La misteriosa muerte de lady Pickens IX. ¿Quién pudo ser? #2
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IX. ¿Quién pudo ser? #2

—Por supuesto, hay prioridades. No muchas mujeres advierten la necesidad que tiene el hombre de hacer las cosas que considera importantes, ¿no es así?

—Supongo, inspector; quiero decir, en realidad no he pensado en lo que mueve a una mujer a hacer… lo que hacen.

—Pasando a otra cosa. Tengo entendido que usted heredó de su madre, igual que su hermana, una considerable cantidad de dinero. ¿Es cierto que tal herencia le ha permitido dedicarse a la investigación?

—Totalmente cierto, inspector. Mi tía, lady Pickens, le dio a mi madre dinero suficiente para que pudiéramos vivir en París y estudiar una carrera. Mi madre dejó ese dinero en una inversión que, cuando ella murió, nos fue entregada, a partes iguales, a mi hermana y a mí.

—¿Los intereses le han sido suficientes para cubrir sus gastos? Pregunto esto porque la universidad y la investigación son muy costosas, amén de lo necesario para vivir, y más del modo en que usted está acostumbrado.

—De nuevo tiene razón. La vida del investigador es muy cara. He tenido que usar parte del capital, pero una vez que termine mi tesis, la beca que me dará la universidad me permitirá seguir con mi investigación sin que me genere gastos.

—Ah, lo felicito. Y, ¿para cuándo espera tenerla terminada?

—Es cuestión de un par de meses. Aquí es donde Thomas me ha resultado invaluable. Mire usted, él, como experto en grafología, ha encontrado unas similitudes muy interesantes con los fonemas celtas de su periodo clásico... Perdone usted, pero siempre me dejo llevar por la emoción del tema.

—No se preocupe, lo entiendo perfectamente. A mí me sucede lo mismo durante una investigación. Cuando encuentro la punta de la hebra, no descanso hasta haber desenredado completamente la madeja. Pasando a otra cosa. ¿Recuerda usted algo que considere relevante para el caso?

—No tengo ninguna idea sobre algo que pueda servirle, inspector, pero no se preocupe, si me entero de algo o recuerdo cualquier otro detalle, se lo diré de inmediato. Lo que sea por aclarar lo que para usted es un misterio.

—¿Usted no cree que haya sido asesinato?

—¡No!, de ninguna manera. Para mí, la tía estaba deprimida; ya oyó al médico decir que tenía problemas para respirar, así que quizá estaba llorando y ella solita se ahogó con sus lágrimas.

—Interesante teoría, señor Marvin. La tendré en cuenta. Puede usted retirarse, muchas gracias.

Igual que cuando salió Becca, el inspector tomó su libreta y escribió varias notas apresuradamente. Era el turno de Maggie.

—Adelante, señora. Buenos días —dijo el inspector poniéndose de pie—.

Tome asiento, por favor —Maggie se sentó con la delicadeza y gracia de una princesa; el sutil movimiento de sus manos (con impecable manicura) para “arreglar” un inexistente desperfecto en su delineada ceja derecha, hizo evidente para el inspector, que estaba frente a una mujer que había estudiado cuidadosamente cómo comportarse como una dama.

—Buenos días, inspector en jefe Morris. ¿En qué puedo servirle?

—Si fuera usted tan amable, señora, ¿podría por favor describirme con detalle todo lo sucedido desde su llegada a esta casa?

El inspector notó con agrado que Maggie no se esforzaba demasiado en acordarse de los detalles, por lo visto era una mujer acostumbrada a ellos.

Nada le faltó de mencionar; incluso comentó el hecho de que el amigo de su hermano mostraba mucho interés en Lucy, la amiga de su prima, y que, desde temprana hora del día anterior, él parecía buscar su mirada, como si hubiera algo entre ellos.

—¿Qué le ha dado esa impresión, señora? —preguntó interesado el inspector.

—No sabría especificarlo, inspector. Es algo que percibo. Quizá se deba a la manera en que la mira, o por cómo toma su mano al saludarla, o por cómo se sienta; no sé, no puedo ser más clara, lo siento.

—Para nada, señora, ha sido usted muy precisa. Y, por cierto, ¿ya conocía usted al señor Thomas?

—Fíjese que no, inspector. Sabía de él por mi hermano, pero nunca lo había visto hasta ayer que llegaron juntos.

Marvin me informó que vendría con él, lo cual me provocó una desilusión, pues esperaba que llegara con una muchacha.

¿Sabe? Yo creo que eso es lo que le falta a mi hermano para asentarse: conocer a una buena muchacha que le dé una razón para trabajar y dejarse de sus tonterías de investigación; además, si todo el tiempo va acompañado de su amigo, se murmurará —dijo sonriente—.

Pero perdóneme, de seguro usted no me mandó llamar para que le cuente la vida sentimental de mi hermano.

—Por favor, no se disculpe. Todo es importante en una investigación como ésta. Su capacidad de observación y análisis me ayudan mucho. Por otro lado, ¿cómo cree usted que sean distribuidos los bienes de lady Pickens en su testamento?

—Imagino que a favor de nosotros cuatro; es decir, Becca, Sebastián, Marvin y yo. Somos su única familia.

—Claro, es lógico. ¿Y a qué se dedica su marido?

La pregunta la tomó por sorpresa. No tuvo tiempo de recuperarse; al menos no el suficiente para que un ojo entrenado como el del inspector, no notara su nerviosismo.

