Capítulo 5
La mañana siguiente empezó de manera muy similar a la del día anterior: madame Moreau se dedicó a colocar en las cestas las baguettes crujientes y todavía calientes y yo consagré mi tiempo a disponer las masas de dorado hojaldre en el mostrador y la repostería dulce en el escaparate mientras Manu se ocupaba de las cajas para las entregas.
Seguía resultándome extraño verme trasplantada a un entorno tan radicalmente distinto del habitual, pero menos que el primer día.
Al menos ahora sabía qué esperar cuando se abrieran las puertas y empezaran a llegar los clientes habituales.
Llené unas cestas con pains au chocolat calientes y croissants de almendras y coloqué en la vitrina una bandeja de éclairs au chocolat .
Madame Moreau seguía mostrándose tercamente seca en su trato conmigo, aunque rebosaba personalidad con sus clientes.
No alcanzaba a entender todo lo que decía, claro está, pero era evidente que aquella mujer era todo un personaje en el barrio.
Siempre tenía una ocurrencia con la que sorprender a su interlocutor, y poseía un ingenio y un intelecto capaces de rivalizar con los de cualquier filósofo francés.
Todo eso me hacía ser muy consciente del hecho de que ella y yo éramos polos opuestos.
Puse todo mi empeño en caerle bien a la gente y, teniendo en cuenta la brevedad de las ocasiones en que daba resultado, creo que el esfuerzo ni siquiera valió la pena.
Sin embargo, la vieja cascarrabias tenía a todo el mundo comiendo de su mano.
En el lado positivo, puedo decir que empezaba a captar algunas de las encantadoras frases que se utilizaban en el trato con los clientes, como « Je vous en prie », que significaba literalmente «se lo ruego» pero que se usaba más como un «de nada» o un «oh, no es nada».
Me resultó interesante comprobar que si escuchaba una frase empleada varias veces en una misma situación era capaz de deducir su significado por mi cuenta, sin necesidad de consultar ningún diccionario.
Mi acento seguía siendo terriblemente tosco y sonaba como si un par de botas con tacón de acero anduvieran como un patán por encima de las delicadas frases en francés, pero los clientes parecían apreciar mis esfuerzos.
Antes del cierre del mediodía, se me comunicó que tendría la tarde libre. Así funcionaba madame Moreau: te anunciaba las cosas, en lugar de hablarlas directamente. Al parecer, pasar dos días en Francia sin la documentación en regla era excesivo.
— Il faut aller à la préfecture pour chercher votre carte de séjour —me aconsejó Manu en un intento fallido de aclararme las cosas.
—¿Que tengo que ir adónde para obtener mi qué? —repliqué entrecerrando los ojos y haciendo un esfuerzo por entender qué me estaba diciendo.
Madame Moreau se subió al taburete de la cocina, justo detrás de nosotros, y por primera vez hizo gala de algunos signos de su edad. Se la veía cansada y, por el modo en que se frotó las muñecas, comprendí que sentía cierta rigidez.
—Es una tarjeta de residencia. Si vives en Francia más de tres meses debes tenerla.
¿Tres meses? Ni siquiera estaba segura de que fuera a durar allí tres días, pero no pensaba llevarle la contraria si a cambio del papeleo podía disponer de toda una tarde libre. Al fin y al cabo, ¿tan difícil podía ser rellenar un formulario?
Pero de nuevo me equivocaba.
Después de pasar casi una hora intentando encontrar el edificio correcto (que finalmente identifiqué por sus paredes grises y sus empleados grises), tuve que esperar dos horas en una cola interminable formada por estudiantes, emigrantes y una gran cantidad de gente con aspecto cansado y triste solo para que me informaran de que podría haber hecho todo el proceso por internet.
La funcionaría, una mujer bastante amable con una evidente obsesión por las pulseras, me cargó con un montón de folletos para cuya producción debían de haber deforestado media selva.
Pasé el resto de la tarde sentada en una cafetería, con cuatro cafés y un diccionario por toda compañía, tratando de entender todo lo que necesitaba.
Acabé elaborando una lista más o menos parecida a esta:
Pasaporte
Partida de nacimiento
Attestation de résidence (certificado de domicilio)
Attestation de bourse (certificado de ingresos)
Timbre fiscal (alguna especie de sello especial que, la verdad, sonaba a invento de tebeo)
Tarjeta sanitaria europea
4 fotografías de tamaño pasaporte
Fotocopias de todos los documentos mencionados
No puedo decir que mi entusiasmo por rellenar formularios para quedarme en un país que obviamente no veía con buenos ojos mi presencia estuviera en su máximo apogeo.
