Capítulo 3
Bajé la escalera con cautela a las siete menos cuarto.
Tras el mostrador, madame Moreau ya estaba apilando baguettes , barras y panecillos de todas las formas y tamaños en distintas cestas de mimbre.
El aroma resultaba embriagador. El vapor del pan caliente inundaba el ambiente con un olor ligeramente dulce y muy intenso.
Era como un abrazo cálido y pastoso. Ignoré la saliva que se me estaba acumulando en la boca y me alisé el vestido antes de saludar a madame Moreau.
— Tiens —fue lo único que me dijo mientras me pasaba un delantal a cuadros azul marino.
— Merci —repliqué con alegría, evitando su estilo taciturno y monosilábico—.
Madame, me preguntaba si en algún momento podría visitar los hornos…
Ya sabe, ver dónde sucede toda la magia —dije y, no sé muy bien por qué, quizá por mi deseo de transmitir la emoción que sentía, rematé mis palabras abriendo las manos como lo haría un bailarín de jazz .
La mirada que recibí a cambio solo se podría describir como una mezcla de desdén y una buena dosis de fastidio.
—Tú nunca tienes por qué bajar ahí. Jamás.
Oír su respuesta en mi lengua me resultó chocante.
Sabía que madame Moreau hablaba un poco de inglés, o al menos eso decía el anuncio cuando mencionaba la popularidad de aquel lugar entre los turistas.
Pero elegir esa frase como la primera que pronunciaba en mi idioma dejaba muy claro que quería que yo la entendiera a la perfección. Nada de ir abajo.
—Por supuesto, ningún problema —dije—. Es solo que había pensado que estaría bien…
— Non! —vociferó, y la mirada que me lanzaron aquellos ojos oscuros me heló la sangre.
— Non . Vale, entendido —dije como una niña compungida.
— Écoutez, Édith —empezó a decir, empleando un tono más conciliador—, el boulanger es très particular en cuanto a quién entra en su cocina, ¿hein? Así que será mejor que te quedes aquí para gestionar la tienda, ¿non? —dijo con un gesto de asentimiento.
Por desgracia, los francoparlantes no tienen el sonido «th» en su idioma, y me había quedado tan sorprendida al oír mi nombre pronunciado como «Ediit» que no había prestado atención a lo que me había dicho a continuación.
— Édith, vous comprenez?
—¿Perdón? Oh, sí, claro, la he entendido. El panadero es un gruñón y conviene no molestarlo —respondí despacio mientras copiaba en mi bloc de notas lo que estaba diciendo.
—¿Qué es eso? —preguntó madame Moreau, mirando con curiosidad el bloc.
—Bueno, es donde apunto mis notas. Tengo la costumbre de escribirlo todo por si se me olvida algo.
Así luego puedo consultarlo… aquí. —Su mirada de perplejidad me resultó bastante confusa.
¿Qué quería aquella vieja cascarrabias? A fin de cuentas, le estaba demostrando que era muy profesional—.
Y también me servirá para tomar nota de los pedidos. Porque habrá pedidos, ¿no?
Al oír esto, madame Moreau empezó a sonreír. Una sonrisa no del todo desagradable, pero con un toque de malicia que me puso nerviosa.
— Ma pauvre , poco tiempo tendrás para escribir notas —dijo con una risilla mientras seguía colocando el pan en las cestas.
Me costaba imaginar que una pequeña panadería de una ciudad de provincias llegara a estar abarrotada de clientes, pero decidí reservarme esa opinión.
Justo en aquel momento apareció en la puerta Manu, mucho más despierto y arreglado que la noche anterior.
Después de un coro de « bonjours », se puso a cargar cajas de pan en una motocicleta que había dejado aparcada fuera, hasta construir una torre que desafiaba por completo la ley de la gravedad.
Al advertir mi mirada inquisitiva, madame Moreau me informó de que Manu se encargaba del reparto del pan a los hoteles y restaurantes de la población.
A pesar del aspecto anticuado del local, el negocio parecía estar muy bien organizado y ser lo suficientemente rentable como para mantener al menos a cuatro empleados en nómina.
Mi primera tarea consistió en llenar las estanterías del escaparate que había a un lado del mostrador con una buena cantidad de repostería que consiguió que se me hiciera la boca agua.
Empecé con los clásicos croissants y pains au chocolat , que dispuse en cestas al fondo.
A continuación coloqué dos flanes —grandes, redondos y amarillos como el sol— en el estante inferior, junto con una tarte tatin .
