IX. ¿Quién pudo ser? #7
—Por supuesto. Yo siempre la había cuidado.
Yo siempre estaba ahí. Estuve en París cuando llamó por mí, y estuve en Nueva York cuando míster Owens.
Ella ya no quería mi ayuda con lord Skeeton, pero era necesario.
Usted lo entiende, ¿verdad? —su mirada estaba cada vez más fija en el infinito.
Por eso el inspector mantuvo su voz suave y baja.
—Por supuesto, Frederick; yo lo entiendo. Y... ¿el bebé?
—No sé por qué no quiso tenerla en Richcot's Manor. Se fue a Nueva Orleans y la abandonó allá. Pero ella sabe, ella sabe...
—Ha estado en contacto con ella, ¿no es así?
Frederick guardó silencio. Ya no salió de su boca ni una palabra más.
Se quedó sentado con la mirada perdida y un parpadeo creciente.
El inspector lo observó y de inmediato, sin perder un instante, gritó por un médico.
Cuando éste llegó, era demasiado tarde. Frederick había muerto.
¿Causa de la muerte? Infarto fulminante.
O al menos eso es lo que decía su certificado, pero el inspector sabía la verdad: locura.
El inspector se quedó pensativo: ¿Cómo le informaría a Rebecca la muerte del mayordomo?
, ¿cómo lo tomarían los demás? No, no podía avisarles aún.
Pondría en riesgo la investigación. Por otro lado, según lo que dijo, lady Pickens “le pidió que eliminara a sus esposos”.
No sé si eso es cierto, o es solo mi interpretación.
¡Imagínalo, eso sí sería una bomba! Aunque pensándolo bien, yo creo que, dadas las circunstancias, lo obviaré.
No hay una confesión clara ni una prueba definitiva, así que no gano nada con ensuciar la memoria de lady Pickens.
Estaba analizando todo cuando su sargento llegó con el reporte. Lo leyó con sumo cuidado y, de repente, notó algo que el sargento no le había comentado.
—¿Por qué no me dijo que mientras usted estuvo en la mansión, la señorita Rebecca recibió una llamada del despacho del señor Doyle?
—Porque no había nadie cerca, estábamos solos la señorita y yo. Ella personalmente tomó la llamada.
El inspector siguió leyendo y continuó su interrogatorio:
—¿Está absolutamente seguro de que la hora que anotó aquí es en que le llevarán el documento relativo al testamento de lady Pickens?
—Absolutamente, inspector. De hecho, yo creo que ya debe estar por llegar.
—¡Vamos! De inmediato. No hay tiempo que perder.
Y salió corriendo, prácticamente jalando al sargento. Subieron al auto y con la sirena encendida, atravesaron las calles de la ciudad a toda velocidad. El sargento no se atrevió a romper el silencio; el inspector, se encontraba repasando la información que ahora poseía.
En el trayecto solicitó a la central que se comunicaran con el señor Doyle. Le informaron que no se encontraba y le aseguraron que no tardaría; él se comunicaría de inmediato.
Justo cuando llegaron a la propiedad, enlazaron la llamada del señor Doyle con el inspector; a la par que escuchaba al señor Doyle por la radio, el inspector le daba instrucciones al sargento para localizar tanto a la señorita Rebecca como a Lucy.
—Gracias, señor Doyle —fue lo único que le dijo.
Al entrar a la mansión, vio que casi todos estaban reunidos en la sala, platicando amenamente. Todos, excepto Becca, Lucy y Thomas. En cuanto lo vieron, los presentes se abalanzaron a hacerle preguntas, mientras que él solamente atinaba a preguntar por Becca.
—Becca, ¿sabe usted dónde está? —le preguntó a cada uno; la respuesta fue siempre la misma.
—No la he visto desde hace mucho rato, inspector.
—¿Y Lucy?
—Mmm... a ella tampoco.
Todos coincidían y eso era muy preocupante. Siguiendo su instinto, le indicó al sargento que pidiera refuerzos y una ambulancia.
El sargento se dirigió al primer piso para revisar habitación por habitación.
Mientras tanto, el inspector salió a los jardines.
Ahí vio una silueta pasar corriendo por detrás de unos setos.
Con el corazón detenido salió corriendo hacia ese lugar, temiendo lo que encontró: el cuerpo de Rebecca.
No percibió pulso ni respiración. Alcanzó a escuchar, muy levemente, el sonido de una sirena así que, sin perder el tiempo, levantó el cuerpo de Becca y, lo más rápido que pudo, lo llevó hasta la puerta; llegó con ella en brazos justo en el momento en que la ambulancia hacía su arribo.
En cuestión de minutos la ambulancia emprendió camino hacia el hospital. El inspector fue de regreso al interior de la casa.
Todos estaban estupefactos. No alcanzaban a entender lo que acababa de suceder. Justo en ese momento, apareció Lucy, con su rojizo cabello mojado y sin peinar; bajó corriendo y con una expresión de sorpresa.
El sargento se acercó al inspector y le dijo algo al oído, ante lo cual el inspector asintió.
—Perdone la pregunta, Lucy, pero ¿no es una hora extraña para bañarse?
—Ay, inspector, es que estaba con Becca en el jardín y una paloma ensució mi pelo, por eso tuve que venir a lavarlo.
—Perdone, pero ¿qué no era usted morena?
—¡Ay, inspector, frivolidades femeninas!
—Si usted lo dice. Y, ¿dónde está la señorita Becca? ¿Acaso se quedó afuera?
