La misteriosa muerte de lady Pickens V. La cena
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V. La cena

Unos minutos antes de las siete la familia se encontró en la sala. Todo estaba dispuesto y Frederick, como siempre, listo para atenderlos. Los demás invitados llegaron en punto de las siete; primero el doctor Davies y su esposa; enseguida, el señor y la señora Doyle.

Frederick los anunció, como es común en esos casos. Los señores se acercaron a la mesa de bebidas para prepararse un trago; las damas se sentaron a platicar un poco, aprovechando el momento previo a la cena para presentarse y hablar brevemente de la anfitriona.

Pasados unos minutos, Becca se acercó a los señores Doyle y se quedó un rato con ellos, en amena conversación; por su parte, cuando el Dr. Davies se quedó solo unos momentos, Maggie fue a platicar con él.

Llevaban unos minutos charlando cuando Frederick llegó junto al doctor y le susurró algo al oído; de inmediato, el doctor salió de la habitación, lo que no pasó desapercibido para nadie.

Solo se oían murmullos y si bien todos trataban de parecer tranquilos, algo les decía que había motivo de inquietud.

Poco a poco, salieron de la sala y, casi llegando a la escalera, vieron cómo bajaba el doctor con una expresión muy seria.

—Lamento informarles que lady Pickens ha fallecido —fue todo lo que dijo.

En ese momento, el señor Doyle salió al vestíbulo y se comunicó con la policía. Al regresar con los demás, que ya se hallaban reunidos en la sala, preguntó al doctor la causa de muerte.

—Lady Pickens estaba enferma, señor Doyle; cada vez venía a verla con más frecuencia. ¿No es verdad, Frederick? —respondió con vehemencia el doctor.

—Es cierto, señores; el doctor venía cada vez más seguido, pero mi ama, en realidad, no mejoraba. Solo por momentos recuperaba su ánimo y ganas de hacer cosas, enseguida volviendo a sentirse sin fuerza y muy triste.

—¿Por qué no me dijiste nada, Frederick? Llevo dos días aquí y ni una palabra. ¡¿Por qué?!

—Mi ama me lo prohibió, señorita Becca. No había nada que yo pudiera hacer.

—¿Y tu sospechosa salida a comprar cosas de último momento?, ¿eso también te lo ordenó mi tía que estaba a punto de morir?

—Sí, señorita. ¿Usted cree que de haber sabido que moriría de un momento al otro, yo me hubiera atrevido a salir y dejarla partir sola? Yo que jamás la abandoné sin importar lo que requiriera de mí; yo que la he protegido al límite de mi capacidad…

—Perdona, Frederick, lo sé. Es que todo esto me parece confuso. Debemos calmarnos, al menos yo sí. ¿Podemos regresar a la sala y tomar algo? —preguntó Becca un más calmada y tomándole la mano al fiel Frederick.

De repente, la atmósfera de la sala se tornó sombría, como si apenas hubieran entendido que en la planta alta había un cadáver.

Todos empezaron a moverse como por instinto, acercándose a las personas con las que habían llegado.

Cuando Frederick quiso retirarse, el señor Doyle le indicó que no saliera de ahí hasta que llegara la policía.

Ese comentario puso más nervioso al usualmente calmado sirviente.

—Me parece claro lo que el Sr. Doyle desea.

Que nos quedemos juntos y sin mover nada hasta que la policía venga y la ambulancia se lleve el cuerpo de mi tía, ¿no es así?

Porque seguramente será un mero trámite.

Si ella estaba enferma y el Dr. se encuentra aquí, no creo que llegue a más—dijo Maggie, calmadamente.

—Por supuesto, Frederick. No tiene usted, ni nadie, por qué temer —confirmó el Sr. Doyle.

Pasada una hora, que a todos les pareció eterna, sonó la campana del portón. Frederick se disponía a abrir, pero el abogado se le adelantó. Y tras un minuto regresó acompañado del inspector Morris.

—Buenas noches a todos. Soy el inspector en jefe, John Morris, de Scotland Yard —saludó el inspector. —Por favor, sean tan amables de permanecer todos aquí en lo que subo con el doctor.

El tiempo pasaba lento, cuando finalmente el doctor regresó con el inspector y éste les solicitó a los invitados que le dijeran, en términos muy generales, lo que había sucedido durante el día, limitándose a formular algunas preguntas de rutina.

Al terminar, se aclaró la garganta y continuó:

—A ver si lo tengo claro, ¿Ustedes son primos, hijos de las hermanas de lady Pickens?

—preguntó, dirigiéndose a Sebastián, Becca, Maggie y Marvin—.

Y Sebastián y Becca vienen de Estados Unidos; usted con su esposa y usted con una amiga.

Y Maggie y Marvin vienen de Italia; usted con su esposo y usted —dijo mirando a Marvin—, con un compañero de la universidad, ¿verdad?

—mientras hablaba los iba mirando, uno a uno, al tiempo que todos asentían y continuó—.

También fueron invitados el doctor y el abogado de lady Pickens, ambos con sus señoras esposas.

