La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 4
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Capítulo 4

De vuelta en mi casita torcida, me apañé un refrigerio con galletas saladas, uvas y un queso camembert que olía a calcetines sometidos a alguna experiencia horrorosa.

Me resigné a la idea de que con el tiempo me acabaría acostumbrando a ese olor.

Lo acompañé con un extraño té negro que le dio un amargor de lo más peculiar al choque de sabores que se produjo en mi boca.

Bueno, suficiente, me dije antes de tirar las migas en la pila y fregar mi única y solitaria taza.

En el apartamento de abajo se oían ruidos, y empecé a preguntarme si madame Moreau viviría allí.

No me había atrevido a indagar la noche anterior, y además mi jefa no parecía precisamente una mujer dispuesta a colmarme de información.

Me dejé caer en el sofá cama, y una vez más intenté entablar amistad con aquella rara estructura en forma de salchicha que yacía encima del colchón, en el lugar donde debería haber una almohada.

Reflexioné sobre mis primeras horas en Francia, las cuales, a decir verdad, me parecían una vida entera.

Eso es lo que sucede cuando sales de tu zona de confort: el tiempo se estira como una goma elástica, y eso prolonga tu incomodidad y tu desasosiego y acentúa tu aislamiento.

¿Esperaba trabajar a las órdenes de una vieja gruñona y vivir en una caja de cerillas cuando respondí a aquel anuncio varios meses atrás?

¿De verdad pensaba que presentarme de golpe en un país extranjero serviría para borrar los dolorosos recuerdos de los últimos dieciocho meses?

¿Me estaría engañando al pensar que el sueño de vivir en París podía hacerme realmente feliz?

Todos los pensamientos que cruzaban mi cabeza me decían que había sido una idiota y que, ahora mismo, dejarlo correr sería una decisión más inteligente que prolongar la agonía.

Pero mi corazón no me lo permitía. A pesar de la gélida bienvenida y de la tremenda idiotez de haber actuado impulsada por un capricho infantil, mi corazón seguía albergando la esperanza de que algo maravilloso iba a pasar. ¿Y quién era yo para impedirlo?

Trabajé toda la tarde con un único objetivo: «Hay que superar este día».

No dejé de animarme en silencio en todo momento, cruzando los dedos para que mi confianza fuera en aumento con cada nuevo cliente que atendía.

Como era de esperar, entraron algunos turistas, en su mayoría para tomar fotografías de la pintoresca boulangerie .

Fue un auténtico alivio poder hablar un poco en inglés después de una larga jornada de francés chapurreado y lenguaje de signos improvisado.

Serví un pedido de café y éclairs a un hombre que se había sentado en una de las mesitas exteriores.

Iba acompañado por un terrier monísimo que estaba sujeto a la silla con la correa y al que decidí llevar un cuenco de agua.

—¿Es acento irlandés eso que acabo de oír? —dijo el hombre.

—Lo es, en efecto —contesté, parándome un momento para respirar y dejar que el aire fresco me llenara los pulmones—. Y el que acabo de oír yo es definitivamente británico. ¿Está en la ciudad de vacaciones?

—Hace ya veinte años que vine a vivir aquí —respondió él—. ¿Y usted?

—Oh —dije. Aspiré el aire entre los dientes y luego miré el reloj—. Unas veinticuatro horas.

—Ah, en ese caso, bienvenida a Compiègne. Por cierto, me llamo Geoff —dijo el hombre estrechándome la mano—. Y esta es mi pequeña y dulce Ruby.

Me agaché para rascarle las orejas a Ruby.

—Me mudé desde Bristol cuando me jubilé.

Pero, aunque digo que me jubilé, la verdad es que ahora trabajo a tiempo parcial como guía turístico, sobre todo para los entusiastas de los recuerdos de la guerra que vienen a visitar el Memorial del Armisticio —me explicó antes de abalanzarse con ganas sobre su éclair .

—¿Y qué es eso del… armisticio que acaba de mencionar?

—Se trata de uno de los enclaves más importantes de Francia en relación con las dos guerras mundiales —empezó a decir, entrando en modo guía—.

Los aliados firmaron con los alemanes el armisticio que dio fin a la Primera Guerra Mundial en un vagón de tren aquí mismo, en el bosque de Compiègne.

Y en 1940 los franceses firmaron un armisticio con la Alemania nazi en ese mismo claro, una de las muchas ideas que tuvo Hitler para humillar a sus enemigos.

Es un lugar muy interesante, la verdad. Debería visitarlo si piensa quedarse aquí un tiempo.

—Me entregó su tarjeta y añadió—: Si me permite la pregunta, ¿qué fue lo que la trajo a Compiègne?

—El destino —respondí, confiando en que fuera cierto.

Cuando el atardecer oscureció el cielo y todos los vecinos de Compiègne volvieron a casa con su baguette bajo el brazo, Manu reapareció para ayudar a cerrar la tienda.

Como casi todos los adolescentes, era un chico de pocas palabras, pero el vínculo que existía entre madame Moreau y él era evidente.

