VIII. Becca
Desde muy niña, Rebecca demostró una empatía muy fuerte hacia los necesitados.
Se preocupaba por todos, desde el pajarito herido y la mariposa con el ala rota, hasta su hermano y las constantes curaciones que debía realizarle por las constantes golpizas que le propinaban sus compañeros en la escuela.
Él no se llevaba bien con casi nadie y ello, sumado a su presunción de rico y de la realeza, provocaba que los grandulones lo agarraran frecuentemente.
Cuando la tía Catherine los invitó a vivir a su casa, su hermano por fin pudo vivir con tranquilidad.
Eso sí, no bien puso un pie en la mansión, ya se sentía su dueño; solo por la atenta vigilancia de todos, incluyendo la de Frederick, no se tornó aún peor.
Las golpizas se acabaron y como a nadie le importaban sus delirios de grandeza, no se podía meter en líos.
El tiempo ahí permitió que madurara y ya nadie volvió a golpearlo, al menos de esa forma.
Para Becca todo fue muy diferente. En cuanto vio a su tía, quiso ser como ella; le gustaba mirarla cuando se arreglaba y cuando la ayudaban a vestirse.
Su tía dejaba que la pequeña la ayudara con algún accesorio, dándole a la niña un momento de “importancia”.
Eso creó un lazo entre ellas que jamás se rompió.
Recibió su carta de admisión a la Universidad y, paralelamente, le llegó una invitación para unirse a un grupo de mujeres que vivían en una casa para estudiantes. Becca no podía creer su suerte: ¡todo solucionado de una sola vez!
Le escribió a su tía contándole lo sucedido, recibiendo por respuesta una honesta felicitación, y el augurio de mucho éxito.
La Universidad tenía criterios bastante estrictos para poder matricularse; las calificaciones para ingresar y mantenerse allí estudiando eran muy altas. Para Becca eso no fue un problema y, gracias a la tía Catherine, la colegiatura tampoco.
La carrera de Letras Clásicas representaba para Becca la posibilidad de trabajar en una editorial o en el ámbito escolar; cualquiera de las dos cosas le apasionaba.
Cuando llegó a la universidad, se sentía sumamente nerviosa, ya que sus propios estándares eran bastante altos; sin embargo, sabía que lo lograría.
La universidad le pareció impresionante, pero lo que más admiró, fue el Hearst Hall, un edificio de madera recién inaugurado para uso exclusivo de las mujeres de la universidad.
Era centro de reunión, así como de retiro.
Las clases y sus estadías en el edificio le estaban haciendo muy suave sus estudios, lejos de su madre y de su hermano, pero el trabajo era bastante y, contrariamente a lo que algunas damas le habían dicho, ninguno de sus profesores fue particularmente blando con ella, en realidad, ¡no eran blandos con ninguna!
Al inicio de su segundo año, su hermano llegó sin avisar.
Se presentó con las autoridades escolares, solicitando un permiso especial para su hermana.
Cuando la mandaron llamar, se sorprendió muchísimo ante la presencia de su hermano, quien, con su rostro, no dejó duda del motivo de su visita.
Al cabo de unos minutos, el permiso fue extendido y un par de horas después, ambos hermanos se encontraron en el tren de camino a Oakland.
Era urgente que Becca llegara a casa a ver a su madre que se encontraba muy enferma.
Afortunadamente llegó a tiempo, de inmediato fue hacia ella, se cubrió la boca y la nariz con un pañuelo y se puso una bata que el doctor había dejado ahí; la abrazó y trató de contener el llanto ante el aspecto cansino y demacrado de su madre.
Becca y Sara hablaron mucho; todo cuanto pudieron, pues su madre se agotaba rápidamente y Becca no podía estar demasiado tiempo cerca de ella.
Salvo para alimentarla y asearla, el resto del día, Becca debía mantenerse alejada; se la pasaba en un sillón cerca de la ventana.
Así transcurrieron unas tres semanas; Becca y Sebastián apenas dormían.
Sebastián debía salir a trabajar, así que estaba poco tiempo en casa.
Aun así, se quedaba con su madre un par de horas diarias para que Becca pudiera bañarse, cambiarse y descansar un poco.
A casi un mes de la llegada de Becca, su madre por fin cedió a la viruela.
Mientras organizaban el funeral, le escribieron una carta a su tía Catherine, sabían que no podría acudir, así que ni pensaron en retrasarlo.
Asistió un alto número de amistades. El cortejo fúnebre caminaba hacia el panteón, con Becca y Sebastián a la cabeza; en la segunda fila, iba Hanna, acompañada de su esposo; les seguían sus hijos, Maggie y Marvin.
Detrás de ellos, la procesión se extendía por un poco más de una cuadra.
Sara era una persona muy querida por la sociedad.
Una semana más tarde, vestida de negro y con una tristeza imposible de ocultar, Becca regresó a la escuela.
