VII. La investigación
—El día de hoy no hay mucho que podamos hacer; el forense ya se ha llevado el cuerpo de su tía y la autopsia será realizada el día de mañana.
Por ahora, y considerando que casi todos vienen de fuera, solo les pido de favor que no salgan del condado hasta que se haya aclarado completamente la muerte de lady Pickens.
Además, imagino que esperarán a las señoras Sara y Hanna para organizar el funeral y hacer la lectura del testamento.
En cuanto a usted, doctor Davies, le pido que me haga llegar el archivo de lady Pickens con su hoja clínica completa; y a usted, señor Doyle, espero verle mañana para que me ponga al tanto de la situación financiera de la señora.
Yo me retiro por hoy. Mañana vendré temprano y espero encontrarlos a todos, pues hay algunas preguntas que quisiera hacerles a cada uno de ustedes.
Buenas noches, que descansen… ¡Ah, casi lo olvidaba!
La habitación de lady Pickens ha sido cerrada y sellada, les suplico que no intenten entrar. Muchas gracias.
Tras decir esas palabras, el inspector simplemente dio media vuelta y se dirigió hacia la salida. Mientras lo hacía, el señor Doyle le dio alcance para susurrarle algo al oído.
—¿Y qué le hace suponer eso? —le preguntó el inspector.
—La misma lady Pickens me lo dijo —esa fue su respuesta.
—Explíquese, señor Doyle. No lo comprendo.
—Cuando hablé con ella, me dijo que su testamento estaba poniendo nervioso a alguien.
No me dijo a quién, pero imagino que podría ser a alguien de la casa, o, no sé.
No me atrevo a acusar a nadie. No tengo la certeza de que alguien haya asesinado a lady Pickens; por eso, en cuanto bajó el mayordomo con la noticia, le llamé de inmediato —comentó muy nervioso el señor Doyle.
—Entiendo. De cualquier modo, ya he ordenado la autopsia, y mientras tenemos los resultados, llevaré a cabo los interrogatorios necesarios.
Si está usted en lo correcto, estos días son vitales para la investigación.
No correré el riesgo. Por lo pronto, no digamos nada; nos vemos en su despacho, como acordamos; necesitaré saber más sobre testamento —con esas palabras el inspector dio por terminada la conversación y lo instó a regresar con los demás, antes de que levantara sospechas, recomendándole qué decir en caso de que alguien hiciera alguna pregunta.
Cuando el Sr. Doyle se integró con los demás, notó que todos guardaban absoluto silencio; se dirigió hacia su esposa y le dijo al oído algo.
De inmediato, la señora se puso en pie y lo mismo hicieron el doctor y su esposa.
Tras una breve despedida, los primos se quedaron solos. Sebastián rompió el silencio:
—¿Alguien quiere algo de tomar?
Como si fuera el juego de perseguir y congelar, al oír estas palabras todos se pusieron en movimiento hacia la mesita de las bebidas. Una vez todos servidos, Nigel sugirió cenar.
Becca y Lucy fueron a la cocina y encontraron a la servidumbre sentada y llorando.
Becca, como pudo, los consoló y les hizo ver que la vida debía continuar; que no tenía ningún sentido desperdiciar la cena; además, tenían hambre.
Sin hacerles mucho más caso, regresaron al comedor donde ya se encontraban los demás; al poco rato, la cena llegó.
Comenzaron a comer en silencio, solo hubo uno que otro comentario, pero conforme la cena les asentó el estómago, y el licor les hizo efecto, su ánimo se aligeró y su lengua se soltó.
Todos hablaban a la vez; había conversaciones cruzadas por la mesa, salvo en una de las esquinas, donde Thomas y Lucy platicaban animadamente.
Todos creían que su tía había fallecido de muerte natural; no encontraban otro motivo, pues ninguno sabía cuánto dinero tenía ni lo que pensaba hacer con él. Bueno, casi nadie.
—Becca... —dijo Maggie por sobre el ruido reinante—, ¿sabes algo respecto al dinero de la tía y sus inversiones?
—Nada, prima. Al inicio, las cartas que mi tía le enviaba a mi mamá eran sobre lord Skeeton; también preguntaba si necesitábamos más dinero.
Luego empezó a hablar más sobre su salud, sobre todo desde que murió su marido.
Justamente, a través de una de sus cartas, supe de sus otros maridos y de que todos murieron de un ataque al corazón o algo así, dejándole bastante dinero.
—¿Sabes por qué no nos pidió que regresáramos? —preguntó Sebastián.
—Nunca lo comentó. La verdad es que solo leía las cartas porque mi mamá me lo pedía.
Cada vez que recibía una carta de la tía, me la daba para que la leyera y le respondiera.
De hecho, yo le escribí para contarle sobre la muerte de mi mamá debido a la viruela y la enorme tristeza que nos causó.
Ella me garantizó que tanto mis primos como nosotros no estaríamos desamparados.
Y que si, por nuestros estudios o alguna enfermedad, necesitábamos dinero extra, no dudara en pedirle más dinero.
—¿Entonces, nunca te dijo sus intenciones respecto a su herencia? —preguntó Maggie.
—No, nunca.
—¿Y tú, nunca le preguntaste? —inquirió Malvin, maliciosamente.