¿Alguien me puede decir el motivo de esta reunión?

Todos se voltearon a ver sin atinar a decir nada, hasta que Maggie habló:

—Solamente puedo especular, inspector, pero yo creo que mi tía ya se sentía bastante mal y quiso despedirse de nosotros, su familia. Y también supongo que tanto el doctor Davies como el señor Doyle eran las personas de mayor confianza y aprecio para mi tía.

Todos asintieron pues, en realidad, era la explicación más lógica.

—¿Frederick?

—Sí, inspector.

—¿Sabe usted el porqué de esta reunión?

—Lamento decirle que lo ignoro, inspector.

—¿Tiene usted alguna teoría? —indagó el inspector como lo hacía rutinariamente.

—Me atrevo a pensar como la señora Maggie.

Cuando murió su último esposo, lord Skeeton, la señora se deprimió y cada vez eran más largos sus periodos de tristeza.

Se encerró mucho; ya no salía al jardín ni a fiestas; del mismo modo, dejó de recibir invitados y de hacer su famoso baile anual, precisamente en estas fechas, muy cerca de su cumpleaños.

Poco a poco, vi cómo la fuerza la iba dejando, así que yo también creo que los invitó para verlos por última vez.

—¿Mal estado de salud dice usted? Eso me lleva a la presencia del doctor Davies. ¿Cuándo fue la última vez que vino a verla?

—Si mal no recuerdo, Frederick me llamó a mediados de la semana pasada para que viniera a verla. Así lo hice y mientras estaba revisándola me invitó a la fiesta.

—¿Me puede decir de qué murió, doctor?

—Tenía una enfermedad de las vías respiratorias, lo cual, aunado a una fuerte depresión ocasionada por la muerte de lord Skeeton, derivó en su fallecimiento.

Respondió con una firmeza y rapidez poco usuales, lo que no pasó desapercibido para el inspector en jefe.

—¿Lady Pickens no le dijo el motivo de la cena?

—No.

—¿Y usted no le preguntó?

—Mire, inspector; cuando una dama de la alcurnia de lady Pickens lo invita a cenar a su casa y le pide que traiga a su esposa, usted no pregunta nada, se limita a aceptar y a agradecer la invitación —respondió el doctor Davies enfadado.

—Sí, es muy posible; lamento su enfado, pero muchas veces mi trabajo es muy difícil. Tengo que preguntar hasta lo que pareciera no ser asunto mío.

Sin dejar que el médico agregara nada, el inspector volvió su atención hacia el señor Doyle.

Éste, al notarlo, se adelantó y le dijo:

—Ignoro la razón por la cual nos invitó.

Hablé con ella hace unos quince días. Me dijo que cada vez se sentía más débil y que quería platicar conmigo.

No sé acerca de qué, pero puedo pensar que acerca de sus inversiones.

Aquél día me comentó de la cena e invitó a mi esposa también; me dijo que le gustaría conocerla.

Eso fue todo lo que me dijo. No volví a hablar con ella.

—Muy bien, señor Doyle; me queda muy claro. ¿Y el testamento de lady Pickens, era viejo? Quiero decir, ¿ya tenía varios años de haberlo realizado?

—No. El más reciente tiene como un mes.

—Frederick —llamó el inspector—, dígame por favor, ¿cómo estuvo su ama desde hace unos quince días?

—Tal y como el doctor lo menciona, señor.

Cada vez le costaba más trabajo respirar.

Comía muy poco y solo cosas muy suaves y ligeras.

Quiero decir, nada muy especiado y generalmente un solo plato.

Yo la atendía personalmente y le insistía en que comiera lo que el doctor le indicaba; a veces me hacía caso.

Y hace unos días, viendo que se acercaba la fecha de la cena, me pidió que preparara habitaciones, salones y jardines para la llegada de sus sobrinos; en fin, que todo estuviera perfecto para su arribo.

—Tengo entendido que la señorita Becca no la vio, ¿es cierto?

—Correcto, inspector. Mi ama no se sentía bien y me pidió que le dijera a su sobrina que la vería después —contestó Frederick muy consternado.

—Con respecto al día de hoy. Aparentemente hubo cosas fuera de lo normal, ¿no es así?

—Perdone, inspector, pero no sé a qué se refiere.

—Según comentan, usted tuvo que salir de último momento —mencionó con intriga el inspector en jefe.

—Ah; es cierto, pero no fue hoy, eso sucedió ayer.

Le explico: cuando llegó el señor Marvin solicitó oporto, y al ir a la cava me di cuenta de que ya no había otra botella; además, las señoritas toman whiskey y ya no teníamos agua mineral.

Por otro lado, faltaban los bísquets con chocolate que tanto le gustan a la señora Maggie y también quise comprar los malvaviscos para prepararles su chocolate como cuando eran niños…

—hizo una larga pausa mirándolos a todos y continuó—: La señorita Becca no sabía qué bebidas tomaban, así que tuve que esperar que estuvieran todos aquí para saberlo.