Se enfrascó profundamente en los estudios, pasando cada vez más tiempo en el Hearst Hall donde se hallaba en soledad.
Una tarde, mientras estaba estudiando y preparándose para uno de los recurrentes exámenes, una chica de cabello oscuro y mirada triste se acercó para preguntarle si podía compartir la mesa.
Becca asintió y aquella, tomando sus libros, se sentó y comenzó a estudiar.
Lo mismo sucedió al día siguiente, y al siguiente, de manera que se convirtió en una rutina.
Comenzaron a platicar, a compartir temas de las clases y, en fin, a ser amigas.
Lucy le platicó sobre su niñez, una no muy agradable pues sus padres no la querían.
Ellos pertenecían a la clase media y el dinero, si bien no les sobraba, tampoco era un gran problema.
Estaba segura de que no querían tenerla cuando su madre se embarazó, pero no pudieron interrumpir el embarazo ya que era ilegal, así que nació y nada pudieron hacer para evitarlo.
Fue por esa falta de amor y de interés, que ella nunca había tenido amigas, siempre estaba sola y nada de lo que hacía parecía agradarles a las otras chicas.
El hijo de unos amigos de sus padres mencionó la Universidad de Berkeley y aclaró que aceptaban mujeres; la joven, de inmediato, les dijo que quería irse a estudiar a California e hizo todo lo necesario para ser aceptada.
Al escucharla, Becca se enterneció muchísimo. Ella acababa de perder a su madre, amorosa y dedicada, y no podía entender que hubiera mujeres que no amaran muchísimo a sus hijos. ¡Decidió permanecer cerca de la chica!
Así, poco a poco, sus reuniones ya no se concentraban solo en el edificio donde casualmente se conocieron; comenzaron a compartir casi todo: algunas clases, la comida, a veces el almuerzo, e invariablemente la cena y el estudio.
Becca habitaba un departamento para ella sola; no era muy grande, pero tenía capacidad para una persona más.
Así que le ofreció que se mudara con ella, diciéndole que eso no le costaría nada y que así podría ahorrar.
Lucy se mostró como la persona más feliz y agradecida; comenzó a decirle que desearía ser su hermana y que quería ser como ella.
De a poco, empezó a usar algunas de las expresiones frecuentes de Becca; luego, algunos movimientos; siguió copiándole el peinado, ¡hasta que casi se convirtió en el espejo de Becca!
Como pudo y utilizando su habilidad para conversar sin hacer sentir mal a nadie, Becca le explicó que eso no estaba bien; que ella era maravillosa siendo como era; que era Lucy, no Rebecca.
Sin embargo, el comentario no fue bien recibido; con los ojos anegados y apenas logrando mantener las lágrimas, Lucy salió corriendo y Becca no la volvió a ver sino hasta un par de días después.
Lucy, que había memorizado las actividades y horarios de Becca, sabía con precisión a qué hora no estaría; así que se organizó para entrar y salir sin toparse con ella, demostrándole que no le gustaba que le dieran la contraria.
Cuando finalmente se “encontraron” en el salón de clase, Lucy no la saludó como antes, sino que se mostró distante; ello provocó que la dulce Becca se esforzara todo lo posible para que la volviera a querer.
Finalmente lo logró y entonces se esforzó, aún más, para hacerla sentir bella, agraciada, inteligente y con todas las cualidades que Lucy creía carecer.
A partir de entonces, comenzó a sentarse más cerca de Becca, a cargar sus libros, a llevarle la charola de la comida, a acercarle la sal incluso antes de que ella la pidiera; en fin, su comportamiento se volvió excesivamente servicial y cercano; además, se estaba volviendo íntimo, a pesar de que Becca no quería ni pensar en eso, pues ese tipo de relación no estaba bien vista y a ella no le interesaba. La quería como amiga, pero nada más.
Así pasó otro año, y luego el último de la carrera.
En 1903 ambas se prepararon para los últimos exámenes.
Como siempre, seguían siendo las mejores amigas, las que sabían todo de la otra, y las que estaban presentes en cualquier situación.
Les entregaron sus evaluaciones al regresar de las vacaciones de fin de año; ellas, de nuevo, decidieron que las pasarían juntas, pero debido a la importancia de los próximos exámenes, resolvieron no viajar playas cercanas, sino permanecer en el campus y solamente, algunas veces, salieron a la ciudad.
Lucy era un alma solitaria, con algunos demonios habitándola, mismos que Becca —estaba convencida—, pronto sacaría.
Se volvieron tan cercanas, que cuando estaban por terminar la universidad, Lucy hizo que su amiga le prometiera que nunca la abandonaría.
La convenció diciéndole que ella era lo único y más cercano a una familia, a una amiga y a un amor que jamás hubiera tenido.
La pobre chica se sintió acorralada; sin embargo, al poco tiempo ella misma se convenció de que estaba exagerando ya que siempre había sido muy afortunada.
