IX. ¿Quién pudo ser?
En el comedor solo se encontraba Marvin, al perecer nadie más se había levantado.
—Buenos días, Marvin. ¿Dormiste bien? —dijo Becca.
—Muy bien, primita, ¿y tú? —se acercó a ella para quitarle un pequeño mechón lacio que atravesaba su rostro. Con esa luz, su cabello era color granate.
—Gracias, Marvin. Pues, dormí como tronco. Creo que no tardé ni diez minutos en quedarme dormida y eso que estaba esperando a Lucy, pero me parece que ella se quedó despierta hasta muy tarde, o mejor dicho hasta muy temprano, platicando con tu amigo Thomas.
—Parece ser que se entienden bien, ¿verdad? — dejó caer el comentario con desdén.
—Ajá. Oye, Marvin, por cierto, ¿a qué se dedica? ¿También es investigador como tú?
—Sí; además es catedrático en la universidad.
—Y no es francés ni británico, ¿o sí? Habla muy bien el inglés.
—Será porque es americano. Nació en Nueva York y vivió ahí hasta que inició la universidad; después, consiguió una cátedra en Cambridge y fue ahí donde nos conocimos.
Desde entonces somos amigos; compartimos el mismo gusto por la investigación y la fonética; además, a él siempre le interesó fuertemente la grafología y se convirtió en experto en el tema.
—Pero imagino que él no puede darse el lujo de no trabajar, ¿me equivoco?
—No. Sin embargo, no le interesa mucho el dinero; está más enfocado en «placeres menos mundanos».
—Imagino que esos placeres los provees tú, ¿no es cierto?
—Algunos, primita, algunos. No esperarás que un sueldo de catedrático alcance para una investigación profunda. Hay que viajar y se invierte mucho en libros y material de consulta. Por cierto, Becca. ¿De verdad no sabes nada del testamento?
—¡Ya salió! Solo faltaba que tú me preguntaras. No, Marvin, no sé nada. Espero que no tengas ningún problema económico, ¿o sí?
—Pues ya que lo mencionas. La verdad es que mi capital ha disminuido mucho.
Como te decía, la investigación es algo que consume no solo tiempo sino también dinero, y al trabajar con Thomas, pues se incrementa.
Pero no pienses mal, él no me ha pedido ni un centavo nunca, aunque noto que a veces se la pasa mal.
El hecho es que si no tengo algo de dinero pronto...
—...tendrás que trabajar. ¿No es así?
—Pues sí, y al hacerlo no tendría tiempo para terminar mi investigación. Fíjate que, en cuanto esté lista, la universidad me otorgará una beca para continuar investigando; así, como ves, el problema es temporal. ¿Primita, tú no podrías...?
Antes de que Becca pudiera decir algo, Maggie entró al comedor junto con Nigel, así que la conversación se interrumpió.
Así que Marvin también tiene un motivo. ¿Alguno sería capaz de asesinar por dinero? Maggie y Nigel, Sebastián y Nelly, y ahora Marvin. ¿Quién podría estar tan desesperado? ¡No, inspector! Ninguno es un asesino. Usted está equivocado.
Habiendo decidido creer que ninguno de los miembros de su familia sería capaz de cometer asesinato, se sentó a tratar de disfrutar su desayuno con la mayor tranquilidad que pudo.
El inspector en jefe, John Morris, llegó cerca del mediodía. Pidió permiso para instalarse en el estudio y entrevistar a cada uno de los invitados. Empezó por Becca.
—Señorita Rebecca. Me informaron que usted fue la primera de los invitados en llegar a la mansión. ¿Es cierto?
—Así fue, inspector Morris. Llegué con mi amiga Lucy anteayer a media mañana.
—¿Qué ruta siguieron?
—Salimos de California, donde ambas vivimos, y nos fuimos en tren a Nueva York; ahí tomamos el barco que nos trajo a Inglaterra. Y de la estación, tomamos un tren hacia acá.
—¿Sabe usted si alguien mantenía contacto con lady Pickens? —preguntó el jefe Morris.
—Yo, inspector —contestó Becca, claramente.
—¿Alguien más?
—No, que yo sepa.
—¿Puede usted aclararme cómo es que solamente usted llevaba correspondencia con su difunta tía?
—Por alguna razón, que ignoro, ella mantenía una correspondencia regular solo con mi madre.
Cuando nos mudamos a los Estados Unidos, ellas se siguieron escribiendo y cuando mi madre ya no podía leer sus cartas, me pedía a mí que lo hiciera y que las respondiera.
Cuando mi madre murió, la correspondencia siguió entre nosotras.
—Y en sus cartas, ¿su tía jamás le mencionó palabra alguna sobre su testamento y bienes?
—No, inspector Morris. Nunca; ni una sola palabra al respecto.
—Por otro lado, tenía más de 10 años sin venir a esta casa, ¿es cierto que tenía los mismos años sin ver a sus primos?
—Sí, inspector. Sin embargo, Maggie y yo nos escribimos frecuentemente. Además, nos hablamos por teléfono en ocasiones especiales.
—Entonces —y preparó su pregunta con el mismo cuidado que un pescador tiende sus redes—, ¿estoy en lo cierto al suponer que usted estaba enterada de los problemas económicos por los que atraviesan sus primos?
Becca se tomó un momento para contestar.
—Me enteré de ellos entre anoche y hoy en la mañana. Antes de eso, los ignoraba totalmente.