—Sí, me dijo que allá me esperaba, pero al salir de la ducha escuché muchas voces, gente corriendo y finalmente una sirena. ¿Qué sucede?
—¡Becca está muerta! —respondió Maggie.
—¿¡Qué!? ¿Becca? ¡No! Eso no es posible. ¿Dónde está?, ¡dígame dónde se encuentra! —dijo Lucy gritando y corriendo como una loca.
—Se la llevaron en una ambulancia —contestó Marvin—. Pero dice el inspector que no tenía pulso. ¿Cómo pudo haber sido? De seguro se cayó y se golpeó con algo. No lo sé. Esto es horrible.
Daba lástima ver al pobre Marvin; estaba a punto del llanto.
El teléfono sonó y Maggie regresó para avisarle al inspector que la llamada era para él. Todos guardaron silencio tratando de escuchar lo que hablaba.
—Sí, doctor. Ah. Bien. Entiendo. ¿Seguro? Ah, ok, no hay duda, entonces. Gracias.
—¿Y bien? —preguntó Nigel.
—Lo siento mucho —dijo dirigiéndose a Lucy—. Ha muerto.
Un silencio total reinó en la casa al tiempo que todos se dirigieron a la sala. El inspector se acercó a la mesa de bebidas y empezó a servir para todos. Aceptaron la copa y empezaron a beber, como autómatas. Nadie habló, hasta que el inspector rompió el silencio:
—Señorita, Lucy. ¿Dónde estaba usted hace unos quince minutos?
—En la regadera, inspector. Mire mi pelo, sigue mojado y aún no lo peino.
—Es cierto, señorita; lo de su pelo, quiero decir. Pero usted no se encontraba en la regadera. De hecho, usted no se encontraba dentro de la casa, Lucy. Estaba afuera, en los jardines.
—Ya le dije que ahí estábamos Becca y yo, pero me metí a bañar.
—El sargento subió a las habitaciones y no había nadie en ellas.
—¿El sargento entró al baño? No creo, ¿verdad?
—Yo vi una figura corriendo en dirección a la casa justo antes de encontrar a Rebecca. Y podría jurar que era usted.
—Podría, pero no lo hará. No tiene usted ninguna prueba, inspector.
—Se equivoca, Lucy. Les tengo una noticia más: Frederick ha muerto —dijo esto sin miramientos ni preparación, y sin dejar de mirar la reacción de Lucy—. Sí, Lucy; Frederick ha muerto, pero no sin antes decirnos todo.
—¿Todo? ¿De qué habla?
—Pensando que con eso la libraba de sospecha, nos dijo que había visto una figura menuda, en falda o vestido y con cabello suelto, salir de la habitación de lady Pickens, justo antes de que la encontrara muerta.
—¿Y eso qué le dice, inspector? —preguntó Lucy, tranquila.
—Que fue usted a quien él vio.
—¿Y cómo lo puede asegurar? Solo fue una sombra y aquí habemos al menos cuatro mujeres.
—Es cierto, Lucy, pero hay elementos que la distinguen.
Usted siempre había traído su cabello recogido, menos ese día, en que se lo soltó debido a los comentarios galantes de Thomas.
Becca, en cambio, lo llevó recogido en un chongo bajo, justo como el de su prima Maggie.
¿Usted la peinó? —preguntó, dirigiéndose hacia la aludida.
—Sí, inspector —contestó Maggie.
—Eso no indica nada, pudo haber sido cualquiera —refutó Lucy.
—No es así, Lucy. La señora Maggie nunca se lo suelta. Verá usted, el día de la cena, la señora se acercó con una consulta al doctor y antes de que Frederick les dijera que algo pasaba con su ama, el médico la diagnosticó. ¿Qué es lo que padece, doctor? —preguntó inquieto.
—Psoriasis —reveló el doctor—. La señora Maggie tiene una importante pérdida de cabello provocada por una severa psoriasis nerviosa. De hecho, ¿puedo decirlo, señora?
—No hace falta, doctor. Yo misma lo diré. Este no es mi pelo: necesito usar una peluca —Maggie dijo esto haciendo un ademán para quitársela, pero el inspector la detuvo.
—No hace falta, señora. Ha sido usted demasiado gentil. Mis disculpas.
Por primera vez, Nigel tuvo una actitud de aprecio hacia su esposa. La tomó de los hombros y la atrajo hacia sí, dándole un tierno beso en la frente.
—Así que como ve, Lucy, solamente pudo haber sido usted —continuó hablando el inspector.
—Ah, inspector. ¿Y el motivo? No hay ninguno para que yo quisiera «ayudar», como usted mismo lo dijo, a lady Pickens a reunirse con sus exmaridos —comentó Lucy con un rostro triunfal y divertido.
—¡Claro que lo hay! Frederick nos lo dio.
Usted sí conoció a sus padres biológicos: Frederick y lady Pickens.
Él siempre estuvo en su vida, por eso fue a Nueva Orleans, donde usted nació, y donde la encargaron con un matrimonio que conocieron en Nueva York.
Su padre se mantuvo pendiente de usted y lady Pickens de todos sus gastos, por extravagantes y absurdos que fueran.
Sí, Lucy, hace mucho que usted sabía la verdad —el inspector se dio un respiro mientras veía cómo el rostro de Lucy se iba desencajando y luego continuó—.
Usted misma me dio los parámetros necesarios para cometer un crimen, ¿recuerda?