IX. ¿Quién pudo ser? #6
—Buenas, inspector. Pues tenía usted razón.
Lady Pickens fue envenenada. Encontramos ligeros rastros de ricina en su cuerpo, pero nada en ningún lugar de su habitación.
Incluso tomamos muestras de los bocadillos que ingirió, como usted lo solicitó, pero nada.
En resumen, inspector, murió por envenenamiento de ricina, pero no tenemos ninguna prueba de que el veneno le fuera suministrado.
—¿Está absolutamente seguro, doctor?
—Desafortunadamente, sí, inspector. Corrimos doble prueba a cuanta muestra tuvimos acceso, pero le puedo asegurar que nada en la habitación de la señora contenía un solo rastro de ricina, ni los aderezos ni los bocadillos.
Aquí tiene el resultado por escrito; por lo que a mí respecta, ella misma pudo haberlo tomado —dijo el doctor tendiéndole el documento.
El inspector lo tomó con un rostro desencajado.
Siempre había estado en lo correcto, pero ahora resultaba que no podía acusar a nadie.
¿Suicidio? Imposible. Nada en su habitación contenía rastros de ricina y dudo mucho que bajo los efectos del veneno lady Pickens limpiara su taza o se deshiciera de ella , resolvió para sus adentros.
Murmurando por lo bajo se dirigió a su oficina, y en cuanto entró, su ayudante le salió al paso.
—¿Y bien? ¿Alguna noticia, sargento? —preguntó de bastante mal humor.
—Sí, jefe —dijo y le tendió un archivo y una taza de café.
—Gracias —respondió sin pensar, y se metió en su oficina a revisar el abultado fajo de documentos que le acababan de entregar.
Justo al sentarse, sacó una hoja y copiando algunas notas de su libreta, llamó a su ayudante para que hiciera las pesquisas necesarias.
Leyó y releyó el archivo, y cuando iba por la cuarta lectura, llegó su ayudante con la información que había solicitado. Le indicó que se sentara y que lo esperara a que terminara. Al hacerlo, le pidió que le dijera el resultado de lo averiguado. Esa era la parte que más le gustaba.
—Bien, sargento; a trabajar —dijo finalmente.
Empezó a anotar en su pizarrón el nombre de cada uno de los involucrados; luego, anotó las debilidades y características de cada uno, los datos que el sargento obtuvo, y los movimientos que cada uno dijo que hizo. Al final comparó la información que cada uno le dio con los comentarios de los demás.
—Muchas mentiras y verdades a medias, sargento. ¿Creen que uno nunca sabrá la verdad? Siempre hay pistas, si se sabe buscar. Necesitamos interrogar al mayordomo. Tome un par de oficiales con usted y tráigalo de inmediato.
—Sí, señor.
En menos de una hora, el asustado Frederick se encontraba en un frío cuarto de interrogación. Caminaba de un lado al otro, frotándose las manos y sacando su pañuelo de vez en cuando para limpiarse el sudor de la frente.
Cuando el sargento le avisó al inspector en jefe que Frederick se encontraba listo, le dijo también:
—Me temo que quizá cometí una indiscreción, señor.
—¿Cómo? ¿Dijo algo que no debía?
—Cuando pregunté por Frederick y le informé que tendría que acompañarme, el señor Nigel me preguntó que con qué autoridad o por qué motivo, y le dije, sin pensar, que para interrogarlo sobre el asesinato de lady Pickens.
—¿Está seguro que dijo asesinato y no muerte?
—Temo que sí, inspector. Aseguré que había sido un asesinato.
—Siendo así, sargento, me temo que sí cometió una indiscreción, pero ya no hay nada que hacer. Tómese un momento y escriba con detalles las reacciones de quienes lo escucharon, incluso las de Frederick. Ya sabe, a mi estilo.
El pobre sargento pagaría cara su indiscreción.
Sabía perfectamente el nivel de detalle con el que el inspector quería aquel reporte, y el grado de atención que debió haber tenido; así que más le valía ejercitar su buena memoria y redactarlo antes de que olvidara algo, ya que, seguramente, eso que podría llegar al olvidar, sería de vital importancia.
Con total intranquilidad, se fue a la oficina y se sentó a escribir.
Mientras tanto, el inspector entró a la sala de interrogación uno, y, con calma, se sentó en la mesa y accionó la grabadora indicando la fecha, la hora y los nombres de los presentes.
Era la primera vez que veía al mayordomo fuera de la oscura mansión.
Hasta ese momento pudo ver su rostro blanquísimo, con manchas que en su juventud debieron ser pecas, y restos de una cabellera pelirroja y rizada.
—Bien, Frederick, ya no pudimos volver a hablar, así que le agradezco que haya venido.
—Me trajo un policía que dijo que mi ama, lady Pickens, fue asesinada. ¿Es eso cierto?
—Me temo que sí, Frederick. Fue envenenada. Y necesito que usted me diga quién pudo haberlo hecho.
—¿Cómo voy a saberlo? —dijo un, cada vez más nervioso, mayordomo—. Recuerde que salí durante un par de horas y luego estuve atendiendo a los invitados.