Sin embargo, cuando tuve claro que tener une carte de séjour era clave para abrir una cuenta bancaria y cobrar un salario, volví a la panadería y empecé a rebuscar en mi equipaje, que solo había deshecho en parte.
Me sentía igual que mi maleta: aún no sabía si me quería quedar allí o no.
Encontré la tarjeta sanitaria europea y el pasaporte, pero tendría que llamar a casa para conseguir la partida de nacimiento.
Cogí el teléfono, que había dejado sobre la cama, y me senté con las piernas cruzadas en el suelo, delante de la maleta abierta.
Las tablas de madera estaban desgastadas y calientes al tacto.
En realidad, desde mi llegada no me había tomado ni un momento para relajarme.
Cerré los ojos y respiré hondo. Tenía la sensación de no haber parado de correr ni un instante.
Respiré hondo de nuevo. Mis hombros se relajaron un poco y las yemas de mis dedos acariciaron la madera del suelo, percibiendo el calor de la planta de abajo.
Distraída, empecé a trazar dibujos imaginarios sobre la madera y me pregunté si algún día llegaría a ser capaz de dejar de huir de mí misma.
De mi vida. Apenas llevaba dos días en Francia y ya tenía la sensación de haber fracasado, y precisamente por eso quería volver a huir.
Una última respiración profunda. De pronto, mis dedos se engancharon en una muesca.
Una de las tablas del suelo tenía la superficie algo irregular y sobresalía un poco.
Con los ojos aún cerrados, me serví de las uñas para tirar de la tabla y, con un leve crujido, se levantó.
Abrí los ojos y bajé la vista. Alguien había cortado una de las tablas de madera del suelo y aquella pequeña sección, de poco más de un palmo, revelaba la existencia de un escondrijo diminuto.
En su interior había una libretita. Conteniendo la respiración, introduje los dedos en el hueco.
Las tapas de la libreta eran de color granate y tenían los bordes curvados.
Y en la tapa superior, con una pulcra caligrafía en tinta negra, alguien había escrito: « Les Recettes ».
¿Qué haría esa libreta allí escondida? La abrí por la primera página. El papel se había vuelto amarillento, pero la tinta negra se encontraba en perfecto estado, como si el texto se hubiera escrito el día anterior.
Pierre, 1145
Me quedé totalmente perpleja al ver aquello, cautivada por los secretos que podría contener. ¿Habría estado escondida todo aquel tiempo bajo las tablas del suelo? ¿Quién era el tal Pierre? ¿Habría vivido allí? Pasé la página y encontré la primera receta.
Chocolat chaud pour réchauffer l’âme
Entendí que era una receta para preparar chocolate caliente, pero tuve que buscar el resto de las palabras en Google Translate.
—«Para calentar el alma» —leí en voz alta—. «Chocolate caliente para calentar el alma».
No pude evitar pensar que aquella receta estaba especialmente escrita para mí.
Era una idea ridícula, por supuesto, pero cuando posé la vista en mi minúscula cocina vi un pequeño cazo de cobre.
Ni siquiera tenía leche, y mucho menos el resto de los ingredientes.
Cuando volví a leer la lista, vi algo que me resultaba totalmente desconocido.
2 gouttes de liqueur vanillao
¿Vanillao? Esa palabra removió algo en mi cabeza. La había visto en algún lado. Y entonces caí…
Bajé a paso ligero las escaleras y fui directa a la cocina.
No había nadie, así que cogí la lata grande de azúcar glas y luego abrí el armarito donde madame Moreau guardaba las cajas de terrones de azúcar.
Justo detrás había una pequeña botella con un tapón de corcho sellado con cera y una etiqueta escrita a mano en la que podía leerse: « Vanillao ».
Me giré, casi esperando que apareciera alguien, pero seguía completamente sola.
Dudé un instante antes de abrir la botella.
Por lo poco que sabía, podía ser veneno.
Aunque no sería muy normal guardarlo al lado del azúcar.
A esas alturas, me moría de ganas de disfrutar de un chocolate caliente.
Cogí una tableta grande de chocolate negro de la lata que había en la encimera, un cartón de leche y el resto de los ingredientes, subí corriendo de nuevo a mi apartamento y cerré la puerta con llave como si fuera una ladrona de cocinas.
Encendí el hornillo a fuego medio y calenté lentamente la leche y la nata.
Eché un vistazo rápido a la receta y vi que recomendaba ir sin prisas y aprovechar el proceso para deleitar los sentidos.