—Es asesor de inversiones —contestó con la mayor tranquilidad que pudo.

—¿Trabaja para algún bufete?

—Lo hacía hasta hace poco, pero se independizó.

—Su negocio debe ser difícil, ¿no? De seguro la gente espera altos rendimientos, pero el mercado es muy volátil y no siempre reacciona como uno cree. Y sus clientes, ¿son empresas? O, ¿cómo decirlo, personas normales?

—Qué manera de expresarlo, inspector — contestó con una amplia sonrisa—. Pero sí, podríamos dividirlos así. Él atiende a personas, generalmente ya retiradas, que invierten el dinero de sus pensiones.

—¡Oh! Qué responsabilidad. No me puedo ni imaginar lo que podría significar perder, de un momento a otro, mi patrimonio. Y menos a una edad en la que ya no puedo producir más.

—Pues sí; así es.

—Su marido debe ser muy cauto y honorable al máximo. La felicito, señora. Por otro lado, tengo entendido que ustedes radican en Bristol, ¿estoy en lo correcto?

—Absolutamente, inspector. Verá, mi marido nació y creció ahí. Mi madre ya había muerto cuando nos casamos, así que no hubo ningún impedimento para que nos fuéramos a vivir primero a Londres y luego a Bristol.

—Claro, dijo mostrando mucho interés. ¿Hace mucho que viven ahí?

—No demasiado, inspector, desde que Nigel se independizó; es decir, desde hace poco más de un año.

—Un año en que ha garantizado la vejez de sus clientes, ¿no es así? —lo dijo observando a Maggie y sin perder ningún gesto fuera de lugar. Tantos años interrogando a sospechosos e inocentes, le habían dado un sexto sentido.

—¿Tiene alguna opinión sobre la amiga de su prima, la señorita Lucy?

Retomando el control sobre sí misma. Pensó un momento su respuesta.

—No es tan fácil, inspector. Es mucho más sencillo leer a Thomas, pero con Lucy es difícil.

Se mueve con mucha familiaridad y el modo en que le habla a la servidumbre cuando cree que nadie más la ve, es extraño.

Supongo que no está acostumbrada a tener servicio.

Lo que sí es un hecho, es que no le desagradan los galanteos de Thomas.

Ahora bien, no me parece lógico que sea amiga de mi prima.

Son tan distintas. No veo qué pueden tener en común.

—Muchísimas gracias, señora. Ha sido usted de una ayuda invaluable por sus comentarios y gran capacidad de observación. Le pido que si llega a recordar algo, por pequeño que sea, me lo haga saber, por favor.

—Así lo haré. ¿Puedo retirarme?

—Por su puesto —dijo el inspector, poniéndose de pie para despedirla.

Una vez que la mujer salió, el inspector sacó su libreta, recorrió algunas notas y las completó, con la información que obtuvo en la entrevista con Maggie. Luego dijo para sus adentros: Muy interesante, en verdad. Mucho .

Sebastián entró con paso decidido. El inspector lo recibió sentado y le indicó la silla, misma que ocupó de inmediato mientras sacaba un cigarrillo.

—¿Puedo?

—Por supuesto, Sebastián. Permítame acercarle un cenicero.

—¿Gusta uno, inspector?

—No, muchas gracias. Trato de dejarlo. Creo que es mi quinto intento.

—Yo ya me di por vencido. Perdí la cuenta de las veces que traté de dejarlo; siempre fracasé. Pero supongo que no me citó para platicar sobre las maneras para dejar de fumar, ¿o sí?

—No, en efecto, señor. ¿Podría relatarme, con el mayor detalle que le sea posible, los hechos desde su llegada a la casa?

Sebastián tomó una actitud displicente, como si no quisiera darle ninguna importancia al evento. Dejó mucho sin decir, pero esto no denotaba falta de atención, sino lo contrario.

—Usted y su esposa viven en Estados Unidos, ¿no es así?

—En Los Ángeles, California, para ser exactos.

—Y ¿a qué se dedica usted? Quiero decir, ¿qué hace para vivir?

—Soy artista. Pintor.

—Ah, qué interesante. Y ¿cuál diría usted que es su estilo?

—Surrealista. ¿Comprende usted algo de arte?

—Desafortunadamente, no tanto como quisiera.

De hecho, el surrealismo es algo que no entiendo.

Yo prefiero obras de artistas como Poussin, Carracci, Claudio de Lorena; en fin, ese tipo de obras, y, por supuesto, también de Rafael y Da Vinci.

No obstante, debo confesar que he admirado algunas obras de Miró y Dalí.

—Pues para no saber mucho de arte, ha mencionado a grandes maestros del clasicismo, renacimiento y surrealismo, inspector.

—Gracias. Viniendo de usted lo considero un cumplido. Pero, perdóneme, me he desviado del tema; es que no siempre se topa uno con un verdadero artista. Y dígame, ¿el mercado en Los Ángeles es difícil?

—Mucho, querido inspector. Allá se concentran artistas de todas las disciplinas, así que hay que ser mejor que la mayoría para sobresalir.

—Claro, lo imagino. Y la vida debe de ser dura, ¿no? Primero pintar y luego esperar que la obra se venda. Afortunadamente, usted ha contado con el dinero que le dejó su madre al morir, ¿verdad? Eso le ha permitido dedicarse al arte sin necesidad de preocuparse demasiado. ¡Qué afortunado!