La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 6
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Capítulo 6

PIERRE MOREAU

Cuando contaba quince años, Pierre Moreau comenzó a trabajar como aprendiz en Maison Angelina, en París.

Criado en una pequeña granja de la Francia rural, Pierre siempre había tenido la sensación de que el destino le tenía reservado algo especial.

Mientras daba de comer a los cerdos o se ocupaba del huerto, soñaba despierto con una vida muy lejos de allí, llena de emociones y oportunidades.

Nunca había encajado del todo en el que era su hogar, pero cuando Pierre tuvo la edad suficiente para seguir las recetas de su madre, algo cambió.

En la cocina se sentía más seguro de sí mismo, y los sabrosos pasteles calientes que elaboraba con las manzanas del huerto o los frutos silvestres que recogía en las veras de los caminos le facilitaron la buena disposición de sus hermanos, inexistente en otras circunstancias.

Ofrecer comida a los demás, por lo que parecía, era un acto imbuido de una especie de poder mágico que sacaba a la gente de la rutina habitual para conducirla al reino del placer e incluso de la dicha.

Y así fue como Pierre decidió hacerse panadero en el establecimiento más selecto de todo París.

Maison Angelina era un lugar lleno de opulencia y estilo que atraía a toda la alta sociedad para degustar su exquisita repostería.

El propietario era un pastelero austriaco llamado Anton Rumplemayer, a quien la emperatriz Isabel había concedido el título de pastelero de la corte en Viena.

¿Por qué era todo eso tan importante para Pierre?

Porque él era un perfeccionista y solo se conformaba con aprender del mejor.

Trabajaba muchas horas en la confitería, y por las mañanas se levantaba tan temprano que a menudo tenía la sensación de que justo se acababa de acostar.

Tanto la panadería como la pastelería le resultaban apasionantes, así como la idea de que el pan no solo alimentaba el cuerpo, sino también el alma.

Fue en Maison Angelina donde aprendió a conseguir la laminación perfecta de la pasta hojaldrada que se empleaba para elaborar el croissant .

También se ilustró sobre su origen, el kipferl austriaco.

Creado en Viena después del final del asedio otomano, y con una forma parecida a la luna creciente de la bandera turca, los franceses lo rebautizaron como « croissant » y mejoraron además la receta añadiendo capas de hojaldre y mantequilla.

Rumplemayer le contó a Pierre que fue María Antonieta quien llevó el croissant a Francia, pero esa historia es para otro momento.

A pesar del estruendo de las cacerolas, el tintineo agudo de los batidores y el intenso calor que desprendían los hornos, en la cocina reinaba un orden sereno que Pierre adoraba.

Cada repostero estaba profundamente inmerso en su trabajo, y solo emergía de su encierro para pasar el proceso a la siguiente persona.

A Pierre le recordaba los pasos de un baile.

Elaborar pan y pasteles era una tarea meditativa, y en esos momentos de intensa concentración él se sentía más cerca de Dios de lo que podía haberlo estado alguna vez en una iglesia.

Con el paso de los años, Pierre empezó a pensar en su futuro.

Tenía algo de dinero ahorrado, pero ni mucho menos lo suficiente para poner en marcha una pastelería elegante en París.

Y aunque le encantaba trabajar con Rumplemayer, en su interior albergaba el deseo de hacerse un nombre.

Un martes cualquiera, mientras disfrutaba de una tarde libre, Pierre decidió dar un paseo hasta el mercado de Le Marais.

Allí, entre los puestos donde vendían fruta fresca, quesos y los mejores cortes de carne, se tropezó con un hombre de aspecto curioso que afirmaba venir de Madagascar, una isla situada frente a la costa suroriental de África, y que traía consigo una rara variedad de vainilla.

El comerciante le explicó a Pierre que los indígenas de la isla cultivaban orquídeas de vainilla que crecían en las raíces del árbol del cacao, y que aquella maravilla botánica producía una vaina con el extracto intenso y terroso del chocolate y el dulce aroma floral de la vainilla.

El hombre abrió una vaina y extrajo de su interior unas pocas semillas que depositó en la punta de uno de los dedos de Pierre.

Él quizá solo esperaba un sabor ligeramente matizado, algo que los clientes no pudieran identificar, pero al catar aquello casi sintió que flotaba.

El perfume embriagador de la vainilla floreció en su cuerpo.

Los relojes se pararon, el mercado se quedó en silencio y, con la misma claridad con la que ahora estaba en esa calle de París, se encontró de repente en la ciudad de Compiègne, comiendo una tarta rellena de fruta fresca y crème pâtissière en compañía de Jean-Yves, su amigo del colegio.

En todos esos años no se había dado cuenta, hasta aquel momento, hasta que ese recuerdo lo había asaltado de repente, de que siempre había estado enamorado de Jean-Yves.