Destiné la balda intermedia a los productos salados —como los croque-madame y los croque-monsieur — y a la pizza cortada en cuadraditos, lo que me permitió reservar la superior para las exquisiteces más tentadoras: los éclairs rellenos de crema, las tartaletas de frutas glaseadas con sirope de albaricoque y las pequeñas madeleines en forma de vieira.
En aquel momento comprendí a la perfección ese viejo dicho que hablaba de «comer con los ojos».
A las siete en punto, madame Moreau dio la vuelta al cartel de OUVERT y abrió la puerta de la panadería.
Sorprendida, descubrí que ya había varios clientes esperando en la entrada.
Madame Moreau los recibió con una amabilidad natural que unos momentos antes habría considerado imposible.
Me armé de valor para enfrentarme a mi primer cliente, con la confianza de dominar las palabras básicas del francés para poder salir airosa.
¡Error! El primer caballero que se acercó al mostrador me pidió lo que quería a tal velocidad que lo único que entendí fue « Bonjour ». Nada más.
—Emm… Pardonnez-moi? —Fue todo lo que conseguí decir con una voz que sonó vergonzosamente patética incluso para mis oídos.
— Je prends deux croissants et une baguette, s’il vous plaît —repitió el hombre, aunque no habría sido necesario que se tomara la molestia.
De pronto me sentí dolorosamente poco preparada para enfrentarme a la velocidad a la que hablaban los clientes, así como al acento de aquella región y su jerga.
Por primera vez, y por desgracia delante de esas personas, comprendí que había cometido un error.
Un gran error. Me entraron ganas de echar a correr sin volver la vista atrás.
Madame Moreau me presentó a su cliente como « Ediit , de Inglaterra».
En otras circunstancias ese desliz habría garantizado una réplica muy patriótica por mi parte, pero en ese momento me di cuenta de que la cabeza me daba vueltas y de que lo que madame Moreau me estaba ofreciendo era el equivalente a un salvavidas.
El hombre, vestido con una gabardina y un chapeau que le otorgaban un aspecto de personaje de película de detectives, me saludó levantándose mínimamente el sombrero.
—Encantado de conocerla, Edith —dijo, pronunciando bien mi nombre.
Sus ojos eran amables e inteligentes, y yo le respondí con una sonrisa de agradecimiento.
— Monsieur Legrand est un avocat —me explicó madame Moreau.
— Avocat, avocat… —repetí, confiando en que así terminara por revelarse el significado de la palabra.
—Abogado —dijo el hombre echándome una mano.
—¡Oh, claro, esa la sabía! —exclamé como si estuviera en un concurso televisivo.
Con otro caballeroso gesto que hizo con el sombrero, el hombre se movió hacia la izquierda para ceder paso al siguiente cliente de la fila, que ya llegaba más allá de la puerta.
En lugar de ayudar, tenía la sensación de que mi presencia lo estaba ralentizando todo.
Al cabo llegamos a la conclusión de que limitarse a señalar el producto deseado era el mejor medio de comunicación hasta que mi francés mejorara, y en general la solución empezó a funcionar bastante bien.
La Boulangerie et Pâtisserie de Compiègne tuvo un flujo continuo de clientes durante toda la mañana.
Aún no me habían confiado la máquina del café, pero ya me apañaba a la perfección con la caja registradora, que, por suerte, no difería mucho de una calculadora normal y corriente.
A mediodía llegó por fin la hora de comer, momento en que se me informó de que la panadería cerraba todos los días de doce a dos.
Me pareció un poco anticuado, pero Manu me explicó que era una tradición a la que madame Moreau se aferraba con fidelidad.
De entrada me sentí un poco desanimada ante la perspectiva de tener que pasar dos horas sola en mi estrecha buhardilla, pero, bien mirado, luego reflexioné que un tentempié y una pequeña siesta me sentarían muy bien.
Casi había perdido el apetito para todo y, cuando estaba en casa, a menudo terminaba comiendo cereales tanto al mediodía como para cenar.
Fue entonces cuando caí en la cuenta de que allí ni siquiera tenía cereales.
Los armarios de la cocinita estaban prácticamente vacíos, así que me puse el abrigo y salí a la calle en busca de un supermarché .
El mediodía se había transformado en uno de esos luminosos días de primavera en los que uno casi se deslumbra cuando levanta la vista.
Hasta aquel momento la pequeña ciudad, que solo había visto durante el apresurado recorrido desde la estación la noche anterior, era para mí un escenario confuso de calles adoquinadas, persianas cerradas y poca cosa más.
