuello.
Tenía el pelo negro azabache y lo llevaba recogido en una cola de caballo sencilla rematada con un pequeño tupé sobre la frente.
Me vinieron a la cabeza las palabras «Betty» y «Boop».
—Hola, me llamo Nicole —dijo la chica tendiéndome la mano.
Intenté mostrarme poco deslumbrada por su presencia, pero fracasé de manera estrepitosa.
—Me encanta tu imagen —dije con sinceridad—. Y soy irlandesa, por cierto. Me llamo Edith, pero llámame Edie, por favor, porque todo el mundo pronuncia mi nombre de un modo que suena como «Ediit» o «Ejiit», y no soporto ninguno de los dos.
Me di cuenta de que no estaba diciendo más que tonterías, pero Nicole sonrió.
—No creo que prefieras eso —replicó sin dejar de sonreír—. Todo el mundo empezará a llamarte «Edié», con el acento en la «e», y será aún peor.
Ambas nos echamos a reír y, por primera vez desde que había subido al avión, tuve la sensación de que podía bajar la guardia.
—¿Cuánto tiempo llevas en Francia? —me preguntó Nicole.
Me levantó hábilmente el pelo y me colocó una capa sobre los hombros. De pronto encontré un café delante de mí y sorprendí a su madre guiñándome un ojo a través del espejo mientras volvía a ocuparse de la clienta a la que estaba atendiendo.
—Una semana —dije con un suspiro y un tono de tensión en mi voz.
—Mmm… ¿Y ya quieres cambiar de peinado? Eso solo puede significar una cosa: un hombre —dijo haciendo un mohín.
—No, no, nada que ver con un hombre. Necesitaba un cambio, no sé si me explico.
—No quería profundizar en las complicadas razones que me habían llevado a viajar hasta allí sin un plan definido, pero hubo algo en su mirada que me dejó claro que me entendía—.
Tienes un inglés muy bueno, por cierto —añadí—.
Incluso con un ligero acento londinense.
—Oh, gracias. Sí, cursé mi Erasmus en Londres.
Y fue allí donde conocí a Johnny, mi marido.
—Sonrió de forma instintiva al mencionarlo—.
Yo estaba estudiando negocios y él historia, y ahora tenemos a nuestro pequeño Maximilien —dijo señalando la fotografía de un niño pequeño que asomaba detrás del espejo.
—Es una monada —comenté, y lo dije en serio al fijarme bien en la foto de un niño precioso con el pelo rubio oscuro peinado también con un tupé y cubierto tan solo con un pañal.
—Gracias. Ya tiene casi tres años —dijo Nicole sacudiendo la cabeza con incredulidad—. Dios mío, qué rápido pasa el tiempo, ¿non?
Hice un gesto de asentimiento para darle la razón.
—Es por eso por lo que he venido a Francia para trabajar en una panadería. ¡ Carpe diem !
—No me digas que eres la persona que sustituye a Maria en la boulangerie de la Rue de Paris…
—La misma.
—Pues, en ese caso, vamos a darte un trato muy especial —dijo Nicole apoyando las manos sobre mis hombros.
—¿Qué pasó con Maria? —pregunté, sintiendo de repente cierta inquietud.
—No lo sé muy bien. Un día estaba aquí y de pronto, al siguiente, ¡pum! Desapareció.
Tragué saliva.
—No me extraña —dije—, si es que recibió de madame Moreau una bienvenida tan cálida como la que he tenido yo.
Nicole sonrió con cariño.
—Madame Moreau puede parecer arisca, pero te aseguro que guarda mucha ternura en su interior. El paso de los años la ha vuelto así —me explicó.
Decidí reservarme mi opinión.
—Bueno, vayamos a lo nuestro: tu pelo. ¿Cómo le gustaría, mademoiselle ?
Nicole pasó a modo profesional y deslizó los dedos entre mis mechones, una sensación divina.
—Estaba pensando en cortármelo mucho, la verdad. Lanzarme a por un peinado a lo chico —anuncié con valentía.
—Sí, sí, todo el mundo que viene a Francia quiere ese corte a lo chico que tan femenino resulta, ¿hein? Pero non , no es para ti, ma belle —replicó Nicole.
Su franqueza me pilló por sorpresa. En mi país, la mayoría de las peluqueras me habrían seguido la corriente para luego hacer lo que les apeteciera. Nunca te llevaban la contraria.
—Pues necesito algo drástico —dije, bebiéndome rápidamente el café.
Y entonces, siguiendo su ejemplo, resolví decir también justo lo que pensaba, en lugar de mostrarme tan cortés y comedida como siempre—.
¡Quiero el tipo de pelo y de peinado con el que un hombre desee jugar!
—En cuanto dije aquello, no pude evitar soltar una carcajada, y por suerte Nicole también se echó a reír.
Esta vez no hubo desacuerdo. Me condujo hacia el lavacabezas y se dispuso a cambiar mi personalidad de forma radical.
Cuando regresé a la panadería para trabajar en el turno de tarde, madame Moreau apenas me miró al pasar a su lado.
Si se percató de mi nuevo peinado, no hizo el menor comentario.
Nicole y yo habíamos acordado finalmente un corte bob a capas justo por encima de la clavícula, con un flequillo despuntado que me rozaba las pestañas cuando se deslizaba desde detrás de mis orejas.
Me sentía otra persona, y cuando de camino a la panadería fui pasando por delante de los escaparates apenas reconocí mi reflejo.
Parecía más joven, más viva, y tenía un aire inexplicablemente coqueto.
¡Por lo que podía ver, me estaba volviendo «francesa»!
Incluso entré en una farmacia que había en la otra acera y me compré un lápiz de labios rojo como un camión de bomberos.
Nicole había supuesto para mí un soplo de aire fresco y, para mi enorme alegría, me había invitado a mi primera soirée en un club de jazz donde Johnny, su marido, tocaba el contrabajo en una banda de gipsy jazz .
Era maravilloso cómo todo había empezado a cambiar en un abrir y cerrar de ojos y ahora el mundo parecía un poco más de color de rosa.
No recordaba la última vez que alguien me había invitado a salir un sábado por la noche.
Quizá al final resultara que mi idea no había sido tan descabellada como podría parecer.
Monsieur Legrand se acercó al mostrador y, con mi recién descubierta confianza, lo saludé adivinando lo que iba a pedir.
— Une tarte au citron?
— Justement, mademoiselle Édith —repuso, dejando el sombrero en el mostrador—. Veo que se está aclimatando bien —añadió, y dirigió un gesto de aprobación hacia mi nuevo peinado.
— Pas mal —le confirmé. Guardé la tarta en una cajita—. Si no fuera por todo el papeleo… —Me lanzó una mirada interrogativa—. Carte de séjour —añadí.
—Ah, sí, aquí tenemos muchos protocolos. Por si alguna vez necesita de mis servicios —dijo, y me entregó su tarjeta de visita.
— Merci, monsieur Legrand —dije aceptándola y guardándola en el bolsillo del delantal—. Cuando me metan en la cárcel, será usted el destinatario de mi llamada de gracia.
—Confiemos en que no tengamos que llegar a ese extremo —replicó monsieur Legrand con una sonrisa.
— Deux chocolats chauds et deux tranches de flan, Ediit, tout de suite —dijo madame Moreau con energía, dejando claro que la cháchara tenía un límite.
Me recogí mi peinado sexi detrás de las orejas y me dispuse a ser la mejor serveuse de Compiègne.