—Bien. Pasando a otra cosa. ¿Cómo cree usted que su tía haya repartido sus bienes?
—Se preocupó por darnos dinero para vivir y para estudiar, lo cual no es muy barato y menos en las ciudades a dónde nos envió; así que por eso, y porque somos su única familia, ya que, al menos que yo sepa, nunca tuvo hijos con ninguno de sus maridos, nosotros seríamos los beneficiarios.
Supongo que a partes iguales. Creo, de la misma manera, que habrá dejado previsiones para Frederick y el resto del servicio, así como dinero para alguna causa benéfica.
En fin, hasta ahí llegan mis suposiciones.
—Ahora, por favor, cuénteme con detalle todo lo que vio e hizo desde su llegada a Richcot's Manor.
Becca hizo lo que el inspector pidió. Era obvio que estaba haciendo un esfuerzo por contarle todo tal y como había sucedido.
—Y, ¿cómo conoció a su amiga, la señorita Lucy?
—Nos conocimos en la Universidad de Berkeley, ambas estudiando Letras Clásicas; así fue como empezamos a ser amigas. En realidad, no hay mucho más qué decir. Tenemos intereses comunes y es una persona con la que es fácil llevarse.
—¿Se podría decir que es su mejor amiga? ¿Es esa la razón por la trajo a una reunión familiar y a una casa a la que no venía desde hace 12 años? —preguntó inquisitivo el inspector.
—Sé que le resultará extraño, pero no quise venir sola. No sabía cómo me sentiría ni quienes más vendrían, así que pensé traer compañía: a alguien con quien no tuviera reparos para que se relacionara con los miembros de mi familia que asistieran al festejo—contestó con mucho aplomo y decisión.
—En realidad, señorita, no me parece extraño; encuentro lógico que no quisiera venir sola; solo preguntaba para conocer los motivos de su elección al traer a la señorita Lucy.
—Eso es más sencillo aún, inspector. Es mi mejor amiga, como usted mismo lo subrayó. Y ya ve, no solo ha sido buena compañía para mí, se ha entendido de maravilla con Thomas, el amigo de mi primo Marvin, de modo que él tampoco se ha sentido relegado.
—Sí, eso lo noté desde anoche.
—¿Anoche? Pero si ellos empezaron a platicar una vez que usted se fue —comentó Becca, sorprendida.
—Ah, no me haga caso, señorita. Lo que quise decir es que era lógico. Siendo los únicos extraños, era de esperar que se entendieran, ¿me explico?
—Claro. Tiene usted razón. Además, la verdad, anoche no tenía cabeza para notar nada. Por cierto, ¿ya tiene el resultado de la autopsia? —preguntó Becca, ansiosa.
—Aún no, señorita. Yo creo que lo tendremos en la tarde o a más tardar mañana en la mañana. No se preocupe, le avisaré.
—¿Es todo? —preguntó levantándose.
—Por lo pronto, sí, señorita Rebecca. Ah, una cosa más. ¿Cuándo tienen planeado irse?
—Lucy y yo tenemos que estar de regreso en unos cuantos días, pero me parece haber escuchado que Maggie y Sebastián quieren partir antes de que termine la semana.
—Bien, señorita. Espero que pronto todo se haya aclarado, porque temo que en el proceso nadie podrá retirarse. Una cosa más, señorita Rebecca; si recuerda algo, por pequeño que sea, que crea que puede ayudar a aclarar este asunto, no dude en comunicarse conmigo, por favor.
—Lo tendré en mente, inspector. Gracias.
Becca salió y el inspector se quedó pensativo:
Lanzar la red en aguas turbulentas siempre da presa.
Así que tienen problemas económicos. ¿Tan grandes como para asesinar?
Habrá que retomar esta conversación con ella si no obtengo más información con los demás.
¿Quién estará desesperado? ¿Y Rebecca?, ¿ella no tendrá problemas, ni complicaciones? Ya veremos.
Hizo algunas anotaciones rápidas en su libreta y después llamó al oficial para pedirle que llevara a Marvin.
—Por favor, tome asiento —le dijo el inspector.
—Gracias, inspector.
—¿Podría por favor detallarme lo que hizo desde su llegada a Richcot's Manor?
De nuevo, el interrogado hizo un obvio esfuerzo para recordar hasta el último detalle; aunque su narración fue mucho más breve que la de Rebecca y con menos pormenores, en general, coincidía con la información que el inspector poseía.
—¿Podría contarme sobre su amistad con el señor Thomas? ¿De dónde lo conoce y cómo es que decidió invitarlo a una reunión familiar?
—Es un apasionado investigador y catedrático de la Universidad de Cambridge, donde yo realizo mi tesis doctoral.
Tenemos intereses afines y habiendo vivido en Nueva York e Inglaterra, pensé que tendría puntos en común con los posibles asistentes.
Y puedo decir que no me equivoqué, pues si bien, no sabía que mi prima Becca vendría acompañada, al parecer se ha entendido muy bien con su amiguita —al decir eso, un cambio en la inflexión permitió que el inspector notara un desagrado muy especial.
El inspector, cortésmente, le miró sonriente y asintiendo, le preguntó:
—¿Tiene planes de matrimonio?
—¡No! Quiero decir, estoy involucrado al 100 por ciento en mi investigación; no tengo tiempo para nada ni para nadie más. Una vez que la termine, ya veremos. ¿No le parece?