Por eso, salir a la calle a plena luz del día me alegró el corazón de una manera que no imaginaba posible.
Me sentía como si me acabaran de transportar a un plato cinematográfico: todos mis clichés sobre lo que debía ser un pueblo francés estaban presentes allí.
Ahora bien, la gente del lugar no iba con boina ni con camisetas a rayas marineras y ristras de ajos colgadas al cuello, sino que se limitaba a exhibir cierto aire de arrogancia y sofisticación.
Y si bien las mujeres iban vestidas de manera informal y no enfundadas en haute couture , su estilo las diferenciaba claramente del resto de sus primas europeas.
Por otro lado, la tasa de fumadores me pareció alarmante, sobre todo entre adolescentes.
«¡Pensad en vuestra dentadura!», me habría gustado decirles a las chicas más jóvenes, pero entonces recordé vagamente mi propia juventud —esa sensación de creerse invencible— y me guardé el consejo.
Para no quedarme atrás en la carrera de la moda, me subí el cuello de mi caro abrigo de color crema para protegerme del frío y me puse en marcha.
En la calle adoquinada donde se encontraba la panadería había muchos otros establecimientos típicamente franceses.
Una crêperie tradicional, cuya fachada con estructura de madera era similar a la de la panadería, ocupaba una posición envidiable en la confluencia de tres calles.
A continuación había un tabac (un quiosco de prensa a todos los efectos), y después un salon de thé .
Observando la calle, era fácil imaginar que los franceses no tenían nada mejor que hacer que sentarse y abandonarse a sus placeres.
Sin embargo, me pareció que no éramos los únicos que hacíamos una pausa larga para comer: todo estaba cerrado.
Resultaba extraordinario ver cómo diferían nuestras culturas, porque ese tipo de diabluras habrían sido impensables en mi país.
Seguí paseando, doblando una esquina tras otra, y pasé por delante de una escena digna de postal protagonizada por un grupo de ancianos que jugaban a los boules o a la pétanque en un parque precioso que tenía por nombre Parc de Songeons.
Todo tenía un aire lánguido: los árboles que se balanceaban con la brisa, los hombres que discutían con buen humor qué bola era más grande o, probablemente, cuál había quedado más cerca del objetivo…
Crucé el río, giré a la derecha y me encontré en la parte más moderna de la ciudad, donde las brasseries estaban llenas hasta los topes de clientes sentados en las mesitas del exterior mientras disfrutaban del ambiente.
Fue como salir de repente de un túnel del tiempo y empezar a ver bancos, oficinas y tráfico, y, no sé por qué, me sentí un poco superada.
Las elegantes fachadas de piedra clara con persianas blancas rebosaban soberbia y resultaban quizá demasiado perfectas.
Encontré un supermercado Monoprix en el que me costó elegir entre la gran variedad de alimentos frescos, sobre todo queso y fruta, aunque otros productos básicos me resultaron algo más difíciles de encontrar.
Lo más parecido a un buen té que conseguí fue una marca británica para el desayuno, y la oferta de leche era tan confusa que acabé marchándome sin ella.
Emprendí el camino de vuelta a la Rue de Paris, y al llegar eché un vistazo a la curiosa puerta exterior del lado oriental del edificio, la que daba acceso al sótano, donde estaban los hornos.
La pared sobre la que descansaba el hastial estaba en una calle en pendiente, de manera que, a pesar de que la tienda quedaba al nivel de la calle y el edificio tenía tres plantas, este parecía mucho más grande visto desde el lateral, con la entrada del sótano a la vista.
La puerta estaba pintada de un color azul intenso y tenía un tirador decorativo de latón que debía de ser muy antiguo.
Parecía como si nadie hubiera utilizado jamás esa entrada, y me empecé a preguntar cómo demonios metían allí los ingredientes o sacaban el pan.
Me costaba imaginar que todo se hiciera a través de la tienda.
Miré con disimulo a un lado y otro del callejón, acerqué una mano al pomo y lo giré.
No sé por qué lo hice, ya que estaba segura de que la puerta estaría cerrada, pero, para mi sorpresa, esta cedió con facilidad.
Miré de nuevo a mi alrededor, incapaz de quitarme de encima la sensación de que alguien me observaba.
Pero entonces, cuando apenas había abierto una rendija, la puerta se cerró de golpe como si una ráfaga de viento hubiera tirado de ella desde el interior.
Posé otra vez la mano en el pomo, pero ahora la puerta estaba cerrada a cal y canto y, por mucho que lo intenté, no hubo manera de abrirla.