VI. Eliza, Sara y Hanna
Tanto Sara como Hanna tenían terminantemente prohibido hablar de sus padres y de su niñez.
Como Eliza las había mantenido desde que comenzó a trabajar con la Madame , sus palabras eran órdenes.
Ella jamás gritaba y nunca amenazaba, solamente indicaba lo que debía hacerse y cómo, punto.
Aproximadamente, un par de años después de que entraron a trabajar en la misma casa, a Eliza le ofrecieron otro trabajo, esta vez en la residencia de un lord.
Ella se presentó en la mansión, donde fue recibida por el mismo lord Pickens; cuando este le preguntó su nombre, ella inmediatamente dijo que era Catherine.
El lord simplemente asintió y entonces inició, verdaderamente, su educación.
Ella observaba todo: a las damas y a los caballeros; veía cómo se vestían para las diferentes ocasiones y leía revistas; y durante su día de descanso, iba a caminar por las zonas más adineradas de Londres, como en la que trabajaba.
Catherine mantuvo correspondencia con Sara, a la que informó de su cambio de nombre e indicó que lo comunicara a Hanna; también les prohibió volver a mencionar el nombre de Eliza.
Durante el tiempo que estuvo trabajando para lord Pickens, Catherine mantuvo la correspondencia con sus hermanas, quienes durante mucho tiempo estuvieron juntas, trabajando en una misma casa, hasta que su hermana mayor se convirtió en lady Pickens.
Una vez casada, le habló a su marido de sus pobrecitas hermanas y él, lleno de ternura y admiración por su esposa, le otorgó una generosa mensualidad para ellas.
En ese momento, Sara y Hanna dejaron el trabajo doméstico y se dedicaron a buscar esposo y tener familia.
Ambas hermanas se frecuentaban cuanto podían, pues vivían a una escasa distancia de hora y media en carruaje; sin embargo, sus actividades como esposas y madres las tenían ocupadas constantemente.
Tras un año de matrimonio, Sara se embarazó y nació Sebastián, un muchacho que parecía no encontrar su lugar en el mundo: inteligente, analítico y muy interesado en hacer dinero.
En 1879 nació su hermana, Rebecca, a quien el mismo Sebastián comenzó a llamar Becca.
Ella era muy curiosa, inteligente y carismática.
Siempre pensaba en los demás, antes que en ella misma, especialmente en su mamá.
Para Sara, todo iba muy bien, pues si bien del dinero que ganaba su esposo no sobraba nada, siempre se podía contar con la mensualidad de Catherine.
Su matrimonio duró unos pocos años; el trabajo físico siempre cobra caro, y éste lo hizo en 1890.
Hanna, por su parte, se fue a vivir con un muchacho llamado Michael, a Wroxham; también se embarazó de inmediato; era la costumbre de la época.
Así que, en 1880 nació Maggie. Michael le propuso matrimonio, pero Hanna no estaba totalmente convencida, así que le dio largas y en esas estaba cuando se embarazó nuevamente.
Marvin nació solo dos años después que su hermana, en 1882.
Para Michael fue demasiado y simplemente desapareció.
Hanna se dedicó a atender su casa y a sus hijos.
Jamás comentó entre sus conocidos que nunca se había casado y, para su sorpresa, la “viudez” le cayó de maravilla.
Aprendió a coser desde chica en una de las casas donde trabajó, así que sus vecinos se apiadaron de ella y le hicieron varios encargos de sastrería.
Claro que la mensualidad de Catherine hacia el mayor trabajo.
Un día de 1894, Sara fue a visitar a Hanna con sus dos hijos.
Luego de los cálidos saludos y de que los niños se fueran a jugar, le explicó a su hermanita el motivo de su visita: ¡Catherine los invitaba, a todos, a irse a vivir con ella a Richcot’s Manor, en Guildford!
Leyeron la carta de nuevo y comenzaron a organizarse para irse.
En menos de un mes, ya estaban todos ahí.
El encuentro fue mucho más cálido de lo que las hermanas anticiparon.
Sara y Hanna quedaron extasiadas por la belleza y el orden de la mansión de Catherine; también se sorprendieron por la atención y servicio que el mayordomo Frederick les prodigaba, y no pasaron por alto la manera en el éste veía a su hermana mayor, ni lo solícito que era con ella, al grado que ambas, en un momento a solas, compartieron su alegría, afirmando que no importaba lo que Catherine necesitara, Frederick estaría ahí para dárselo.
Hasta pensaron que en su devoción hacia ella, podría haber un poco de amor.