La mujer no tuvo que decirle en ningún momento lo que tenía que hacer, y me fijé en que el muchacho seguía con diligencia una rutina ya antigua que habían forjado entre ellos mucho antes de mi llegada.

A mí me dolían los pies de apenas haber parado en todo el día, pero no pensaba darle a nadie la satisfacción de verme tomar un descanso.

Por su actitud hacia mí, adivinaba que ni Manu ni madame Moreau esperaban que la extranjera durara allí mucho tiempo, y, muy a mi pesar, a mí no me quedaba otro remedio que reconocer que coincidía con ellos.

Mientras madame Moreau contaba el dinero de la caja, Manu y yo empezamos a colocar las sillas sobre las mesas para que yo pudiera fregar después el suelo hasta dejar las baldosas relucientes.

— Ça va ? —me preguntó el chico en voz baja, y luego echó un vistazo a la panadería como queriendo decir: «¿Te estás adaptando bien?».

— Ça va , creo.

Esbocé una sonrisa ladeada. Sus palabras amables estuvieron a punto de resquebrajar la fachada de dureza que yo intentaba mantener, aunque con poco éxito. Me sequé los ojos, fingiendo que estaba cansada.

Con un rápido gesto de asentimiento, Manu entró en la cocina, se sirvió un gran vaso de agua del grifo y se lo bebió entero de un solo trago.

— J’y vais —dijo. Cogió otro montón de cajas y las apiló una vez más en la Vespa que tenía aparcada fuera.

Sabía que eso significaba que se iba a algún lado, pero ¿adónde? Y supuse que ese era el final de nuestra profunda e interesante conversación.

—¿Hace también entregas…, quiero decir, livraisons , a estas horas de la noche? —le pregunté a madame Moreau cuando vi que cerraba la puerta con llave justo en el momento en que el reloj daba las ocho.

Pero, en lugar de limitarse a responder a mi pregunta, como habría hecho cualquier persona normal, mi nueva jefa me hizo sentir como una idiota por habérsela formulado.

— Non .

—Vale, de acuerdo, entendido. O bien compris , como dirían aquí. No hagas preguntas ridículas, estúpida extranjera —murmuré mientras limpiaba las estanterías de cristal que había debajo del mostrador. Y entonces, de repente, madame Moreau apareció a mi lado como un fantasma.

—Son entregas para la iglesia, mademoiselle Edith, pour les gens SDF : Sans Domicile Fixe. —Al ver que yo ponía cara de no entender nada, madame Moreau añadió—: Gente que no tiene un lugar donde vivir.

Y después de tan airada respuesta, apagó las luces y amenazó con verme a la misma hora a la mañana siguiente.

—Oh, sí, papá, la gente de por aquí es de lo más acogedora, y enseguida he hecho buenas migas con la propietaria, madame Moreau —le dije luego a mi padre por teléfono.

Curiosamente, me sentó bien recrear el sueño francés que tenía antes de llegar a Compiègne, y creo que salí tan airosa que casi me lo creí.

Después de mi larga jornada de trabajo, decidí ir a dar un paseo por el quartier para respirar un poco el aire puro y fresco de la noche.

Pensé que tanto a mi corazón como a mi alma les sentaría bien salir a explorar el entorno.

Las calles estaban iluminadas con elegantes farolas que se curvaban como el cayado de un pastor.

Las pintorescas callejuelas de Compiègne tenían su encanto, de eso no cabía la menor duda, pero me sentía muy lejos de casa y patéticamente sola.

Eso de perseguir los sueños no era en absoluto como me lo había imaginado.

¿Dónde estaban todos esos amigos divertidos que se suponía iba a conocer?

¿Y las maravillosas experiencias que supuestamente debía vivir?

Había visto suficientes películas como para saber lo que en teoría pasaba cuando se seguían los dictados del corazón, pero lo que me estaba sucediendo allí no tenía nada que ver con toda esa magia de la gran pantalla.

Era un lugar aburrido, solitario e incluso un tanto amedrentador.

Todo lo que había vivido desde que el avión había aterrizado en Charles de Gaulle no había hecho más que confirmar mis sospechas de que emprender ese viaje había sido un error.

Pasé por delante de una peluquería en la concurrida Rue Solferino y vi la foto de una modelo que llevaba un peinado a lo Audrey Hepburn.

Su color de pelo, un castaño oscuro, era bastante similar al mío.

Sin embargo, aquel cabello corto, en contraste con mi pelo largo, sin forma y carente por completo de estilo, encarnaba la esencia de lo chic.

Me toqué la cabeza distraídamente y me pregunté si me quedaría bien.

— Ça vous irez bien —dijo una voz masculina.

Me di la vuelta, pero el hombre ya se estaba alejando calle abajo. Se volvió entonces un momento, exhibiendo una sonrisa insinuante, pero antes de que me diera tiempo a decir algo dobló una esquina y desapareció. Creía que lo que me había dicho era que aquel peinado me sentaría bien.

Quizá Compiègne no hubiera sido un error tan grande después de todo.