IX. ¿Quién pudo ser? #5
—Ay, inspector. ¿No dice en algún lado que puedo no decir algo que me incrimine?
—comentó sonriente, esperando que el inspector entendiera la broma—.
Bien, como solo estamos suponiendo, me inclino a pensar que si la circunstancia se presentara y me viera forzado por ella, sí; también sería capaz de hacerlo.
—Nos estamos olvidando de alguien. ¿Cree que Lucy podría?
—¿Lucy? No inspector, ella sí que no. Incluso dudo que resista ver la sangre. Creo más capaz a Nelly que a Lucy; con eso le digo todo.
—Me queda muy claro, Thomas; muy claro. Ah, por cierto, no se preocupe.
Esto que estamos hablando se quedará en privado; nadie sabrá que usted cree que casi cualquiera podría cometer un crimen —al pronunciar tales oraciones, el inspector sonrió como si hubiera contado el mejor de los chistes, provocando la risa de Thomas.
—Con eso cuento, inspector. De lo contrario, ¡moriría de hambre y de sed!
Entre risas, el inspector despidió a Thomas y le pidió que llamara a Lucy. En lo que la chica llegó, el inspector tomó apresuradas notas en su libreta.
La puerta estaba abierta y el inspector la estaba esperando. En cuanto entró, la cerró y la condujo hacia la silla.
—Buenas tardes, señorita Lucy. Gracias por venir.
—Estoy a sus órdenes, inspector. Dígame, ¿en qué puedo servirle?
—Quisiera, si es usted tan amable, que me detalle lo sucedido desde que llegó con su amiga, la señorita Rebecca.
Inició su narración con mucho orden, sin regresar a ningún evento para nada.
Recordó los comentarios de Becca: que seguramente la casa estaría abandonada y cómo se sorprendió al encontrarla impecable; sobre lo bien conservado que estaba Frederick y el chocolate con malvaviscos que les preparaba cuando eran niños.
También rememoró cómo la presentó con sus primos y su hermano, y la desilusión de su amiga por no poder ver a su tía; en fin, contó todo y por su orden.
—Ha sido usted de mucha ayuda. ¿Cómo puede recordar con tanto detalle?
—No lo sé, inspector; es una cualidad que siempre he tenido.
—Ahora, ¿podría por favor decirme cómo es que conoció a la señorita Rebecca y cómo terminó en esta reunión familiar?
—Ambas estudiamos la carrera de Letras Clásicas de la Universidad de Berkeley, en California.
Yo no puedo pagarla, pero pude conseguir una beca, así que teníamos clases en común.
Nos conocimos casi desde el inicio y ahí empezamos a ser amigas.
Becca me sugirió compartir un departamento que le ofrecían y desde entonces vivimos juntas.
Cuando recibió la invitación me pidió que la acompañara, ya que, como me comentó, le habían enviado dos pasajes para el trasatlántico, así que el viaje no nos costaría.
Era una muy buena oportunidad para viajar.
—¿Puede decirme qué impresión le han causado los asistentes?
—Es una pregunta muy difícil, inspector, ya que los acabo de conocer y salvo por algunos pocos comentarios que Becca me ha hecho, no tengo más parámetros.
—Justamente por eso le pregunto, señorita. Usted no está prejuiciada y sus observaciones serán totalmente objetivas.
—¿Qué piensa de Sebastián y Nelly?
—Es del que más he escuchado hablar. Sé que tuvo y, evidentemente aún tiene, problemas con el alcohol y me parece que con drogas también; afortunadamente, su familia tenía suficiente dinero para pagar las fianzas y tratamientos.
Ignoro si éstos le sirvieron o no. Por otro lado, no tiene una personalidad definida, o quizá no la tiene en absoluto.
Nunca he visto sus pinturas en ningún lado, ni en galerías, ni en museos, ni en ningún sitio.
Supongo que las tendrá en su casa, y eso si su esposa lo deja —tras decir esto, se permitió una sonrisa—.
Ella, en cambio, me parece inteligente, pero debe estar muy enamorada para permitirle todo.
Se dio un respiro y sin dar tiempo a que el inspector preguntara nada, continuó.
—Niggel es un hombre de mucha personalidad y, a su manera, es seductor.
Claro, uno tiene que serlo si su trabajo es pedir dinero y que la gente se lo confíe.
No sé qué tan buen inversionista sea, pero sí es encantador.
Por su parte, Maggie es toda una señora de su marido.
Tiene una vida de lujo y comodidades que no está dispuesta a cambiar por nada del mundo.
Estoy segura de que disfruta muchísimo sus eventos de caridad y las reuniones para jugar al “bridge”.
Es un intelecto desperdiciado. Marvin es otro caso, inspector.
Es tan gris. Si no fuera por su investigación, no tendría ningún tema sobre el cual hablar.
Pero dígame, por favor, ¿a cuántas personas les puede interesar hablar sobre fonemas celtas y galos?
Sin embargo, se mueve muy cómodamente en ese mundo académico y no está dispuesto a perderlo por nada, ni por nadie —tras estas palabras se quedó mirando al inspector como esperando que dijera algo, pero al no recibir respuesta, continuó—.