No tenía ni idea de quién era el autor, pero no me cabía duda de que sabía cómo convertir la experiencia en algo especial.
Comprobé de nuevo las cantidades de los ingredientes.
200 gr chocolat noir (chocolate negro)
Une cuillère à café de sucre glace (una cucharadita de azúcar glas)
350 ml lait (leche)
100 ml crème entière (nata líquida)
2 gouttes de liqueur vanillao (gotas de licor de vainilla)
Cuando se empezaron a formar burbujitas, retiré el cazo del hornillo y añadí el chocolate troceado, busqué un batidor de varillas en el cajón y volví a ponerlo al fuego.
Removí con delicadeza y observé con atención la alquimia del chocolate negro al fundirse con la leche cremosa.
La cucharadita de azúcar glas serviría para contrarrestar el amargor del chocolate.
Cuando el líquido empezó a espesarse, cogí la botella de cristal.
Vi que tenía unas varitas de vainilla en su interior, de modo que estaba prácticamente segura de que no contenía nada malo.
Rompí el precinto de cera, retiré el corcho y el aroma del licor inundó enseguida el ambiente.
Una vez evaporado el alcohol, mi nariz percibió una fragancia mucho más delicada.
Fue como si la flor de la dulce vainilla acabara de abrirse, pero había algo más que no conseguía identificar.
Vertí con cuidado dos gotas y luego retiré el cazo del fuego.
Encontré una taza de color turquesa y su correspondiente platito en el fondo del armarito que había debajo de la encimera.
Después de enjuagarlos con agua para retirar el polvo, dejé la taza y el platito en la mesa y me dispuse a servir el líquido espeso y almibarado.
Tenía un aspecto placenteramente oscuro, y no pude evitar sonreír al pensar en su apariencia sibarita.
En casa nunca había preparado un chocolate así.
Siempre utilizábamos un cacao en polvo de lata que sabía a caldo de chocolate y nunca dejaba a nadie satisfecho del todo.
La cantidad de la receta parecía suficiente para dos tacitas, pero supuse que sería demasiado intenso para bebérmelo todo.
Aunque la idea de una muerte por ingesta de chocolate tampoco era la peor forma de irse.
Batí un poco de nata y puse una cucharada sobre el chocolate caliente, rematándolo con una fina capa de cacao en polvo.
No me quedó otra que retroceder un par de pasos para admirar mi creación.
Era como una pequeña obra de arte. Y por fin había llegado el momento del examen que en realidad debía superar.
Lo removí un poco con una cucharita, no mucho, y me acerqué la taza a la boca.
La superficie, casi sólida, me rozó los labios como un beso antes de romperse, deslizarse sobre mi lengua y llenar mi boca con un sabor intenso y aterciopelado.
Cuando tragué el líquido oscuro, experimenté una mezcla de éxtasis y felicidad, una plenitud que no había vuelto a sentir desde…
Y entonces, de repente, se despertó un recuerdo que había permanecido dormido en algún lugar desconocido.
Estaba con mi madre en un concierto de Navidad, cantábamos villancicos, había lucecitas centelleantes por todos lados y yo tenía la sensación de que la vida era lo mejor que existía porque habría muchos más días como aquel.
El recuerdo me dejó casi mareada. Hacía años que no pensaba en aquel momento; de hecho, lo había olvidado por completo.
Bebí un poco más de chocolate, y casi fue como si pudiese aspirar el azufre, el olor como a cerilla quemada de las bengalas que teníamos en la mano.
Una lágrima rodó por mi mejilla sin que llegara a percibirla siquiera.
No es que estuviera triste, solo era consciente de mí misma.
Llevaba mucho tiempo sin serlo. Era como si aquel chocolate caliente hubiera liberado algo dentro de mí.
Y de repente me sentí hambrienta, pero no había nada que comer.
—Menos mal que vives encima de una panadería —me dije en broma, secándome las lágrimas.
Abajo, todo seguía en silencio. Destapé la cesta de bolitas de pasta choux rellenas de chocolate con avellanas y chantillí y devoré unas cuantas con un apetito que hacía años que no sentía.
Estoy segura de que no me habría detenido allí, pero a través del cristal del escaparate vi que Manu llegaba con su motocicleta y comprendí que ya habría terminado su último reparto.
Me relamí los dedos para limpiarlos e intenté recuperar la compostura.
No tenía ni idea de quién era el propietario del recetario que había encontrado, pero sin duda conocía todos los secretos del chocolate caliente.