La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 2
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Capítulo 2

El cielo estaba completamente oscuro cuando el tren se detuvo en la estación de Compiègne.

Me noté cansada y hambrienta mientras me ponía el abrigo y me preparaba para adentrarme una vez más en lo desconocido.

Al bajar del tren, me fijé en un chico de unos quince años que estaba sentado en uno de los dos bancos que había en el andén.

Estaba concentrado en algún videojuego, y solo cuando las ruedecillas de mi maleta anunciaron mi presencia levantó la cabeza, cubierta con la capucha de su sudadera.

— Pardon, madame? —gritó.

Mi instinto me recomendó no detenerme, de modo que fingí no haberlo oído y seguí caminando.

— Pardon, êtes-vous madame Lane? —insistió el chico.

Al oír mi nombre, me paré y me volví hacia él.

—Oh, sí. Quiero decir, oui . ¿Y tú eres…?

— Je m’appelle Manu. Madame Moreau m’a envoyé vous chercher .

— Oh, bonjour —dije, pillando con esfuerzo su francés disparado a ritmo de ametralladora.

Al parecer, el muchacho se llamaba Manu y madame Moreau lo había enviado a buscarme. Entendido. El chico cogió rápidamente el asa de mi maleta y tiró de ella para salir de la estación.

—Pero, espera, yo…

Mis palabras rebotaron en el muro de indiferencia de su espalda. Pero ya estaba bien. Estaba cansada, hambrienta y harta de ser tratada como una imbécil en aquel país.

—¡Oye, chico! —dije—. Escúchame bien, ¿vale?

Llevo todo el día viajando para llegar hasta aquí y mi avión ha estado a punto de estrellarse en plena tormenta, de modo que creo que lo mínimo que podrías hacer es decirme exactamente adónde vamos en lugar de arrastrarme de cualquier manera como si yo fuera una oveja descarriada.

Me quedé tan a gusto después de decirlo, segura de no haber dejado ninguna duda acerca de la madera de la que yo estaba hecha.

El chico se volvió tranquilamente hacia mí.

— La boulangerie —se limitó a responder. Como si fuese lo más obvio del mundo, y de hecho lo era. Hizo una leve indicación con la mano para que lo siguiera y, arrastrando mi maleta recién estrenada, se puso de nuevo en marcha.

—¡Y, para que lo sepas, es mademoiselle ! —exclamé para rematar, decidida a ser yo quien tuviera la última palabra.

Por fin alcancé a mi guía encapuchado cuando llegamos a una calle adoquinada.

El pueblo, desierto, parecía estar a un millón de kilómetros de mi sueño parisino.

No obstante, el entorno poseía el distintivo encanto clásico del viejo mundo y, a pesar del frío y la oscuridad, hice lo posible para sentirme optimista con respecto a lo que me esperaba.

Una buena taza de té caliente y todo me parecerá mucho mejor, pensé para animarme.

Caminamos a orillas de un río, un paseo con bancos y árboles bien cuidados, y cruzamos varios puentes ornamentados con flores que conducían quién sabía adonde.

No podía imaginar sentirme como en casa o familiarizada con ese lugar; de hecho, me sentía como Dorothy cuando llegaba al mundo mágico de Oz y pronunciaba esa frase tan famosa: «Ya no estamos en Kansas».

Doblamos una esquina y me llevé una sorpresa al ver una calle llena de casas con estructura de madera, un escenario que parecía sacado de la Inglaterra de la época de los Tudor.

El casco antiguo era como un pueblo de cuento de hadas, e incluso empecé a albergar la esperanza de que las paredes fueran de pan de jengibre.

Nada parecía estar construido en ángulo recto, y todas las casas tenían tejados torcidos rematados con buhardillas que asomaban como sombreros puntiagudos.

— Ici —anunció secamente mi guía—. Aquí.

Vi un rótulo por encima de mi cabeza — LA BOULANGERIE ET PÂTISSERIE DE COMPIÈGNE — y, en la esquina del edificio, un pequeño cartel con el nombre de la calle: rue de parís. Cómo lamenté mi ignorancia en aquel momento.

—Es justo lo que decía en el anuncio: una panadería en la carretera a París.

— Comment? —dijo Manu arrastrando la palabra, como si el esfuerzo de hablar le robara demasiado tiempo.

—Nada, olvídalo. O… ¿cómo era? Peu importe?

Lo único que obtuve como respuesta fue algo a medio camino entre un gruñido y un resuello.

El chico sacó una llave y abrió la puerta acristalada de la panadería.

Mi excitación revivió ante la perspectiva de conocer el espacio donde se desarrollaría mi nueva «carrera profesional» en Francia.

Lo primero en lo que me fijé fue en las baldosas del suelo, que tenían un diseño exquisito en azul pavo real y dorado, con toques de un naranja muy luminoso en el centro.

El mostrador era sencillo pero funcional y, por supuesto, estaba vacío al final de la jornada.

La tienda tenía el tamaño justo para acomodar tres mesitas y las típicas sillas de bistró francés, colocadas todas ellas junto al ventanal que dominaba la calle.

Un gran espejo con marco dorado de estilo art nouveau ocupaba la totalidad de una pared, desde el suelo hasta el techo, lo que ayudaba a crear la ilusión de que el espacio era más grande.

Diversos apliques iluminaban con una luz tenue las paredes de color miel, y a medida que mis ojos se fueron acostumbrando me encontré de repente delante de una mujer robusta que llevaba una falda negra hasta la rodilla y una chaqueta de punto del mismo color que luchaba admirablemente por contener su generoso pecho.

Su cabello canoso enmarcaba un rostro de expresión agria que conservaba ecos de una bondad desaparecida mucho tiempo atrás.