—Es cierto, pero usted mismo pudo haberlo hecho. Nadie, más que usted, la vio para nada.
—Eso no es correcto, inspector.
—¿Cómo? Nadie reportó haberla visto.
—Pero alguien la vio. Mire, inspector, no había dicho nada porque, en primer lugar, no pensé que fuera importante, y en segundo, porque en realidad no vi quién era, pero le aseguro que alguien salió de la habitación de mi ama un poco antes de las siete.
—A ver, a ver. Explíqueme con calma. Otra vez desde el principio.
—Después de haber encontrado a la señorita Becca, a la señorita Maggie y a la señora Nelly al pie de la escalera. ¿Recuerda que le dije que cuando regresé de las compras y le subí de comer a la señora me topé con ellas?
—Sí, Frederick; lo recuerdo. Le llevó unos bocadillos y un té, y al bajar las encontró.
—Sí, señor; pues después, me dediqué a tener todo listo para la cena.
Mientras yo hacía eso, todos se fueron a descansar, o al menos eso fue lo que dijeron; el hecho es que la casa estaba en total calma.
Empecé preparando la mesa cuando una de las mucamas llegó para ayudarme, así que la dejé ahí y fui por las botellas que acababa de comprar para llevarlas a la sala.
Justo iba saliendo de la cocina rumbo a la sala, cargando la charola con las botellas, cuando escuché el suave cerrar de una puerta en el ala oeste de la casa.
De ese lado no hay ninguna habitación de invitados, solamente está la de mi señora; alcé la mirada y vi una sombra que corría hacia el ala este.
No vi ningún rostro, pero le aseguro que era una mujer.
—¿Cómo puede usted estar tan seguro?
—A esa hora, el sol da de lleno al ventanal del pasillo, justo hacia la puerta que lleva a las habitaciones de lady Pickens.
La sombra es muy larga, pero se proyecta en el muro.
Era una figura menuda, con vestido o falda y con el cabello suelto…
, muy parecida a la señorita Rebecca —dijo esto con un ligero temblor en su voz.
Si eso es verdad, solamente pueden ser Lucy o Becca. Y poner en mi mente a Becca… Mmm... muy obvio. Pero aun así, posible , pensó el inspector.
—¿Cuánto tiempo tiene sirviendo en Richcot's Manor?
—Llegué poco tiempo después de que el coronel decidiera ocupar la propiedad, justamente para la boda de su hijo, en 1876.
—¿Y qué edad tenía usted?
—Debo de haber tenido unos 25.
—Continúe, por favor.
—Pasado un poco más de un año después de la boda, el coronel murió, dejando a su hijo el título, la propiedad y los negocios, y otorgándole a mi ama, el título de lady Pickens.
»En 1880, mi ama quedó viuda. Mi señora estuvo muy triste y guardó luto todo un año.
Después de eso quiso viajar y fue a París, donde conoció a monsieur Henry de Chavanel.
Durante un breve tiempo, él la cortejó; luego se casaron y se fueron a vivir a París.
Ella dejó la casa a mi cuidado y solo iba de vez en cuando, pero ella sola.
Unos pocos años más tarde, monsieur de Chavanel murió y la señora regresó a su casa, con nosotros, pero de nuevo quiso viajar.
Esta vez se embarcó hacia América; llegó a Nueva York, donde conoció a míster Owens.
De nuevo, lo mismo: vivió allá y solamente venía por breves periodos, y siempre sola.
La historia se repetía: míster Owens también murió y, una vez más, la señora regresó a su casa.
La pobrecilla se encontraba muy sola y triste.
Nada de lo que hiciera la sacaba de su tristeza —Frederick se quedó con las palabras flotando en el espacio.
El inspector solo lo observaba. Después de un momento, Frederick retomó su relato—.
Tiempo después, hizo un último viaje a Estados Unidos; me pidió que la acompañara.
Un par de meses más tarde me indicó que esperara su regreso en Richcot's Manor, el cual sucedió unos cuatro meses después, sola...
»Pasaron algunos años así, hasta que quiso invitar a sus hermanas a vivir con nosotros, y quería que trajeran a sus hijos.
Luego, unos años más tarde, aceptó la propuesta de matrimonio de lord Skeeton, quien la había empezado a cortejar tras su regreso de América.
Yo le decía que no lo aceptara, pero ella insistía con que se sentía sola.
¡Sola! Yo siempre estaba ahí. Además, él era un hombre mucho mayor que ella.
El matrimonio duró casi cuatro años, cuando lord Skeeton murió.
Ahora sí era seguro que la señora no se casaría de nuevo.
Ella era el alma de la casa, así que era necesario que estuviera ahí siempre.
No había lugar para nadie más, por eso ya no volvieron a ser invitadas sus hermanas ni sobrinos.
No, ya no; hasta ahora, que me enteré de que vendrían cuando las invitaciones ya habían enviadas.
—¿Quién las envió? —preguntó suavemente el inspector.
—Creo que fue el doctor en complicidad con el señor Doyle. Ya no había nada que hacer. Por otro lado, me pareció que sería bueno tener a los niños en la casa de nuevo, así que ya no dije nada.
—Y lady Pickens estaba muy agradecida con usted, ¿no es así?