—No, primo, nunca me interesó. Nos dejó en una situación económica muy buena. Además, he tenido la suerte de haber estudiado en Berkeley y estoy a punto de obtener un muy buen trabajo en Harper ninguna era responsable de que Becca no se hubiera casado y tuviera que trabajar.
Por otro lado, era cierto que todos disfrutaban de la previsión de lady Pickens, y gracias a ello, Marvin podía darse el lujo de no trabajar y dedicarse a la investigación.
—Hablando de trabajar —mencionó Nigel—, ¿sigues con tu investigación, cuñado? ¿Qué es eso que tanto investigas?
—Sí, Nigel, sigo en mi investigación. Mi trabajo se titula: «Análisis comparativo de los fonemas Celta y Galo».
—Y tú, Thomas, ¿formas parte de esa ardua investigación? —insistió Nigel con una nota de desdén.
—Sí, Nigel.
—Hemos logrado grandes avances. Es mi tesis doctoral. Aunque supongo que no tienes ni la más remota idea de lo que te digo, ¿o sí, cuñado? ¿Deseas que te explique?
—Sebastián —interrumpió Nelly—, ¿me sirves un coñac, por favor?
—Voy por el café. ¿Me acompañas Becca? —preguntó Maggie.
—Yo también voy; quizá necesiten ayuda con las tazas —dijo Lucy.
Por un rato las hostilidades pararon. Nadie sabía del poco agrado que había entre los cuñados. En la cocina ya todo estaba levantado, y solamente quedaba la cafetera lista y la charola con las tazas. Casi en el mismo momento en que las tres jóvenes fueron por el café, llegó Frederick.
—Señoritas, permítanme.
—No, Frederick. Ha sido un día muy duro para ti —le dijo Maggie—. Vete a descansar y deja que nosotros nos atendamos. Anda, anda. Nos vemos mañana. Muchas gracias por todo.
Así, a Frederick no le quedó otra que retirarse a sus habitaciones hasta el día siguiente.
Cuando regresaron a la sala, notaron que el ambiente ya no estaba tan tenso; se oían algunas risas. Maggie se acercó a Becca y le preguntó quedamente:
—¿De verdad no sabes nada del testamento?
—No, Maggie; nada. ¿Por?, ¿tienes problemas?
—No; no te preocupes; nada que no pueda resolverse con un poco de tiempo —respondió nerviosa.
—Ahora sí que estoy preocupada. Dime, por favor. ¿Algún problema con Nigel? Sabes que puedes confiar en mí.
—Gracias; es posible que me haga bien hablarlo.
El problema es económico. Como sabes, Nigel es asesor financiero.
Hace algún tiempo se separó del bufete donde trabajaba y tuvo éxito con la cartera de clientes que había creado.
Entonces comenzó a diversificarse en ciertas áreas que no conocía muy bien, pero que producían grandes utilidades.
Desafortunadamente, así como eran muy rentables, el riesgo era mucho mayor y comenzó a perder dinero.
Para cubrirse, utilizó el dinero que teníamos ahorrado y el de sus clientes…
Qué más te puedo decir —al mencionar lo último, soltó el llanto y Becca la atrajo hacia ella para consolarla.
—Ya, Maggie; ya. Desahógate, pero no te preocupes.
Estoy segura de que la tía verá por todos.
Ya verás que su testamento estará para los cuatro, muy probablemente a partes iguales, así que estoy segura de que te alcanzará para pagar lo que Nigel deba e iniciar una nueva vida —dijo esto acariciando la cabeza de su prima y con el tono más seguro que pudo producir.
Visiblemente más tranquila, Maggie se limpió las lágrimas y se incorporó.
—Muchas gracias, Becca. Fue un gran alivio el haberlo podido decir. Ojalá tengas razón, y que el testamento pueda ser leído y ejecutado pronto. Si no es así, no tengo idea de dónde sacaremos cien mil libras para pagarlas en un mes.
—¡¿Cuánto?! Pero ¿qué pensaba hacer tu marido?, ¿robar un banco?, ¿matar a la tía?...
Dejó el comentario en el aire. Hasta que lo dijo se dio cuenta del significado de sus palabras.
—Perdona, no quise decir eso. Claro que estoy bromeando. Fue una tontería…
—Te entiendo. Esto de la tía es tan extraño.
Cuando recibimos la invitación me pareció la ocasión perfecta.
Pensaba aprovechar la fiesta para hablar con ella y pedirle un préstamo.
Esperaba que tuviera el dinero y que me lo quisiera dar, pero ya ves.
Y no te creas. Yo bien sé que Nigel no es capaz de matar ni a una mosca, pero en cuanto el inspector se entere de nuestro problema, de seguro volteará a vernos y nos echará la culpa.
¿Tú crees que de verdad alguien la mató?
—Por supuesto que no —dijo Becca tajantemente—. De seguro, lo que sucede es que no hay muchos casos que resolver en este condado, y al vernos a todos en una reunión con una persona que hacía 12 años no veíamos, pues al inspector se le antojó crear un complot. Está alucinado, ya verás.
Mientras platicaban, Nelly, la esposa de Sebastián, se acercó a ellas.
—¡Pobrecita Maggie! No imaginé que estarías tan afectada —dijo con incredulidad.
Como respuesta, ésta se disculpó y se dirigió a la mesita de bebidas para servirse un coñac.