VII. La investigación #2
—Oye cuñada —dijo Nelly en un susurro—, ¿de verdad no sabes nada del testamento? Como llegaste desde ayer, pues… tu hermano y yo pensamos que quizá sí sabes algo, pero no quieres decirlo.
—No, Nelly; no sé nada. Y no, no la vi. ¿Por qué no me creen? ¿Qué piensan que estoy ocultando?
—No, no es eso. No te pongas a la defensiva. Lo que sucede es que…, la verdad, tu hermano sí necesita saber… Comprendes, ¿no? —dijo Nelly con un rostro de complicidad.
—¿De qué hablas, Nelly? No comprendo nada. Por qué le urge saber eso a Sebastián. ¿Qué?, ¿otra vez está metido en líos?
—No, no es lo que te imaginas. Ha estado limpio. Pero es que debe una cantidad… tú sabes… En el póquer a veces se gana y a veces se pierde.
—¡¿Cómo?! ¿Ahora tiene deudas de juego? Y, ¿cuánto debe el angelito?
—$85, 000 dólares —contestó susurrando.
—¡¿Qué?! ¿Y a quién se los debe?, ¿a un prestamista?
—No. Casinos.
—¿Ya se acabaron todo el dinero de la herencia de mamá?
—No, pero tú sabes que tu mamá lo dejó en un fideicomiso y tu hermano no tiene acceso al capital.
Por eso necesitamos saber. Sebastián pensaba hablar en privado con la tía para pedirle prestado, al menos una parte de lo que debe.
En cuanto llegó la invitación pensamos que la solución tocaba nuestra puerta.
Ahora, con su muerte, solo nos queda esperar que haya dejado herencia suficiente para cubrir ese pago.
—¿Y después? ¿Seguirá jugando hasta que lo pierdan todo y tú te quedes en la calle?
—No, eso no sucederá. Ya me prometió que no volverá a jugar. Ahora sí, es de verdad.
—Y, ¿tú le crees? —preguntó Becca, incrédula.
—Claro. Tengo que creerle…
—Pues yo no tengo esa confianza, pero ni falta que hace. No tengo ni idea de lo que la tía decidió hacer con sus bienes. Nos enteraremos pronto. Por ahora no te preocupes mucho, pero yo que tú, iba pensando en decirle a mi hermanito que vea lo que hará si la tía no le ha dejado dinero suficiente.
—Becca, qué dura eres. Yo pensé que te importaba tu hermano. Hasta pensamos en pedirte dinero a ti. Tú no tienes hijos, así que debes tener bastante del dinero que te dejó tu mamá.
—El cual se vio mermado gracias a los pagos que mi mamá tuvo que hacer para pagar la clínica de rehabilitación y por todas las veces que lo sacó de la cárcel. Aun así, ¿crees que le debo algo? No, Nelly; no tengo esa cantidad —dijo secamente, para dar por terminada la conversación.
Finalmente, Rebecca se quedó sola un momento y pensó: Quién lo creyera. Ahora resulta que al menos dos de los presentes tenían motivos para acabar con su vida. En cuanto el inspector Morris se entere, los colocará en el banquillo de los acusados. ¿Y Marvin? ¿Tendrá también algún motivo?
Reflexionó esto mientras fue a servirse un anís.
Se dio cuenta de que hacía mucho que no veía a Lucy, por lo que recorrió la sala en su búsqueda, y se quedó contenta al verla platicando animadamente, con Thomas.
No obstante, él no le gustaba particularmente.
Había algo que no acababa de parecerle bien, pero como temía que —con los hechos recientes—, Lucy se sintiera excluida y fuera de lugar; verla platicando con alguien más le resultaba tranquilizador.
Eran amigas de la universidad, pero desarrollaron una confianza casi inmediata, que pronto se convirtió en su mejor amiga.
Todo lo compartía con ella; así que, cuando recibió la invitación, no dudó ni un instante en invitarla.
Y qué bien había hecho, se decía: No sé cómo me sentiría si ella no estuviera aquí.
Es tan serena y madura, que me ha ayudado a mantenerme firme cuando todos parecen desmoronarse.
Thomas es un tipo raro. Como que no checa en este ambiente y tampoco como amigo de Marvin, aunque más bien me parece que el que no checa es Marvin.
Aún no sabe si es socialista, comunista o simplemente un tipo que no quiere trabajar ni enfrentar las verdades de la vida.
No creo que tenga idea de lo que cuesta la vida; pero siendo honesta, creo que se ha administrado bastante bien.
¿O será algo más? ¡Qué cómoda se ve Lucy con Thomas!
Cómo me gustaría que fuera un tipo normal.
De pronto escuchó las campanas del reloj del vestíbulo: una, dos, tres.
¿Cómo, ya son las tres de la mañana? , se preguntó con incredulidad.
Saber la hora la hizo darse cuenta de lo cansada que estaba.
Se puso de pie y se despidió de todos. Tantas situaciones, emociones y eventos la habían dejado, por lo menos, inquieta.
Temía que, a pesar de sentirse cansada, no pudiera dormir, por lo que se dirigió a la cocina para prepararse un té.
Increíblemente todo se encontraba exactamente en dónde ella recordaba.
Creyó que un té de hierbas sería lo mejor.
Se lo sirvió en una taza y asomándose al jardín pudo ver —o eso creyó— la silueta de Lucy hablando con alguien.
Seguramente salió con Thomas , pensó Becca.
Subió a su habitación y se quedó esperando a Lucy; quería platicar con ella lo sucedido. Sin embargo, el sueño la venció muy pronto.
A la mañana siguiente, se levantó lo más quedamente posible pues no quiso despertar a su amiga, quien aún dormía; se arregló rápidamente y bajó a desayunar.