IX. ¿Quién pudo ser? #3
—Sí, por supuesto…, siempre es un alivio tener un respaldo económico —contestó con algo de nerviosismo.
—Y la sociedad, ¿es difícil sobrellevarla? Me refiero a las fiestas y eventos; en fin, todas esas cosas que rodean al ambiente artístico.
—Ocasionalmente sí, inspector. No es posible estar en todos lados y tampoco lo es, estar siempre contento y sabiendo con quién se está. Hay que hacer lo que sea necesario para mantenerse al día, vigente.
—Sí, lo entiendo, algo así pasa en mi profesión. Nunca sé cuándo se requerirá toda mi atención y tampoco sé nunca cuánto tiempo deberé estar despierto. Le confieso que soy un adicto al café. También por eso estoy tratando de dejar de fumar; ya se imaginará la cantidad de cigarrillos al día.
—Claro, inspector. A eso me refiero yo también.
El inspector se tomó un momento para analizar brevemente la reacción de Sebastián. A lanzar las redes, Morris , pensó animado.
—Y ¿ha incursionado en otras ciudades o estados?
Tengo entendido que los hoteles aprecian mucho las buenas obras de arte, pero supongo que usted ya pensó en eso y atacó el mercado hotelero: Las Vegas, por ejemplo.
Aunque, me parece que yendo a Las Vegas lo último que uno ve son las obras de arte que tienen los casinos, ¿no? A Las Vegas se va a jugar.
—Supongo, inspector. No me gusta ir a Las Vegas. Pero sí, ese mercado también lo tengo contemplado —dijo esto último con algo más de nerviosismo.
—¿Sus obras las firma con su nombre verdadero? O, como algunos actores, ¿lo cambió?
—No; siempre he firmado como Sebastián.
—Ah, interesante. Buscaré sus obras. Me parece una descortesía de mi parte decirle que no me gusta el surrealismo si no he visto ninguna de sus obras.
—No se preocupe, inspector. Es un género difícil para la mayoría de las personas.
—En su opinión, señor Sebastián. ¿Cómo cree que se encontrarán repartidos los bienes en el testamento de su tía?
—Imagino que, de existir un testamento, estará a nombre de los cuatro.
—Pero ¿duda usted que lo haya?
—No veo por qué le sorprende. No creería usted la cantidad de personas que mueren sin hacer testamento. Muchos piensan que hacerlo es como llamar a la muerte. Yo más bien aseguro que les encanta la idea de dejar a los vivos con problemas.
—Bueno, al parecer eso no sucedió con su tía. Dice el señor Doyle que él lo tiene.
—Ah, entonces, como le digo, supongo que estará a nombre de los cuatro.
—¿A partes iguales?
—Mmm… no estoy muy seguro de eso. No me sorprendería que Becca tuviera una mayor parte.
—¿Puedo preguntarle por qué lo dice?
—Siendo la única que tenía correspondencia con mi tía, no sería raro que sintiera un aprecio especial por ella; además, es mujer y no se ha casado. ¿No está usted de acuerdo?
—Pues es un interesante punto de vista, señor Sebastián. Lo consideraré. Ahora, pasando a otro tema, ¿tiene usted alguna opinión sobre el amigo de su primo, el señor Thomas?
—En realidad, no. Ambos me parecen unos desadaptados buenos para nada. No había visto a Marvin desde hace más de 10 años, y ¿sabe? No me arrepiento.
—Ya que no muestra usted ningún interés en ver a sus primos y que considera que hay que viajar mucho para ver a su hermana, ¿podría decirme qué lo motivó a venir a esta cena?
—La verdad, inspector, el que mi tía me reconociera y que en su testamento me dejara algún dinero.
Mire usted, era una señora a la que no vi durante muchos años.
Sí, gracias a ella pudimos vivir muy bien en Estados Unidos y mi mamá nunca tuvo que casarse ni trabajar para mantenernos; además, tuvimos acceso a buenas escuelas; todo eso se lo agradezco a mi tía, pero no por eso la quiero.
No, inspector, no hay ningún afecto hacia ella.
¿Le parezco un desalmado y un malagradecido?
—En lo absoluto, señor. Franco, lo llamaría yo. ¿Entiendo entonces que el mercado del arte no está en su mejor momento y un extra en la cartera no le vendría mal?
—Entiende usted bien, inspector. Pero de ahí a querer matarla... eso es otra cosa. Soy un artista, no un asesino.
—Me queda muy clara la diferencia. Le agradezco su tiempo y todos sus comentarios. Le recuerdo la importancia de que me comente cualquier cosa que considere relevante.
—No se preocupe, inspector. Si veo o escucho algo, se lo comunicaré de inmediato.
Era obvio que la entrevista había terminado, así que se levantó y cuando salió, el inspector tomó su libreta y anotó lo relevante de la misma: «Interesante personaje.
¿Qué está ocultando? ¿Algún problema en Las Vegas?
Ciertamente no su afición por la bebida.
Algo temprano para estar ya tomado, me parece».
Enseguida, pidió que llamaran a la señora Nelly, la esposa del pintor. A su esposa le faltaba todo el aplomo que mostró Sebastián al entrar. Al verla sola era completamente diferente, como si una personalidad definida quisiera abrirse paso al no estar bajo la sombra de su marido.
