Capítulo 1 #2
La luz de un relámpago iluminó el interior del avión en su totalidad, un foco cegador que silenció a todo el mundo por un momento e hizo que aumentara la potencia del llanto de los niños.
Mierda, pensé, esto te pasa por ser mala con el sacerdote.
Mantuve los ojos cerrados y, no sé por qué razón, apreté el bolso contra mi pecho, como si necesitara tenerlo a mano cuando el avión se estrellara.
—Ayúdame, mamá —dije en voz baja—. Ayúdame.
Al cabo de un rato, la voz del piloto restalló por los altavoces para garantizar a los pasajeros que todo iba bien y comunicar que en breve se iniciaría el descenso hacia el aeropuerto Charles de Gaulle.
Aún podía ver el encantador rostro de aquella mujer, Julie, la propietaria de la boulangerie ubicada en la Rue de Compiègne.
Reconocí la fachada de inmediato; había pasado tiempo más que suficiente babeando delante de las fotografías de sus publicaciones en Instagram.
Crucé la calle y oí música en el ambiente.
Un trío tocaba la misma banda sonora de jazz francés clásico que yo tenía guardada en innumerables listas de reproducción.
Uno de ellos estaba sentado en el suelo tocando un acordeón, otro rasgueaba una guitarra, y un hombre alto y delgado tocado con una boina punteaba un contrabajo.
¡Había llegado! Sin embargo, al cabo de una conversación titubeante en una mezcla de inglés y francés mi estúpido error se hizo patente.
— Désolée, mais je crois que vous vous trompez —dijo Julie mientras depositaba varias tazas en una bandeja para que la camarera las sirviese en una mesa de cuatro personas.
Tromper . Conocía esa palabra… Se tromper : equivocarse. Saqué el teléfono del bolso y busqué el anuncio al que había respondido. Julie se bajó las gafas que llevaba en lo alto de la cabeza y estudió la pantalla.
— Ah, voici la boulangerie sur la Rue de Compiègne. Vous cherchez la boulangerie sur la Rue de Paris. À Compiègne .
Mis emociones se transformaron en un torbellino de vergüenza y pánico.
Noté que incluso las nalgas se me ponían rojas.
A pesar de mi mal francés, entendí a la perfección lo que me quería decir: que estaba en la panadería equivocada.
Y lo peor era que me había quedado paralizada.
Julie estaba esperando a que me fuera, dado que no tenía nada más que hacer allí, pero me resultaba imposible moverme.
Simplemente, me había quedado sin fuerzas. ¿Y dónde demonios estaba Compiègne?
La camarera regresó y dejó la bandeja vacía en la barra, pero al ver mi cara debió de sentir lástima.
—Hablo un poco de inglés —dijo—. ¿Me deja ver?
Casi rompo a llorar ante tanta amabilidad. Mantén la calma, Edie, me dije. Lo último que necesitaba era montar una escena. La chica miró la pantalla y asintió. Gracias a Dios, pensé. Al menos había alguien que sabía adonde se suponía que debía ir.
—Tendrá que coger un tren hasta Compiègne. Queda a cerca de una hora al norte de París.
—Perdón, ¿acaba de decir a una hora al norte de París? No, debe de haber algún error. He venido para un puesto de trabajo en la Boulangerie et Pâtisserie de Compiègne… en París —dije, ya con menos confianza.
—Puedo enseñárselo si quiere —dijo la chica, tocando el mapa de la pantalla—. Mire, está en el departamento de Oise, en la región de Picardía, ¿lo ve? Vous voyez là? —preguntó, señalando el mapa.
— Oui, je vois —musité, a modo de respuesta, con un nudo en el estómago—. Sí.
Al final resultaba que ni viviría ni trabajaría en París. Y si eso era así, ¿en qué más me habrían engañado? La amable joven siguió dándome explicaciones e incluso me lo anotó todo, pues debía de parecerle que estaba completamente perdida. Y, además, ¿a qué se refería con eso de «departamento»?
— Alors, nous sommes juste à côté… —Me aseguró—. Estamos justo al lado de la Gare du Nord.
Al parecer, desde la estación que me decía podría coger un tren que me llevaría hasta el pueblo donde estaba la panadería en la que me habían ofrecido un puesto de trabajo.
Quizá. ¿Existiría siquiera? ¿Me habrían estafado?
Les di las gracias a las dos y seguí las indicaciones hasta la estación de tren, donde ahora me encontraba, llorando sentada en un cubículo de los baños.
—De acuerdo —dije, hablando en voz alta para mí misma.
Algo tenía que hacer. No podía pasarme la noche allí encerrada.
Me moría de ganas de llamar a casa, pero no podía decirle a mi padre que tenía razón, que todo aquello no había sido más que un plan absurdo para reinventarme (que era, en realidad, lo que había sido).
Mi dedo se posó justo encima del número de mi amiga Gemma.
Habíamos empezado a trabajar juntas en la cafetería el mismo día y había acabado convirtiéndose en lo más parecido a una amiga íntima que tenía.
Pero ni siquiera Gemma me conocía de verdad.
Estaba tan acostumbrada a mostrar mi lado bueno en casa que había empezado a hacerlo también con la gente que me rodeaba.
Y entonces comprendí que a ella tampoco podía llamarla.
Se había mostrado tan entusiasmada con la idea de que con aquel cambio iba a «encontrar mi verdadero yo»…
¿Cómo iba a decepcionarla ahora contándole la verdad?
No, ni yo misma tenía idea de quién era mi verdadero yo, y ella desde luego no me podía ayudar.
No. Tenía que empezar a tomar mis propias decisiones y dejar de una vez por todas de preguntarme qué harían otros de estar en mi lugar.
Lo primero era lo primero: debía averiguar si el puesto de trabajo al que me había presentado era real.
Encontré el número de madame Moreau —mi futura jefa en la panadería— y, después de varios tonos de llamada, unos segundos durante los que mi corazón casi se paró por completo, obtuve respuesta.
— Allô ? —dijo una voz de persona mayor.
Recordé la frase que había estado ensayando.
—Eem, oui… —respondí—. Hola, eh…, bonjour , madame Moreau… Eeh, ici Edith Lane?