Aun sin querer hacerlo, retrocedí un paso.

—Madame Lane —anunció con un tono que no correspondía a una pregunta, ni tampoco a una afirmación.

—Hum… je suis , bueno, soy mademoiselle en realidad —tartamudeé. A pesar de la baja estatura de aquella mujer, la profundidad de su mirada castaña resultaba imponente.

— Venez, je vais vous montrer votre chambre .

Chambre… Oh, sí, mi habitación. Lo dijo de tal manera que por un momento tuve la sensación de que acababa de entrar en una pensión de la época victoriana. Era como si me estuviese sumergiendo en los tiempos de Jane Eyre.

Después de decir eso, se alejó en silencio del mostrador, se dirigió hacia una puerta abierta y empezó a subir una escalera bastante empinada. Me volví para darle las gracias a Manu, pero ya se había ido.

—Bienvenida a Francia, Edith —murmuré cogiendo mi maleta.

Seguí a madame Moreau escaleras arriba, haciendo malabarismos para intentar de manera infructuosa que la maleta no golpeara la estrecha pared, hasta que al final decidí cargarla sobre la cabeza.

La escalera dio un peligroso giro de noventa grados, y entonces me encontré de súbito en lo que supuse que sería mi pequeño apartamento tipo estudio.

El término «buhardilla» habría sido demasiado generoso para describir lo que iba a ser mi nuevo hogar.

En el lado oriental de la estancia rectangular, el más próximo a la entrada, había un sofá cama acomodado estrechamente delante de una estufa sin encender, y a mi derecha había un pequeño rincón de cocina que consistía en un hornillo eléctrico, un fregadero y una estantería diminuta.

En el otro lado del espacio había un armario de madera de roble que parecía gigantesco y ocupaba mucho más sitio de lo que habría resultado práctico, así como un biombo detrás del cual supuse que estaría el baño.

— Voilà —anunció madame Moreau, como si estuviese maravillada con su alojamiento.

Yo me había quedado literalmente sin habla, pero creo que la mujer interpretó mi mutismo como una silenciosa muestra de alegría. Con un brusco « bonne nuit » y la orden de estar en pie a las siete, se marchó y me dejó sola en mi casa de muñecas.

Dejé caer la maleta sobre la cama, y a continuación me dejé caer yo también.

Me quedé allí durante un buen rato, inmóvil.

El viento silbaba entre las rendijas del alero mientras yo permanecía alerta ante cualquier sonido desconocido: el gorgoteo de las viejas tuberías, un gato que maullaba en la calle…

Cuando miré a través del cristal del ventanuco cuadrado, vislumbré una luna que parecía una uña colgada del cielo.

Mi teléfono anunció la llegada de un mensaje de texto, un sonido que me sacó del pequeño coma en el que estaba sumida.

Mi padre, claro, para ver si había llegado a Francia de una pieza.

Respondí diciéndole que había llegado sana y salva y que me estaba instalando en mi encantador nuevo hogar.

Por alguna razón, aquella mentirijilla me dio fuerzas para ponerme en pie, deshacer la maleta y empezar a hacer mío aquel rincón.

Estaba acostumbrada a sacar el máximo partido a los espacios reducidos, y, a pesar de que siempre había esperado que ese viaje me llevara a cosas más grandes y mejores, me convencí de que las grandes cosas comienzan siempre con principios pequeños.

Aquella noche dormí de forma intermitente y me desperté varias veces al oír ruidos extraños en el edificio.

Los achaqué al crujido de las vigas viejas, y cuando volví a conciliar el sueño tuve pesadillas raras, muy reales e inquietantes.

Mi madre estaba allí, como siempre, y estábamos a bordo de un barco intentando llegar a alguna parte.

En un momento dado la perdía, y me pasaba el resto del sueño buscándola frenéticamente por todas las cubiertas.

De pronto me desperté al oír un sollozo, y no fue hasta que pasó un rato cuando me di cuenta de que aquel sonido ahogado salía de mi propia garganta.

La alarma del teléfono sonó poco después para anunciar el amanecer de mi primer día en la panadería de la Rue de Paris.

Eran las seis de la mañana y el aroma a pan caliente ya ascendía por la escalera.

La noche anterior no se me había ocurrido preguntar quién era el panadero, ni dónde trabajaba.

Pero era mi primer día, pensé. Pronto descubriría los entresijos de aquel lugar.

La buhardilla —o el atelier , como decidí llamarla para darle un carácter más romántico— parecía un congelador.

Tenía la nariz como si hubiera pasado la noche en el Polo Norte, y también los dedos; de hecho, todas mis extremidades corrían un grave peligro de congelación.

Era evidente que el aislamiento era un concepto desconocido por esos lares, de modo que me dispuse a encender la pequeña estufa con el haz de leña que vi en una cesta a su lado.

Quince minutos más tarde, después de llenar la estancia con nubes de humo que me hicieron lagrimear, acepté mi derrota y encendí el hornillo eléctrico para calentar tanto la cafetera como la habitación.

Bailé a buen ritmo sobre el gélido suelo de madera mientras me ponía unas medias de lana y un vestido de cuadros escoceses rojos.

Muchos dirían —mi padre entre ellos— que marzo no era el momento ideal para iniciar una nueva vida en el extranjero y, después de que un escalofrío me recorriera la espalda, tuve que reconocer que quizá tuvieran razón.

Pero madame Moreau se había mostrado insistente en que necesitaba una encargada que se incorporara de inmediato, lo que de pronto me llevó a preguntarme qué habría pasado con la persona que anteriormente había ocupado aquel puesto.