—Buenas tardes, señora. Sea tan amable de tomar asiento —le dijo solícito el inspector.
Como respuesta, ella solamente esbozó una media sonrisa y, con la mirada baja, se sentó en el sillón que le indicó.
—No tiene de qué preocuparse, señora Nelly. Todas mis preguntas son meramente de rutina. ¿Podría, por favor, comenzar a contarme lo que recuerda desde su llegada?
Su respuesta fue dubitativa. No decía nada con claridad, parecía tener miedo de involucrarse de más o decir algo equivocado. Sin embargo, en términos generales, su declaración concordaba con las demás.
—Gracias. Ahora, ¿podría por favor decirme a qué se dedica usted?
—¿Có...cómo?
—Sí, ¿trabaja o es ama de casa?
—No, no trabajo. Mi marido no considera que yo tenga la capacidad de hacerlo; además, no podría pues debo estar disponible para cuando él me necesita, ¿comprende usted?
—Sí, señora. Imagino que sin aviso previo necesitará que lo acompañe a exposiciones, banquetes o eventos, ¿no es así?
—Exactamente.
—Y aquí en privado, señora. ¿Podría usted explicarme el surrealismo?
—¿Cómo? Eso no se puede explicar. Mire, no hay nada que entender.
—¿Perdón? Yo siempre he pensado que hay que entender el arte para que le guste a uno. ¿Estoy equivocado?
—Me atrevería a decir que sí. Cuando usted ve un cuadro, lo que está admirando es la expresión física de una emoción o sentimiento del autor.
O sea, usted lo siente o no. Y no tiene que ser el mismo sentimiento que llevó al autor a pintarlo.
Claro que no estamos hablando de la técnica, ese es otro punto totalmente aparte, pero la emoción no se entiende; una obra la tiene o no —mientras hablaba, su rostro angulado y enmarcado por su rubia cabellera corta, brillaba.
—Perdone, señora, pero ¿es usted crítica de arte?
—No, de ninguna manera. Estudié arte en la Universidad de Yale, en Connecticut, pero, ¿crítica de arte? No tengo la capacidad.
—Me inclino a pensar que sí la tiene, pero yo solo soy un inspector de policía, no un experto en arte como usted.
—Me apena con sus comentarios, inspector.
—No es mi intención, señora. Por cierto, no desea tomar algo, ¿un café o un té? ¿O quizá algo más fuerte?
—Nada, inspector; muchas gracias.
El inspector no pudo dejar de notar la creciente confianza que adquiría Nelly; era cuestión de separarla del marido para que emergiera una atractiva e inteligente mujer.
—Y cuénteme, Nelly, ¿le parece que alguno de los presentes es capaz de cometer un asesinato?
—¿Qué? ¿De verdad cree usted eso? Yo no me imagino a ninguno matando a nadie, y menos a una mujer mayor. ¿Por qué alguien haría eso?
—Por dinero, señora, dinero. El mejor motivo para cometer un asesinato.
La expresión de Nelly sufrió un cambio drástico. El inspector Morris lo notó de inmediato.
—¿Sabe usted si alguno de sus parientes tenía algún problema económico?
—Pues todos, de alguna manera. Usted conoce la situación económica mundial. Prácticamente no hay persona que no sufra alguna carencia material, ¿no es cierto?
—Claro, pero no todos se encuentran atrapados ni tienen la suficiente sangre fría para planear un crimen.
—Me temo que no puedo ayudarle, inspector. Ignoro totalmente lo que se requiera para hacerlo.
—Cualquier cosa que no se pueda manejar. En mi experiencia, he encontrado gente que ha matado bajo los efectos del alcohol; por drogas, por tener lo que otro posee, por deudas de juego; en fin, señora, la lista es extensa —mientras decía esto no dejaba de observarla.
—Pu...pues, la ver...verdad no..., no creo poder ayudarle, ins... inspector.
—Lo entiendo, señora; no se mortifique. Comprendo que hablar con la policía siempre es motivo de nervios; tenemos muy mala fama, ¿sabe?
Pero poseo la suficiente experiencia como para saber cuándo son nervios inocentes y cuándo no, así que no se preocupe.
Ande, le sugiero que ahora sí se tome un brandy, le ayudará a calmarse en medio de estos días totalmente fuera de lo normal.
Muchas gracias por su ayuda y le pido que si recuerda cualquier otra cosa me lo haga saber de inmediato.
Y con esas palabras, la dirigió hacia la puerta cerrándola tras ella. Luego, mientras sacaba su libreta, pensó: Tiene usted mucho que ocultar, señora mía, pero no es buena mentirosa, ni tampoco una asesina . Terminó de hacer sus notas y solicitó la presencia de Nigel, el esposo de Maggie.
—Adelante, pase usted —lo recibió amablemente.
—Gracias, inspector. Supongo que quiere hacerme algunas preguntas, aunque en realidad no encuentro el motivo, ya que no hay nada que indique que mi tía no murió de causa natural.
¿Sabe? Yo podría negarme a participar en esta charada hasta que usted tuviera reales motivos para efectuar estos interrogatorios, pero como muestra de mi buena voluntad, accedo.
—Se lo agradezco, señor.
—¿En qué puedo ayudarle?
—Espero que en mucho, señor. ¿Podría por favor contarme, con el mayor detalle que pueda, su llegada a Richcot's Manor?