Con la vista nublada por las lágrimas, Pierre se volvió hacia aquel hombre tan extraño, que lo miraba con una sonrisa cómplice.

—¿Qué es esto? —preguntó Pierre.

—El deseo de su corazón, amigo mío —respondió el otro mientras se llevaba la palma de la mano al pecho.

De repente, Pierre supo exactamente qué deseaba hacer. Quería regresar a casa y abrir una panadería para que la gente humilde de Compiègne pudiera saborear la elegancia de París. Y más que eso: con aquel ingrediente especial, conseguiría derretirles el corazón.

—Me llevo toda la vainilla que tenga.

—Albergo serias dudas acerca de la oportunidad de decirle esto, monsieur Moreau, pero para quedarme con la conciencia tranquila me veo obligado a hacerlo: este edificio tiene cierta…

historia —dijo monsieur Dujardin, el agente inmobiliario, un tipo nervioso que procuraba que ningún vacío de la conversación quedara mucho tiempo sin llenar.

Pierre apenas había pronunciado palabra desde que habían llegado.

—Todos los edificios tienen su historia —replicó con naturalidad mientras bajaban por la escalera después de visitar el apartamento de la planta superior.

El espacio era perfecto. Viviría justo encima de su panadería, y en el sótano ya había un horno que, después de muchos años en desuso, quizá necesitaría una puesta a punto.

—Por supuesto, por supuesto —dijo Dujardin.

Se sentía aliviado por haber cumplido con su deber moral sin haber tenido que revelar nada sobre las excepcionales características del edificio.

Se decía que tiempo atrás una mujer había abierto allí una panadería, y eso por sí solo ya era motivo de alarma.

Todo el mundo sabía que las mujeres y los negocios nunca se debían mezclar.

Demasiadas emociones, y de hecho eso era precisamente lo que había originado todos los problemas.

Pero monsieur Dujardin no era aficionado a los chismes ni creía en cuentos de viejas.

Sobre todo si se interponían entre él y sus honorarios.

—Quiero hacer una oferta —dijo Pierre con su habitual tono calmado y sereno.

—Oh, qué maravilla. Lo que quiero decir, claro, es que se trata de un edificio con carácter de verdad, monsieur Moreau, y a un precio muy competitivo, me atrevería a afirmar —dijo Dujardin, haciendo alusión a otro comprador que era un mero producto de su imaginación.

Pierre entregó todo el dinero que había ahorrado, que fue suficiente para garantizar la adquisición del edificio.

Necesitaría un préstamo para comprar algo de mobiliario y, lo más importante de todo, ingredientes, pero ahora que era un hombre con cierta posición social confiaba en que todo saldría bien, como así fue.

Después de estrecharle la mano a monsieur Dujardin para cerrar el trato, Pierre salió a la calle y allí se tropezó con su viejo amigo Jean-Yves.

La sorpresa le dejó la boca seca e hizo que las piernas le flaquearan.

Su amigo iba acompañado por una hermosa joven que llevaba un bebé en brazos.

—¡Pierre! —exclamó Jean-Yves, y los dos amigos se fundieron en un abrazo—. ¡Has vuelto con nosotros!

Pierre se había quedado sin habla, pero consiguió sonreír a su amigo y a su esposa.

—Cuéntame, amigo mío, ¿qué tal es París?

—Tan espectacular como puedas imaginar —logró decir por fin Pierre.

—A estas alturas debes de haberte convertido en un gran pâtissier .

Pierre miró al niño profundamente dormido que sostenía la joven. Notó que su corazón debía hacer verdaderos esfuerzos para seguir latiendo, como si se hubiera quedado sin sangre.

—Yo puedo crear cosas maravillosas —dijo—, pero tú, amigo mío, tienes lo mejor que existe: una familia.

Jean-Yves le ofreció a Pierre que se quedara con ellos hasta que la panadería estuviese habitable.

—Tú también formas parte de mi familia —le aseguró con afecto.

Pierre habría preferido declinar la invitación, pero la verdad era que no tenía adonde ir.

Fue en esas pocas semanas, durante las cuales fue testigo del amor que aquella pequeña familia compartía, cuando Pierre tomó una decisión.

Se convenció a sí mismo de que el amor no era su destino y resolvió, en consecuencia, entregarse a sus panes y sus pasteles con todo su corazón.

Tan pronto abrió las puertas de la Boulangerie et Pâtisserie de la Rue de Paris, Pierre empezó a infusionar todas sus masas con su ingrediente especial.

Aquel sabor excepcional transportaba a todos aquellos que lo degustaban a lugares que iban mucho más allá de los límites de la imaginación.

Aquel sería su regalo para la gente de Compiègne, que ahora se había convertido en su familia.

Ni siquiera Pierre se lo podía explicar, pero aquella mezcla de placer y dulzura podía, con el equilibrio adecuado, hacer florecer cualquier corazón.