—A mí me suena perfectamente lógico —dijo el inspector con una sonrisa leve—. O sea que fue a varios establecimientos. Y cuándo regresó, ¿qué hizo?

—Regresando fui de inmediato a ver a lady Pickens, pues la había dejado mucho tiempo.

Y en cuanto me vio, me pidió unos bocadillos.

Bajé a la cocina y noté que los señores ya se habían servido.

Tomé unos cuantos y se los llevé junto con una taza de té.

Fue cuando iba bajando que encontré a Becca y Maggie al pie de la escalera.

—¿Y a usted no le comentó la razón de la cena ni el por qué quería que estuvieran presentes tanto el doctor como el abogado?

—No, señor.

—¿Ni algún posible cambio en su testamento?

—Esas cosas no se discuten con un criado, señor —expresó esto con un dejo de ironía.

—Eres mucho más que un criado, Frederick —dijo Becca pasando su brazo por sus hombros—. Siempre lo has sido.

—Gracias, señorita, pero yo siempre he sabido cuál es mi lugar —dijo y luego guardó silencio con esa dignidad tan común en los mayordomos ingleses.

—Entonces —continuó el inspector—, ¿el día de hoy todo estaba en orden y no sucedió nada fuera de lo normal? —preguntó mirando directamente a Frederick.

—Así es, inspector; todo estaba bajo control, pero cuando subí a avisarle que ya todos se encontraban aquí…. —no pudo seguir; la voz se le cortó y, a pesar de sus esfuerzos, una lágrima logró escapar de su control. Entonces Becca, quien siempre había sido muy querida para él, se acercó y lo abrazó.

—Inspector en jefe, ¿tiene usted alguna duda sobre las causas de muerte de mi tía? —quiso saber Marvin.

—Por lo pronto, no. Sin embargo, debemos esperar el resultado de la autopsia; solo entonces podremos descartar cualquier otra cosa que no sea muerte natural.

—¡¿Autopsia?! —gritó Becca, y luego de controlarse un poco, continuó— Pero... ¿Es necesaria? Ya escuchó usted al doctor. Mi tía estaba enferma.

—Entiendo perfectamente, señorita. Pero el doctor no pudo darme un diagnóstico claro de su enfermedad —contestó tranquilamente el inspector en jefe.

—Depresión aunada a un problema respiratorio —dijo el doctor casi triunfante.

—Me temo que no es suficiente.

—Nosotros no autorizaremos una autopsia, no nos importa si se suicidó; eso no cambiará lo que sentimos por ella —afirmó Marvin.

—Ya que lo menciona, ¿qué es lo que sentían por ella? —preguntó inquisitivamente el inspector en jefe, mirando directamente a Marvin.

—Agradecimiento por lo que hizo por nosotros. ¿Qué otra cosa esperaba?

—Tranquilo, Marvin —dijo su cuñado Nigel—. No te alteres; esto es…, ¿cómo le dicen?, rutina. El inspector solo está haciendo su trabajo.

—Me alegra que lo haga notar, señor Nigel. En efecto, solo hago mi trabajo. Y, señor Marvin, ¿me puede decir a qué se refiere con agradecimiento por lo que hizo por ustedes? ¿Qué fue lo que hizo?

—Vivimos aquí por un lapso de unos 12 años, desde que enviudó de Mr. Owens hasta que se casó con Mr. Skeeton, que fue cuando nos corrió; bueno, nos pidió amablemente que nos fuéramos, pero nos dio dinero para vivir y estudiar —respondió fastidiado Sebastián, luego agregando—: Mi mamá, mi hermana y yo nos fuimos a California, y mi tía junto con mis primos, Maggie y Marvin, a Italia.

—Ah, ahora me queda claro. Por otro lado, les aclaro que el suicidio es lo que menos me importa, ya que según me ha dicho el señor Doyle, su tía no tenía ningún seguro de vida que pudiera verse impactado por eso; sin embargo, su muerte me parece más bien prematura.

Las sonrisas no pudieron esconderse. Lady Pickens tenía más de 60 años, así que no podía ser considerada una persona joven.

—Quizá me expresé incorrectamente —aclaró el inspector—. Lo que quiero decir, es que es mi deber considerar todos los aspectos de tan terrible deceso.

Esta vez no hubo risas, sino miradas sospechosas de unos a otros. Ciertamente, hacía mucho que no se veían. Cualquiera podía ser capaz de cualquier cosa.

Thomas es un completo extraño para todos. Y con ese aire de superioridad…, ¿así se verá un asesino? , pensó uno.

Sebastián se muestra irritable y se mantiene en un rincón, como si quisiera pasar desapercibido, o ¿será que ya está borracho? , se preguntaba otro.

Becca llegó un día antes con esa muchachita que quién sabe de dónde sacó. Ahora que lo recuerdo, solo ella recibió cartas de la tía. De seguro sabía lo del testamento. ¿Habrá sido ella? , inquirió alguien más.

Así, cada uno tenía sus propios pensamientos.