Supongo que todo esto tiene un objetivo, ¿no es así, inspector?
—En efecto, señorita. Necesito determinar si alguno es capaz de matar.
—Ah, por ahí debió haber empezado. Ese es un análisis totalmente distinto.
—¿Sí? ¿Cómo es eso?
—Digamos que las personas se comportan de una manera cuando no se sienten amenazadas, pero de manera muy distinta si perciben un peligro, ¿no está de acuerdo?
—Señorita Lucy, usted erró de vocación. Debería ser inspectora de Scotland Yard, o al menos psiquiatra —dijo jovialmente y con genuina admiración.
—Bien; pues, en ese sentido, no creo que Sebastián tenga la suficiente sangre fría que se requiere; tampoco Nelly.
Nigel y Maggie son diferentes. Tanto él como ella son analíticos y ninguno está dispuesto a perder lo que tiene.
Sí, creo que alguno de ellos podría planear un asesinato, si se encuentran suficientemente atrapados.
Respecto a Marvin, creo que es posible que nos diera la sorpresa.
No tengo idea de qué necesitaría para sentirse acorralado, pero si llegara a ese punto o alguien lo forzara, me parece que sería capaz de hacer algo totalmente inesperado.
Thomas me parece capaz de casi cualquier cosa, pero no un asesinato.
Becca, por el contrario, no. No tiene lo que se necesita.
—Y en su opinión, Lucy, ¿qué se necesita?
Lucy miró fijamente al inspector, y sin siquiera parpadear le dijo:
—Mucha sangre fría, inspector. Mucho dolor, coraje y desesperación. Ah, también mucho enojo; ira, diría yo, y una enorme paciencia.
—¿Quién puede tener todos esos atributos?
—No lo sé, inspector; quizá hasta yo misma. Pero hay un punto más que debe tomar en cuenta: el motivo. ¿Qué motivo tendría yo para acabar con la vida de alguien que ni siquiera conocí?
—En efecto, Lucy, ¿qué motivo?
—Usted es el investigador, inspector. Dígamelo —enunció las palabras sin desviar su mirada de la del inspector, y con un extraño brillo en sus profundos ojos negros.
—Insisto, Lucy —agregó el inspector levantándose y acercándose a ella—: usted erró de carrera.
Cómo me gustaría que estuviera a mi lado.
Pero volviendo al punto, tiene usted razón; con la información que tengo, debo ver no solo quién pudo haber cometido un asesinato, que como ya me dijo, pudo ser casi cualquiera, sino quién tuvo un motivo suficiente para hacerlo. Ya me puso a pensar, Lucy. Gracias.
—Es un placer ayudarle, inspector; cuando quiera.
Con una amplia sonrisa, el inspector le agradeció su ayuda y la acompañó a la salida.
Enseguida, regresó al escritorio, se sentó en el sillón y —sintiéndose finalmente tranquilo— sacó un cigarrillo y lo encendió, dándole una larga y profunda bocanada.
Bien, inspector en jefe, John Morris; es hora de ganarse el título .
Con este pensamiento, revisó varias veces las notas que había estado haciendo durante toda la mañana, e hizo algunas otras.
Conforme pasó el tiempo, en su rostro se dibujó una mueca de desagrado.
Finalmente, vio su reloj y recordó que tenía una cita con el señor Doyle, y que después de eso debía ir a la oficina por el resultado de la autopsia y la hoja clínica de lady Pickens.
Adicionalmente, esperaba que su ayudante ya tuviera resultados de las investigaciones que le había encomendado.
Salió del estudio y se dirigió a la sala donde encontró a todos; sin embargo, el ojo entrenado del inspector pudo darse cuenta de que Lucy no se encontraba entre ellos. Becca se alejó de Maggie y se dirigió al inspector.
—¿Ya sabe algo?
—Aún no, por eso me retiro. Pasaré a la oficina del señor Doyle y de ahí a la mía, donde espero que ya esté el resultado de la autopsia.
En su camino hacia la salida, pasó por la sala, donde Nelly se le acercó a ofrecerle una copa de oporto.
—Yo sí me tomé una, inspector, tal y como me lo recomendó. ¿No desea usted una copa?
—Me encantaría, señorita Nelly, pero no puedo, sigo trabajando y contrariamente a otras profesiones, la mía no se lleva con el alcohol.
—E imagino que tampoco con las drogas y ni con el póquer.
—No, Nelly; tampoco.
—El solo pensar que así es, me gusta —dijo suspirando.
Al despedirse de Becca, el inspector pudo ver de reojo que la puerta que daba hacia los servicios se abrió un poco por efecto del viento y que tras ella, Lucy estaba hablando con Frederick.
Incluso le pareció ver que ella lo tomaba del brazo o de la mano.
Fue tan solo un instante, pero podría jurar que esa era la escena.
Se despidió de Becca quedando en llamarle por la tarde o a más tardar al día siguiente en la mañana; turbado, se dirigió a su cita con el señor Doyle.
Finalmente, llegó a su oficina donde encontró una nota del forense que le indicaba que lo esperaba en cuanto llegara.
—Buenas tardes, doctor. Dígame, ¿qué encontró?