La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 1
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Capítulo 1

Una receta para el desastre no requiere muchos ingredientes.

Una cantidad malsana de sueños fantasiosos, mezclada con una cucharada de temeridad a la hora de interpretar los mapas.

Y si a eso le añadimos una pizca de angustia, destilada a partir del deseo desesperado de que las cosas cambien, obtenemos la receta perfecta para la que era mi situación en aquel momento: atrincherada en un cubículo de los baños de la Gare du Nord, con la única compañía de mi vergüenza y mi turbación.

No estaba segura de cuándo iba a salir de ahí, si acaso salía algún día, de modo que decidí que lo mejor que podía hacer era reproducir mentalmente todos los acontecimientos que me habían conducido hasta allí para, de ese modo, sentirme todavía peor.

La tormenta había arreciado cuando llegué al aeropuerto de Dublín. El cielo tenía un aspecto plomizo y la lluvia caía torrencial sobre la pista y los edificios, como si los propios dioses tuvieran algo decisivo que decir sobre mi decisión de marcharme.

—¿París? ¿En Francia?

—Sí, papá. Lo hemos hablado un millón de veces, y me gustaría que dejaras de decir eso. Ni que me marchara a Mongolia.

Verifiqué mi pasaporte por enésima vez en cuanto el viejo y fiable Ford se detuvo delante de la puerta con el rótulo de SALIDAS .

—No te lo tomes a mal, Edie, es solo que… —dudó, se rascó la barba matutina y fijó la mirada en cualquier cosa excepto en mí—. ¿De verdad estás segura? Marcharte a Francia por capricho me parece un poco drástico. ¿Por qué no te planteas…, no sé, tener un gato?

Estupendo. Lo único peor que sufrir una crisis de identidad era que tu padre te confirmara que la tenías. Saqué el teléfono del bolso y verifiqué que el vuelo seguía en hora.

—Tengo que irme. Escúchame bien: estaré estupendamente, y tú también lo estarás.

—Debería ser yo quien te dijera eso a ti —dijo mi padre con cierta timidez.

No era la primera vez que nuestros roles se invertían.

Me había familiarizado con el mundo de las emociones de los adultos mucho antes de lo que me correspondía, y por eso ahora necesitaba hacer algo drástico.

Debía emprender mi propio camino y averiguar quién podía llegar a ser sin que el peso del pasado me asfixiara.

Cuando respondí al anuncio en internet me había sentido muy segura.

Lo había visto una noche, después de un par de copas de vino, mientras me entregaba a mi fantasía habitual de irme a vivir al extranjero.

Estaba mirando la página web que publicaba empleos para angloparlantes en Francia y, tras acotar la búsqueda a «París», de pronto apareció ante mis ojos:

Se busca encargado o encargada para panadería pequeña y pintoresca en la Rue de Paris. Alojamiento incluido. Se requiere inglés.

Me incorporé en la cama y miré la pantalla con atención.

Era un tipo de trabajo que sería capaz de desempeñar.

Sabía que, a pesar de la barrera del idioma, podría hacerlo bien.

De repente, mi imaginación se llenó de imágenes de una boulangerie chic y sofisticada en uno de los quartiers más elegantes de París.

Un establecimiento moderno, pero con un toque vintage .

Lo cierto es que me sorprendió la velocidad con la que conseguí el empleo, incluso sin una entrevista formal.

No me podía creer la suerte que había tenido.

Unas pocas preguntas rápidas por teléfono, básicamente para garantizar que hablaba bien inglés y verificar mi experiencia en el sector servicios, y eso fue todo.

Hasta aquel momento, mi carrera profesional había sido una especie de callejón sin salida.

Nunca había llegado a definir muy bien a qué me quería dedicar, así que había acabado trabajando como camarera en una cafetería.

Se suponía que iba a ser algo temporal, una vía de escape a las presiones que había en casa y una manera fácil de ganar algo de dinero mientras me aclaraba las ideas.

Sin embargo, con el paso del tiempo mi futuro se había vuelto cada vez más incierto y mi trabajo se había convertido en el único factor de estabilidad al que podía agarrarme.

A mis treinta años, no me veía haciendo otra cosa. Hasta que París llamó a mi puerta.

Ya en la terminal, me esforcé por distraerme de la incómoda despedida de mi padre intentando elegir entre un colorete Mac y un eyeliner líquido.

En condiciones normales no me habría dado ese capricho, pero a fin de cuentas me iba a París.

Tenía que elevar mi nivel. Pero justo en aquel momento una voz femenina cantarina y entrecortada anunció: «Última llamada para la señorita Edith Lane, pasajera del vuelo EI754 con destino a París.

Por favor, diríjase de inmediato a la puerta número nueve.

El embarque cerrará en pocos minutos. Gracias».

Me decidí por ambos productos y prácticamente le lancé el dinero a la dependienta antes de echar a correr hacia la puerta de embarque.

Estaba a punto de iniciar mi gran aventura y tenía la intención de aprovecharla al máximo.