Lucy no hablaba de padres ni hermanos, y, estando sola, se dedicaba a ser excelente estudiante: había ganado su lugar en la escuela a base de inteligencia.
Becca comenzó a sentirse responsable de ella; además, constantemente se cuestionaba si había algo más entre ellas, pero en cuanto esa idea aparecía en su cabeza, de inmediato la alejaba convencida de que ese no era el camino.
Trató de seguir siendo como siempre, pero la atracción que Lucy ejercía sobre ella, la hacía sentir culpable y responsable.
Así, la mantuvo cerca y compartió con ella todo cuanto tenía.
En realidad, le provocaba mucha lástima.
Lo poco que Lucy le había dicho de su vida es que ignoraba quienes habían sido verdaderos sus padres, que la adoptó una pareja que tenía el suficiente dinero para su manutención y estudios.
Becca creía que esa situación le habría provocado un gran resentimiento, a pesar de que toda su vida había vivido bastante bien.
Pues, sus padres adoptivos, incluso le seguían enviando mensualmente un poco más que lo suficiente para vivir y pagar la universidad, mientras ellos seguían viviendo en un pequeño pueblo llamado Sacramento, que recientemente había sido elevada a la calidad de ciudad y había sido uno de los epicentros de la llamada «fiebre del oro».
Eso era todo lo que Becca sabía. Había querido conocerlos, pero Lucy siempre encontraba algún pretexto para no presentárselos.
Cuando por alguna casualidad hablaba de ellos, en sus ojos solamente había hielo.
No permitía ningún comentario en torno a su familia, ni sobre sus verdaderos padres, tampoco hacer conjeturas sobre su paradero.
En cambio, Becca siempre se sintió afortunada. Nunca había esperado nada de su familia, así que cuando conoció la realidad de sus ingresos familiares, ella, inocentemente, solo lo agradeció. Si para su mamá estaba bien, para ella también.
A los 25 años, finalizó sus estudios con calificaciones extraordinarias, al grado que algunas editoriales comenzaron a solicitar sus servicios de manera formal.
Lucy, por su parte, estaba cada vez más involucrada en la vida de Becca.
Paralelamente a sus estudios, aprendía cada vez más sobre hierbas, plantas y flores de características muy especiales.
Afirmaba que su interés por esas plantas había surgido porque deseaba escribir un tratado o una novela sobre hierbas y pociones misteriosas.
«¡Qué maravilla!» Le dijo Becca, cuando se lo contó, convencida de la enorme capacidad intelectual de Lucy.
Por su parte, Lucy sonrió y abrazó a su amiga, y le confesó que no alcanzaba a imaginar el rotundo éxito que implicaría su conocimiento de hierbas y pociones mágicas.
Precisamente, el día de su último examen en la universidad, Lucy le pidió a Becca que fuera a su habitación pues quería hablar con ella de algo que le estaba doliendo mucho.
Becca accedió sin dudarlo. Lo que recibió fue un terrible golpe.
Lucy, compró una botella de whisky y comenzó a beberla y a hablar sin parar; Becca no sabía cómo tratar con una persona en ese estado, pero no la contradijo para nada y se sentó a escucharla.
Lucy siguió bebiendo hasta que, en un momento, su conversación cambió.
Comenzó a balbucear, sobre su «maldita madre» que la abandonó; de su padre quien nunca tuvo la fuerza necesaria porque él era pobre y ella rica.
Becca dejó de lado la cantidad de tonterías que había dicho durante la última hora, y la acomodó en la cama para que durmiera tranquila.
A la mañana siguiente, Lucy despertó con una jaqueca fenomenal; nunca se había sentido así y se prometió no volverlo a sentir.
Salió al comedor donde encontró a Becca y por su expresión, supo que había bebido demasiado.
Se acercó a ella y le pidió perdón por la noche anterior; también le confesó que prácticamente no recordaba nada de lo que hablaron y que esperaba no haber dicho demasiadas tonterías.
Becca solo sonrió y ahí terminó el asunto.
El tiempo pasó y ellas recuperaron la naturalidad de su relación.
Una tarde, estando Lucy sola, le hicieron llegar una carta.
Antes de abrirla, se cercioró de que no había nadie cerca.
Era una carta que le anunciaba que se acercaba un gran evento.
Que estuviera preparada y que todo seguía como fue acordado.
Al día siguiente, Becca la fue a buscar.
En cuanto la vio, notó un nuevo brillo en sus ojos, lo cual la alegró muchísimo y la ayudó a confirmar su decisión.
En ese momento, Becca la invitó a Richcot’s Manor; esa mañana había recibido una invitación para volver a la mansión para una fiesta y, por supuesto, Lucy iría con ella.
Lucy le aseguró que no quería asistir porque era una celebración familiar y ella no era familia. Becca le confirmó que era su mejor amiga y que, por supuesto, iría; en realidad, ya había respondido la invitación, indicando que llevaría a su mejor amiga. Todo estaba arreglado.