La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Tenía pensado terminar cada frase con una pregunta, algo así como «¿Me entiende?». Porque, a pesar de que me había pasado las últimas semanas peleándome con aplicaciones de idiomas y viendo una y otra vez Amélie , mi nivel de francés resultaba dolorosamente bajo en aquellas circunstancias.

— Que voulez-vous?

—Sí, bueno, je suis aquí, en París, y… usted no.

Silencio.

— Je cherche la boulangerie…? —Mi voz titubeó.

— Ah, vous êtes la fille qui va travailler dans la boulangerie, c’est ça?

— Oui , sí, la chica que ha contratado para trabajar en la panadería. ¡Soy Edith, de Irlanda… irlandaise !

Suspiré con alivio al ver que reconocía mi nombre. No me había vuelto loca. El puesto de trabajo era real.

— Vous devez aller à la Gare du Nord, et vous prenez le train à Compiègne, d’accord? À plus tard alors .

—Sí, no, eso ya lo sé, es solo que…

La llamada se cortó.

—¿Hola? Allô, madame Moreau? —Resoplé con indignación—. Vale, muy bien. No me queda otro remedio que buscarlo en Google, ¿no?

Estupendo, ya empezaba a hablar sola. Los resultados de la búsqueda de la panadería apuntaban a una callejuela sin nombre.

—Esto no puede estar bien —dije forzando la vista.

Por si no tuviera bastante, quizá necesitara gafas. Otra señal indeseada de que los años iban pasando, lo quisiera o no. Guardé el teléfono en el bolso y utilicé mi rabia a modo de combustible para salir del cubículo y empezar a hacer algo.

Cuando me miré en el espejo, el reflejo me devolvió una imagen lamentable.

El moño alto que con tanto esmero me había recogido por la mañana estaba totalmente despeinado, mi elegante abrigo de color crema no podía estar más arrugado y el delineador Mac que había comprado en el aeropuerto se había corrido y me había dejado los ojos como un oso panda.

La barbilla me empezó a temblar al ver mi aspecto desaliñado y todos mis sueños rotos.

—¡Contrólate! —grité—. Eres una mujer adulta.

Me di un cachete en la mejilla. Mala idea: ahora me sentía triste y acosada.

—Vale, intentemos un enfoque distinto. Nadie dijo que esto fuera a ser fácil —me aseguré a mí misma, como si estuviera grabando un audiolibro de autoayuda—.

Toda heroína debe afrontar sus obstáculos, y esto no es más que eso: un obstáculo.

—Hablar en un tono positivo empezó a tranquilizarme.

Saqué un pañuelo, dispuesta a reconstruir mi fachada de confianza con un poco de maquillaje—.

Así que es evidente que no voy a vivir una vida glamurosa en París —murmuré—, y eso de Compiègne parece que no queda tan lejos.

Y vete tú a saber, quizá resulta que es la zona más pintoresca de Francia.

Ese era el espíritu. Además, ¿cómo iba a quedar yo si renunciaba a mi gran aventura antes incluso de que comenzara?

Justo en aquel momento, una mujer salió de otro cubículo y me miró con recelo.

—¡Oh, no pasa nada, es que a veces hablo sola! —dije en tono jocoso, y por toda respuesta ante mis problemas no recibí otra cosa que una mirada de gelidez.

Estaba teniendo un éxito abrumador con los franceses. De eso no había duda.

— Alors , los trenes salen cada quince minutos y el billete cuesta doce euros con cincuenta —dijo la mujer de la taquilla, que a todas luces se compadeció de mí y enseguida pasó a hablarme en inglés—. Le deseo un buen viaje, madame.

— Mademoiselle —dije, e intenté concentrarme en el mapa que acababa de darme, lleno de extraños nombres de calles y números de carreteras.

Subí a un tren de la línea París-Saint-Quentin para llegar a Compiègne.

Encontré un asiento junto a la ventanilla, aunque para entonces el cielo ya se empezaba a oscurecer.

Cuando el tren emergió de la estación, las luces de la ciudad parpadearon para ofrecerme su luminosa despedida.

Vi monumentos bañados en oro, fuentes que proyectaban agua con generosidad y banderas rojas, blancas y azules que ondeaban con orgullo en todos los edificios.

Dejé atrás París. Descansé la cabeza contra el cristal e intenté encontrar una pizca de positividad en todo lo que me estaba pasando.

Pensé en las películas antiguas que veía con mi madre.

La trama nunca transcurría sin contratiempos y la gente buena no siempre conseguía lo que se merecía, o no lo conseguía hasta el final.

Necesitaba creer que, a pesar de los baches que me pudiera encontrar en el camino, el viaje merecería la pena.

Quizá no se trataba de hacer realidad los sueños (aunque eso estaría muy bien): quizá se trataba de convertirme en el tipo de persona que persigue sus sueños pase lo que pase.

Bueno, de todos modos, eso era algo que no tardaría en descubrir.

Saqué el teléfono del bolso y llamé al número que reservaba para las ocasiones muy especiales, cuando mi corazón necesitaba de verdad un abrazo. La llamada saltó directamente al buzón de voz, y entonces pude oír la voz de mi madre cantando:

Sonríe aunque te duela el corazón,

sonríe aunque sientas que se te rompe.

Cuando haya nubes en el cielo, saldrás adelante

si sonríes a pesar de las lágrimas y el dolor.

Sonríe, y quizá mañana

veas que el sol brilla para ti…