IX. ¿Quién pudo ser? #9
—Sí, Marvin. Es que…, déjame decirte: no soy gay.
—¿Y por qué me hiciste creer que sí?
—Porque no tengo dinero. Porque me gusta la buena vida. Porque me gusta tu mundo y quería ser parte de él, y pensaba que quizá, algún día, algo de eso sería para mí. Perdóname Marvin, por favor.
—Y lo hubiera sido. Ahora, si eres tan amable, haz el favor de retirarte, ¿sí? Ah, y por favor saca tus cosas de mi casa. Espero que cuando yo regrese, ya no estén tus cosas, ni tú.
Con la cabeza baja, Thomas se marchó; para la hora de la cena, ya no se encontraba en Richcot’s Manor; sin embargo, Marvin se sentía traicionado y muy, muy lastimado.
—¿Te engañó cuñado?
—Sí, Nigel; me engañó. Puedes burlarte cuanto quieras —respondió Marvin, hastiado.
—Lo lamento, Marvin, de verdad. No te sientas mal. Por otro lado, se vio bien al decirte la verdad y al ayudar a atrapar a una asesina, ¿no? Creo que ha sido un fin de semana muy especial —dijo, abrazando a su cuñado y jalándolo hacia Maggie.
—Sebastián…—Nelly llamó a su esposo, que se encontraba sirviéndose una copa— ¿Podrías por favor dejar esa copa a un lado? Hay algo que debo decirte.
—Lo que tengas que decirme, lo puedes hacer de cualquier manera —no fue discreto como ella e hizo que todos voltearan.
—En cuanto lleguemos a Los Ángeles, quiero el divorcio —su voz fue tan tajante que provocó un silencio total en la sala.
—¡Divorcio! ¿De qué hablas? Estás como loca. ¿De qué vas a vivir? Eres una buena para nada. ¿Cuándo has trabajado en tu vida? —enseguida soltó una carcajada, esperando que fuera coreada por los demás. Nadie le respondió; sin embargo, todos empezaron a caminar hacia Nelly dejando solo a Sebastián.
—Eres un imbécil, Sebastián —dijo Marvin.
Sebastián estaba a punto de contestarle cuando Nelly intervino:
—Marvin, no gastes tus energías. Es un pobre borracho que ni siquiera sabe lo que dice. No vale la pena cansarse tratando de que entienda las cosas, es tan tonto que no para de beber, drogarse y jugarse el dinero de la casa en el póquer. ¿Qué puedes esperar?
Estas palabras le llegaron a Sebastián. Era la primera vez que Nelly le decía sus verdades y no sabía cómo reaccionar.
Entonces, un brillo en sus ojos puso alerta a Nigel y a Marvin, y justo cuando se le lanzaba hacia Nelly, lo detuvieron; Nigel le asestó un puñetazo en la quijada que lo mandó al suelo desmayado.
Comenzaron a reír, seguramente por los nervios; de cualquier modo, fue curioso que después de dos asesinatos y de haber descubierto verdades tan bien guardadas, lo único que se les ocurrió hacer fue reír.
Marvin sugirió amarrar a Sebastián, previniendo que cuando despertara quisiera arremeter contra todos; así, lo ataron a un sillón, de un modo que estuviera lo más cómodo posible; tras aquello, se sentaron a cenar, contentos y pensando en Becca.
A la mañana siguiente, Sebastián amaneció con una resaca muy diferente a las que estaba acostumbrado, y cuando quiso moverse se dio cuenta de que no podía. Empezó a gritar toda clase de improperios hasta que Nigel acudió.
—¡¿Por qué me tienen amarrado?! —gritó Sebastián.
—¿No te acuerdas lo que hiciste anoche?
—¿Yo?
—Sí, tú. Insultaste a Nelly y la quisiste golpear.
—Yo no sería capaz de eso.
—Pues, sí; lo hiciste. Justo después de que te pidió el divorcio.
—¿Me qué? —preguntó genuinamente sorprendido.
—Te pidió el divorcio. Así que te soltaré si prometes portarte como una persona civilizada y no agredir ni ofender a nadie, empezando por Nelly, ¿estás de acuerdo?
Lo soltó. Sebastián, sin atinar a decir ni hacer más, se dirigió a su habitación para bañarse. De inmediato notó que las cosas de su esposa no se encontraban ahí. Bueno, ya lo arreglaré , pensó.
Estaban desayunando cuando recibieron el aviso de que el cuerpo de lady Pickens ya se encontraba en la funeraria. Todos se vistieron para la ocasión, esperando que el funeral fuera muy breve y se dirigieron al lugar.
No podían creer lo que veían; aparentemente la sociedad entera se encontraba ahí.
Era increíble, pero en verdad, lady Pickens era muy apreciada.
Hasta el mediodía, el cortejo fúnebre pudo salir al cementerio; Maggie se encargó de tener bocadillos y bebidas suficientes para el gran número de asistentes.
A Sebastián le pidieron que no asistiera, y éste, temiendo un nuevo golpe, accedió, sin problemas, a quedarse en su habitación.
El inspector Morris llegó a presentar sus respetos a la familia, y fue recibido con agrado por Nelly, cuyo vestido negro acentuaba su delgadez y hermosura, al menos eso pensó él.
Al día siguiente, después de la comida, llegó el inspector con Becca. Todos la salieron a recibirla, incluso el amoratado y adolorido Sebastián. Un rato después, llegó el señor Doyle y todos se sentaron en la sala a escuchar el testamento.
—Bueno —dijo el inspector—, yo me retiro.
Justo cuando se puso de pie, Nelly se acercó a él y lo acompañó a la puerta. Un rubor en sus mejillas hizo sonreír a casi todos los presentes.
Volveremos a ver a la señora Nelly muy pronto , pensó el señor Doyle.