Durante años me había dedicado a ver películas antiguas con mi madre y me había hartado de suspirar de envidia admirando a aquellas actrices elegantes —Grace Kelly, Audrey Hepburn…

— que encarnaban a la mujer intrépida y segura de sí misma que yo anhelaba ser.

Pensar en los ratos que pasábamos juntas tumbadas en el sofá, escuchando los viejos discos de jazz de mi madre, soñando con el día en que encontraría el valor suficiente como para protagonizar mi propia película, me trajo recuerdos agridulces.

Porque cuando llegó el momento de volar del nido, ella necesitó que me quedara.

No es que me lo pidiera, pero cuidarla era para mí algo tan natural como respirar.

Fue entonces cuando aquellas películas, Alta sociedad, Desayuno con diamantes , se convirtieron en nuestra vía de escape.

Y más recientemente, mis propias incorporaciones, como Amélie y Moulin Rouge , sirvieron para crear un mundo de fantasía atemporal donde podíamos fingir que la realidad no existía.

Desde que tenía memoria había estado obsesionada con la ciudad del amor.

Mis padres pasaron su luna de miel en París y la recordaban como si fuera el lugar más mágico del mundo.

Cuando necesitábamos animarnos, mi madre sacaba su álbum de fotos y me hablaba de todos los lugares maravillosos que habían visitado.

En el colegio elegí el francés como idioma extranjero, y nunca me cansaba de decir que cuando fuera mayor viviría en París.

Mi padre, que era pastelero, me había prometido que algún día visitaríamos la ciudad en familia.

Pero hay promesas que, por mucho que lo intentes, no se pueden cumplir.

Mientras la lluvia azotaba sin descanso la ventanilla ovalada del avión, me fijé en un hombre alto y de pelo blanco que avanzaba por el pasillo en busca de su asiento.

Algo en sus penetrantes ojos azules me llamó la atención.

Intenté recomponer mis facciones para obtener una expresión despreocupada pero a la vez solícita y, para mi enorme sorpresa, el hombre me sonrió y se instaló con agilidad en el asiento contiguo al mío.

Ya está, pensé. Un primer encuentro romántico, y eso que ni siquiera hemos despegado.

El hombre se quitó el abrigo, y al hacerlo dejó al descubierto un característico alzacuello y una cruz prendida sobre la pechera de la camisa.

—¿Le importa si me siento aquí? —preguntó con educación.

—No, no, en absoluto, padre.

Suspiré, casi sin aliento, por la decepción que me acababa de llevar.

Aunque, por otro lado, se me ocurrió que al menos Dios velaría por nuestro vuelo con un cuidado especial.

Y buena falta nos hacía porque, cuando emprendimos el laborioso ascenso hacia el cielo enfurecido, tanto mis compañeros de viaje como yo rezamos en silencio y sin pausa para que nuestra lata voladora sorteara con éxito el traqueteo provocado por las turbulencias.

Los bebés lloraban, los niños gimoteaban y yo me mordía las uñas con ansiedad mientras me preguntaba por qué razón el universo había elegido precisamente ese día para desencadenar una tormenta como esa.

—¿Se encuentra bien? —me preguntó el elegante sacerdote sentado a mi lado, despertándome del estupor que me había generado el miedo.

—Oh, ¿yo? Sí, por supuesto, estoy muy bien —le aseguré, decididamente encantada de tener un clérigo a mi lado.

—No hay de qué preocuparse —continuó, cerrando la novela negra de Ken Bruen que estaba leyendo—. He leído el final de esta historia, y llegamos sanos y salvos.

Esta afirmación, acompañada de un guiño travieso, me hizo reír y consiguió que me relajara un poco.

—¿Qué es lo que la lleva a París? —preguntó.

—Voy a empezar un nuevo trabajo: encargada de una pequeña panadería.

—Caramba, qué interesante. ¿Y no le parece asombroso que no fueran capaces de encontrar a nadie en todo París para desempeñar esa tarea? —dijo maravillado mientras sacudía la cabeza.

Me pareció de lo más curioso no haberme planteado esa posibilidad en ningún momento, y me fastidió muchísimo que hubiera sido mi compañero de viaje quien se diera cuenta de un desliz tan evidente.

Sonreí con educación y asentí, pero por dentro noté que sobre mi nueva vida se empezaba a acumular una montaña de dudas.

¿Qué sabía en realidad acerca del lugar al que iba?

¿Y por qué me habían ofrecido el puesto tan rápido, sin una entrevista formal previa?

—¿Tiene familia en París? —me preguntó el sacerdote, que aún no había dado por terminado su interrogatorio.

—No, no tengo. Estaré sola —respondí en un tono optimista, a todas luces forzado.

—¡Una mujer valiente! —observó.

Ya no tenía muy claro si aquel tipo seguía siendo de mi agrado. Cada nuevo comentario que hacía aumentaba mi inseguridad. Hice un leve gesto de asentimiento y desvié mi atención hacia la ventanilla, dando a entender que nuestra interacción había terminado.